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Posteos de marzo, 2010

Militancia Facebook

mar 26

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Era febrero de 2008 y hacía un calor infernal. Llegaban mails, mensajes de texto, sonaba el teléfono: había una euforia generalizada entre mis compatriotas colombianos. Mi madre llamó tres veces ese día, la primera dijo: “Supongo que vas a la marcha” Y yo: “No sé”. La segunda: “Acá vamos todos” Y yo: “Ok”. La tercera: “¿Te vas a poner un sombrero? Cuídate de sol”. Un grupo de jóvenes que insistía mucho –demasiado– en no representar nada –ni a nadie– más que el hartazgo de la sociedad civil colombiana frente a la guerrilla, había convocado una marcha a través de Facebook. Se llamaba “Un millón de voces contra las FARC” y, aunque yo no vi tantísima gente en Buenos Aires, se dijo que fue un éxito –en Buenos Aires y en el mundo–. ¿Quién dijo? Facebook dijo, todos dijeron. Yo creo que fue un éxito pero en otro sentido, en masificar esta idea que después –y antes, aunque con menos, o cero, visibilidad en CNN– se replicó tanto: que las redes sociales como FB servían para movilizar a mucha “gente del común”, sacarla de sus casas, hacerle apartar los ojos del monitor de la computadora y ponerse un sombrero para salir a marchar.

Algún colombiano patriota me diría después que ésta había sido la primera gran movilización Latinoamericana convocada por FB, y que qué visionarios los jóvenes convocantes: esos seres etéreos que seguían proclamando a los cuatro vientos no tener ninguna filiación partidaria ni ideológica ni de nada, y que de tanto repetirlo era inevitable pensar en ellos como una suerte de indefinidos teletubbies. Hace un par de semanas –y ayer– cuando los 6, 7, 8 convocaron su marcha por FB, me llamó la atención la cantidad de veces que repitieron que la convocatoria la habían hecho “personas comunes” y que era una marcha “autogestionada”, con lo que pretendían sacudirse no sólo del programa de televisión de Canal 7, sino del gobierno, y hasta de Milagro Sala, que le habló en “un discurso espontáneo” a la multitud. Todo para dejar bien claro que sus intereses –así como los de los jovencitos anti FARC– eran desinteresados.

Es como que esa idea de no representar a nadie “más que a ellos mismos” los enviste de una suerte de inocencia, honestidad, pureza virginal. Y más allá de si uno está de acuerdo o no, si les cree o no –o si sabe de la existencia de unas fotos del joven Galende, embebido de furia geek frente a su computadora, atizando al club de la buena onda (un suponer)–, es notable la insistencia exagerada en la generación espontánea de estas marchas. Y ya sé que los partidos políticos están desprestigiados; que si uno se dice de esto o de lo otro le pone un sesgo a su credibilidad; que nadie quiere decirse de nada por temor a ser defraudado, implicado, culpabilizado. Ya sé: son síntomas claros del asquito a la política tan propio de estos tiempos. El programa 6, 7, 8, sin embargo, no sufre de eso: más bien al contrario. No ahorra en signos de admiración, ni en entonaciones circenses para denunciar cosas que les parecen deleznables, injustas. Es un estilo que particularmente no soporto, pero es su estilo; y ellos –más allá de si lo hacen en un canal público, con plata ajena: otra discusión– no se hacen los tímidos para decir nada de lo que quieren decir. En cambio, los fans de Facebook, convocantes de la marcha, son la materialización misma del “tiro la piedra y escondo la mano”, del “yo no fui”, del “no sé quién fue”, del “fuimos todos”.

¿Es mejor ser fan que militante? ¿Es mejor ser silvestre que articulado? ¿Es mejor la generación espontánea que la formulación organizada de ideas? ¿Cuál es la gracia de ser “gente del común”? ¿No es como ser nadie? Yo no sé, pregunto, me llama la atención esa obstinación en lo anodino.

Y no es culpa de Facebook, pero ayuda.

