En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued.Aquí las razones:
Recomiendo Bajo este sol tremendo, la novela de Carlos Busqued. Es siniestra y, al menos para mí, encantadoramente tierna. Los personajes son una porquería de gente, hacen cosas asquerosas – “moralmente” inaceptables–, y todo está contado en una tercera persona distante, que nunca jamás comete el error de apasionarse. Adoro la tercera persona y le tengo mucho, pero mucho prejuicio a la primera. Eso ayuda a que me guste tanto la novela de Busqued, además de esa maravilla de prosa que no se corta, ni se esponja, ni se agranda. De la narración me gusta que es medida, de la historia me gusta que es brutal. De él, a quien nunca vi en la vida más que en esa foto de solapa, me gusta que sea del Chaco, que conozca tan bien la sensación de calor, y que sepa contar sin la menor extrañeza la obsesión de un tipo por documentales marinos o el porno más chancho del universo. Me gusta cuando un libro te da placer con la imagen incómoda de un tipo al que le corren chorros de sudor por la sien, y que flota en el humo espeso de un porro, mientras todas las cosas horribles que suceden a su alrededor se desdibujan en una nebulosa. Y todo eso en 180 páginas que, si se tiene buen estómago, se pasan con masitas en la merienda.
Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.
En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.
En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.
Susy oyó el despertador de la radio, el hombre ruidoso de todas las mañanas cantaba su estribillo: “¡Un maravilloso día se asoma en tu ventana! ¡Hola día, hola ventana, hola pajaritooos!” Se levantó sobresaltada, pero no por los gritos del hombre a los que ya estaba acostumbrada, sino porque otra vez había soñado con su padre. Susy tenía los ojos húmedos y la garganta seca, y lo extrañaba como nunca. Desde aquella última vez que lo vio, no hacía más que extrañarlo. Salió de la cama, puso a llenar la bañera y después se sentó en el inodoro a repasar las conjunciones.
La noche anterior había hablado con el médico del geriátrico. Le rogó que por favor dejara ir a su padre y a sus compañeros a verla en vivo a la final del programa concurso. El médico se había puesto difícil en el último momento porque insistía en que su padre se estresaba demasiado cuando la veía, que si acaso ya no se acordaba de la última vez, y que ella sabía muy bien que no convenía someterlo al pasado.
—Y a usted tampoco le conviene, señorita. Perdone que se lo diga, pero me parece que eso del programa concurso es un gran retroceso para su salud psíquica.
Susy se echó a llorar. Le explicó que ella había esperado ese día desde la primera vez que ganó en el programa, varios meses atrás. El productor le había dicho que si llegaba a la final podía escoger a su público, y ella enseguida le dijo que quería que llevaran a su padre y a sus compañeros del geriátrico. Porque Susy sabía que lo que más le gustaba a su padre era presumirla. Y le dijo al médico que le había costado mucho convencer a la producción, porque le habían puesto algunas trabas: que eran ancianos y habría que traer enfermeros, que las luces y el humo del set podían ponerlos nerviosos, que si alguno se meaba ellos qué hacían.
—Pero yo les dije que eso no era problema porque todos los pacientes usaban pañales, ¿no, doctor?
—Por supuesto —le contestó en tono seco.
Y Susy dijo que por eso mismo, y que al final insistió tanto que el productor aceptó. Entonces el médico, tras un resoplido, le dijo que lo pensaría.
Susy salió de la bañera, se vistió con una falda de paño gris y una blusa blanca de mangas plisadas. Después se hizo un moño en el pelo y se sentó en el sofá de la sala con su libro de gramática. El auto del programa pasaría por ella recién a las seis, así que tendría todo el día para prepararse mejor.
