Era el final del verano, y para cierta chica era también el momento en que todo llegaba a su fin. Se había enganchado con un belga que vino de vacaciones a Buenos Aires y ahora ya se iba. No era la primera vez que le pasaba, pero como si sí. Ella tenía cierta fijación por estos amoríos turbios que ya venían con fecha de expiración. Al belga lo había conocido en San Telmo, porque esta chica trabajaba por ahí, en una tienda de ropa de diseño. Una noche, cuando salía de trabajar, la chica se metió en un bar sola y pidió una cerveza. Estaba cansada, pero no tenía sueño, sólo quería relajarse un poco antes de tomarse el colectivo. Entonces fue cuando apareció este muchacho rubio con los pelos de punta y un aro en la ceja. Le preguntó si se podía sentar con ella, y ella dijo que ya se iba, que había pasado por allí para tomar algo pero que… Cuando quiso terminar la frase el belga se le había instalado en la mesa y se empinaba un vaso espumoso de fernet.
Al poco rato de estar conversando dificultosamente –el belga no hablaba bien castellano– se dieron un beso. ¿Por qué? Porque ella estaba sola en ese bar y él estaba solo en Buenos Aires. Quedaron para verse allí mismo al día siguiente, después de que ella saliera de la tienda. Y eso hicieron: se vieron al día siguiente y pasaron la noche en la posada del belga. La chica llegó a trabajar con la misma ropa del día anterior y sus compañeras, lógicamente, se dieron cuenta: le hicieron la ronda, dieron saltitos y aplaudieron. Ella les dijo, impulsiva: “Este sí es”, aún sabiendo que estaba diciendo una tontería. Al día siguiente se llevó su valijita al trabajo y, a la salida, se le instaló al belga en la posada: “Puede estar divertido, ¿no?” El dijo que sí, aunque nunca sabremos si entendió.
El romance duró un mes, y en el medio ella intentó convencerse muchas veces de que esa relación no era tan “absurda”. Le parecía absurda porque era obvio que “no tenía futuro”. Si la chica hubiese sido un poco menos romántica se había tranquilizado con el hecho de que todas las relaciones comenzaban con ese mismo principio y –la inmensa mayoría– terminaban sin haberlo variado en lo más mínimo. Pero estamos hablando de una chica no sólo romántica, sino esculpida de acuerdo a los lugares comunes más eficientes del mercado.
Una mañana, cuando ella se arreglaba para ir a la tienda y el belga aún yacía en la cama le dijo:
–Ven conmigo –y ella se emocionó, pero no podía hacérsela tan fácil: se puso retozona. Que a dónde se iban a ir, le preguntó, si él mismo le había dicho que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lado. O al menos eso fue lo que ella entendió… La chica dejaba pequeños baches de silencio para que él tuviera la oportunidad de rectificarse y decir: “Te llevaré a un dos ambientes en Congreso, que compraré con los euros que me traje para conocer Suramérica”. O mejor: “Te llevaré a Barcelona, viviremos en el piso que heredé de mi abuela catalana” Él no tenía abuela catalana, ni intenciones de decir eso. Y de todas formas no sabría como decirlo. La chica seguía con que ella no era ninguna hippie sin rumbo ni proyectos: que ella sí quería establecerse, ahorrar, comprarse un sommier para el departamento de Congreso que aún no tenían. El dijo que ok. “¿Ok qué?”, la chica estaba nerviosa hasta la taquicardia, el dedo del anillo le sudaba. Pero por la cara del belga supo rápidamente que sus palabras se habían ido por el hueco negro de su ignorancia idiomática.
Después de eso nada fue lo mismo: ella trataba de convencer al belga de lo equivocado que estaba en la vida. Le lanzaba indirectas sin son ni tón. Por ejemplo, si él decía “¿comemos en ese bar?” Ella decía que “no hay como la comida casera hecha con amor y compromiso; eso es lo que le falta al mundo: compromiso”. Y él, claro, sonreía sin saber de qué le estaba hablando: “Ok”. Al cabo de un tiempo ella se desesperó, angustió, se amargó, se quedó encerrada varios días en la posada hasta que le largó: “Bueno, llévame contigo, belga” Y el belga: “Ok”. Y ella: “Vete a la mierda, belga” Y el belga “Ok”. Y así, hasta que se dormía acurrucada en posición fetal. El belga se iba por ahí, se emborrachaba hasta el desquicie y llegaba a la posada proclamando en un raro idioma de energúmeno que él era un ser un ser libre y feliz. Un día la chica masculló unas palabras en inglés: “I no like lover, i like esposo: ahora” o algo así. Y el belga peló su chapa como si le hubiera dicho “esa carita pálida me vuelve loca”. Y salió de vuelta a emborracharse. No había caso, así que una mañana, la chica, triste y abatida, armó su valija y se fue a trabajar; esa noche volvería a su casa. Las compañeras le preguntaron que qué había pasado. Ella, exageradamente sonriente, y mientras enrollaba su dedo índice en un mechón de pelo, se largó con que el tipo se estaba enamorando y ella no estaba para esas cosas: que ella no quería compromisos, que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lugar. “¿Sí?”, dijeron las compañeras, dudosas, confundidas; y ella, sin sacarse nunca la sonrisa de la cara, les dijo: “soy un ser libre y feliz”. Ese día vendió dos remeras y un cinturón tejido y, después, no le pasó nada mucho más extraordinario.
Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.
Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.
Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.
Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.
Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.
Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.
En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.
Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).
Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.
La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.
Desde el balcón de la casa en Mar del Plata, Teté mira el mar y escribe versos en una libreta de Hello Kitty que le robó a su nieta mayor. Teté habría querido ser poeta, pero se casó tan joven, y después vinieron los hijos –tres varones, tres chicas– que ahora se les dio por preñar y parir como desquiciados. La familia le ocupa todo su tiempo, toda su casa, y no es que reniegue –Teté se santigua durante ese pensamiento, y dice con firmeza: “no, no, no”–, pero le gustaría poder usar algunos minutos del día para escribir sus versos.
–¡Abu! –sus nietos la saludan desde abajo, están bañándose en la pileta; llevan allí dentro todo el día, chapoteando como patos. Patos ruidosos. Y sus hijos, en el quincho al costado de la pileta, parlotean cual cotorras y no son capaces de decirles nada.
–Shhh –Teté, desde el balcón, se pone el dedo en la boca y mira a sus nietos. Los nenes la ignoran y siguen gritando. Teté adora sus nietos, pero no estaría mal que alguien les enseñara a hablar y a comportarse como la gente y no como monitos salvajes. Vuelve sus ojos al mar, su inspiración: el sol está brillante, las olas se elevan altísimas, del tamaño de un caballo. Una ola podría tragársela entera, piensa Teté –que es más bien petisa– y escribe algo en su libreta:
Mi cuerpo es devorado por el mar/soy nada cuando lo penetro/ y al mismo tiempo soy…
Se arrepiente y tacha lo que escribió: “penetro” no es una palabra que le guste para un poema, es obscena. Ahora es su hija la que le hace señas desde abajo, le pide que le lance el bloqueador solar por el balcón. ¿Lanzar? ¿De dónde habría sacado semejante idea? Como si ella no fuera una dama con buenos modales, sino un vulgar jugador de béisbol. Teté mueve el dedo índice en sentido negativo, su hija le grita: “¡Qué!”. Ella se tapa los oídos como si hubiese explotado una bomba. Piensa que con ese griterío es imposible concentrarse en escribir un buen verso y maldice su suerte –mientras maldice se persigna. Va por el bloqueador solar, baja y se lo entrega a su hija, que se ha sentado y casi no puede alzar los brazos porque hace poco se operó el pecho. Teté debe agacharse y poner el bloqueador sobre su regazo.
–¿Quiere un chori, suegra? –uno de sus yernos la apunta con un trinche que sostiene un chorizo grotesco en cuanto a su tamaño. Teté niega con la cabeza y sacude las manos para que retire esa cosa de su vista. Y nota perfectamente cuando sus hijos se miran entre sí y ponen los ojos en blanco, como quien dice: “qué insoportable mamá, qué quisquillosa, qué aparato”. Porque ellos siempre conspiraron en su contra, toda la vida. Cada cosa que ella decía o hacía les parecía mal. Ellos siempre dijeron cosas horribles de ella: de su propia madre que les entregó la vida, que sacrificó su talento literario por criar a esa manga de gritones. Se da vuelta con una expresión de despecho y tristeza que le alcanzaría para escribir no uno ni dos ni tres poemas, sino todo un libro de poemas tristes. Mientras Teté se aleja uno de sus hijos dice algo y todos largan carcajadas. Hasta sus nietos se ríen. Hasta su marido, que no debió ni enterarse del chiste porque recién llega con un balde de hielo.
Rescató su libreta de Hello Kitty, y en vez de volver al balcón se fue a la terraza, donde el mar se ve bastante menos, pero se escucha bien: “a los artistas la naturaleza nos habla, Teté, sólo hay que saber escucharla”, le había dicho su profesora de poesía. Y allí estaba ella, con el oído atento a lo que le decía el mar, ese murmullo constante como el bramido de… Abrió su libreta y escribió ese pensamiento, le pareció maravilloso:
El bramido de…
Lo había olvidado. ¿Cómo podía ser? Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas: fuerte y seco, inmensamente profundo como… ¿cómo qué? Ahí venía la imagen, el momento revelador, la epifanía de la que hablaba su profesora y todos los poetas que su profesora había leído. Teté apretó fuerte los ojos y siguió escuchando, cada vez más nítido y cercano, el sonido del mar: hondo, intenso, recóndito, insondable, subterráneo, agudo, oscuro, difícil, penetrante como, como…
–¡Teté! –la voz gangosa de su marido la llamaba, sus manos ásperas la sacudían por los hombros como si quisiera despertarla de una pesadilla.
