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Posteos de Febrero, 2010

El derecho de nacer mujer

Feb 28

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Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.

Los niños de la cuadra

Feb 25

En el barrio donde vivo las calles se inundan –aunque eso no es ninguna originalidad. Pasa cuando llueve mucho o cuando sopla un viento que hace que el río se crezca y se desborde: entonces vomita arroyos. Uno de estos días que llovió se fue la luz y había poco que hacer, salvo mirar por la ventana. Eso hicimos Teo y yo, y pusimos la radio por si anunciaban alguna alerta de color desconocido. Afuera los niños de la cuadra chapoteaban con sus pantaloncitos remangados. El agua les llegaba a la cintura y jugaban a nada, a mojarse. Uno de los chicos sacó un gomón de su casa y todos se encaramaron. Iban apretados, se mataban de risa. A otra gente, ya se sabe, el agua de estos días no le hizo tanta gracia. Pero para los niños de la cuadra la lluvia era una fiesta. Ellos viven en un lugar que, en los días secos, es un barrio como cualquier otro de los del norte de la provincia: sus casas bajas, sus plátanos altísimos, sus tipas que escupen. Nada muy salido del esquema. Pero cuando llueve como en estos días, la calle se hace río, los gatos peces, los autos lanchas, el aire un pañuelo húmedo que lo arropa todo. Y huele, el agua de la cuadra huele. A fango o a remolacha hervida, que para mí es lo mismo. El día del gomón los niños de la cuadra encontraron un gato medio muerto: se había quedado atascado en una rejilla. El gato parecía en sus últimas, pero igual se lo llevaron. Yo justo los vi pasar bien cerca de mi ventana cuando el dueño del gomón alzaba al gato desgonzado como un trofeo: “¡El arca de Noe!”, gritaba. En la radio, mientras tanto, pasaban más noticias de la lluvia: que arrasó con la mercadería de Liniers, que fundió el motor de varios autos en Pacífico, que levantó el piso de un local de ropa en Rivadavia, que le reventó las várices a una anciana de Núñez, y que iba camino al hospital. La disociación era vergonzosa. “…Lo perdí todo”, decía un hombre en la radio, y los niños de la cuadra abrían la bocaza al cielo para tragarse el agua: “Mmm”, se saboreaban. “Tuve que evacuar la casa, se me quedó todo adentro…”, sollozaba una mujer de una villa inundada; y los niños de la cuadra hacían olas con las manos, lanzaban al gato por los aires, saltaban del gomón y volvían a subirse largando carcajadas. Eran felices de esa manera impúdica y escandalosa en que suelen ser felices los niños: cuando todavía el mundo te importa nada, y no hay que pedirle disculpas a nadie. La lluvia paró varias horas después: los niños de la cuadra reposaban en la vereda, acariciados por un sereno tibio. En medio de la calle ya más playa, el gomón desinflado le servía de cama al gatito dormido, o muerto.

