Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Historia de verano

feb 01

Esta es una chica muy mona, cuya principal actividad en la vida es pasarla bien. No tiene dinero pero sí recursos: o sea, muchos amigos con dinero. Dinero quiere decir casas en Punta del Este, alguna chacra, yate y muchas millas de avión acumuladas. Ahora mismo esta chica debe estar en alguna linda casa pasando el verano por cuenta de otro. A estas alturas quizá sobra aclarar que estamos hablando de una chica fácil. Fácil, pero cara. La mayoría de sus “sponsors” se han ido casando con otras, pero –como se trata de una chica que además de bonita es simpática y divertida– muchos la han incorporado a sus círculos familiares como “una vieja amiga”. Cuando la ven, están también sus esposas que, conmovidas con los relatos tristes de la chica, tratan de arreglarle la vida en la sobremesa. Ya hablaré de sus relatos tristes, pero antes aclaro que se trata de una chica del tipo que le cae muy bien a las esposas. ¿La razón? La siguiente: ante una esposa la chica siempre se muestra obnubilada –por su ropa, su casa, su auto, sus uñas–, o sea que le da la posibilidad de sentirse superior y compasiva –condiciones que por supuesto se retroalimentan en una avalancha de morbo–, convenciéndola de que, aunque no tenga su cuerpo ni su cara ni sus dientes de propaganda, tiene todo lo que a ella le falta: seguridad económica de por vida.
En cuanto a sus relatos tristes tienen que ver con haber vivido la infancia en calidad de huérfana. Esta chica se crió con un tío lejano, bueno pero pobre, que la metió a trabajar desde los catorce en una perfumería horrorosa. A los dieciséis la chica conoció a su primer novio, un tipo casado que le puso un departamento en Libertador y Olleros e inició los trámites de su divorcio a los tres meses de estar con ella. Y un día se murió. Así, de la nada, le dio un ahogo mientras hacía ejercicio y el corazón se le paró. Treinta y tres años tenía, como Cristo. Total, que la chica tuvo que devolver el departamento, pero ya nunca volvió a lo de su tío pobre. Enflaqueció hasta el límite del fideo lingüini y se dedicó a modelar a muy baja escala. Después un novio la hizo ascender a una especie errepé de poca monta: y de ahí conoce tanta gente. El dinero nunca llegó: nunca. Pero tampoco le hizo falta.
Los novios le duraban poco porque, tarde que temprano, sus esposas los reclamaban. Lógicamente, cuando esta chica le cuenta a las esposas de sus “amigos” los relatos tristes del pasado, obvia la parte de las otras esposas que, no pocas veces, son ellas mismas. En el relato, sus novios pasan a ser, sencillamente, hombres crueles y por lo general muy famosos que no quisieron de ella más que su cuerpo. Lo que más le gusta a las esposas es la parte del relato en que la chica se refiere a sus ex novios famosos por su nombre de pila: “Gustavo tenía un carácter de mierda”, y sopla el humo de su cigarrillo. Por supuesto a nadie hay que explicarle que Gustavo es Ceratti o que Pablo es Echarri o que Alan, Faena, y así. A las esposas no les gusta, en cambio, cuando la conversación, gracias a la irrupción intempestiva de sus maridos, se torna financiera. Porque a las esposas ricas –y esto es algo que nuestra chica tiene muy claro–, hablar de dinero las deprime. A los maridos, por el contrario, los excita: todo empieza cuando el tipo se sirve un wiskhy y se sienta junto a ellas en el deck. Y la chica en cuestión, en un descuido de la esposa, desliza un comentario de movida: “Tengo unos dólares afuera y no sé en qué invertirlos, ¿se te ocurre algo?”. Los ojos del esposo ajeno brillan de emoción y la boca se le seca por lo que debe mojársela con más wiskhy: “Tengo un par de ideas…” . Cuando la esposa se da cuenta, el marido está embarcado en una diatriba económica y la chica, atentísima, asiente y hace preguntas pertinentes que ya hizo otras veces a otros maridos en otros decks. “Basta querido, la estás aburriendo”, trata de cortar la esposa, pero es tarde, el marido está tomado por la adrenalina, hablando del metro cuadrado en Puerto Madero y de los vaivenes en la bolsa de Chicago. Y la chica ya ni siquiera escucha, sólo asiente y sonríe y espera el momento oportuno para proponer una salida furtiva a un lindo hostel de la zona, que ya eligió desde el primer día. Cuando eso ocurra esta historia de verano ocurrirá en dos planos: en el primero, la chica en cuestión estará embebida en un nuevo romance caluroso, donde su sonrisa blanca será otra vez protagonista; en el segundo, la esposa estará preparando una reunión para la noche, con el único fin de conseguirle un buen partido a la chica. Y el final será el mismo de siempre, la chica, arguyendo un compromiso importantísimo en Capital, abandonará intempestivamente las vacaciones. Se subirá a un autobús, saludará desde la ventana a la buena esposa y a su porquería de marido y pensará: otra gente que no veré más, un verano menos en mi vida. Y respirará casi aliviada.