–Pero… –Teté ni siquiera podía hablar, estaba demasiado turbada por la bruta irrupción. Se levantó:
–¡Pero qué mierda pasa ahora, Mariano! –gritó, quebrada en sus modos y en su paciencia. Su marido la miró perplejo: cerveza en mano, panza al aire, malla desteñida, patas ralas.
–Nada, que ya casi está la carne y no has hecho la ensalada –dijo y, casi sin poder terminar la frase, eructó. Teté quiso llorar. Su marido se llevó la mano a la boca y dijo: “perdón”. Se dio vuelta y volvió al quincho.
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Ser extranjera tiene ventajas y desventajas. Una ventaja es que uno siempre puede alegar desconocimiento, ignorancia o demencia ante cualquier cosa de la que no quiera hablar. “¿Viste la última de Campanella?” y uno mira al aire: “¿Campanella?… me suena” Y se ahorra el mal rato de tener que llevarle la contraria a los millones de argentinos que siguen aplaudiendo El secreto de sus ojos como si en ella se hubiese resuelto, por fin, el misterioso caso de Norita Dalmasso. Una desventaja es que si se me da por no callarme la boca, como ahora, me llueven las descalificaciones usuales, facilistas, de que no soy de acá y seguro que me perdí tantas cosas y que la idiosincrasia argentina es tan pero tan compleja. Claro, porque seguramente Campanella quiso hacer esa película exclusivamente para los cines locales, y que no llegue a Uruguay, por favor, que pueden confundirse. Como la media consumidora occidental, he visto cientos de películas que no son de mi país y todavía, por suerte, el placer o la incomodidad que me producen dependen de la pura panza. Pero de todas formas el de la nacionalidad no es un argumento porque a El secreto… le ha ido muy bien en otros países, como España, y supongamos que algunos de los que fueron a verla no eran argentinos. Supongamos también que en el Oscar no habrá expertos en argentinidad explicándole los chistes al jurado.
Pero decía que, en general, una película me gusta por lo más elemental: que si me conmueve, si me alegra, me euforiza o me deprime y etcétera. En eso, supongo, estamos de acuerdo casi todos. Pero para que eso pase, primero tengo que aceptar lo que me están contando, casi creérmelo en serio, racional y sensorialmente: como que la primera vez que uno ve El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter le produce una serie de cosas –morbo, repulsión, miedo–, que son coherentes con el hecho de que se trata de un personaje macabro de una historia macabra. Esa coherencia está dada por las reglas internas de una historia; las películas bien hechas son las que respetan esas reglas y entonces uno puede dedicarse a disfrutarlas sin la dificultad de preguntarse: “Pero, ¿el tipo se comió a toda esa gente?”. No, uno no se lo pregunta, lo acepta porque se lo cuentan bien. Y El secreto… (lamentablemente para mí, que me gustaría entusiasmarme como casi todos con la flamante “obra maestra”) no entra en esa categoría.
La película está plagada de inconsistencias, de recursos forzados que parecen puestos para el público gordo, acostumbrado al efectismo hollywoodense. Como esa maratón de la protagonista detrás del tren, absolutamente innecesaria y traída de los pelos. Es el ejemplo típico en el que, insisto, uno se distrae preguntándose idioteces: ¿Pero por qué corre? Si se arrepintió de dejarlo ir, ¿no puede tomarse el tren siguiente? ¿Será un guiño de Campanella a Forrest Gump? Así hay otros ejemplos de escenas sin son ni ton, injustificadas; bisagras que sirven para meterle a la película todos los componentes de un producto bien mainstream: el amigo borracho y mártir, el amor fallido, la culpa, la venganza y, por supuesto, la cereza del helado argentino, el contexto setentista. Muy bien, son todos grandes temas de potenciales grandes películas que no son esta. Si esto fuera una crítica podría hacer una lista larga de esas inconsistencias, pero no lo es y lo que quiero decir es otra cosa.
Quiero decir que me da la sensación (esa sensación familiar) de que esta película parece ser tan buena sólo porque es sudaca, como nosotros, y eso nos cubre de condescendencia. En Estados Unidos debe haber un dispenser de thrillers parecidos a éste con todo y la cara de Darín que, de todas formas, siempre es la misma. Pero como la hizo un argentino con actores argentinos en esta industria deprimida (un argentino que, convengamos, no es un joven pujante de Formosa, sino uno que vive afuera, trabaja afuera y juega en las grandes ligas), se le encuentra mérito a una secuencia de persecución bien filmada, por ejemplo (como si no hubiera mil quinientas treinta y tres iguales), porque se parece un poquito a lo bueno que se hace donde se supone que se hace lo bueno. Lo mismo suele suceder con la literatura y con el arte, es verdad, pero como el cine es más masivo el efecto es más masivo, abrumador, un poco insoportable. En El secreto… hay tantos aciertos como errores y no reconocerlo es promover la mediocridad, es resignarnos para siempre a las ligas menores que aspiran alguna vez llegar a las mayores a partir de la mera imitación técnica, argumental y, lo peor, celebrada: “Uh, esa escena le salió bien Brian De Palma” (aplausos). Y así.