El verso de Teté

Feb 23

Desde el balcón de la casa en Mar del Plata, Teté mira el mar y escribe versos en una libreta de Hello Kitty que le robó a su nieta mayor. Teté habría querido ser poeta, pero se casó tan joven, y después vinieron los hijos –tres varones, tres chicas– que ahora se les dio por preñar y parir como desquiciados. La familia le ocupa todo su tiempo, toda su casa, y no es que reniegue –Teté se santigua durante ese pensamiento, y dice con firmeza: “no, no, no”–, pero le gustaría poder usar algunos minutos del día para escribir sus versos.
–¡Abu! –sus nietos la saludan desde abajo, están bañándose en la pileta; llevan allí dentro todo el día, chapoteando como patos. Patos ruidosos. Y sus hijos, en el quincho al costado de la pileta, parlotean cual cotorras y no son capaces de decirles nada.
–Shhh –Teté, desde el balcón, se pone el dedo en la boca y mira a sus nietos. Los nenes la ignoran y siguen gritando. Teté adora sus nietos, pero no estaría mal que alguien les enseñara a hablar y a comportarse como la gente y no como monitos salvajes. Vuelve sus ojos al mar, su inspiración: el sol está brillante, las olas se elevan altísimas, del tamaño de un caballo. Una ola podría tragársela entera, piensa Teté –que es más bien petisa– y escribe algo en su libreta:
Mi cuerpo es devorado por el mar/soy nada cuando lo penetro/ y al mismo tiempo soy…
Se arrepiente y tacha lo que escribió: “penetro” no es una palabra que le guste para un poema, es obscena. Ahora es su hija la que le hace señas desde abajo, le pide que le lance el bloqueador solar por el balcón. ¿Lanzar? ¿De dónde habría sacado semejante idea? Como si ella no fuera una dama con buenos modales, sino un vulgar jugador de béisbol. Teté mueve el dedo índice en sentido negativo, su hija le grita: “¡Qué!”. Ella se tapa los oídos como si hubiese explotado una bomba. Piensa que con ese griterío es imposible concentrarse en escribir un buen verso y maldice su suerte –mientras maldice se persigna. Va por el bloqueador solar, baja y se lo entrega a su hija, que se ha sentado y casi no puede alzar los brazos porque hace poco se operó el pecho. Teté debe agacharse y poner el bloqueador sobre su regazo.
–¿Quiere un chori, suegra? –uno de sus yernos la apunta con un trinche que sostiene un chorizo grotesco en cuanto a su tamaño. Teté niega con la cabeza y sacude las manos para que retire esa cosa de su vista. Y nota perfectamente cuando sus hijos se miran entre sí y ponen los ojos en blanco, como quien dice: “qué insoportable mamá, qué quisquillosa, qué aparato”. Porque ellos siempre conspiraron en su contra, toda la vida. Cada cosa que ella decía o hacía les parecía mal. Ellos siempre dijeron cosas horribles de ella: de su propia madre que les entregó la vida, que sacrificó su talento literario por criar a esa manga de gritones. Se da vuelta con una expresión de despecho y tristeza que le alcanzaría para escribir no uno ni dos ni tres poemas, sino todo un libro de poemas tristes. Mientras Teté se aleja uno de sus hijos dice algo y todos largan carcajadas. Hasta sus nietos se ríen. Hasta su marido, que no debió ni enterarse del chiste porque recién llega con un balde de hielo.
Rescató su libreta de Hello Kitty, y en vez de volver al balcón se fue a la terraza, donde el mar se ve bastante menos, pero se escucha bien: “a los artistas la naturaleza nos habla, Teté, sólo hay que saber escucharla”, le había dicho su profesora de poesía. Y allí estaba ella, con el oído atento a lo que le decía el mar, ese murmullo constante como el bramido de… Abrió su libreta y escribió ese pensamiento, le pareció maravilloso:
El bramido de…
Lo había olvidado. ¿Cómo podía ser? Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas: fuerte y seco, inmensamente profundo como… ¿cómo qué? Ahí venía la imagen, el momento revelador, la epifanía de la que hablaba su profesora y todos los poetas que su profesora había leído. Teté apretó fuerte los ojos y siguió escuchando, cada vez más nítido y cercano, el sonido del mar: hondo, intenso, recóndito, insondable, subterráneo, agudo, oscuro, difícil, penetrante como, como…
–¡Teté! –la voz gangosa de su marido la llamaba, sus manos ásperas la sacudían por los hombros como si quisiera despertarla de una pesadilla.
–Pero… –Teté ni siquiera podía hablar, estaba demasiado turbada por la bruta irrupción. Se levantó:
–¡Pero qué mierda pasa ahora, Mariano! –gritó, quebrada en sus modos y en su paciencia. Su marido la miró perplejo: cerveza en mano, panza al aire, malla desteñida, patas ralas.
–Nada, que ya casi está la carne y no has hecho la ensalada –dijo y, casi sin poder terminar la frase, eructó. Teté quiso llorar. Su marido se llevó la mano a la boca y dijo: “perdón”. Se dio vuelta y volvió al quincho.