Mientras repetía la lección de los verbos auxiliares, levantó la cara y vio su reflejo en la pantalla apagada del televisor. Su moño recién hecho ya tenía hebras hirsutas sobre las orejas. Trató de acomodarse los pelos parados: los aplastó con saña una y otra vez, y cuando ya parecía que se quedaban en su lugar volvían a erizarse. Suspiró resignada. Desde chica siempre tuvo un pelo difícil y lo mejor que su padre podía hacer con él eran moños. Cada vez que la peinaba o la vestía o le ataba las zapatillas, su padre solía repetirle que las personas podían tener sólo dos cualidades en la vida: ser lindas o ser listas. Y le decía que como ella no había sido afortunada con la belleza, su única opción era cultivar la inteligencia. Susy le replicaba: “Pero la belleza también se cultiva, papá”. Ahora, pensándolo en retrospectiva, a Susy le parecía que ésa era una observación muy lista para una nena de ocho años. Pero su padre se reía y le decía: “No mi amor, lo que hay que cultivar es tu cabecita”. Y le daba toquecitos en el moño que otra vez se desacomodaba.
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Fotos de la nota en la revista.
–¡Ignacito se cashoooo!
La señora que grita tiene una blusa beige bordada, lentes de sol rasgados a lo Victoria Ocampo –referente de las señoras ricas porteñas–, y un marido al que agarra por la manga y estremece. El marido la tranquiliza: que Ignacito siempre fue travieso, que va a estar bien. Pero la señora ya se olvidó de Ignacito y ahora dice que ¡Eduardito, ché, no se peleen así!
En la cancha se juega la final del Abierto de Palermo, el campeonato de Polo más importante del mundo. El abierto sólo lo juegan argentinos, pero –aunque suene muy argentino– en el mundo no existen mejores polistas que eshos. Los equipos enfrentados son La Dolfina, con 39 de handicap, y La Aguada con 37. El handicap de un equipo es la suma del handicap de cada jugador, que es el puntaje que se les da anualmente para calificar su desempeño, y que va del 1 al 10. Esta tarde ganará la Dolfina –que también ganó el año pasado–, pero el partido será reñido, emocionante, y la tribuna gritará tanto que por momentos muy breves algunos nos sentiremos en un partido de fútbol.
La señora que grita podría ser algo así como la tía abuela de los polistas de La Aguada: los hermanos Novillo Astrada –“Ignacito”, Eduardo, Miguel y Javier. Los chicos son polistas profesionales, pero para la “tía abuela”, es como si estuvieran jugando en el campo familiar, porque en el campo familiar deben comportarse muy parecido a como lo hacen hoy en el partido: ¡¿qué te pasa?, ¡tarado! grita un Novillo Astrada que acaba de hacerle un pase a otro, y el otro, que perdió el pase, le responde que no sea pelotudo y que se deje de joder.
Es lógico que un equipo de Polo lo conformen cuatro hermanos, de hecho es una tradición que ha caído en desuso porque ahora en el polo, como en casi todos los deportes, los jugadores se compran y se venden al mejor postor. Pero siempre fue y sigue siendo un deporte muy exclusivo, apto sólo para caballeros: o sea, gente con muchos caballos, campos y tiempo para dedicarse a montar. Y en ese sentido, está claro que los caballeros no abundan ni en la Argentina ni en ninguna otra parte. Por eso, supongo, cuando se arma un equipo de polo inevitablemente entra a jugar el factor consanguinidad: que alce la mano el que tenga caballos, campos y doble apellido… ups, pero si todos son hermanos, qué casualidad.
El campo de Palermo está en el medio de la ciudad y pertenece al Ejército, que lo cede a los polistas a cambio de la mitad de los ingresos publicitarios. En dos esquinas del campo, bajo los árboles, están los palenques: donde los equipos preparan a sus yeguas –en el polo por lo general se usan yeguas porque, dicen, son más dóciles. Un jugador puede cambiar muchas veces de yegua en un chuker (tiempo), por eso siempre hay un stock grande de animales listos para salir a jugar. Además de las yeguas, en los palenques también hay mujeres rubias y peones oscuritos que cepillan alazanes y se sacan fotos con cámaras baratas, para decir que alguna vez pasaron por Palermo; los peones también dirán que vieron de cerca a las señoras rubias que por lo general son modelos famosas. Porque últimamente, polista que se respete, tiene una esposa modelo a su lado.
La tarde de hoy es un lujo. Sobre el verde impecable de la cancha hay un cielo tan azul que parece falso: ni una nube amenaza la velada. Menos mal, porque desde el día de la inauguración del campeonato hasta ahora, han estado pegando cartelitos que dicen que la misa de último día no se suspenderá, ni siquiera por motivo de lluvia. Y las mujeres rubias, que además de modelos son católicas, seguro que no estarían cómodas escuchando el sermón bajo el agua. Pero Dios está con el polo, eso todo el mundo lo sabe.