Todavía me parece posible que el cine latinoamericano encuentre un lugar más genuino que no nos muestre hambrientos por parecernos a Hollywood, y que no necesariamente caiga en la crónica sucia de nuestras sociedades miserables, violentas, corruptas, tan jodidas, que es justamente como Hollywood nos ve. Hay otras maneras de mostrarnos en pantalla, pero me parece que hay que inventárselas más y copiárselas menos. El año pasado vi algo que se acerca bastante a una invención: Historias extraordinarias, y fue tan placentera la sola idea de comprobar que se podía. Y en cuanto al Oscar –la última gran alegría nacional–, hasta vergüenza da aclarar que no es ningún certificado de calidad, sino una palmada en el hombro de la gran industria que significa algo como: “Keep trying, Juan, you’re almost one of us”.
Esta es una chica muy mona, cuya principal actividad en la vida es pasarla bien. No tiene dinero pero sí recursos: o sea, muchos amigos con dinero. Dinero quiere decir casas en Punta del Este, alguna chacra, yate y muchas millas de avión acumuladas. Ahora mismo esta chica debe estar en alguna linda casa pasando el verano por cuenta de otro. A estas alturas quizá sobra aclarar que estamos hablando de una chica fácil. Fácil, pero cara. La mayoría de sus “sponsors” se han ido casando con otras, pero –como se trata de una chica que además de bonita es simpática y divertida– muchos la han incorporado a sus círculos familiares como “una vieja amiga”. Cuando la ven, están también sus esposas que, conmovidas con los relatos tristes de la chica, tratan de arreglarle la vida en la sobremesa. Ya hablaré de sus relatos tristes, pero antes aclaro que se trata de una chica del tipo que le cae muy bien a las esposas. ¿La razón? La siguiente: ante una esposa la chica siempre se muestra obnubilada –por su ropa, su casa, su auto, sus uñas–, o sea que le da la posibilidad de sentirse superior y compasiva –condiciones que por supuesto se retroalimentan en una avalancha de morbo–, convenciéndola de que, aunque no tenga su cuerpo ni su cara ni sus dientes de propaganda, tiene todo lo que a ella le falta: seguridad económica de por vida.
En cuanto a sus relatos tristes tienen que ver con haber vivido la infancia en calidad de huérfana. Esta chica se crió con un tío lejano, bueno pero pobre, que la metió a trabajar desde los catorce en una perfumería horrorosa. A los dieciséis la chica conoció a su primer novio, un tipo casado que le puso un departamento en Libertador y Olleros e inició los trámites de su divorcio a los tres meses de estar con ella. Y un día se murió. Así, de la nada, le dio un ahogo mientras hacía ejercicio y el corazón se le paró. Treinta y tres años tenía, como Cristo. Total, que la chica tuvo que devolver el departamento, pero ya nunca volvió a lo de su tío pobre. Enflaqueció hasta el límite del fideo lingüini y se dedicó a modelar a muy baja escala. Después un novio la hizo ascender a una especie errepé de poca monta: y de ahí conoce tanta gente. El dinero nunca llegó: nunca. Pero tampoco le hizo falta.