Camping

ene 26

Facu había amanecido en la arena. No se dio cuenta cuando se quedó dormido pero sí cuando lo despertaron.
–Hey –un pie tocándole la panza por el costado, por donde debía quedar el riñón, supuso, porque enseguida le dieron ganas de hacer pis. Era Melissa, se había parado delante del sol y parecía que una aureola le rodeara la cabeza.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Melissa y se movió hacia un lado; entonces Facu vio el mar al fondo y el sol le pegó en la cara. Era un sol rabioso, encandilante. Facu se sentó, estaba muy mareado. Y la espalda le ardía como si una familia entera de sanguijuelas se le hubiera instalado ahí. Melissa se agachó enfrente.
–¿Y?
–¿Y, qué? –dijo Facu.
–¿Pensás pedirme disculpas? –Melissa tenía los ojos hinchados, había llorado, era obvio. Facu se levantó, se sacudió la arena de pantaloneta, los brazos.
–¿Disculpas de qué? –La verdad es que no tenía ni idea de qué hablaba. Igual, Melissa lloraba por cualquier cosa.
–No importa, vamos –Melisa le tomó la mano, Facu se zafó.
–Pará.
Ella lo miró con odio, le dio la espalda y caminó por la playa, hacia la ruta. Facu la siguió. Melissa tenía las caderas con esas protuberancias que llamaban conejos. Con los jeans no se le notaban tanto pero, con el pareo, sus caderas eran un paréntesis deforme. Tenía cintura chica y eso le gustaba a Facu, pero no era sino descender para que la libido desapareciera inmediatamente.
–Pará, Melissa, ¿a dónde vas? –le gritaba Facu, ella caminaba rápido, casi corría. Él rengueaba porque le dolían las plantas de los pies. Llevaba varios días andando en patas por la playa y se había cortado un par de veces: una vez con una piedra filosa, otra vez con un vidrio. Ese fue el día que Manu, el tipo que andaba con Lola, la amiga de Melissa, rompió una botella de Stella contra el suelo y las esquirlas salieron volando; un pedazo de botella terminaría más tarde incrustado en el pie de Facu. “¿Por qué hiciste eso?” –le había dicho Facu–, ¿te parece muy gracioso, imbécil?”. Y el tipo largó una risotada: “Sí”, dijo. Manu tenía ventidos años y serios problemas de conducta; Lola tenía veintinueve y un cuerpo fenomenal. Facu pensaba que Lola no tenía que andar con un tarado como ése: se lo había dicho un día a Melissa y ella, con ese tono amargo de siempre, le dijo: “Y a vos qué mierda te importa”. Facu odiaba la palabra “mierda” en boca de una chica.
Ahora se había sentado en la arena, estaba cansado y le parecía que las heridas de los pies se le estaban abriendo. Eso no debía estar bien. Se le meterían cosas: mugre, bichos. Melissa iba lejos, había atravesado la ruta y ahora se adentraba en el bosquecito donde tenían las carpas.
–¡Melissa! –gritó. Ella no volteó. Un auto paró en la ruta y un par de chicas se bajaron con un perro. El pobre perro llevaba un sombrero y una corbata en el cuello. Las chicas lo filmaban con una camarita:
–¡Peter! –lo llamaban y se reían del pobre animal que trataba de sacarse la corbata con la boca y lo que hacía era apretársela.
–Estúpidas… –murmuró Facu, todavía sentado en la arena, mientras las miraba saltar y reírse con los pelos al aire: largos, lisos, bellísimos, como de propaganda. Tuvo una erección. En lo que iba de las vacaciones sólo había tenido sexo con Melissa y hacía varios días que ni eso. No podía concentrarse oyendo a Lola y a Manu en la otra carpa, muertos de risa y después diciéndose esas cosas tan cursis y después… En fin, no podía concentrarse y Melissa no ayudaba porque en vez de hablar de otra cosa le decía: “Se ve que ese Manu es tremendo polv…”, y cosas así que él prefería no recordar. Facu se levantó, se enrumbó hacia la ruta y cuando pasó al lado del auto de las chicas le pegó un olor fuerte a porro. Lola y Manu también fumaban porro, todo el día fumaban; por eso a la noche estaban así, risueños, idiotas. Estaba harto de ellos y de Melissa, se quería volver ya mismo a Buenos Aires. Facu cruzó la calle, entró en el bosquecito y encontró a Lola junto a su carpa, bañándose con agua de un balde.
–Hola –le dijo ella– Melissa está en el almacén.
Facu asintió, le pregunto por Manu y Lola le dijo que se había ido.
–¿Por qué? –dijo con auténtica sorpresa.
–Bueh –Lola sonrió–, después de lo de anoche…
Facu no entendía nada pero también sonrió. Lola le dijo que se echara un poco de agua, que estaba mugriento. Facu obedeció, se sacó la remera y dejó que Lola le echara agua del balde. Era agua dulce. Así mismo debían ser sus besos… Facu entrecerró los ojos. Las risas de las chicas de la playa les llegaron como un eco, los ladridos del perro también. Lola se acercó lo suficiente para besarlo y Facu sintió que la sangre le corría muy rápido, que le hervía la cabeza. Lola abrió levemente los labios, respiró hondo y dijo: “Chau, Facu, me vuelvo a Buenos Aires”. Y eso fue lo que hizo.