Una muerte

Feb 23

Una vez asistí a la muerte de alguien. No era nadie cercano; una señora muy flaquita a la que le habían sacado muchas cosas de adentro: los intestinos, un riñón, el útero… Había quedado como una bolsa vacía a la que se le pegan las paredes del plástico. La señora vivía en un lugar insalubre y, según los médicos, unos bichos malísimos le habían crecido en la panza y se la habían comido toda. Yo estaba en la guardia por un dedo que me había machucado con una puerta, y el médico, que era amigo, me hizo entrar donde estaba la señora agonizante, conectada a una máquina; no porque quisiera mostrármela, supongo, sino porque ahí se le había quedado el recetario. La señora tenía los ojos abiertos, hondos y amarillos como el helado de sambayón. Le pregunté al médico si lo amarillo indicaba alguna falla en el hígado. El asintió un poco burlón, como pensando para sí: la nena vio un capítulo de Dr. House y se cree que puede hacer diagnósticos. Pero después supe que era cierto, la mujer tenía el hígado hecho un ripio porque se daba con un menjurje a base de morfina, que le había preparado un tal médico naturista. Y, por eso, también se lo sacaron. Total, que ahí estaba yo, con el médico y su recetario y mi dedo machucado, viendo como ese resto de persona –una costura atravesándole la panza–, se moría. El médico practicaba su caligrafía caótica en el recetario, con una tranquilidad obscena pero natural, mientras que la máquina hacía un ruidito que no era el “bip–bip” de las películas, sino un hipo o un eructo repetido. El médico me dijo que antes habían tenido que sacar a la hija del cuarto porque estaba decidida a ahogarla con una almohada: “Para los familiares lo más duro es la agonía”, explicó en ese tono en el que habría recitado una frase de Confucio. Yo pensé que para los familiares lo más difícil era todo, y todavía más el hecho de no poder aplastar con una almohada la cabeza de sus casi muertos para acortarles el sufrimiento. “¿Cuándo se va a morir?”, pregunté. El médico alzó los hombros: “A algunos les toma días, a otros segundos”. Y al poco rato de decir eso la máquina largó un ronquido más fuerte y el médico se volvió rápidamente a la mujer. Casi enseguida entraron un par de enfermeros: “¿Ya?”, preguntaron. El médico asintió. Yo me replegué en una esquina del cuarto; los enfermeros se agolparon a desconectar el cuerpito. Y nadie pareció notar la presencia de una chica temblorosa bajo el marco de la puerta, mirando fijo a esos ojos amarillentos, que ahora por fin cerraban.

Pablo y Fermín

Feb 17

Pablo y Fermín son amigos desde que se acuerdan; transitaron caminos paralelos durante casi toda la vida. Nacieron en el mismo barrio, fueron al mismo colegio, se turnaron a las novias. Una sola vez se separaron, fue cuando Pablo se ganó una beca para especializarse en Madrid: “Lo que se va no vuelve”, le había dicho Fermín aquella vez, llorando, en el aeropuerto. Pablo lo abrazó fuerte y le dijo: “Yo sí”, y ambos lo creyeron. En ese tiempo, Fermín se casó con Viviana, y cuando Pablo regresó también se casó y se separó y tuvo dos hijos y volvió a casarse. Entonces se veían como cuando eran chicos, casi a diario. No hubo mejor época para Pablo y Fermín: hacían asados los viernes, iban a la cancha los domingos, se festejaban los cumpleaños de la familia. No eran como hermanos: eran más. Así envejecieron, se hicieron compadres, abuelos, otra vez compadres. Hace unos días a Fermín le pasó algo bueno: su jefe le ofreció un ascenso en la oficina de la compañía en Milán, que debía hacerse efectivo de inmediato. Fermín, con voz temblorosa, pidió unos segundos para llamar a Viviana. “Los chicos crecieron, estarán felices de visitarnos”, dijo ella y decretó que pasarían el resto de sus vidas en Italia. Fermín, contagiado de su entusiasmo, fue a lo de su jefe y aceptó. Se dieron abrazos, brindaron con un vino de caja que había quedado del último cumpleaños y a la noche sus compañeros lo invitaron a cenar. Viajaría en una semana: primero él, después Viviana. Fermín estaba exultante, esa misma noche llamó a Pablo para darle la noticia y él enmudeció por unos segundos: “OK, te llamo después”, dijo y colgó. Fermín no entendió nada, pero le pareció un grosero. ¿Acaso lo consideraba un logro menor? Pablo siempre se había creído más que él. No se hablaron en la semana; el día del viaje, Viviana convenció a Pablo de que la acompañara al aeropuerto. Él lo hizo, se comportó a la altura, aunque por momentos se sonreía tanto que parecía borracho. A Fermín todo le pareció una burla imperdonable: era el mejor momento de su vida y este resentido se lo estaba saboteando. Y cuando ya se había despedido de Viviana, de sus hijos y nietos, Pablo se acerco a abrazarlo y él lo paró: “Cortala”. Pablo trató de sonreír, pero esta vez no le salió. Bajó la cara, se quebró: “Lo que se va no vuelve”, le dijo, sollozando como un muchachito. Y Fermín –sus canas aplacadas con un gel brilloso, su porte solemne como un caballero antiguo–, contestó: “No, viejo, ya no”.

