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Posteos de Enero, 2010

Camping

Ene 26

Facu había amanecido en la arena. No se dio cuenta cuando se quedó dormido pero sí cuando lo despertaron.
–Hey –un pie tocándole la panza por el costado, por donde debía quedar el riñón, supuso, porque enseguida le dieron ganas de hacer pis. Era Melissa, se había parado delante del sol y parecía que una aureola le rodeara la cabeza.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Melissa y se movió hacia un lado; entonces Facu vio el mar al fondo y el sol le pegó en la cara. Era un sol rabioso, encandilante. Facu se sentó, estaba muy mareado. Y la espalda le ardía como si una familia entera de sanguijuelas se le hubiera instalado ahí. Melissa se agachó enfrente.
–¿Y?
–¿Y, qué? –dijo Facu.
–¿Pensás pedirme disculpas? –Melissa tenía los ojos hinchados, había llorado, era obvio. Facu se levantó, se sacudió la arena de pantaloneta, los brazos.
–¿Disculpas de qué? –La verdad es que no tenía ni idea de qué hablaba. Igual, Melissa lloraba por cualquier cosa.
–No importa, vamos –Melisa le tomó la mano, Facu se zafó.
–Pará.
Ella lo miró con odio, le dio la espalda y caminó por la playa, hacia la ruta. Facu la siguió. Melissa tenía las caderas con esas protuberancias que llamaban conejos. Con los jeans no se le notaban tanto pero, con el pareo, sus caderas eran un paréntesis deforme. Tenía cintura chica y eso le gustaba a Facu, pero no era sino descender para que la libido desapareciera inmediatamente.
–Pará, Melissa, ¿a dónde vas? –le gritaba Facu, ella caminaba rápido, casi corría. Él rengueaba porque le dolían las plantas de los pies. Llevaba varios días andando en patas por la playa y se había cortado un par de veces: una vez con una piedra filosa, otra vez con un vidrio. Ese fue el día que Manu, el tipo que andaba con Lola, la amiga de Melissa, rompió una botella de Stella contra el suelo y las esquirlas salieron volando; un pedazo de botella terminaría más tarde incrustado en el pie de Facu. “¿Por qué hiciste eso?” –le había dicho Facu–, ¿te parece muy gracioso, imbécil?”. Y el tipo largó una risotada: “Sí”, dijo. Manu tenía ventidos años y serios problemas de conducta; Lola tenía veintinueve y un cuerpo fenomenal. Facu pensaba que Lola no tenía que andar con un tarado como ése: se lo había dicho un día a Melissa y ella, con ese tono amargo de siempre, le dijo: “Y a vos qué mierda te importa”. Facu odiaba la palabra “mierda” en boca de una chica.
Ahora se había sentado en la arena, estaba cansado y le parecía que las heridas de los pies se le estaban abriendo. Eso no debía estar bien. Se le meterían cosas: mugre, bichos. Melissa iba lejos, había atravesado la ruta y ahora se adentraba en el bosquecito donde tenían las carpas.
–¡Melissa! –gritó. Ella no volteó. Un auto paró en la ruta y un par de chicas se bajaron con un perro. El pobre perro llevaba un sombrero y una corbata en el cuello. Las chicas lo filmaban con una camarita:
–¡Peter! –lo llamaban y se reían del pobre animal que trataba de sacarse la corbata con la boca y lo que hacía era apretársela.
–Estúpidas… –murmuró Facu, todavía sentado en la arena, mientras las miraba saltar y reírse con los pelos al aire: largos, lisos, bellísimos, como de propaganda. Tuvo una erección. En lo que iba de las vacaciones sólo había tenido sexo con Melissa y hacía varios días que ni eso. No podía concentrarse oyendo a Lola y a Manu en la otra carpa, muertos de risa y después diciéndose esas cosas tan cursis y después… En fin, no podía concentrarse y Melissa no ayudaba porque en vez de hablar de otra cosa le decía: “Se ve que ese Manu es tremendo polv…”, y cosas así que él prefería no recordar. Facu se levantó, se enrumbó hacia la ruta y cuando pasó al lado del auto de las chicas le pegó un olor fuerte a porro. Lola y Manu también fumaban porro, todo el día fumaban; por eso a la noche estaban así, risueños, idiotas. Estaba harto de ellos y de Melissa, se quería volver ya mismo a Buenos Aires. Facu cruzó la calle, entró en el bosquecito y encontró a Lola junto a su carpa, bañándose con agua de un balde.
–Hola –le dijo ella– Melissa está en el almacén.
Facu asintió, le pregunto por Manu y Lola le dijo que se había ido.
–¿Por qué? –dijo con auténtica sorpresa.
–Bueh –Lola sonrió–, después de lo de anoche…
Facu no entendía nada pero también sonrió. Lola le dijo que se echara un poco de agua, que estaba mugriento. Facu obedeció, se sacó la remera y dejó que Lola le echara agua del balde. Era agua dulce. Así mismo debían ser sus besos… Facu entrecerró los ojos. Las risas de las chicas de la playa les llegaron como un eco, los ladridos del perro también. Lola se acercó lo suficiente para besarlo y Facu sintió que la sangre le corría muy rápido, que le hervía la cabeza. Lola abrió levemente los labios, respiró hondo y dijo: “Chau, Facu, me vuelvo a Buenos Aires”. Y eso fue lo que hizo.