Destino

ene 19

Sonia adoraba los labios rojos. Se pintaba y se repintaba con la furia de quien quiere borrarse un beso que le supo mal. Estaban en el departamento de Raquel, a punto de irse: era la noche de la fiesta.
–Ya llamé el taxi, pará con el labial –dijo Raquel. Sonia se miraba en el espejo y veía a alguien con muchas posibilidades de conseguir esa noche todo lo que quería: un hombre, a secas. O varios, pero a secas. Ya había pasado la etapa en que el sujeto hombre se adjetivaba favorablemente –inteligente, guapo, heterosexual…–, ahora todo lo que quería era el sujeto.
–¿Me veo bien? –le preguntó a Raquel, que la miró dudosa:
–Minnie, parecés. La ratona que se coge a Mickey Mouse.
Sonia alzó los hombros. Desde que se enteraron de la fiesta, habían pasado un par de semanas en las que gastaron horas completas haciendo pronósticos: Raquel conocería a un morocho de Junín, cara adorable y dientes torcidos, detalle que, en vez de disuadirla, le despertaría una ternura nunca antes experimentada. Sonia se daría besos con un chico de aspecto oriental, que vendría con el morocho de Raquel, y que sería sorprendentemente alto y fornido. Pero luego lo abandonaría por un rubito más bien insignificante con quien pasaría esa noche y las de los dos años siguientes; entonces él la dejaría por una chica mucho menor y mucho más fea que ella. “Siempre me dejan por gente insignificante”, le había dicho Sonia a Raquel, una de esas tardes, mientras se fumaba un cigarrillo.
Los pronósticos de la fiesta variaban de acuerdo al paso de los días y los cambios de ánimo de las chicas. Estaban en una de esas épocas difíciles en que, por alguna razón relativa al cosmos –nada que pueda explicarse racionalmente–, las dos llevaban un tiempo largo solas. No estaban en edad de andar muy solas, nadie atraviesa el umbral de los treinta para estar solo.
–Llegó el taxi –dijo Raquel. Sonia guardó su lápiz de labio y se colgó la cartera. Bajaron. En el taxi sonaba Voy a dormir, de Calamaro. Raquel adoraba esa canción.
–Adoro esa canción –le dijo a Sonia que se miraba en un espejito que había sacado de la cartera. Sus labios reteñidos seguían allí. El taxista las piropeó: para Sonia fue una pésima señal, para Raquel fue el zumbido de una mosca. Miró su reloj:
–¿No estaremos yendo muy temprano? –Era la una de la madrugada.
–Para nada –dijo Sonia.
La fiesta era en una terraza con vista sobre Córdoba. Sonaba Vicentico, hacía lindo clima, había lindas picadas y unos foquitos de colores adornaban el balcón. Todo estaba bárbaro, salvo la gente: chicos y chicas en sus ventipocos, que estaban producidos de esa manera que simula no haberse tomado el trabajo de producirse. Incluso Raquel, cuyo nivel de producción era tan elaborado como el de una maestra de jardín, parecía hiper producida delante de los pendejos. Se hicieron en una esquina de la terraza, cervezas en mano, y decidieron que, no bien alguna de las dos soltara la primera risa idiota –síntoma indefectible de que se estaban emborrachando, se irían–. “Es un embole emborracharse con pendejos”, aclaró una de las dos, a estas alturas ya no importaba quién. Y la otra dijo: “Es un embole hacer cualquier cosa con pendejos”.
El DJ puso una música bien tropical: un grupete de cuarta que, según dijo un chico que estaba cerca de ellas, eran los sucesores de “Miguel Conejito Alejandro”. Raquel fue la primera en reírse: ¿quién querría suceder a Miguel Conejito Alejandro? Le parecía la idea más ridícula del universo. Se ahogaba de risa. Tosía. Sonia ya estaba ebria, echada sobre una reposera maltrecha fumando de cara al cielo, jurándose que nunca más rechazaría a un tío de aspecto oriental por un rubito soso, no era buen negocio.
–¿De qué te reís? –el chico que había dicho lo de Miguel Conejito Alejandro encaraba a Raquel. Ella pensó que quizá no sería tan grave curtirse a un pendejo.
–Me río de Miguel Conejito Alejandro –dijo con una voz que consideró sexy.
–¿Qué tiene de malo?
–Nada, no sé…
–A mi viejo le gusta.
El pibito le dio la espalda, le dijo algo a otro chico y se rieron.
–Pendejo pelotudo –murmuró Raquel, ahora con voz claramente amarga. La mención de su padre quería decir: “sos una anciana decrépita y desubicada”. Sonia ya no tenía dudas de que la noche había fracasado estrepitosamente; se levantó de la reposera y le dijo Raquel que se fueran, Raquel caminó desganada. Entonces, justo cuando salían, vieron a un chico de aspecto levemente oriental –y que un sueño muy optimista podría considerarse alto y fornido–, que hizo que ambas se pararan en seco. Las dos se miraron unos tres segundos y percibieron brillos incandescentes en las pupilas de la otra. Sin decirse nada, se dieron vuelta y regresaron a la fiesta.