Los novios le duraban poco porque, tarde que temprano, sus esposas los reclamaban. Lógicamente, cuando esta chica le cuenta a las esposas de sus “amigos” los relatos tristes del pasado, obvia la parte de las otras esposas que, no pocas veces, son ellas mismas. En el relato, sus novios pasan a ser, sencillamente, hombres crueles y por lo general muy famosos que no quisieron de ella más que su cuerpo. Lo que más le gusta a las esposas es la parte del relato en que la chica se refiere a sus ex novios famosos por su nombre de pila: “Gustavo tenía un carácter de mierda”, y sopla el humo de su cigarrillo. Por supuesto a nadie hay que explicarle que Gustavo es Ceratti o que Pablo es Echarri o que Alan, Faena, y así. A las esposas no les gusta, en cambio, cuando la conversación, gracias a la irrupción intempestiva de sus maridos, se torna financiera. Porque a las esposas ricas –y esto es algo que nuestra chica tiene muy claro–, hablar de dinero las deprime. A los maridos, por el contrario, los excita: todo empieza cuando el tipo se sirve un wiskhy y se sienta junto a ellas en el deck. Y la chica en cuestión, en un descuido de la esposa, desliza un comentario de movida: “Tengo unos dólares afuera y no sé en qué invertirlos, ¿se te ocurre algo?”. Los ojos del esposo ajeno brillan de emoción y la boca se le seca por lo que debe mojársela con más wiskhy: “Tengo un par de ideas…” . Cuando la esposa se da cuenta, el marido está embarcado en una diatriba económica y la chica, atentísima, asiente y hace preguntas pertinentes que ya hizo otras veces a otros maridos en otros decks. “Basta querido, la estás aburriendo”, trata de cortar la esposa, pero es tarde, el marido está tomado por la adrenalina, hablando del metro cuadrado en Puerto Madero y de los vaivenes en la bolsa de Chicago. Y la chica ya ni siquiera escucha, sólo asiente y sonríe y espera el momento oportuno para proponer una salida furtiva a un lindo hostel de la zona, que ya eligió desde el primer día. Cuando eso ocurra esta historia de verano ocurrirá en dos planos: en el primero, la chica en cuestión estará embebida en un nuevo romance caluroso, donde su sonrisa blanca será otra vez protagonista; en el segundo, la esposa estará preparando una reunión para la noche, con el único fin de conseguirle un buen partido a la chica. Y el final será el mismo de siempre, la chica, arguyendo un compromiso importantísimo en Capital, abandonará intempestivamente las vacaciones. Se subirá a un autobús, saludará desde la ventana a la buena esposa y a su porquería de marido y pensará: otra gente que no veré más, un verano menos en mi vida. Y respirará casi aliviada.
Facu había amanecido en la arena. No se dio cuenta cuando se quedó dormido pero sí cuando lo despertaron.
–Hey –un pie tocándole la panza por el costado, por donde debía quedar el riñón, supuso, porque enseguida le dieron ganas de hacer pis. Era Melissa, se había parado delante del sol y parecía que una aureola le rodeara la cabeza.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Melissa y se movió hacia un lado; entonces Facu vio el mar al fondo y el sol le pegó en la cara. Era un sol rabioso, encandilante. Facu se sentó, estaba muy mareado. Y la espalda le ardía como si una familia entera de sanguijuelas se le hubiera instalado ahí. Melissa se agachó enfrente.
–¿Y?
–¿Y, qué? –dijo Facu.
–¿Pensás pedirme disculpas? –Melissa tenía los ojos hinchados, había llorado, era obvio. Facu se levantó, se sacudió la arena de pantaloneta, los brazos.
–¿Disculpas de qué? –La verdad es que no tenía ni idea de qué hablaba. Igual, Melissa lloraba por cualquier cosa.
–No importa, vamos –Melisa le tomó la mano, Facu se zafó.
–Pará.
Ella lo miró con odio, le dio la espalda y caminó por la playa, hacia la ruta. Facu la siguió. Melissa tenía las caderas con esas protuberancias que llamaban conejos. Con los jeans no se le notaban tanto pero, con el pareo, sus caderas eran un paréntesis deforme. Tenía cintura chica y eso le gustaba a Facu, pero no era sino descender para que la calentura se le pasara.
–Pará, Melissa, ¿a dónde vas? –le gritaba Facu, ella caminaba rápido, casi corría. Él rengueaba porque le dolían las plantas de los pies. Llevaba varios días andando en patas por la playa y se había cortado un par de veces: una vez con una piedra filosa, otra vez con un vidrio. Ese fue el día que Manu, el tipo que andaba con Lola, la amiga de Melissa, rompió una botella de Stella contra el suelo y las esquirlas salieron volando; un pedazo de botella terminaría más tarde incrustado en el pie de Facu. “¿Por qué hiciste eso?” –le había dicho Facu–, ¿te parece muy gracioso, imbécil?”. Y el tipo largó una risotada: “Sí”, dijo. Manu tenía ventidos años y serios problemas de conducta; Lola tenía veintinueve y un cuerpo fenomenal. Facu pensaba que Lola no tenía que andar con un tarado como ése: se lo había dicho un día a Melissa y ella, con ese tono amargo de siempre, le dijo: “Y a vos qué mierda te importa”. Facu odiaba la palabra “mierda” en boca de una chica.
Ahora se había sentado en la arena, estaba cansado y le parecía que las heridas de los pies se le estaban abriendo. Eso no debía estar bien. Se le meterían cosas: mugre, bichos. Melissa iba lejos, había atravesado la ruta y ahora se adentraba en el bosquecito donde tenían las carpas.
–¡Melissa! –gritó. Ella no volteó. Un auto paró en la ruta y un par de chicas se bajaron con un perro. El pobre perro llevaba un sombrero y una corbata en el cuello. Las chicas lo filmaban con una camarita:
–¡Peter! –lo llamaban y se reían del pobre animal que trataba de sacarse la corbata con la boca y lo que hacía era apretársela.
