Belleza

sep
2009
05

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La primera lección que aprendí sobre la belleza fue a los siete años. Yo estaba obsesionada con un libro enorme que tenía todos los cuentos de Hans Christian Andersen. Allí estaba la versión original y trágica de La Sirenita, que incluía una escena en que la madre de Sirenita, mientras la arreglaba para ir a una fiesta, le enterraba unas caracuchas en el cráneo: chorros de sangre mediante. Cuando Sirenita se quejaba del dolor, la madre le largaba la lección: “Sirenita, para ser bella hay que sufrir”. Los efectos de esa máxima en una niñita fea, como era yo, se padecen durante una buena parte de la vida. Pero una lo supera y cree olvidarse hasta que un día como hoy la amable peluquera insiste en hacer rulos en mi pelo escurrido. Y entonces: jala mechones, los enrolla, los ajusta con barritas contra en cráneo y las sienes me palpitan de dolor. “Vas a quedar besha”, dice ella, y me sonríe por el espejo.

Ema

sep
2009
05

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Ema entreabrió los ojos y vio que en la ventana había una ranura muy delgada por la que entraba un rayo de luz. Era un rayo ínfimo, insignificante, tontísimo. No era grave. Pero cuando cerró los ojos sintió que una llamarada le quemaba los párpados, entonces los volvió a abrir. Todo seguía oscuro salvo esa ranurita de nada en la ventana. Se puso la almohada en la cara, se dio vuelta. Sintió que dentro de su cabeza había cosas que se movían. Las neuronas, pensó, y se las imaginó nadando en un mar de vodka con gotitas de limón. Cuando pensó limón dijo “limón”. Le dolía la panza, hacía calor, alguien le pateaba la sien izquierda. Se quitó la almohada de la cara, se apretó las sienes con los dedos, miró a la ventana y la luz de la ranura la encandiló. ¡Maldita luz!, dijo, se levantó y amontonó la sábana delante de la ranura. Volvió a la cama, cerró los ojos y al poco rato sintió de vuelta ese ardor casi lascerante en los párpados. Los abrió y la habitación estaba oscura como una noche sin luna. Los cerró y la habitación estaba brillante como un sol brillante… A esa hora no le salían buenos símiles.  

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A veces me gustaría que nos odiaran. Para odiar hay que darle entidad al otro. Los porteños odian a los bolivianos, peruanos, paraguayos, brasileños, chilenos. Los odian tanto que les ofrendan barras en la cancha, cumbias villeras, esputos, puñaladas, incluso a Carlos Menem. Los porteños, diríase, tienen un tórax espacioso donde acumulan el odio regional. Pero a los colombianos no nos odian, ni siquiera eso. Tampoco nos quieren, o sí: nos quieren como se puede querer a un hámster que hace el flip-flap en una pecera. Casi no nos reconocen, pero, cuando lo hacen, abren sus brazos amplios como una cruz y su corazón generoso derrama condescendencia: “Ah, sos colombiaaana”. Hace cinco años que vivo en Buenos Aires y no me quiero ir. Adoro esta ciudad, a mis amigos, a mi novio. Pero odio ser tratada como una atracción de circo importada de una república bananera: “Dale, repetí la palabra alcachofa”. Y la gente me rodea, me mira expectante y me parece que en cualquier momento se va a poner a saltar y a aplaudir mientras grita: “¡Que hable, que hable!”. Después están esos que fijan sus ojos lascivos en mí, como si con sólo desearlo intensamente y chasquer los dedos pudieran hacerme mutar en la Angie Cepeda de Pantaleón y las visitadoras, ninguna otra. Y están los taxistas que me hablan del Chicho Serna, Córdoba, Falcao. Al principio, colombiana al fin y al cabo, hacía de amable: “Sí, Radamel tiene una excelente definición en el campo, pero le vendría bien jugar en Europa” -comentario plagiado de cualquier programa deportivo medio pelo-, y era un desastre. ¡Oh, una colombiana que sabe de fútbol! El hámster tenía un atributo más, aparte del acento y la vocación de prostituirse en los puestos selváticos del Ejército de Perú. Hace un tiempo que decidí no hablarles a los taxistas, hace un tiempo que, dentro de esos vehículos, me asumo parcialmente porteña y renuncio a ejercer la amabilidad de forma indiscriminada. Pero no puedo ni quiero renunciar a mi acento y cada tanto me veo, otra vez, escaneada por ojos enmarañados de prejuicios. Entonces me aparto, busco un sillón cómodo, me aferro a un buen vino y enumero en mi cabeza las cosas buenas que me hacen quedarme. Trato de ignorar los vapuleos, las imitaciones confusas de mi “tonada” que, de tan entusiastas, pegan saltos larguísimos en el mapa y aterrizan en Cuba. Trato de convencerme de que estas personas no son capaces de odiarme ni de adorarme, porque tampoco son capaces de conocerme, y de que, finalmente, nada de esto debe ser tan grave si todavía puede resumirse en un bolero de Celia: “Hasta el día que yo vuelva, siempre seré extranjera, siempre seré extranjera”, me canto y brindo sola.