De paseo

Feb 15

Al costado de la ruta avanzaba una bicicleta: manejaba un morocho descamisado que llevaba a una rubia en el manubrio. Ella –de frente a él, de espaldas al camino– le tapaba los ojos, se reía, pegaba grititos. Tenía el pelo largo y mojado, un short escaso sobre el bikini. La chica que los miraba desde el auto, a quien llamaremos Eva, pensó que esa imagen era una escena suelta de alguna película inconclusa: “somos libres, nos amamos”, gritaban, grandilocuentes, las caras de esos chicos. Se preguntó si afuera habría alguien que, al verlos pasar a ellos en el auto –ella asomada a la ventanilla, su chico conduciendo y dando toquecitos rítmicos al volante– dijera algo parecido. “Esta versión es de Tori Amos…” –su chico estaba obsesionado con una canción de Leonard Cohen: Famous Blue Raincoat. Eva no conocía esa canción, lo cual dificultaba el hecho de que pudiera apreciar la diferencia entre la versión original y las otras novecientas que había en el Ipod. “It’s four in the morning, the end of December…” –cantaba él. Eva trataba de ser amable: sonreía, no sabía que ésa no era canción para sonreírse. Volvió a mirar la ventana, los chicos de la bicicleta habían desaparecido. Ellos pararon en una estación de servicio para ir al baño y comer algo en el 24 horas. Se sentaron en una barra que miraba afuera: la ruta, la aridez del verano. Pasaron autos cargados de sombrillas, reposeras, neveritas, niños, perros. Ellos no llevaban nada, no eran gente de playa; a su chico le habían prestado una casa y le parecía que había que aprovecharla. “¿Si te prestan un arma también la vas a aprovechar?”, le había dicho ella; igual, metió su malla en la mochila y se embarcó en el paseo. “Jane came by with a lock of your hair…” –él seguía cantando, ahora le decía que la versión de Lloyd Cole no estaba a la altura, y buscaba en el Ipod la versión de Cohen para mostrársela. Entonces aparecieron de vuelta: los chicos en la bicicleta. Él pedaleaba más lento, debía estar cansado, ella apoyaba los brazos en su cuello, lo seguía mirando con la cabeza ladeada, y el pelo se elevaba a sus espaldas como una estela al revés. “Mirá esos chicos”, dijo Eva señalando la ruta: “nosotros nunca nos veremos así”. Él ni levantó los ojos del Ipod. Eva siguió la bicicleta hasta que volvió a perderse y decidió que ése sería el instante más feliz de la vida de esos chicos, para atrás y para adelante. Nunca serían más dichosos, salvo cuando recordaran esa tarde en bicicleta al costado de la ruta, mirándose avanzar en el sentido de la brisa, bañados por la luz brillante del sol. No era poco: algunos se pasaban la vida buscando un recuerdo así.