Novios

Ene 25

La familia Frenkel y la familia Gómez sacan la Pelopincho al antejardín de la planta baja donde viven los Frenkel. Los dos chicos –nena Frenkel, nene Gómez– saltan adentro, salpican agua y largan alaridos. “¿Por qué los chicos no pueden saltar en silencio?”, le pregunta el Sr. Frenkel al Sr. Gómez, que es médico, y él le explica que hay un tema hormonal que se los impide. Frenkel destapa una cerveza y llena cuatro vasos, uno se le desborda de espuma. El Sr. Gómez piensa lo de siempre: que el Sr. Frenkel es torpe con las manos y con casi todo lo demás. Llevan los vasos a sus esposas, que están en la cocina preparando viandas frutales. Ellas hablan de un supuesto romance entre la nena Frenkel y el nene Gómez. “Somos consuegras”, se ríen. Sara –la nena Frenkel– le dijo hace un rato a su mamá que los besos de Joaquín –el nene Gómez– le dejaban la boca dulce. “¿Cómo besos?”, preguntó su madre y ella dijo que sí, que eran novios. Al Sr. Frenkel no le hizo ninguna gracia: Sarita tenía diez años y no estaba bien que se diera besos con nadie; se lo dijo a su mujer pero ella lo paró: “No seas pesado”. Los Frenkel y los Gómez son vecinos hace muchos años y las dos señoras están de acuerdo en que, “tal como están las cosas hoy día” (?), lo mejor que uno puede hacer es formar familia con quienes verdaderamente conoce. “¡Mamá!”, Joaquín chilla como si alguien estuviera enterrándole alfileres en la planta de los pies. La madre sale al jardincito y el nene señala a Sarita: “Quiere obligarme a que la bese”. La señora Frenkel, que había salido detrás, se lleva la mano a la boca: “¿Es cierto eso, Sarita?”. Sarita se abalanza sobre Joaquín y le da puños: “¡Mentiroso!”. Las señoras se meten a la Pelopincho y los separan. Los señores las miran desde afuera. La madre de Sarita le dice que está castigada, que se vaya a la cama. “Pero recién son las seis”, dice el señor Frenkel; nadie lo oye: sus quejas suelen estar expresadas en frecuencias de suspiros. “Y los nenes besan a las nenas, no al revés”, sigue la señora Frenkel. La señora Gómez le dice a Joaquín que le pida disculpas a Sarita, parece avergonzada: su cara sudorosa. Él la mira con el ceño fruncido: “Estás fea, mami”, le dice. La señora Gómez se seca el sudor, se aplasta el pelo con las manos: “Andá”. Joaquín se acerca a Sarita, el reflejo de los dos nenes en el agua es casi romántico. “Perdón”, dice Joaquín y Sarita lo abraza. Joaquín intenta zafarse, forcejean un poco pero ella le gana, le agarra la cara y le da un beso sonoro en la boca. Las señoras sonríen, se miran: “Se adoran” –dice la Sra. Gómez y su vecina asiente, enérgica–. El Sr. Gómez choca su vaso contra el del distraído señor Frenkel que, al oír el tintineo, muestra una sonrisa resignada.

