Militancia Facebook
mar 26
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Era febrero de 2008 y hacía un calor infernal. Llegaban mails, mensajes de texto, sonaba el teléfono: había una euforia generalizada entre mis compatriotas colombianos. Mi madre llamó tres veces ese día, la primera dijo: “Supongo que vas a la marcha” Y yo: “No sé”. La segunda: “Acá vamos todos” Y yo: “Ok”. La tercera: “¿Te vas a poner un sombrero? Cuídate de sol”. Un grupo de jóvenes que insistía mucho –demasiado– en no representar nada –ni a nadie– más que el hartazgo de la sociedad civil colombiana frente a la guerrilla, había convocado una marcha a través de Facebook. Se llamaba “Un millón de voces contra las FARC” y, aunque yo no vi tantísima gente en Buenos Aires, se dijo que fue un éxito –en Buenos Aires y en el mundo–. ¿Quién dijo? Facebook dijo, todos dijeron. Yo creo que fue un éxito pero en otro sentido, en masificar esta idea que después –y antes, aunque con menos, o cero, visibilidad en CNN– se replicó tanto: que las redes sociales como FB servían para movilizar a mucha “gente del común”, sacarla de sus casas, hacerle apartar los ojos del monitor de la computadora y ponerse un sombrero para salir a marchar.
Algún colombiano patriota me diría después que ésta había sido la primera gran movilización Latinoamericana convocada por FB, y que qué visionarios los jóvenes convocantes: esos seres etéreos que seguían proclamando a los cuatro vientos no tener ninguna filiación partidaria ni ideológica ni de nada, y que de tanto repetirlo era inevitable pensar en ellos como una suerte de indefinidos teletubbies. Hace un par de semanas –y ayer– cuando los 6, 7, 8 convocaron su marcha por FB, me llamó la atención la cantidad de veces que repitieron que la convocatoria la habían hecho “personas comunes” y que era una marcha “autogestionada”, con lo que pretendían sacudirse no sólo del programa de televisión de Canal 7, sino del gobierno, y hasta de Milagro Sala, que le habló en “un discurso espontáneo” a la multitud. Todo para dejar bien claro que sus intereses –así como los de los jovencitos anti FARC– eran desinteresados.
Es como que esa idea de no representar a nadie “más que a ellos mismos” los enviste de una suerte de inocencia, honestidad, pureza virginal. Y más allá de si uno está de acuerdo o no, si les cree o no –o si sabe de la existencia de unas fotos del joven Galende, embebido de furia geek frente a su computadora, atizando al club de la buena onda (un suponer)–, es notable la insistencia exagerada en la generación espontánea de estas marchas. Y ya sé que los partidos políticos están desprestigiados; que si uno se dice de esto o de lo otro le pone un sesgo a su credibilidad; que nadie quiere decirse de nada por temor a ser defraudado, implicado, culpabilizado. Ya sé: son síntomas claros del asquito a la política tan propio de estos tiempos. El programa 6, 7, 8, sin embargo, no sufre de eso: más bien al contrario. No ahorra en signos de admiración, ni en entonaciones circenses para denunciar cosas que les parecen deleznables, injustas. Es un estilo que particularmente no soporto, pero es su estilo; y ellos –más allá de si lo hacen en un canal público, con plata ajena: otra discusión– no se hacen los tímidos para decir nada de lo que quieren decir. En cambio, los fans de Facebook, convocantes de la marcha, son la materialización misma del “tiro la piedra y escondo la mano”, del “yo no fui”, del “no sé quién fue”, del “fuimos todos”.
¿Es mejor ser fan que militante? ¿Es mejor ser silvestre que articulado? ¿Es mejor la generación espontánea que la formulación organizada de ideas? ¿Cuál es la gracia de ser “gente del común”? ¿No es como ser nadie? Yo no sé, pregunto, me llama la atención esa obstinación en lo anodino.
Y no es culpa de Facebook, pero ayuda.
Se sabe que Internet es una herramienta que potencia, entre otras cosas –como el anonimato y la impunidad–, el fervor efímero. Sentarse detrás de la pantalla de una computadora a participar en grupos y foros produce una sensación de poder potente y placentera, pero cortita. El que está detrás de la pantalla, al acecho, esperando reaccionar ante cualquier cosa, puede cambiar de opinión –y de nombre– todas las veces que quiera; puede empantanar proyectos a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie; puede después apagar el monitor y echarse a dormir. O sea, esos tienen una ventaja gigantesca frente al que sale y da la cara y firma y convoca y dice: yo pienso esto –porque convengamos en que el “nosotros” es engañoso– y a veces procedo en consecuencia y a veces me contradigo y a veces me parece que lo que pienso es una idiotez. O cualquier otra cosa. Casi siempre la respuesta al ejercicio valiente de hacerse cargo, de dar la cara, suele ser la descalificación grosera. Nadie dijo que hacerse cargo fuera una experiencia deliciosa, pero sí que es más serio, menos confundible con el fervor efímero. Si alguien real se hubiese hecho cargo de la marcha anti FARC y de la marcha 6, 7, 8, seguro que miles de internautas los habrían acribillado a punta de comentarios ponzoñosos. Pero al menos no habría quedado como una de esas iniciativas entusiastas que al cabo del tiempo mutan en sencillamente inútiles o, más probable: en una farsa. Me gusta la idea de la “militancia Facebook” y similares, me interesa el fenómeno y me parece que vale la pena explorarlo; pero me gusta más cuando alguien se hace cargo de ciertas iniciativas. Como nadie suele hacerlo –no cuando se trata de ideas que comprometen–, salvo el aliento neutro generado por una multitud pulcra de teletubbies que respiran en perfecta sincronía, supongo que se hace difícil tomárselo en serio. Yo todavía no vi a la primera persona mayor de cuatro años que se tomara en serio a un teletubbie. Pero vaya a saber.