Jota

Feb 15

Jota se ha pasado las vacaciones frente a la computadora, participando en foros de todo tipo. Le encanta participar en foros y decir cualquier pavada sobre aquello que desconoce. Entra a un diario, por ejemplo, a una nota sobre la película Invictus y escribe: “todo el mundo sabe que Mandela participa en actividades terroristas encubiertas por oenegés palestinas”. Todo es mentira, por supuesto, pero así se divierte: escribiendo comentarios en medios digitales y blogs, obsesionándose con las peleas que provocan sus intervenciones. Para Jota, los foros de lectores son una adicción. Si por casualidad tiene que ausentarse de la computadora para ir al baño, Jota vuelve lo más rápido que puede y llega directo a actualizar la página en la que haya dejado su último comentario. Casi siempre hay reacciones instantáneas. Pero a veces, cuando no encuentra ninguna respuesta, se contesta a sí mismo, firmando con otro nombre: “Sos una basura Jota_81, Mandela es un santo, un ejemplo para la humanidad. Ricky_22” Y luego entra como Jota_81 y contesta: “Ricky_22 ¿te gustan los negros?” y otras guarangadas que algunos foros no publican, otros sí. Y entonces arranca el aluvión de respuestas. Jota sabe qué tipo de cosas resultan incendiarias en un foro.
–¡Vení a comer, Jota! –le grita su madre desde arriba. Jota vive en un sótano, el resto de la familia vive arriba. Le gusta estar confinado, le gusta tener un lugar donde convivan él y sus objetos. En el sótano hay ropa sucia, medias húmedas, una pelota de basket, naipes, dos ceniceros, cigarrillos de marihuana, devedés truchos, platos con sobras de comida y, sobre todo, olor a podrido.
Sube a la casa con lentes de sol, porque su casa, contrario al sótano, es una cajita de cristal. Su madre es arquitecta paisajista y quiso “integrar el jardín a los ambientes internos”. Para eso puso vidrios en vez de paredes: a Jota le pareció una clarísima afrenta contra él: él detesta la claridad. Ahora se sienta en la mesa sin sacarse los lentes, agarra un tenedor y lo entierra en un bife que chorrea sangre sobre el plato blanquísimo.
–Está crudo, mamá –dice. Su madre agarra el plato, lo mete en el microondas y marca un teléfono. Mientras ella habla sobre “una paleta de pinturas”, y el bife se cocina, Jota agarra una caja de Nesquik, bolitas de chocolate, y se llena la boca. Su madre trae el plato de vuelta, el bife está humeante pero a Jota le parece que sigue crudo. Se levanta de la mesa sin tocar el bife y baja al sótano. Se saca los lentes oscuros y entra a un blog sobre perversiones humanas que tiene en su carpetas de favoritos. La última entrada se llama: “¿Qué soñaste anoche?”, y hay ochocientos ventidós comentarios. Jota comenta lo siguiente: “que le cortaba las patas a mi perro con las tijeras de podar, después les sacaba los pelos usando un pela papas, y las hervía y las salteaba con orégano. Eso se lo servía a mi madre en un plato blanco, decorado con un poco de pimentón y perejil, ella hacía cara de asco, pero yo, sosteniéndola por el pescuezo, la obligaba a comérselo. ¿Y mi perro? Se desangraba en medio de quejidos tan lamentables que, antes de que terminara de morirse, yo soltaba a mi madre (toda vomitada como estaba) y agarraba al perro, le abría la boca y le metía una zapatilla bien adentro. Fin” Le da clic a “publicar comentario” y sale enseguida. No hay moderación. Ahora su pequeña historia encabeza la lista. Sonría.
–¡Jota! –otra vez su madre. Ahora viene bajando al sótano, sus tacos suenan fuerte en la escalera de madera.
–Pero, nene, ¡qué porquería es este lugar! –dice y se tapa la nariz con expresión de asco. Sube las escaleras y desde arriba le grita:
–¡Vení a comer!
–El bife está crudo mamá.
Pero el ruido de los tacos ya va lejos, se ve que no lo escuchó. Jota se pone los lentes oscuros, sube, entra a la cocina y encuentra el bife sobre el plato blanco, erguido sobre un charquito de jugo bordó. Engancha el bife con un tenedor y lo lleva al jardín, cava un hueco con el pie desnudo. Tira el bife en el hueco y lo cubre con tierra. Su perro le ladra. Adentro, el teléfono suena y su madre contesta con voz aflautada: “Hola”. Se ve que es el tipo nuevo. El perro sigue ladrando. Jota desentierra el bife y se lo lanza al perro en plena cara, con una fuerza que hace que el animal largue un quejido de dolor y retroceda con el rabo entre las patas. Jota entra a la casa, baja al sótano se saca los lentes y actualiza la pantalla. Su comentario sigue siendo el primero de la lista.