Romance

ene 11

Era un dos ambientes modesto pero ordenado. Quedaba en la calle Piedras, Monserrat, y lo habitaban José y María, una pareja en sus treintitantos que no conseguía decidir nada muy serio con respecto a su futuro. Desde hacía algún tiempo habían empezado a plantearse las típicas preguntas incómodas de la mediana edad: ¿hijos? ¿boda? ¿hijos y boda? ¿nos estamos volviendo personas monotemáticas? Y siempre posponían las respuestas. Era sábado a la noche y Buenos Aires entraba con paso firme en el verano. Antes, cuando hacía mucho calor, José y María solían echarse desnudos en el balconcito que miraba al contrafrente de un edificio abandonado. Tomaban cerveza, o un vino barato con mucho hielo. Ya no hacían eso, habían cambiado, estaban gordos. No era lindo ver sus carnes blandas desparramadas. La última vez que lo habían hecho José se agarró la panza con las manos y luego recorrió con la mirada las tetas estiradas de María: “Estamos envejeciendo prematuramente”, dijo. María le contestó: “¿Por qué prematuramente?”
Esa noche, José miraba en la tele una entrevista que le hacían a Billy Cristal en Desde el Actor Studio. María fumaba y se abanicaba con una revista vieja que tenía en la portada a Fito Páez. José odiaba a Fito Páez, le parecía un invento descabellado, le parecía un curro, le parecía un señor que escupía demasiado cada vez que cantaba.
–Billy Cristal, lo mejor de Saturday Night Live– dijo María, que tenía esa manera rara de hablar, como si cada vez que abriera la boca tuviera que largar un slogan. María nunca en su vida había visto Saturday Nigth Live, José tampoco.
Al mediodía habían decidido que cenarían espárragos hervidos, a pesar del clima –que daba estrictamente para cenar helado de melón–. La madre de José cultivaba espárragos en Junín y cada tanto les enviaba cantidades desmesuradas: “¡Pura vitamina A, C y E!”, decía siempre, escrito a mano, en el paquete de espárragos que les enviaba la señora. Los últimos estaban por pudrirse. “Los espárragos no se pudren”, le había dicho José a María cuando ella sugirió esa idea. “Los de tu madre sí”, contestó ella.
–James, la momia Lipton, el más imbécil de los imbéciles– decía ahora María, con un dejo poético bien berreta, pensó José: a lo Ricardo Arjona. María se refería al conductor de Desde el Actor Studio, a quien odiaba empeñosamente, como si alguna vez ese pobre señor se hubiera dirigido a ella de malos modos. A José le molestaba que María siempre hiciera el mismo comentario: lo hacía cada vez que veía a James Lipton, aunque fuese en una propaganda, en un cartel en la calle, en el recuerdo.
Por el balconcito entró el ruido de una bocina y luego se escucharon aplausos y risas en respuesta a algún chiste que hizo Billy Cristal. James Lipton se sonrió de lado y, sin más expresión que ese rictus difícil, dijo: “Don’t you fuck with me, Billy”. José se río salvajemente. María pensó que eso no daba risa. José se reía de cualquier cosa, para él reírse era parte de la inercia de estar echado en el sofá, con las patas sueltas y la panza distendida.
–Toda la casa huele a espárragos, ¿querés ir a ver si ya están?– dijo María y escondió nariz y boca en el cuello de su remera; el olor a espárragos le recordaba al olor del meo tras haber comido espárragos. Cuando era chica, su madre le tenía que tapar la nariz para hacérselos tragar.
–¿Por qué no vas vos? Yo estoy viendo el programa. –Yo también– la voz de María sonó nasal. Estaba aguantando la respiración. –A vos no te gusta este programa. –No me gusta la momia Lipton, el programa sí. José se paró molesto, caminó hasta la cocina, destapó la olla y el vapor verdoso se elevó hasta el techo, alimentando esa mancha de humedad que tenía forma de una gran ameba. El olor llegó hasta el living, donde María aspiraba su remera hasta bien al fondo: olía a jabón Querubín, que es como el Ayudín pero más barato. Lo había comprado José.
–Ya están– dijo José, traía un par de platos con espárragos y un frasco de mayonesa Natura. Puso todo en la mesita del living usando la cara de Fito Páez de bandeja. Miró a María:
–¿Querés dejar de olerte las tetas?
María sacó la cara de la remera, agarró un espárrago y lo zambulló en la mayonesa. Lo chupó y lo volvió a zambullir. “…Don’t you think so?”, dijo Billy Cristal. María mordió un pedazo de su espárrago chupado. Masticó. “No, I don’t”, contestó James Lipton.
–Puro meo– dijo María, y escupió en el plato la pasta verde que tenía en la boca. José no la vio, si la hubiera visto le habría gritado sucia o asquerosa, con mucha cara de asco. Pero no la vio, estaba ocupado riéndose como un poseso, señalando la tele con un espárrago que chorreaba mayonesa.