–Estúpidas… –murmuró Facu, todavía sentado en la arena, mientras las miraba saltar y reírse con los pelos al aire: largos, lisos, bellísimos, como de propaganda. Tuvo una erección. En lo que iba de las vacaciones sólo había tenido sexo con Melissa y hacía varios días que ni eso. No podía concentrarse oyendo a Lola y a Manu en la otra carpa, muertos de risa y después diciéndose esas cosas tan cursis y después… En fin, no podía concentrarse y Melissa no ayudaba porque en vez de hablar de otra cosa le decía: “Se ve que ese Manu es tremendo polv…”, y cosas así que él prefería no recordar. Facu se levantó, se enrumbó hacia la ruta y cuando pasó al lado del auto de las chicas le pegó un olor fuerte a porro. Lola y Manu también fumaban porro, todo el día fumaban; por eso a la noche estaban así, risueños, idiotas. Estaba harto de ellos y de Melissa, se quería volver ya mismo a Buenos Aires. Facu cruzó la calle, entró en el bosquecito y encontró a Lola junto a su carpa, bañándose con agua de un balde.
–Hola –le dijo ella– Melissa está en el almacén.
Facu asintió, le pregunto por Manu y Lola le dijo que se había ido.
–¿Por qué? –dijo con auténtica sorpresa.
–Bueh –Lola sonrió–, después de lo de anoche…
Facu no entendía nada pero también sonrió. Lola le dijo que se echara un poco de agua, que estaba mugriento. Facu obedeció, se sacó la remera y dejó que Lola le echara agua del balde. Era agua dulce. Así mismo debían ser sus besos… Facu entrecerró los ojos. Las risas de las chicas de la playa les llegaron como un eco, los ladridos del perro también. Lola se acercó lo suficiente para besarlo y Facu sintió que la sangre le corría muy rápido, que le hervía la cabeza. Lola abrió levemente los labios, respiró hondo y dijo: “Chau, Facu, me vuelvo a Buenos Aires”. Y eso fue lo que hizo.
Sonia adoraba los labios rojos. Se pintaba y se repintaba con la furia de quien quiere borrarse un beso que le supo mal. Estaban en el departamento de Raquel, a punto de irse: era la noche de la fiesta.
–Ya llamé el taxi, pará con el labial –dijo Raquel. Sonia se miraba en el espejo y veía a alguien con muchas posibilidades de conseguir esa noche todo lo que quería: un hombre, a secas. O varios, pero a secas. Ya había pasado la etapa en que el sujeto hombre se adjetivaba favorablemente –inteligente, guapo, heterosexual…–, ahora todo lo que quería era el sujeto.
–¿Me veo bien? –le preguntó a Raquel, que la miró dudosa:
–Minnie, parecés. La ratona que se coge a Mickey Mouse.
Sonia alzó los hombros. Desde que se enteraron de la fiesta, habían pasado un par de semanas en las que gastaron horas completas haciendo pronósticos: Raquel conocería a un morocho de Junín, cara adorable y dientes torcidos, detalle que, en vez de disuadirla, le despertaría una ternura nunca antes experimentada. Sonia se daría besos con un chico de aspecto oriental, que vendría con el morocho de Raquel, y que sería sorprendentemente alto y fornido. Pero luego lo abandonaría por un rubito más bien insignificante con quien pasaría esa noche y las de los dos años siguientes; entonces él la dejaría por una chica mucho menor y mucho más fea que ella. “Siempre me dejan por gente insignificante”, le había dicho Sonia a Raquel, una de esas tardes, mientras se fumaba un cigarrillo.
Los pronósticos de la fiesta variaban de acuerdo al paso de los días y los cambios de ánimo de las chicas. Estaban en una de esas épocas difíciles en que, por alguna razón relativa al cosmos –nada que pueda explicarse racionalmente–, las dos llevaban un tiempo largo solas. No estaban en edad de andar muy solas, nadie atraviesa el umbral de los treinta para estar solo.
–Llegó el taxi –dijo Raquel. Sonia guardó su lápiz de labio y se colgó la cartera. Bajaron. En el taxi sonaba Voy a dormir, de Calamaro. Raquel adoraba esa canción.
–Adoro esa canción –le dijo a Sonia que se miraba en un espejito que había sacado de la cartera. Sus labios reteñidos seguían allí. El taxista las piropeó: para Sonia fue una pésima señal, para Raquel fue el zumbido de una mosca. Miró su reloj:
–¿No estaremos yendo muy temprano? –Era la una de la madrugada.
–Para nada –dijo Sonia.