Días de sol

Feb 10

Eran tres amigos en la casa de la tía adinerada de uno de ellos. La tía estaba de viaje y ellos habían ocupado su propiedad sin permiso, pero igual a ella no le importaría, decía el sobrino, a quien llamaremos Hugo. La rutina de los tres amigos –llamemos a los otros Paco y Luis–, incluía las siguientes actividades: levantarse, comer, acostarse, mirar tele, jugar ping pong, meterse en la pileta y alguna otra cosa. Habían ido juntos al colegio, dos de ellos habían hecho el cebecé este año y el otro –Hugo, el sobrino–, se había tomado un sabático. Viajó a Paris, a casa de otro tío nada adinerado, pero muy snob.
–Decidí que no quiero hacer nada –dijo Hugo– trabajaré lo indispensable para viajar.
–¿En colectivo? –le preguntó Paco. Luis largó una carcajada que claramente excedía la naturaleza graciosa del comentario. Habían tomado cerveza con los panchos del almuerzo. Ahora estaban echados en reposeras, esperando a que les bajara un poco la comida para volver al agua. Hacía unos 44 grados de sensación térmica.
–El calor anestesia –dijo Paco. Había decidido hacía poco que estudiaría medicina, pero ahora ya no estaba seguro. Luis estudiaría artes visuales y estaba decidido. Tenía una de esas raras “miradas” que encuentran belleza en las imágenes más grotescas y creía que eso podía servirle para hacer una diferencia. Los demás no estaban tan seguros de eso pero lo apoyaban: “Sí, claro, Luis, el esputo tricolor nos parece una manifestación sublime del alma”, por ejemplo.
–¿Si el sol se abriera de qué color sería por dentro? –preguntó Hugo, que se había puesto sus lentes oscuros y trataba de mirar fijo el sol, hasta que los ojos ya no le resistían y tenía que cerrarlos, apretarlos muy fuerte.
–Sería rojo –dijo Paco.
–Negro –Luis. Y durante unos diez minutos no se dijeron nada más. Después Hugo se levantó de la reposera y se tiró al agua. Flotó boca abajo con los ojos abiertos. El fondo de la pileta tenía una capa verde y fina. Quizá, pensó, se quedaría ciego: primero el sol, después el cloro de la pileta, después el deterioro de la cornea. Salió del agua y sus dos amigos ya no estaban en las reposeras. A lo mejor habían entrado a buscar algo de tomar. Se sentó en el borde de la pileta, con las piernas adentro haciendo olas concéntricas. No soplaba brisa. Estaba mojado y aún así sudaba.
Pasó un rato, Paco y Luis no volvían. Decidió buscarlos en la casa: entró directamente a la cocina, pero no había nadie.
–Paco –llamó–, Luis.
No contestaron. Se sentó al pie de la escalera, pensando que habían subido al baño de la tía a buscar alguna toalla, y que en cualquier momento bajarían. Miró hacia el living y pensó que su tía tenía muy mal gusto: había una colección de figuras de porcelana feas y toscas. Y había un cuadro de Botero, una mina con bigotes. No bigotes grandes, pero un bozo de pelo sucio. No entendía por qué el tipo era buen pintor. Era una mierda de pintor, el pintor del mundo de los gordos. A los gordos no podía gustarles eso, tampoco a los flacos porque los excluía de su arte. Quizá le diría eso a Luis, ya que iba a ser artista, debía tener una opinión.
No bajaban.
Hugo empezó a imaginar hipótesis disparatadas, todas extraídas de series de tele bien trash. Pensó que, mientras él flotaba en la pileta, una nave enorme se había chupado a sus amigos de las reposeras. Pensó que debían estar arriba, muertos, producto de alguna intoxicación: las salchichas que almorzaron no tenían buen aspecto. Finalmente pensó algo que le pareció más cercano a la realidad, que sus amigos nunca habían estado allí; que él los había inventado para pasarla bien esos días, como el tipo de El Club de la pelea. Eso lo tranquilizo, en parte porque entonces ya no tendría que esperar a que volvieran de ningún lado. En parte porque a veces sus amigos, incluso imaginarios, lo aburrían. Se levantó, pasó por la cocina, abrió la heladera y se quedó un rato con la puerta abierta dejándose enfriar. Después agarró una lata de cerveza, cerró la puerta y se dispuso a volver a la pileta, pero antes se paró en medio de la cocina, mirando alrededor por si conseguía descubrir algún otro indicio de locura, como aquella de haberse inventado a sus dos amigos. Su tía tenía muchos electrodomésticos desplegados en la mesada. Ninguno parecía muy usado. Una montaña de platos sucios sobresalía de la pileta y la canilla goteaba, produciendo un sonido parecido a un tintineo metálico. Estaba solo, pensó, qué aburrido.
Salió a la pileta y…
–¿Dónde estabas? –era Paco, lo miraba desde la reposera. Luis uso la mano de visera y también lo miró.
–¿Venís de la cocina?
Hugo, con la cerveza en la mano, asintió.
–¿Y cómo llegaste de la pileta hasta allá? –dijo Luis.
Hugo se sentó en su reposera, miró a sus amigos un poco incrédulo, quisquilloso. Trató de entender qué había pasado. No entendió. Se puso los lentes oscuros.
–¿Y? –dijo Paco– ¿Hay un pasadizo secreto?
Hugo abrió la cerveza y le pegó un sorbo largo. Después, lentamente, se echó en la reposera a mirar el sol.