Dómina Sandra me descubrió enseguida. Creí que la despistaría con mi performance barato de extranjera intrépida, pero “ella sabe reconocernos”, dijo. La verdad es que todo fue mal desde el principio. Cuando pedí la cita por teléfono hice un papelón: me hice llamar “Betsy”, afiné la voz, me excedí en halagos hacia su “arte” y, lo peor: yo, que con un solo monosílabo que pronuncie en tierra porteña delato mi condición de extranjera, fingí un acento tan cursi que la secretaria, al otro lado de la línea, me dijo: “hablás como en las novelas, nena, ¿sos venezolana?” –su timbre entusiasta me hacía suponer que imaginaba a una escultural Caty Fulop del otro lado.
La primera cita fue un lunes a la una de la tarde: pleno invierno, leve retraso por piquete en el camino, un día bastante normal. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Toqué el timbré.
–¡Si sos Betsy, entrá!
Era una voz exageradamente aguda que me hizo imaginar a una mujercita sílfide y chiquita. Imaginé a otras mujeres a su alrededor, vestidas de cueros y armadas de cadenas, que me esperaban para darme mi merecido: “A mamá mona con banana verde, no”, me retarían por querer engañarlas. Casi podía oírlas preparando sus implementos de tortura. Estaba probablemente en mi último instante de lucidez, tratando de hacerme las preguntas correctas: ¿qué hago aquí? ¿Hacia dónde corro? ¿Cómo sabe ella que no está dejando entrar a un ladrón, a un asesino, a un putifóbico? ¿Cómo sé yo que ella no responde a ninguno de esos perfiles? ¿Por qué decidí llamarme Betsy?
–¡Che!, ¿te querés congelar allá afuera?
Gritó de vuelta. Entré. La voz salía de un cuerpo enorme forrado en una bata hindú que reposaba en una sala oscura, como un Buda. La rodeaban estantes que exhibían productos que se vendían: ropa erótica, juguetes de SM (sadomasoquismo) y videos caseros con la marca de la Dómina. En una repisa había revistas extranjeras en las que la habían entrevistado y un libro llamado Diary of a mistress; en otra había doce pijas (penes) de silicona ordenadas por tamaño, y debajo un equipo de sonido viejo. Detrás de todo –vigilante–, una gran foto suya con antifaz, corsé y su mejor expresión de sádica. Me senté frente a ella, que se había mudado a un escritorio, y descubrí en la mesa una colección de muñequitos en miniatura como los que salían en los yupis. Cruce las piernas me saqué el abrigo, elevé la pechamenta y sacudí el cabello: para esta nota había decidido encarar el rol de chica mundana. La Domina miró atenta todos mi movimientos, luego se aclaró la garganta.
–Y bueno, contame, ¿por qué querés aprender SM?
Sentada en su trono, el ama empezaba a interrogarme.
–Quiero experimentar con mi pareja. Nos gusta jugar.
–¿Jugar a qué?
–Jugar, Dómina, tú sabes: esposas, aparatitos y así.
–Pero para jugar no te va a servir mi clase teórica. Lo que ustedes necesitan es imaginación. A ver, ¿cuáles son los miedos de tu pareja?
–¿Miedos?
La Dómina resopló y negó con la cabeza, impaciente.
–Che, Betsy, dejate de joder ¿Sabés qué? No te creo.
Me turbé un poco, cómo que no me creía, no entendí. Me acomodé la blusa, mostré un poco más de piel, afiné la mirada.
–¿No me crees qué, Domina? –dije, mirándola de frente.
Ella me sostuvo la mirada, se apartó un mechón de pelo de la frente. Luego levantó las cejas, como si esperara una respuesta de mi parte.
–Mirá, Betsy, a esta altura a mí ya no me engañan, vos no tenés ningún novio ni nada, vos querés trabajar en esto: se te nota a la legua.

La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie; que estaba él solo con ella, dejándose llevar por lo único que le importaba en ese momento: tener un orgasmo. Mientras me cuenta pienso en ese juego de cumpleaños infantiles que se llama “ponerle la cola al burro”. Cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego. El regalo que todos queríamos –un game boy que traía el juego de Mario Bross– se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba “¡dale Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba. Yo no entendía por qué.
Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco. Él nunca jugó a ese juego: no cuando era chiquito.
Me dice que todo comenzó a sus doce años, cuando el capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el sur) le empezó a llenar la cabeza con historias sobre las bondades de las burritas –de las que hoy él da fe. Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”; cuando lo hizo por primera vez tenía trece. Esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, más o menos.
Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros –la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero todavía se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco.
–La vuelta de ahora es otra –me dice el paisa. Y me explica que se dedican a llevar “pelaitos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale $2.000 y “usar” las burritas cuesta entre $5.000 y $7.000, según la que se escoja.
–Mejor dicho, con diez mil pesitos que el pelao ahorre en la semana ya está hecho.

Todos cantaban el happy b-day: el domingo seis de marzo, en la iglesia cristiana “El Monte Sinaí” del barrio La Gloria (al sur de Bogotá, la zona más pobre de la ciudad), se celebraban los cumpleaños del mes, y había torta. Hace un año que July Andrea (21) y John Brandon (20) asisten a la iglesia los domingos, pero ese día era especial: tenían “grupo de jóvenes”. El pastor se reunió con ellos para darles consejos, hablarles de Cristo y “tocarles el corazón”. Ellos escuchaban atentos, dicen ser muy buenos alumnos, y dicen disfrutar del grupo de jóvenes más que de cualquier otra cosa en el planeta. John alcanzaba a distraerse de vez en cuando, no porque se aburriera, aclara, sino porque tenía prisa por salir: necesitaba hablar con alguno de sus amigos “dueños de tienda” para que les regalaran comida. Ya no les quedaba nada, ni un pan ni una moneda.
Desde que se hicieron cristianos, John y July tienen la idea de casarse y luego bautizarse, piensan que con eso –quizá–, la vida les cambie. Para casarse les hace falta ahorrar un poco de dinero: deben sacar el documento de identidad, que ninguno de los dos tiene, y eso cuesta plata. July se lamenta, por culpa de par de papeles siguen “en pecado”.
Según John, su mujer es de una “familia noble”, a diferencia de él, que viene de un hogar conflictivo. Tiene cuatro hermanos de padre y madre, y tres han estado en la cárcel. Él se fue de su casa a los seis años y llegó a un internado en el que estudió hasta octavo. Después volvió a escaparse.
Para esa época July vivía con su familia en el barrio Canadá, también en el sur. Y John, que recién cumplía doce y se estrenaba en la calle, la vio un día y quedó prendado. Al poco tiempo ella también dejó el colegio y se hicieron novios. Llevan nueve años juntos en los que se han separado muchas veces. La última fue hace unos meses, pero les duró poco: son de los que creen que el amor siempre gana. Románticos, pese a todo.
El día que los conocí él llevaba puesto un buzo azul eléctrico con un pantalón blanco, y un gorrito de lana –también azul– que le cubría las orejas; ella: un pantalón ancho, una camiseta blanca por fuera, y el pelo recogido en una cola pegada al cuello. La diferencia entre ellos se nota: July se porta seria, esquiva, él sobreactúa y le gusta intimidar. Él es coqueto, ella pudorosa. Él es impulsivo, ella sumisa. Ella es una mujer sufrida y él, a los 20, sigue siendo un adolescente descarriado.

I.
Esta es una historia feliz: es la historia de una reina.
Llego al Palacio y toco el timbre. Sale un perrito blanco peludo, con un lazo azul en el cuello, que debe sufrir mucho en los días de calor. Hoy, por ejemplo, que el sol está grande y bien puesto sobre la ciudad como un sombrero. Nadie abre, el perrito nos mira y ni siquiera se le da por ladrar. Estamos en Crespo, un barrio de clase media al norte de Cartagena, perturbado por el aeropuerto. Me acompaña Mauricio, que me va a hacer de fotógrafo, aunque no es: “¿Cuándo más vas a tener a una reina tan cerquita?”, le dije para convencerlo.
–¿A la orden? –se acerca una señora. Es la hermana de la reina, doña Ana Julia Mouthon, 70 años.