Se sabe que Internet es una herramienta que potencia, entre otras cosas –como el anonimato y la impunidad–, el fervor efímero. Sentarse detrás de la pantalla de una computadora a participar en grupos y foros produce una sensación de poder potente y placentera, pero cortita. El que está detrás de la pantalla, al acecho, esperando reaccionar ante cualquier cosa, puede cambiar de opinión –y de nombre– todas las veces que quiera; puede empantanar proyectos a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie; puede después apagar el monitor y echarse a dormir. O sea, esos tienen una ventaja gigantesca frente al que sale y da la cara y firma y convoca y dice: yo pienso esto –porque convengamos en que el “nosotros” es engañoso– y a veces procedo en consecuencia y a veces me contradigo y a veces me parece que lo que pienso es una idiotez. O cualquier otra cosa. Casi siempre la respuesta al ejercicio valiente de hacerse cargo, de dar la cara, suele ser la descalificación grosera. Nadie dijo que hacerse cargo fuera una experiencia deliciosa, pero sí que es más serio, menos confundible con el fervor efímero. Si alguien real se hubiese hecho cargo de la marcha anti FARC y de la marcha 6, 7, 8, seguro que miles de internautas los habrían acribillado a punta de comentarios ponzoñosos. Pero al menos no habría quedado como una de esas iniciativas entusiastas que al cabo del tiempo mutan en sencillamente inútiles o, más probable: en una farsa. Me gusta la idea de la “militancia Facebook” y similares, me interesa el fenómeno y me parece que vale la pena explorarlo; pero me gusta más cuando alguien se hace cargo de ciertas iniciativas. Como nadie suele hacerlo –no cuando se trata de ideas que comprometen–, salvo el aliento neutro generado por una multitud pulcra de teletubbies que respiran en perfecta sincronía, supongo que se hace difícil tomárselo en serio. Yo todavía no vi a la primera persona mayor de cuatro años que se tomara en serio a un teletubbie. Pero vaya a saber.

Libre y feliz

mar 22

Era el final del verano, y para cierta chica era también el momento en que todo llegaba a su fin. Se había enganchado con un belga que vino de vacaciones a Buenos Aires y ahora ya se iba. No era la primera vez que le pasaba, pero como si sí. Ella tenía cierta fijación por estos amoríos turbios que ya venían con fecha de expiración. Al belga lo había conocido en San Telmo, porque esta chica trabajaba por ahí, en una tienda de ropa de diseño. Una noche, cuando salía de trabajar, la chica se metió en un bar sola y pidió una cerveza. Estaba cansada, pero no tenía sueño, sólo quería relajarse un poco antes de tomarse el colectivo. Entonces fue cuando apareció este muchacho rubio con los pelos de punta y un aro en la ceja. Le preguntó si se podía sentar con ella, y ella dijo que ya se iba, que había pasado por allí para tomar algo pero que… Cuando quiso terminar la frase el belga se le había instalado en la mesa y se empinaba un vaso espumoso de fernet.
Al poco rato de estar conversando dificultosamente –el belga no hablaba bien castellano– se dieron un beso. ¿Por qué? Porque ella estaba sola en ese bar y él estaba solo en Buenos Aires. Quedaron para verse allí mismo al día siguiente, después de que ella saliera de la tienda. Y eso hicieron: se vieron al día siguiente y pasaron la noche en la posada del belga. La chica llegó a trabajar con la misma ropa del día anterior y sus compañeras, lógicamente, se dieron cuenta: le hicieron la ronda, dieron saltitos y aplaudieron. Ella les dijo, impulsiva: “Este sí es”, aún sabiendo que estaba diciendo una tontería. Al día siguiente se llevó su valijita al trabajo y, a la salida, se le instaló al belga en la posada: “Puede estar divertido, ¿no?” El dijo que sí, aunque nunca sabremos si entendió.