Fugaz

abr
2009
09

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En la calle Bolívar, casi a la altura del Colegio Nacional de Buenos Aires, hay unos andamios. El otro día iba caminando por ahí y vi a una chica trepada a una tabla del andamio, haciendo equilibrio. Hacía esa pose que consiste en inclinar medio cuerpo hacia adelante, desplegar los brazos a modo de alas y alzar una pierna hacia atrás. Esta chica tenía las piernas mas largas que vi jamás. Llevaba una pollerita gris y unas calzas negras, y el pelo le caía a cada lado de la cara, enmarcando su sonrisa. Era una chica preciosa, una especie de criatura mitológica mitad niña, mitad ave. “¡Mirá esto!”, le gritaba la chica a otra chica que la esperaba sentada en la vereda. La otra chica, a quien llamaré Repollo por su complexión física, la miró por un instante impreciso y le dijo “¿que querés que mire?”. Piernas largas no contesto. La pose duro unos diez segundos en los que tembló seriamente un par de veces y sus ojos marrones se llenaron de ese líquido pantanoso y negro que produce el miedo. Esas dos veces imaginé que, si caía, algunas partes de su cuerpo lánguido y liviano se iban a golpear con los hierros de la estructura y, finalmente, su belleza se estrellaría en un golpe fulminante contra la vereda. En esos diez segundos su amiga Repollo, concentrada en algún elemento amorfo constitutivo del aire, bostezó dos veces y se echó hacia atrás, apoyando los codos en la vereda. Piernas se mantuvo esplendida, con sus extremidades dibujando perfectas líneas rectas y su sonrisa ocupándole una buena parte de la cara. En un momento, un mechón delgado de pelo le cayó muy cerca del ojo izquierdo y ella se lo sopló: ahí fue cuando tembló por primera vez. La segunda vez tuvo que ver conmigo, que me había quedado mirándola todo ese tiempo y cuando lo notó giro la cabeza hacia mí; ese temblor fue mas violento, pero lo superó y volvió a su pose rígida, aunque graciosa, para completar dos segundos más. Después bajo la pierna y descansó. Entonces su cuerpo se encorvo como un garfio. Su boca, en ausencia de sonrisa, se volvió una línea curvada hacia abajo que le daba una expresión lamentable. Dio un salto para bajar del andamio y cayó, torpe, en la vereda. Se estiro la pollerita y le dijo a Repollo: “¿Vamos?” Las vi alejarse, toscas, desgarbadas. Me puse reflexiva y formulé mentalmente tres ideas: 1) tendríamos que poder conformarnos con lo bello aunque sea efímero; 2) la evolución lógica de la belleza suma es la fealdad extrema; 3) dos segundos, a veces, es todo lo que se necesita para atravesar el límite. Lance un suspiro, decepcionada, y seguí mi camino.

El Rodney

abr
2009
09

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Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado. Una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de Fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las trompadas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los integrantes de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchacha rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene una gran melena rizada y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresión tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al muchachito por el cuello de la camiseta, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que su camiseta decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de nuevo cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados, para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí. Detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachas rebeldonas en muchachas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo rompió en pedacitos diminutos que lanzó al aire: lo puteó y se fue.