–Buenas tardes, yo soy la periodista que quiere ver a doña Amirita. Hablamos por teléfono.
Adentro nos sentamos en el sofá. En medio de la sala hay una mesita baja con dos portarretratos y un jarrón. En el primer portarretrato hay una foto sepia de Amirita y su esposo Carlos a los ventipico; en el segundo, una foto en color de la misma pareja a sus ochentas, rodeada por su descendencia; en el jarrón, unas flores falsas. A un extremo de la sala: un estante con libros –Buena cocina para adelgazar de Margarita Paten, Prólogo al amor de Taylor Cadwell, El Milagro de Irving Wallace, El Amor en los tiempos del cólera de García Márquez–. En el otro extremo: una docena de bisnietos, media de nietos y un televisor encendido. Es domingo, día de visitar abuelas.
El reloj de la sala dice que son las nueve y cuarto, pero es mentira.
–¿Qué hora es? –le pregunto a Mauricio.
–Tres y diez.
Y a esa hora entra la reina:
–Ay yo te entendí que venías el lunes… ¿Cómo estás? Encantada, anda pero qué calor que hace… ¿por qué no nos traen un abaniquito? –La reina mira a los lados, buscando a algún sirviente, quizá. Saluda a los presentes y ocupa su trono. Se alisa la falda, cruza las manos en su regazo y sonríe. Mauricio dispara.
Amirita Mouthon de Criscaut
Fecha de Nacimiento: 18 de diciembre de 1921.
Signo: Sagitario
Libro favorito: Genoveva de Brabante –lo leyó a los 10 años y sufrió por su pérdida hasta este año que su hijo Javier se lo mandó de Bogotá.
Canción: La Flor de la Canela: “Déjame que te cuente, limeño…”, canturrea.
Película: Lo que el viento se llevó –le gusta porque es de su época.
Se supone que todas las personas tenemos un botón de propulsión situado más o menos al final de la columna vertebral. No es sino mantenerlo presionado por un rato para que el cuerpo ande prácticamente sólo, casi como si pudiera prescindir de la voluntad. Pero ese botón a veces se desgasta o se atrofia y uno tiene que pasar el día como puede, empujado por nadie, y prepararse un sanduche antes de que la gastritis ataque de vuelta. Después seguir: sentarse a trabajar y olvidarse de las cosas tristes. Por estos días hay cosas tristes en serio y cosas tristes de poca monta, y las segundas, que suelen ser consecuencia de las primeras, son las que más atormentan: una frase que no sale, como si fuera tan común que saliera. Y está lo incontrolable: el cielo que se oscurece, un durazno que se cae antes de tiempo, la gata que maulla porque se quedó encerrada en el cuartito de la ropa; la ropa que, con tanta humedad, no se seca y agarra olor. Hay gente ilusa que piensa que con respirar hondo y contar hasta diez ya está. Y que uno puede, no más con quererlo, evadir los ánimos colectivos, la pesadumbre, la soledad y la tristeza que provoca, por ejemplo, una muerte cercana. O un día de mucha lluvia. Como que la oscuridad es un decorado que viene y se va y las gotas en la ventana están para distraernos de la siguiente frase, pero nada más. Me encantaría que por estos días, cuando el botón de propulsión está atrofiado, la lluvia me siguiera pareciendo algo tan bonito. Es sorprendente que no suceda: que los paisajes estén tan determinados por las emociones. Es sorprendente que, a veces, incluso los días conspiren contra la felicidad.
En otros tiempos, según se cuenta, las señoritas tenían que hacer un curso intensivo para ser desinhibidas. Hablar con un chico era una prueba de fuego, salir con él un paso arriesgadísimo y darse un beso era prerrequisito de la prostitución. Pero eso fue hace mucho, tanto que ni siquiera mi señora madre ha de registrarlo; ahora las chicas nacen desinhibidas y no serlo es una afrenta a la contemporaneidad. Eso está claro, no es ninguna novedad, ninguna rareza. Es el pan de cada día en bares y cafés que albergan a chicas joviales y alegres que lanzan carcajadas al aire tras dramatizar un orgasmo o bien, describir de sopetón el tamaño descomunal de algún noviecillo. Y ya no se trata de ser desinhibidas sino de ser monotemáticas.