El romance duró un mes, y en el medio ella intentó convencerse muchas veces de que esa relación no era tan “absurda”. Le parecía absurda porque era obvio que “no tenía futuro”. Si la chica hubiese sido un poco menos romántica se había tranquilizado con el hecho de que todas las relaciones comenzaban con ese mismo principio y –la inmensa mayoría– terminaban sin haberlo variado en lo más mínimo. Pero estamos hablando de una chica no sólo romántica, sino esculpida de acuerdo a los lugares comunes más eficientes del mercado.
Una mañana, cuando ella se arreglaba para ir a la tienda y el belga aún yacía en la cama le dijo:
–Ven conmigo –y ella se emocionó, pero no podía hacérsela tan fácil: se puso retozona. Que a dónde se iban a ir, le preguntó, si él mismo le había dicho que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lado. O al menos eso fue lo que ella entendió… La chica dejaba pequeños baches de silencio para que él tuviera la oportunidad de rectificarse y decir: “Te llevaré a un dos ambientes en Congreso, que compraré con los euros que me traje para conocer Suramérica”. O mejor: “Te llevaré a Barcelona, viviremos en el piso que heredé de mi abuela catalana” Él no tenía abuela catalana, ni intenciones de decir eso. Y de todas formas no sabría como decirlo. La chica seguía con que ella no era ninguna hippie sin rumbo ni proyectos: que ella sí quería establecerse, ahorrar, comprarse un sommier para el departamento de Congreso que aún no tenían. El dijo que ok. “¿Ok qué?”, la chica estaba nerviosa hasta la taquicardia, el dedo del anillo le sudaba. Pero por la cara del belga supo rápidamente que sus palabras se habían ido por el hueco negro de su ignorancia idiomática.
Después de eso nada fue lo mismo: ella trataba de convencer al belga de lo equivocado que estaba en la vida. Le lanzaba indirectas sin son ni tón. Por ejemplo, si él decía “¿comemos en ese bar?” Ella decía que “no hay como la comida casera hecha con amor y compromiso; eso es lo que le falta al mundo: compromiso”. Y él, claro, sonreía sin saber de qué le estaba hablando: “Ok”. Al cabo de un tiempo ella se desesperó, angustió, se amargó, se quedó encerrada varios días en la posada hasta que le largó: “Bueno, llévame contigo, belga” Y el belga: “Ok”. Y ella: “Vete a la mierda, belga” Y el belga “Ok”. Y así, hasta que se dormía acurrucada en posición fetal. El belga se iba por ahí, se emborrachaba hasta el desquicie y llegaba a la posada proclamando en un raro idioma de energúmeno que él era un ser un ser libre y feliz. Un día la chica masculló unas palabras en inglés: “I no like lover, i like esposo: ahora” o algo así. Y el belga peló su chapa como si le hubiera dicho “esa carita pálida me vuelve loca”. Y salió de vuelta a emborracharse. No había caso, así que una mañana, la chica, triste y abatida, armó su valija y se fue a trabajar; esa noche volvería a su casa. Las compañeras le preguntaron que qué había pasado. Ella, exageradamente sonriente, y mientras enrollaba su dedo índice en un mechón de pelo, se largó con que el tipo se estaba enamorando y ella no estaba para esas cosas: que ella no quería compromisos, que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lugar. “¿Sí?”, dijeron las compañeras, dudosas, confundidas; y ella, sin sacarse nunca la sonrisa de la cara, les dijo: “soy un ser libre y feliz”. Ese día vendió dos remeras y un cinturón tejido y, después, no le pasó nada mucho más extraordinario.