Destino

Ene 19

Sonia adoraba los labios rojos. Se pintaba y se repintaba con la furia de quien quiere borrarse un beso que le supo mal. Estaban en el departamento de Raquel, a punto de irse: era la noche de la fiesta.
–Ya llamé el taxi, pará con el labial –dijo Raquel. Sonia se miraba en el espejo y veía a alguien con muchas posibilidades de conseguir esa noche todo lo que quería: un hombre, a secas. O varios, pero a secas. Ya había pasado la etapa en que el sujeto hombre se adjetivaba favorablemente –inteligente, guapo, heterosexual…–, ahora todo lo que quería era el sujeto.
–¿Me veo bien? –le preguntó a Raquel, que la miró dudosa:
–Minnie, parecés. La ratona que se coge a Mickey Mouse.
Sonia alzó los hombros. Desde que se enteraron de la fiesta, habían pasado un par de semanas en las que gastaron horas completas haciendo pronósticos: Raquel conocería a un morocho de Junín, cara adorable y dientes torcidos, detalle que, en vez de disuadirla, le despertaría una ternura nunca antes experimentada. Sonia se daría besos con un chico de aspecto oriental, que vendría con el morocho de Raquel, y que sería sorprendentemente alto y fornido. Pero luego lo abandonaría por un rubito más bien insignificante con quien pasaría esa noche y las de los dos años siguientes; entonces él la dejaría por una chica mucho menor y mucho más fea que ella. “Siempre me dejan por gente insignificante”, le había dicho Sonia a Raquel, una de esas tardes, mientras se fumaba un cigarrillo.
Los pronósticos de la fiesta variaban de acuerdo al paso de los días y los cambios de ánimo de las chicas. Estaban en una de esas épocas difíciles en que, por alguna razón relativa al cosmos –nada que pueda explicarse racionalmente–, las dos llevaban un tiempo largo solas. No estaban en edad de andar muy solas, nadie atraviesa el umbral de los treinta para estar solo.
–Llegó el taxi –dijo Raquel. Sonia guardó su lápiz de labio y se colgó la cartera. Bajaron. En el taxi sonaba Voy a dormir, de Calamaro. Raquel adoraba esa canción.
–Adoro esa canción –le dijo a Sonia que se miraba en un espejito que había sacado de la cartera. Sus labios reteñidos seguían allí. El taxista las piropeó: para Sonia fue una pésima señal, para Raquel fue el zumbido de una mosca. Miró su reloj:
–¿No estaremos yendo muy temprano? –Era la una de la madrugada.
–Para nada –dijo Sonia.
La fiesta era en una terraza con vista sobre Córdoba. Sonaba Vicentico, hacía lindo clima, había lindas picadas y unos foquitos de colores adornaban el balcón. Todo estaba bárbaro, salvo la gente: chicos y chicas en sus ventipocos, que estaban producidos de esa manera que simula no haberse tomado el trabajo de producirse. Incluso Raquel, cuyo nivel de producción era tan elaborado como el de una maestra de jardín, parecía hiper producida delante de los pendejos. Se hicieron en una esquina de la terraza, cervezas en mano, y decidieron que, no bien alguna de las dos soltara la primera risa idiota –síntoma indefectible de que se estaban emborrachando, se irían–. “Es un embole emborracharse con pendejos”, aclaró una de las dos, a estas alturas ya no importaba quién. Y la otra dijo: “Es un embole hacer cualquier cosa con pendejos”.
El DJ puso una música bien tropical: un grupete de cuarta que, según dijo un chico que estaba cerca de ellas, eran los sucesores de “Miguel Conejito Alejandro”. Raquel fue la primera en reírse: ¿quién querría suceder a Miguel Conejito Alejandro? Le parecía la idea más ridícula del universo. Se ahogaba de risa. Tosía. Sonia ya estaba ebria, echada sobre una reposera maltrecha fumando de cara al cielo, jurándose que nunca más rechazaría a un tío de aspecto oriental por un rubito soso, no era buen negocio.
–¿De qué te reís? –el chico que había dicho lo de Miguel Conejito Alejandro encaraba a Raquel. Ella pensó que quizá no sería tan grave curtirse a un pendejo.
–Me río de Miguel Conejito Alejandro –dijo con una voz que consideró sexy.
–¿Qué tiene de malo?
–Nada, no sé…
–A mi viejo le gusta.
El pibito le dio la espalda, le dijo algo a otro chico y se rieron.
–Pendejo pelotudo –murmuró Raquel, ahora con voz claramente amarga. La mención de su padre quería decir: “sos una anciana decrépita y desubicada”. Sonia ya no tenía dudas de que la noche había fracasado estrepitosamente; se levantó de la reposera y le dijo Raquel que se fueran, Raquel caminó desganada. Entonces, justo cuando salían, vieron a un chico de aspecto levemente oriental –y que un sueño muy optimista podría considerarse alto y fornido–, que hizo que ambas se pararan en seco. Las dos se miraron unos tres segundos y percibieron brillos incandescentes en las pupilas de la otra. Sin decirse nada, se dieron vuelta y regresaron a la fiesta.