La fiesta era en una terraza con vista sobre Córdoba. Sonaba Vicentico, hacía lindo clima, había lindas picadas y unos foquitos de colores adornaban el balcón. Todo estaba bárbaro, salvo la gente: chicos y chicas en sus ventipocos, que estaban producidos de esa manera que simula no haberse tomado el trabajo de producirse. Incluso Raquel, cuyo nivel de producción era tan elaborado como el de una maestra de jardín, parecía hiper producida delante de los pendejos. Se hicieron en una esquina de la terraza, cervezas en mano, y decidieron que, no bien alguna de las dos soltara la primera risa idiota –síntoma indefectible de que se estaban emborrachando, se irían–. “Es un embole emborracharse con pendejos”, aclaró una de las dos, a estas alturas ya no importaba quién. Y la otra dijo: “Es un embole hacer cualquier cosa con pendejos”.
El DJ puso una música bien tropical: un grupete de cuarta que, según dijo un chico que estaba cerca de ellas, eran los sucesores de “Miguel Conejito Alejandro”. Raquel fue la primera en reírse: ¿quién querría suceder a Miguel Conejito Alejandro? Le parecía la idea más ridícula del universo. Se ahogaba de risa. Tosía. Sonia ya estaba ebria, echada sobre una reposera maltrecha fumando de cara al cielo, jurándose que nunca más rechazaría a un tío de aspecto oriental por un rubito soso, no era buen negocio.
–¿De qué te reís? –el chico que había dicho lo de Miguel Conejito Alejandro encaraba a Raquel. Ella pensó que quizá no sería tan grave curtirse a un pendejo.
–Me río de Miguel Conejito Alejandro –dijo con una voz que consideró sexy.
–¿Qué tiene de malo?
–Nada, no sé…
–A mi viejo le gusta.
El pibito le dio la espalda, le dijo algo a otro chico y se rieron.
–Pendejo pelotudo –murmuró Raquel, ahora con voz claramente amarga. La mención de su padre quería decir: “sos una anciana decrépita y desubicada”. Sonia ya no tenía dudas de que la noche había fracasado estrepitosamente; se levantó de la reposera y le dijo Raquel que se fueran, Raquel caminó desganada. Entonces, justo cuando salían, vieron a un chico de aspecto levemente oriental –y que un sueño muy optimista podría considerarse alto y fornido–, que hizo que ambas se pararan en seco. Las dos se miraron unos tres segundos y percibieron brillos incandescentes en las pupilas de la otra. Sin decirse nada, se dieron vuelta y regresaron a la fiesta.
Era un dos ambientes modesto pero ordenado. Quedaba en la calle Piedras, Monserrat, y lo habitaban José y María, una pareja en sus treintitantos que no conseguía decidir nada muy serio con respecto a su futuro. Desde hacía algún tiempo habían empezado a plantearse las típicas preguntas incómodas de la mediana edad: ¿hijos? ¿boda? ¿hijos y boda? ¿nos estamos volviendo personas monotemáticas? Y siempre posponían las respuestas. Era sábado a la noche y Buenos Aires entraba con paso firme en el verano. Antes, cuando hacía mucho calor, José y María solían echarse desnudos en el balconcito que miraba al contrafrente de un edificio abandonado. Tomaban cerveza, o un vino barato con mucho hielo. Ya no hacían eso, habían cambiado, estaban gordos. No era lindo ver sus carnes blandas desparramadas. La última vez que lo habían hecho José se agarró la panza con las manos y luego recorrió con la mirada las tetas estiradas de María: “Estamos envejeciendo prematuramente”, dijo. María le contestó: “¿Por qué prematuramente?”
Esa noche, José miraba en la tele una entrevista que le hacían a Billy Cristal en Desde el Actor Studio. María fumaba y se abanicaba con una revista vieja que tenía en la portada a Fito Páez. José odiaba a Fito Páez, le parecía un invento descabellado, le parecía un curro, le parecía un señor que escupía demasiado cada vez que cantaba.
–Billy Cristal, lo mejor de Saturday Night Live– dijo María, que tenía esa manera rara de hablar, como si cada vez que abriera la boca tuviera que largar un slogan. María nunca en su vida había visto Saturday Nigth Live, José tampoco.
Al mediodía habían decidido que cenarían espárragos hervidos, a pesar del clima –que daba estrictamente para cenar helado de melón–. La madre de José cultivaba espárragos en Junín y cada tanto les enviaba cantidades desmesuradas: “¡Pura vitamina A, C y E!”, decía siempre, escrito a mano, en el paquete de espárragos que les enviaba la señora. Los últimos estaban por pudrirse. “Los espárragos no se pudren”, le había dicho José a María cuando ella sugirió esa idea. “Los de tu madre sí”, contestó ella.
–James, la momia Lipton, el más imbécil de los imbéciles– decía ahora María, con un dejo poético bien berreta, pensó José: a lo Ricardo Arjona. María se refería al conductor de Desde el Actor Studio, a quien odiaba empeñosamente, como si alguna vez ese pobre señor se hubiera dirigido a ella de malos modos. A José le molestaba que María siempre hiciera el mismo comentario: lo hacía cada vez que veía a James Lipton, aunque fuese en una propaganda, en un cartel en la calle, en el recuerdo.