La garrapata

mar 17

El otro día alguien me contó sobre la vida de la garrapata. Era un relato precioso que no podría reproducir, porque dependía de la gesticulación y la emoción que se percibía en la voz del narrador –y del rayo de sol que entraba por la ventana para iluminar su cara pálida, subiendo y bajando como un yoyó, con la cadencia de sus palabras. Estaba tan conmovido con la vida chata y triste de la garrapata que en un momento empezó a largar risitas nerviosas, como cuando uno se emociona mucho con lo que dice y para no quedar como vanidoso intenta ridiculizarse. Pero no lo consiguió: ridiculizarse, digo; más bien consiguió que los presentes lo miráramos de una manera distinta: como a un sabio poeta del mundo de los ácaros. Y el asunto es más o menos así: la garrapata nace en la tierra, donde su madre pone los huevos antes de morir; el momento de poner los huevos, en las garrapatas, es también el momento previo a su muerte (linda metáfora). Después, cuando tiene hambre, la garrapata trepa lentísimamente hasta la hoja de un árbol –es ciega, distingue los árboles por la textura del tronco, aunque a veces se equivoca y se trepa a un mísero arbusto– y, una vez instalada allá arriba, espera. Eso es lo que hace la mayor parte de su vida: esperar. ¿Y qué espera? Que pase un mamífero para dejarse caer sobre su lomo y chuparle la sangre. Sabrá que es un mamífero por el olor; en eso –en distinguir los olores– parece que las garrapatas son las mentoras de Jean-Baptiste Grenouille, por decir lo menos. Muchas veces, cuando una garrapata se deja caer sobre un mamífero, no atina y se desparrama en el piso. La mayoría de las veces es despachurrada de un pisotón. Pero cuando atina, se hace camino rápidamente entre los pelos del lomo, hasta que encuentra el pellejo, se adhiere y chupa. Al cabo de unos días, si sobrevive a las rascaduras del animal que la aloja, se deja caer otra vez a la tierra y pone sus huevos. Después, está dicho, muere. En toda su vida la garrapata tiene que hacer eso mismo tres veces: dos cuando es joven, una cuando es adulta y pone los huevos. Y ya está. Su vida es la puesta en escena de la torpeza y la inutilidad. Su vida es la puesta en escena de la fragilidad del ecosistema, donde hay unos que dependen tan extremadamente de otros. Su vida es, simple y llanamente, lastimera. Y eso, al narrador oral de esta historia, lo conmueve profundamente. Mientras sube y baja su cara como un yoyo, los otros lo seguimos; en un ejercicio contemplativo del éter, imaginamos millones de garrapatas cumpliendo su ciclo de vida: de la tierra a la hoja, de la hoja al lomo, del lomo a la tierra y a la hoja… y, así, por los siglos de los siglos.