Baño de luna

ene 11

En mi cuadra vive una familia que cada noche sale al jardincito delantero de su casa, despliega unas sillas y se recuesta con los ojos cerrados. Son la mamá, el papá y un par de chicos que deben estar por los once y doce, más o menos. Uno se llama Rocco y me lo encontré un día patinando en la vereda. Le pregunté qué era eso que su familia hacía a las noches y me dijo: “Baños de luna”. Cuando yo era chica decían que la luna hacía mal: que si te daba mucho en la cara te dejaba ciego, en las piernas, parapléjico, y así, otras cosas desagradables. No se lo dije a Rocco, pero le pregunté que para qué lo hacían. Me dijo que de la luna se desprendían unas partículas que alargaban la vida: “El prana, me parece que se llama”, dijo Rocco y se rascó la cabeza, como dudando. “Prana –repetí, tal como había aprendido la primera vez, en alguna lección de filosofía–: la energía cósmica primaria”. Rocco me miró con los ojos de un mutante que reconoce a otro de su especie: “¿Vos también sos hippie?”, me preguntó, y ladeó la cabeza, como si de pronto la melena le pesara: Rocco tiene los pelos rubios que le llegan hasta debajo de los hombros. Yo sonreí. Le pregunté si el baño de luna había tenido algún efecto sobre él. Él asintió, me dijo que viviría más que todos sus amigos, y que cuando fuera viejo parecería joven. “¿Ah sí?”. “Sip”. “¿Y qué más te hace la luna?”, le pregunté. Rocco apretó los ojos, como haciendo memoria, y dijo que era buena para la piel… “Y para el pelo, lo hace crecer”. Eso debía ser cierto. “¿Y el sol?”, le dije. Rocco negó con la cabeza: “No está bueno el sol”. Más que hippies, los papás de Rocco debían ser vampiros. “Ahora hay sol”, le dije, señalando hacia arriba y Rocco miró. Los rayos de sol caían tan pesados que parecían empujar las ramas de los árboles para hacerse camino, rebotar en el suelo y volver a elevarse. Bajó la cara y se limpió con la manga de la remera, aunque no estaba sudado ni sucio. “Chau”, dijo, y se entró. Esa noche pasé por enfrente de su casa y allí estaban, tomando su baño de luna. Rocco me saludó con la mano. Sus papás también saludaron, yo me paré y los pude mirar mejor que otros días. Todavía no eran viejos, pero ya no parecían jóvenes. La madre tenía pequeñas venas en la piel pálida y delgada. El padre tenía una gran papada. El nene más chico tenía cara de sueño. Recostaron sus cabezas y yo seguí andando. Sólo cuando estuve en la esquina y sentí una brisa húmeda que me hizo alzar la cara, buscando nubes negras, descubrí algo que, quizá, a la familia de Rocco se le había pasado: esa noche no había luna, el cielo era una capa oscura y comenzaba a llover.

Primer día del año

ene 04