Ventanas

abr
2009
09

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Hay casas que son muchas casas, están en esos edificios con patio interior al que miran todas las ventanas. En Buenos Aires he visto un par, en uno de esos vive mi amiga Tamara. Es un lugar elegante y por eso llama la atención la ausencia total de privacidad. Más raro es que todos se ven pero nadie interactúa. Tamara y yo nos sentamos en su sala a tomar el té, por ejemplo, y por la ventana se ven las ventanas de enfrente; nos acercamos un poco más y vemos las de arriba y las de abajo. Todas están llenas, siempre pasa algo. Hay una jovencita que practica el violín cada tarde y hace un ademán tembleque cuando arranca. Hay dos viejas emperifolladas que juegan cartas y comen torta. Hay un chico que estudia acodado en la ventana y Tamara dice que si tuviera quince años más le saltaría encima. Hay una jaula con un pájaro al que una niña alimenta con salchicha. Tamara no sabe los nombres de nadie. Cree que la niña se llama Violeta porque su hijo Pablo la mencionó el otro día: “Violeta es disexual” le dijo. “¿Quién es Violeta?”, preguntó Tamara. Él le dijo que la del 4–k. Cada tanto voy a visitar a Tamara; ella fuma y habla de lo de siempre: de su divorcio. Yo miro las ventanas de afuera y pienso bobadas, como que esas personas conforman un elenco de actores y, salvo la jovencita del violín, sus partes deben transcurrir en silencio. Siempre caigo en la tentación obvia de imaginar que un día alguien va a salirse del guión y a dañarlo todo. A perturbar esa convivencia acética y silenciosa. A gritar por la ventana: ¡Violeta es disexual!, o alguna otra cosa. Pero eso no sucede. Llevan allí más de un siglo: las ventanas, digo; y la idea de que la vida transcurre de adentro para afuera y se enmarca en un solo plano. Tamara, cuando nota mi interés desmedido por su vecindario, me desanima: dice que a la noche cambia el panorama, cambian los personajes, se banaliza la escena. En lugar de la violinista hay un niñito jugando al play, y el violín yace apabullado detrás del sillón; en la mesa de las viejas hay un florero horroroso; en lo del chico lindo hay también una chica linda que se lo come a besos; en la ventana del pájaro ya no está Violeta, sino sus papás haciendo la sobremesa: él se fuma un puro y ella se toma una copita de oporto. “¿Cómo sabes que es oporto?”, le pregunto. Tamara alza los hombros. Y en su ventana, continúa, aparece ella con su eterno cigarrillo y mira el patio vacío, oscuro como un pozo sin fondo. Allí se queda hasta que se hace tarde y todos, uno a uno, van cerrando las cortinas.

Bonsái

abr
2009
09

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A un amigo se le murió su bonsái. Al parecer le puso demasiada agua y se ahogó. Conozco a mucha gente a la que se le murió un bonsái. No es un grupo tan exclusivo: los bonsáis se mueren si les pega un mal viento, se deprimen si uno habla muy fuerte y para ahogarse sólo necesitan que alguien los escupa. Son criaturas más que delicadas, enclenques. Yo tuve un par de bonsáis que también murieron: las dos veces olvidé podarlos y empezaron a crecer como locos y, cuando quise controlarlos, más o menos se desangraron. Después, cuando conocí a Teo, él tenía uno en la ventana de su escritorio, que miraba a un jardín enorme y frondoso, y a mí me parecía una crueldad tremenda que ese árbol enano viviera allí. Era como plantar a un niño pobre enfrente de una vitrina de niños ricos que juegan con juguetes caros y se chorrean el pecho de helado. Era como embalsamarle las patas a un perro y llevarlo a la playa para que juegue: “¡Atrapa el platillo Boby!”. Le dije a Teo que sacara al arbolito de allí y él, cuando vio lo que le señalaba –arbolito en primer plano, bosque al fondo– aceptó. Coincidió en que era una obscenidad. Al poco tiempo, el bonsái de Teo también murió. Me enteraría ya tarde de que los bonsáis deben criarse cerca de ventanas luminosas. Me enteraría también de que si no hubiera sido eso lo que lo mataba, habría sido cualquier otra cosa porque, sin saberlo –en esto nunca se sabe–, estábamos haciendo todo lo necesario para matar al arbolito. Un bonsái necesita los mismos cuidados que una persona muy enferma, porque un bonsái es un árbol muy enfermo. Está mutilado. Es el engendro de circo del mundo de la flora, es una criatura destinada a la muerte temprana o una larga vida de cuidados paliativos. Por eso no entiendo todo el esfuerzo empeñado en achicar a la fuerza algo que goza de tan maravillosa existencia en su tamaño natural. Quiero decir, la gracia de un árbol es que dé sombra, que los pájaros se posen en sus ramas, que uno admire su inmensidad maravillado y tras un suspiro diga: “Oh”. El bonsái era importante para los chinos porque lo identificaban con la eternidad: es una idea muy corta de la eternidad; es, sobre todo, una idea muy frágil, siempre a punto de quebrarse y producir una pequeña muerte, varias pequeñas muertes, muchas pequeñas muertes. Quizá, en chino, la eternidad significa una sucesión de pequeñas muertes. En francés, eso mismo –pequeña muerte–, quiere decir orgasmo, que es una palabra más linda, aunque, por desgracia, menos larga que eternidad. En fin, que pobre el bonsái de mi amigo pero me gustaría que los árboles fueran siempre árboles, nunca arbolitos contenidos. Y me gustaría, también, que las pequeñas muertes fueran siempre francesas.