Axel Owens

mar 15

La habían invitado a una fiesta de aniversario de un bar levemente rockero. Su primera respuesta fue: “Ya no estoy para esas cosas”. Pero igual fue. Estamos hablando de una mujer que hace tiempo supera los cuarenta, y todavía tiene un porte escultural. Es una especie de leyenda en el gremio de los músicos. Nunca cantó nada pero tiene groupies. Al parecer hizo algunos coros, yo nunca los oí. Y en una época se dedicó a bailar cosas de tipo alternativo. No sé qué cosas. El caso es que siempre fue una famosa chica desconocida. Esta vez, cuando llegó al bar, vestida con una blusa roja que resaltaba su piel blanca y sus rulos negros —peinados de ese modo desentendido como quien dice “por acá nunca entró un cepillo”—, nadie la abordó en masa. Igual, ella mostró sus dientes relucientes, saludó a unos y a otros y se zambulló en una mesita de esquina con un viejo amigo al que no veía desde hacía “décadas”. En verdad, no lo veía hacía meses, pero en ese mundo —como en casi todos— está bien exagerar.
Tocaba una banda ruidosa. Cada vez que su amigo le quería decir algo tenía que forzar la voz y, entonces, la vena que atravesaba su frente se le marcaba. Ella fruncía el ceño en señal de disgusto ante esa vena abultada, y prendía un cigarrillo con otro. En una de esas se le acercó un mesero —impúber, aros en las cejas— y le dijo: “Acá no se puede fumar”. Y ella se sintió tan retro. —¿Cómo no se va a poder fumar, nene? —dijo, pero el nene no entendió, o no escuchó por el ruido. Ella intentó decirlo un par de veces más y, al final, exhausta, tiró el cigarrillo y lo pisó con sus botas negras de plataforma bien Valeria Leik. En un brote vanidoso quiso explicarle al muchachito quién era ella, pero el ruido también se lo impidió. Y es que ella era alguien que, como decirlo… —lo hemos dicho, pero en su cabeza era necesario enfatizar—, alguien que podría llamarse Axel Owens. Ese sería un nombre perfecto para ella. ¿Por qué? Porque una buena parte de la gente, lo que se dice “el común de la gente”, puede no saber o no recordar de quién se trata; pero quienes lo saben, quienes la recuerdan, solo pueden adorarla.
—Ya no estoy para estas cosas —dijo Axel Owens a su viejo amigo. Y el viejo amigo se acercó mucho a su oído para decirle “yo tampoco”. Y Axel Owens alzó los hombros y sonrió poquito, como quien es testigo de una travesura muy menor: una de esas travesuras que suelen ir acompañadas de la expresión “ups”. Pero Axel Owens no dijo “ups”, le pareció muy retro. Después mucho no hablaron, se limitaron a dar golpecitos con los dedos en la mesa y a tararear esa música espantosa. Cada tanto alguien les traía un trago y miraba a Axel Owens como quien mira a una institución importante, cuya importancia no se tiene muy clara pero igual se reconoce. Algunos, incluso, se la quedaron mirando un poco más de los tres segundos tolerados por el protocolo y pensaron para sí: “¿Axel Owens?” Y suspiraban, y seguían su camino.
En algún momento de la noche ella quiso ir al baño. Se levantó de la silla apoyándose en el hombro de su viejo amigo, para no correr el riesgo de trastabillar. Se habían tomado varios tragos dulces y eso a Axel Owens no le sentaba nada bien. Caminó erguida por el pasillo atestado de personas jóvenes transpiradas. Alguna vez Axel Owens había sido una de esas personas, pero ahora era otra persona y, si llegaba a tropezarse, no sería más que un restito de persona que, definitivamente, no merecía llevar su falso nombre. Cuando estuvo frente al espejo del baño, Axel Owens se irguió en su cuerpo esbelto y delgado, enterró los dedos en sus rulos para alborotarlos aun más y prendió un cigarrillo. Imaginó que con ese pequeño gesto causaría una conmoción; que se dispararían los detectores de humo y que todos esos chicos transpirados entrarían en una histeria colectiva gritando: “¡Salven a Axel Owens por favor!” Y tirarían la puerta del baño y la alzarían como a una estrella, una verdadera estrella de rock. Luego saldrían a la calle, en una masa compacta —su cuerpito elevado sobre las cabezas de todos—, imaginando que atravesaban paredes del fuego inexistente provocado por Axel Owens. Chupó el cigarrillo hasta que sus mejillas se hundieron tanto que, en el espejo, su cara se convirtió en la calavera. Luego soltó una bocanada espesa y toda su visual se empañó.
—¡Abran! —alguien tocaba la puerta del baño: ya venían por Axel Owens, se dijo Axel Owens que, aun frente al espejo, decidió que no abriría, que esperaría un poco más. Esperaría a que sonaran las sirenas y que del techo cayera un chorro de agua que la empapara de la cabeza a los pies. Axel Owens se rió de su ocurrencia: era una imagen tan antigua; ochentona como su pelo y su delgadez y su falso nombre… si hasta casi podía oír a los Bloody Beetroots al fondo. Axel Owens apagó su cigarrillo, volvió a alborotarse el pelo con los dedos y abrió la puerta. Un par de chicas transpiradas entraron a propulsión, haciéndola a un lado bruscamente: como a una gacela enclenque, como a un bicho molesto, como a una boca que despide un aliento avinagrado. Afuera, la masa compacta seguía bailando esa música horrenda.