¿Cuál secreto?

Feb 10

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Ser extranjera tiene ventajas y desventajas. Una ventaja es que uno siempre puede alegar desconocimiento, ignorancia o demencia ante cualquier cosa de la que no quiera hablar. “¿Viste la última de Campanella?” y uno mira al aire: “¿Campanella?… me suena” Y se ahorra el mal rato de tener que llevarle la contraria a los millones de argentinos que siguen aplaudiendo El secreto de sus ojos como si en ella se hubiese resuelto, por fin, el misterioso caso de Norita Dalmasso. Una desventaja es que si se me da por no callarme la boca, como ahora, me llueven las descalificaciones usuales, facilistas, de que no soy de acá y seguro que me perdí tantas cosas y que la idiosincrasia argentina es tan pero tan compleja. Claro, porque seguramente Campanella quiso hacer esa película exclusivamente para los cines locales, y que no llegue a Uruguay, por favor, que pueden confundirse. Como la media consumidora occidental, he visto cientos de películas que no son de mi país y todavía, por suerte, el placer o la incomodidad que me producen dependen de la pura panza. Pero de todas formas el de la nacionalidad no es un argumento porque a El secreto… le ha ido muy bien en otros países, como España, y supongamos que algunos de los que fueron a verla no eran argentinos. Supongamos también que en el Oscar no habrá expertos en argentinidad explicándole los chistes al jurado.

Pero decía que, en general, una película me gusta por lo más elemental: que si me conmueve, si me alegra, me euforiza o me deprime y etcétera. En eso, supongo, estamos de acuerdo casi todos. Pero para que eso pase, primero tengo que aceptar lo que me están contando, casi creérmelo en serio, racional y sensorialmente: como que la primera vez que uno ve El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter le produce una serie de cosas –morbo, repulsión, miedo–, que son coherentes con el hecho de que se trata de un personaje macabro de una historia macabra. Esa coherencia está dada por las reglas internas de una historia; las películas bien hechas son las que respetan esas reglas y entonces uno puede dedicarse a disfrutarlas sin la dificultad de preguntarse: “Pero, ¿el tipo se comió a toda esa gente?”. No, uno no se lo pregunta, lo acepta porque se lo cuentan bien. Y El secreto… (lamentablemente para mí, que me gustaría entusiasmarme como casi todos con la flamante “obra maestra”) no entra en esa categoría.

La película está plagada de inconsistencias, de recursos forzados que parecen puestos para el público gordo, acostumbrado al efectismo hollywoodense. Como esa maratón de la protagonista detrás del tren, absolutamente innecesaria y traída de los pelos. Es el ejemplo típico en el que, insisto, uno se distrae preguntándose idioteces: ¿Pero por qué corre? Si se arrepintió de dejarlo ir, ¿no puede tomarse el tren siguiente? ¿Será un guiño de Campanella a Forrest Gump? Así hay otros ejemplos de escenas sin son ni ton, injustificadas; bisagras que sirven para meterle a la película todos los componentes de un producto bien mainstream: el amigo borracho y mártir, el amor fallido, la culpa, la venganza y, por supuesto, la cereza del helado argentino, el contexto setentista. Muy bien, son todos grandes temas de potenciales grandes películas que no son esta. Si esto fuera una crítica podría hacer una lista larga de esas inconsistencias, pero no lo es y lo que quiero decir es otra cosa.

Quiero decir que me da la sensación (esa sensación familiar) de que esta película parece ser tan buena sólo porque es sudaca, como nosotros, y eso nos cubre de condescendencia. En Estados Unidos debe haber un dispenser de thrillers parecidos a éste con todo y la cara de Darín que, de todas formas, siempre es la misma. Pero como la hizo un argentino con actores argentinos en esta industria deprimida (un argentino que, convengamos, no es un joven pujante de Formosa, sino uno que vive afuera, trabaja afuera y juega en las grandes ligas), se le encuentra mérito a una secuencia de persecución bien filmada, por ejemplo (como si no hubiera mil quinientas treinta y tres iguales), porque se parece un poquito a lo bueno que se hace donde se supone que se hace lo bueno. Lo mismo suele suceder con la literatura y con el arte, es verdad, pero como el cine es más masivo el efecto es más masivo, abrumador, un poco insoportable. En El secreto… hay tantos aciertos como errores y no reconocerlo es promover la mediocridad, es resignarnos para siempre a las ligas menores que aspiran alguna vez llegar a las mayores a partir de la mera imitación técnica, argumental y, lo peor, celebrada: “Uh, esa escena le salió bien Brian De Palma” (aplausos). Y así.