Era una noche calurosa y húmeda, dentro y fuera de las casas. Los mosquitos se habían alborotado y la opción para evadirlos era moverse. Caminar de acá para allá, o saltar como lo hacía Niní, la hija de Marcela, de siete años, o bien zambullirse en un frasco de Off. En la heladera de la casa de Marcela no había más que un pedazo de queso pategrás que había quedado del asado de Año Nuevo y una cerveza tibia que rescataron del patio. Habían dormido todo el día y recién ahora, nueve de la noche, Marcela levantaba las sobras de la noche anterior. Niní saltaba. Roberto, el marido, atentaba contra la fauna universal a punta de Raid. Niní cantaba ahora una canción ridícula que le había enseñado Roberto sobre una pelusa que volaba tan alto que hacía estornudar a Dios. “Callate, Niní”, le dijo Marcela y se abanicó con un repasador. Niní no se calló, siguió cantando hasta que fue Roberto el que le pidió: “Shhh”. El calor y los mosquitos son incompatibles con las vocecitas agudas que cantan canciones ridículas. Los dos pensaron lo mismo, al mismo tiempo. Y pensaron también que tenían una casa muy chica con un patio ínfimo que no debería llamarse patio sino pasillo de porquería. “Pará con el Raid, nos vas a envenenar”, dijo Marcela y Roberto le lanzó una mirada llena de furia. Hacía media hora Marcela había pedido a gritos que se levantara de ese sillón de mierda y fumigara la casa, que los mosquitos se las iban a chupar todas por dentro: “a Niní más rápido porque es más chica”, eso había dicho. Roberto entonces agarró el Raid y empezó a fumigar. Marcela lavaba los cuchillos del asado con una esponja que se sentía grasosa. Niní saltaba ahora con los brazos en alto y le preguntaba a Roberto cómo seguía la canción. Roberto no le contestó, agitó el frasco de Raid: “Se acabó”, dijo. Y Marcela, con un cuchillo enjabonado en mano, lo miró con la cara desencajada: “Estás loco, estaba casi lleno”. “Se acabó”, dijo Roberto y caminó hacia el sillón. Marcela se dio vuelta para atajarlo y en ese movimiento se hizo un tajo muy leve en el antebrazo con la punta del cuchillo. Lanzó un grito, soltó el cuchillo, metió el brazo debajo del agua fría de la canilla: “Me voy a desangrar”. Roberto la miraba mudo, Niní seguía saltando. “¿Piensan hacer algo?”, dijo Marcela. Roberto le agarró el brazo y dijo: “No es nada”. Niní repitió: “No es nada, mamita”. Marcela se zafó de Roberto. Roberto volvió al sillón y Niní se le sentó encima. “Hace calor, Niní, sentate en otro lado”, dijo. Niní no se movió. Marcela se sirvió un vaso de cerveza y salió al patio. Se sentó a la mesa: las hormigas atacaban los pedazos viejos de carne. La luna llena brillaba con una luz suave y clara. Marcela extendió el brazo para verse bien la herida. Era nada, pero seguía sangrando, no paraba de sangrar.