La pequeña y valiente Nujood

mar 12

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Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.

Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.

Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.

Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.

Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.

Rutina

mar 05

El boliche estaba oscuro, los tragos adornados con pajitas fosforescentes. La pareja aburrida había decidido ir para darle un giro a su rutina. A veces hacían esas cosas: y su rutina giraba pero ellos no. Estar en el boliche oscuro era una irrupción indiscutible en lo que la pareja aburrida solía hacer en su día a día: oficina, supermercado, cena poco condimentada y televisión. Pero no por estar en el boliche ellos variaban su comportamiento; la única diferencia era que no se veían bien la cara y tampoco se escuchaban, por lo que tenían que gritar. “¡Que decís!” / “¡Qué está bueno el daikiri!”. Y asentían, sonreían sin convicción, miraban impacientes el reloj cuando el otro no se daba cuenta. Tampoco es que su rutina habitual incluyera mucho diálogo, esa es la verdad; pero al menos tenían la excusa del cansancio, o de la película que estaban mirando, o de que había que dormirse para levantare temprano, esas cosas.
Lo de salir un día a la semana a tomar unas copas se los había recomendado una pareja amiga con quien estaban a punto de encontrarse. Era una pareja muy animada y festiva, tan distinta a ellos. Siempre tenían historias que contar, historias desopilantes de cuya veracidad la pareja aburrida sospechaba. Pero aunque fueran historias falsas eran divertidas, y eso era mejor que nada. “¡Hey!”, ahí venía llegando la pareja amiga y festiva, traían pajitas en la mano y las agitaban para que la pareja aburrida pudiera verlos. Cuando estuvieron cerca se echaron en los sillones y uno de los miembros de la pareja amiga y festiva –digamos que él– cayó encima de uno de los miembros de la pareja aburrida –digamos que ella. Quizá a esta altura conviene darle nombres a todos. La pareja aburrida está conformada por Tomás y María. La pareja festiva por Gabriel y Lola.
Entonces: Gabriel se echa en el sillón y cae casi encima de María, que intenta rodarse hacia el lado de Tomás, pero Lola se ha sentado en el medio y parece estar diciéndole algo al oído a Tomás, aunque en esa oscuridad no se sabe bien qué es lo que está pasando. María tantea la mesa, busca su cartera.
–Quiero ir al baño –dice.
–Te acompaño –dice Gabriel.
–No, yo…
–Te podés perder –Gabriel se levanta, la jala por el brazo. Cuando llegan a la puerta del baño María entra y él pretende seguirla.
–¿Qué hacés? –ella lo para, pone la palma de su mano en el pecho de Gabriel. Él le agarra la muñeca.
–Nada, te acompaño.
–Puedo entrar sola.
Gabriel alza los hombros. El baño es casi tan oscuro como afuera, María se mira al espejo y sólo puede ver su dentadura. Espera unos minutos sin hacer nada, porque en realidad no quería hacer nada más que levantarse de la mesa.
–¿Ya estás? –Gabriel toca la puerta. María se acomoda la cartera y sale.
–Ups –se tropieza con él, que le rodea la cintura con los brazos y, de pronto, así como si estuviera previsto desde el principio de los tiempos: le lame la cara.
–¡Chee! –dice María y trata de zafarse pero Gabriel la aprieta, le lame cara y cuello como un cachorro sediento. La música suena muy fuerte, Gabriel le dice algo pero ella no escucha: tampoco es que quisiera escucharlo, sólo quiere que la deje en paz. María consigue zafarse y camina rápidamente hacia la mesa, pero no encuentra el camino, está todo muy oscuro. Va tropezando con la gente, esquivando las pajitas fosforescentes que flotan en el fondo negro del boliche.
–¡Vení! –Gabriel la vuelve a agarrar por la cintura, la aprieta fuerte contra él: lame y lame como un desquiciado.
–¡Pará! –María vuelve y se zafa, sigue andando, no ve la mesa, no ve a Tomás ni a Lola, no ve a nada de nada. Abraza su cartera. Va empujando a la gente, desesperada. La gente la putea, o eso cree ella, la música le sigue ganando a las voces. Al final de todo se choca con algo duro: una puerta que se abre y la luz de un farol la encandila. Ha llegado a la vereda.
–¿Dónde estabas? –Tomás la toma por los hombros, suena impaciente.
–¿Qué? Adentro, ¿dónde más voy a estar? –María se saca el pelo de la cara, se limpia la baba seca de Gabriel y respira agitada… Qué mierda acababa de pasar, no entendía nada. Tomás para un taxi:
–¿Vamos? –abre la puerta, parece nervioso. María entra, él también. Le piden al chofer que los lleve a la casa.
–¿Qué paso? –dice María todavía perpleja. Tomás va mirando por la ventana, se truena los dedos de las manos.
–¿Qué pasó de qué? –le dice, sin mirarla. María recapitula todo de vuelta: no entiende nada. Respira hondo, le falta un poco de aire, se siente ahogada y pegajosa y maloliente. Quiere llegar a bañarse.
–¿Está todo bien? –pregunta Tomás, con cierta levedad. Esta vez la mira muy de refilón y vuelve los ojos a la ventana.
–No sé –dice María, tras unos largos segundos de silencio–: debo estar muy cansada.
–Sí –dice Tomás– yo también.