Todavía me parece posible que el cine latinoamericano encuentre un lugar más genuino que no nos muestre hambrientos por parecernos a Hollywood, y que no necesariamente caiga en la crónica sucia de nuestras sociedades miserables, violentas, corruptas, tan jodidas, que es justamente como Hollywood nos ve. Hay otras maneras de mostrarnos en pantalla, pero me parece que hay que inventárselas más y copiárselas menos. El año pasado vi algo que se acerca bastante a una invención: Historias extraordinarias, y fue tan placentera la sola idea de comprobar que se podía. Y en cuanto al Oscar –la última gran alegría nacional–, hasta vergüenza da aclarar que no es ningún certificado de calidad, sino una palmada en el hombro de la gran industria que significa algo como: “Keep trying, Juan, you’re almost one of us”.

El abuelo Nicanor

Feb 08

Nicanor tiene una nieta de nueve años que se llama Lila y que, dice, es lo que más le importa en la vida. La mamá de Lila, hija de Nicanor, se fue a Ibiza y nunca volvió. ¿Y el papá? Vaya a saber. “Esa piba era una descocada”, cuenta Nicanor, y que interrumpió varios embarazos antes de parir a Lila; se embarazaba con facilidad. Llegaba a la casa y le mostraba la palma, boca arriba: “Pá, necesito sacarme otra criatura y no tengo un mango”. Lo hizo tres veces. La cuarta vez Nicanor le pidió que lo tuviera, que él se encargaría. “No vas a poder, sos viejo”, le dijo su hija. “Con vos no pude, con éste sí”, dijo él, y su hija alzó los hombros: “OK”. A cambio le pidió el pasaje a Ibiza. A Nicanor, Lila siempre le pareció un milagro; después del tercer aborto pensó que el vientre de su hija se atrofiaría para siempre. Pero no, nació esa nena preciosa llena de pecas y rulos revueltos que se convirtió en su razón para vivir. Bueno: ella y el brandy. Y ése vendría siendo su gran problema: una cosa es ver a Nicanor sobrio y planchado, llevando a Lila a la escuela, a las clases de ballet o hirviéndole salchichas. Otra cosa es verlo abrazado a una botella vacía, llorando: “Perdón, vida”, suele decir, no se sabe si quiere ser literal. Durante esos días la pobre Lila se queda esperando al abuelo en todos lados: bajo lluvia, a pleno sol, hasta que oscurece. Una vez la maestra se la llevó a su casa y le preparó un tostado que tenía gusto a ajo. Lila detesta el ajo. Su abuelo llegó pasada la medianoche, ella dormía en el futón de la maestra y casi no se dio cuenta cuando se la llevaron. Al día siguiente se sorprendió de amanecer en su cama. A veces, Nicanor querría que su hija volviera con ellos y así se podrían turnar para cuidar a Lila que, a medida que crece, se vuelve más pesada. No porque se porte mal, porque Lila es un ángel, sino porque la naturaleza humana es así: “Uno, entre más viejo, más jodido”, dice, y que él, tan viejo y jodido como está, no cree tener la energía para atravesar otra adolescencia: la de su hija casi lo fulminó, y entonces era bastante joven. Pero cuando Lila lo ve triste, murmurando esas cosas para sí, se le trepa en el cuello y le da besos furibundos: “Te amo, abuelo, te amo”. Él se ablanda, decide que todo lo que necesita es un poco de voluntad y la pone toda, pero se le acaba y vuelve a caer. Esto sí es literal: Nicanor se cae. Y mientras está en el suelo, todo despaturrado, se repite que un día ni esa cara salpicada de puntos –que lo mira desde arriba y lo estremece por los hombros y amenaza con quebrarse– conseguirá levantarlo. Y se llena de miedo.