Venta

dic 28

Ari había dicho que tenían que deshacerse de tantas cosas inservibles que guardaban en la baulera. Lucía estaba de acuerdo, pero no quería regalar nada: “Las cosas que se regalan no se aprecian”, había dicho, mientras extendía su pollera recamada, un regalo de un diseñador amigo que se había hecho medianamente conocido últimamente. Lucía nunca había usado esa pollera. Vito dijo que haría lo que ellos decidieran: hacía dos años que vivía en esa casa y también guardaba cosas en la baulera, pero, la verdad, deshacerse o no de ellas le daba exactamente igual. “Claro, porque vos no sos el que limpia la baulera”, le dijo Ari. “¿Y vos cuándo mierda limpiaste la baulera?”, le dijo Lucía. Vito bostezaba. Ari y Lucía, valga aclarar, habían sido pareja antes de ser “roomates”. Vito había llegado después de la ruptura, gracias a un aviso que vio en un sitio de internet: “Alquilamos habitación totalmente equipada en PH de Flores” Y más abajo aclaraba: “Con derecho a baulera”. Los chicos contactaron a una de esas señoras que organizan ferias americanas y fueron rechazados: “Todo junto no vale dos mangos”, les dijo la mujer; y Ari tuvo que aguantarle la mano a Lucía para que no se la mandara a la cara. Decidieron organizar la feria ellos mismos, sacar las cosas a la vereda, imprimir volantes, llenar la neverita de cervezas para ellos, y jugos para ofrecer a los potenciales compradores. Les pareció un buen incentivo. Y allí estaban, atendiendo a los que se acercaban a preguntar cuánto valía qué y después se tragaban el jugo en dos sorbos. Vito fue el más práctico: “Todo a cuatro pesos”. Y vendió todo, salvo unas alpargatas que olían a perro. Lucía se empeñó en sobre exhibir su pollera, se la mostraba incluso a los niños que pasaban por ahí: “Es de un diseñador muy conocido”. “¿Qué es?”, le preguntaban algunos; ella resoplaba y les daba la espalda: no podía creer que no supieran apreciar una pieza de arte. Al final de la tarde, ya con varias cervezas encima, Ari se había quedado dormido en su silla; tenía pegado en la parte interior del muslo el precio de algo que costaba doce pesos. Vito contaba su pequeña fortuna y Lucía se sentía muy triste: “Nadie quiere mis cosas –decía–, ni siquiera yo”. Vito dividió entre los tres lo que había ganado, les tocó $ 9,30 a cada uno. “Gracias, viejo”, dijo Ari, entreabriendo los ojos. Lucía miró los billetes y se puso a llorar: estaba anocheciendo, quedaban sólo ellos y sus cosas inservibles. Ya nadie pasaba por la vereda, ya nadie pasaría, decía. Y se tomó un sorbo de cerveza que le raspó la garganta.

Pedro

dic 07

Pedro es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pedro se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi diez años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en San Fernando. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pedro se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pedro se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pedro estaba en la fiambrería donde trabaja y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo iba a descontar. Pedro asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pedro. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pedro; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pedro se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pedro ya iba rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pedro y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pedro se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente su hermana se fue. Por esos días fue que vi a Pedro: estaba de vuelta en la fiambrería haciendo doble turno, pero cobrando lo mismo, en gratitud al Sr. Horacio que le dio “otra oportunidad”. Mientras me despachaba un muzzarella me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pedro, casi aliviado–, supongo que sí”.

El Rodney

nov 24

Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchacha rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresión tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados, para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí. Detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachas rebeldonas en muchachas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.

Busqued

nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.