Tonta

mar 01

Eloy sabía que Karina era muy tonta. Lo supo desde el primer día que la vio en Cariló, paseándose en un bikini diminuto por una playa llena de hombres que se babeaban mirándole el culo. Karina se hacía la inocente, porque eso, según Eloy, es lo que hacen las chicas tontas. Él hacía el esfuerzo de no mirarla, pero cada tanto se le iba el ojo y era justo cuando ella lo descubría. Sus miradas se cruzaban porque ella también lo estaba mirando: Eloy pensó que Karina lo miraba, sólo porque él no la miraba… Al menos no la miraba tanto como el resto de cretinos que estaban en la playa.
Un día Karina se acercó a pedirle fuego. Era tan tonta que no se le había ocurrido nada mejor que eso, se dijo Eloy, y le dijo a ella que no tenía fuego. En la cara de Karina apareció un frunce de tristeza, como si estuviera a punto de echarse al piso a llorar y patalear porque no le habían dado el caramelo que quería. Eloy pensó que no quería presenciar esa escena y le dijo: “esperame acá y te consigo” Se alejó unos pasos y se sacó su propio zippo de la pantaloneta.
–Tomá, conseguí –le dijo cuando estuvo de vuelta. Karina sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, estirándolos un poco hacia afuera como hacen las putas de las películas muy malas sobre putas tristes y buenas, víctimas de sus padrastros.
–Sos bien tonta, ¿no? –le dijo Eloy y ella lo miró como quien no entiende, como quien no puede procesar, como quien necesita un golpe fuerte en la cabeza o un dedo en el botón de reinicio.
–¿Qué decís? –dijo Karina, sus ojos se abrieron tanto que parecían dos grandes piedras azules incrustadas en su cara fina y bronceada.
–Que sos muy tonta y sos muy linda. Supongo que nadie te dice lo primero y muchos te dicen lo segundo ¿no?
–¿Qué?
–Que eres de esas chicas bien lindas y bien tontas: eso es lo que digo.
Karina bajó la cara. Su pelo castaño, que probablemente había untado con una de esas cremas protectoras del sol, brillaba como el de una muñeca nueva.
–No soy tan linda –dijo y se sentó en la arena– tengo una cicatriz –y le mostró el tobillo a Eloy, doblándose de una forma que parecía una sirena a la que recién le salían patas: patas nuevas, bellas, satinadas. La cicatriz era, por supuesto, un lunar.
–Es una cicatriz horrible –dijo Eloy y se agachó para agarrarle el pie. Le besó el tobillo, después le besó la pantorrilla y los muslos y habría seguido si no estuvieran en un lugar público. Karina no parecía darse cuenta de ciertas cosas: como que revolcarse en la arena con un desconocido podía considerarse un gesto digno de una prostituta. Igual, esa misma tarde se acostaron. Fue en la casa donde Karina estaba parando con unas amigas. Eloy estaba parando con unos tíos, y también estaban su hermana y sus sobrinos; no estaba bien que llevara chicas a dormir.
–Eres realmente tonta –insistía Eloy cada vez que podía, cada vez que Karina abría la boca para decir una idiotez como: “quizá debamos hacer una fiesta para anunciar nuestra relación”. Ese comentario en boca de otra chica Eloy lo habría considerado una broma y se habría reído; luego le habría dado un beso y la habría tumbado en la cama; habría simulado aplastarle la cabeza con una almohada mientras ella pataleaba y se reía y le decía: “está bien, está bien, te daré el divorcio”. Pero Karina era una de esas personas que hablaba literalmente. Nada odiaba más Eloy que ese tipo de personas.
–…tonta y linda, qué tipicidad, ja –pero Karina parecía no oírlo, se quedaba muda y seguía peinándose, poniéndose bronceadores y cremas en el pelo, o tomándose su té frío. A Eloy esa impavidez lo irritaba un poco pero confiaba en que un día ella se enojaría y lo echaría de su casa y entonces no tendría que verla más. Si eso no pasaba, igual él se iba a aburrir y todo lo que haría sería levantarse de la cama, ponerse su pantaloneta y antes de atravesar el umbral de la puerta para volver a lo de sus tíos, le diría: “Hasta nunca, tontita”. O algo así. Pero Eloy se fue quedando, y a veces se quedaba incluso sin Karina, que se iba a la playa con sus amigas. Una vez Eloy bajó a servirse un vaso de cerveza y encontró a Karina en el living, mostrándole el lunar de su tobillo a un tipo. En ese momento Karina le pareció la mujer más tierna del universo, quiso sacársela a ese idiota de los brazos y llevarla al cuarto, encerrarse con ella y no salir más. Eloy se apoyó en la pared y los miró darse besos y toquetearse en el sillón, mientras se tomaba su cerveza. Hasta que el tipo se dio cuenta y le mandó una mirada entre condescendiente y burlona:
–Flaco, acá estamos ocupados. Anda a tomarte la merienda a otro lado –y siguió besando a Karina que no parecía registrar más que el bulto que tenía encima.
–Es la chica más tonta del universo –dijo Eloy y se apoyó en la pared; no pretendía moverse de ahí hasta que el tipo se fuera. El tipo volvió a levantar la cabeza que se había zambullido en el pecho de Karina y esta vez lo miró con auténtica perplejidad:
–¿Y a quién le importa?
Karina también levantó su cabecita rubia despeinada, se sacó de la frente un par de mechones revueltos:
–Sí, ¿a quién le importa? –repitió. Y por primera vez Eloy no supo qué decir. Dejó la cerveza en la mesada, salió de la casa y caminó rumbo a lo de sus tíos, confundido. ¿A quién le importa?, repetía en su cabeza: el sol siguiéndolo de cerca, las chicas lindas paseándose en la playa… No había una sola que pudiera compararse con Karina.