Por el balconcito entró el ruido de una bocina y luego se escucharon aplausos y risas en respuesta a algún chiste que hizo Billy Cristal. James Lipton se sonrió de lado y, sin más expresión que ese rictus difícil, dijo: “Don’t you fuck with me, Billy”. José se río salvajemente. María pensó que eso no daba risa. José se reía de cualquier cosa, para él reírse era parte de la inercia de estar echado en el sofá, con las patas sueltas y la panza distendida.
–Toda la casa huele a espárragos, ¿querés ir a ver si ya están?– dijo María y escondió nariz y boca en el cuello de su remera; el olor a espárragos le recordaba al olor del meo tras haber comido espárragos. Cuando era chica, su madre le tenía que tapar la nariz para hacérselos tragar.
–¿Por qué no vas vos? Yo estoy viendo el programa. –Yo también– la voz de María sonó nasal. Estaba aguantando la respiración. –A vos no te gusta este programa. –No me gusta la momia Lipton, el programa sí. José se paró molesto, caminó hasta la cocina, destapó la olla y el vapor verdoso se elevó hasta el techo, alimentando esa mancha de humedad que tenía forma de una gran ameba. El olor llegó hasta el living, donde María aspiraba su remera hasta bien al fondo: olía a jabón Querubín, que es como el Ayudín pero más barato. Lo había comprado José.
–Ya están– dijo José, traía un par de platos con espárragos y un frasco de mayonesa Natura. Puso todo en la mesita del living usando la cara de Fito Páez de bandeja. Miró a María:
–¿Querés dejar de olerte las tetas?
María sacó la cara de la remera, agarró un espárrago y lo zambulló en la mayonesa. Lo chupó y lo volvió a zambullir. “…Don’t you think so?”, dijo Billy Cristal. María mordió un pedazo de su espárrago chupado. Masticó. “No, I don’t”, contestó James Lipton.
–Puro meo– dijo María, y escupió en el plato la pasta verde que tenía en la boca. José no la vio, si la hubiera visto le habría gritado sucia o asquerosa, con mucha cara de asco. Pero no la vio, estaba ocupado riéndose como un poseso, señalando la tele con un espárrago que chorreaba mayonesa.
Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.
Mary entró a su departamento y se encontró de frente con un superhéroe gordo que se quejaba de que ya no podía volar. Otra vez habían hecho rodar la mesita del televisor hasta el hall de la entrada. La corrió hasta la sala y tiró su cartera en el sillón.
—¡Destrucción!
Gritó Miguel, que acababa de chocar con su tanque de guerra a dos robots que estaban en el piso. Mary fue a darle un beso.
—Hola, mi amor precioso, ¿cómo estás?
Miguel ni se inmutó. Tenía los ojos fijos en los robots caídos.
—¡Los desterré del universo!
Dijo con su voz “espacial”.
—Precioso, ¿te comiste esa comida tan rica que te hizo Nelly?
Mary lo alzó y lo besó en la cara. Él pataleaba en el aire y se limpiaba después de cada beso:
—¡Guácala!
Tenía puesto su disfraz de mago y se le cayó el sombrero. Del sombrero salieron el conejo, el pañuelo rojo y la lámpara de piso tamaño miniatura que fue a darle a Mary justo en el pie.
—¡Auch!
Se quejó ella y su hijo soltó una risita. Mary se lo acomodó de lado, de piernas abiertas sobre su cadera ligeramente alzada, y se volvió a la televisión.
—¿Comiste rico, corazón?
Pasaban una propaganda de leche extra calcio. Nelly salió de la cocina. Tenía un delantal manchado de verde y se secaba las manos con un trapo.
—No comió, señora, dice que las habichuelas son venenosas. Solo quiso cereal. Y acaba de llamar el señor Carlos, que va a pasar a saludar al nene.
—¡Nooo! ¡Arma mortal!
Gritó Miguel y pateó a Mary con sus talones afilados. Ella lo sentó en el sillón y le dijo: “Basta”. Miguel se abalanzó sobre su cartera, la abrió y sacó al hombrecito de la nave, que todavía estaba empacado. Ella le dijo que no debía revisar la cartera de su mamá y que eso que había encontrado era un regalito que le iba a dar solo si se había comido las habichuelas, pero como no… Miguel ya había desempacado al hombrecito y le hablaba sobre una misión, mientras señalaba a uno de los robots “intergalácticos” que estaban en el piso. Ella suspiró de cansada, apagó el televisor y oyó el timbre. Nelly fue a abrir la puerta:
—Siga, señor.
Mary fue a buscar un cigarrillo a su habitación.