Una chica

Ene 19

Vereda de Barrio Norte: una chica de doce o trece muy flaquita y muy bonita habla con tres chicos más o menos de la misma edad. En realidad no habla, escucha. Por cada cosa que ellos dicen ella les manda una mirada larga e inexpresiva. Ellos dicen cualquier cosa, porque en realidad no dicen lo que dicen. Dicen lo que pueden. La chica descansa el peso de su cuerpo en una pierna, después en la otra y así. “¿Querés?”, dice uno de los chicos y ella bosteza. “No sé”, dice después, con esa miradita de que la están aburriendo demasiado, de que preferiría estar haciendo la tarea de matemáticas –aunque estén en vacaciones– que quedarse allí, con ellos, contándoles los granos de la cara. Pero ella tampoco dice lo que dice, aunque no lo diga. O sea, ella no dice lo que insinúa. Se hace la lánguida, pero cada vez que se mueve, se agarra un mechón de pelo y se lo enrolla en un dedo, o bien, posa las palmas de las manos en sus anquitas graciosas y chiquitas, y se pandea hacia adelante. Tiene cada uno de sus movimientos controlados. Unos segundos después se agarra el pelo, se lo echa todo para un lado y ladea la cabeza: el cuello le queda expuesto, desnudo, frente a los ojos hambrientos de uno de los chicos que la mira de perfil. Pobre chico, se le ve la angustia en la cara. A esa edad, el cuello desnudo de una chiquita como ésa equivale a un barril de nafta para un pirómano armado con fósforos. Él le saltaría encima y le lamería ese solo pedacito de cuello: ese solo pedacito, durante horas. Con eso sería feliz el resto del año. O eso cree él, que todavía no sabe nada, ni siquiera de sí mismo. “¿Y querés ver esa otra peli?”, le pregunta uno de los chicos a la chica. Ella alza los hombros, mira el piso y el pelo se le cae hacia delante, vuelve a cubrirle el cuello. El pequeño Drácula respira hondo y se muerde la uña. “Es linda peli, me dijeron que estaba bárbara”, insiste otro. Y el vampiro, masticando uña, asiente: “Bárbara”. La chica dice “OK” y casi enseguida “Chau”. Se da vuelta y los tres la miran con esos ojos de estar perdidos, entregados, desahuciados, porque saben que sólo a uno le va a dar bola y los otros dos ya lo van a odiar, una vez tengan alguna pista de cuál es. En esta instancia sólo pueden compadecerse en silencio, haciendo como que el mundo sigue en su lugar, que no se lo ha llevado esa espalda que se aleja. “¿Jugamos a la play?”, dice uno de los chicos. Los otros dos asienten. Pero allí se quedan, estáticos y sudorosos, hasta que ella y su sombra se pierden en la esquina.

Romance

Ene 11

Era un dos ambientes modesto pero ordenado. Quedaba en la calle Piedras, Monserrat, y lo habitaban José y María, una pareja en sus treintitantos que no conseguía decidir nada muy serio con respecto a su futuro. Desde hacía algún tiempo habían empezado a plantearse las típicas preguntas incómodas de la mediana edad: ¿hijos? ¿boda? ¿hijos y boda? ¿nos estamos volviendo personas monotemáticas? Y siempre posponían las respuestas. Era sábado a la noche y Buenos Aires entraba con paso firme en el verano. Antes, cuando hacía mucho calor, José y María solían echarse desnudos en el balconcito que miraba al contrafrente de un edificio abandonado. Tomaban cerveza, o un vino barato con mucho hielo. Ya no hacían eso, habían cambiado, estaban gordos. No era lindo ver sus carnes blandas desparramadas. La última vez que lo habían hecho José se agarró la panza con las manos y luego recorrió con la mirada las tetas estiradas de María: “Estamos envejeciendo prematuramente”, dijo. María le contestó: “¿Por qué prematuramente?”
Esa noche, José miraba en la tele una entrevista que le hacían a Billy Cristal en Desde el Actor Studio. María fumaba y se abanicaba con una revista vieja que tenía en la portada a Fito Páez. José odiaba a Fito Páez, le parecía un invento descabellado, le parecía un curro, le parecía un señor que escupía demasiado cada vez que cantaba.
–Billy Cristal, lo mejor de Saturday Night Live– dijo María, que tenía esa manera rara de hablar, como si cada vez que abriera la boca tuviera que largar un slogan. María nunca en su vida había visto Saturday Nigth Live, José tampoco.
Al mediodía habían decidido que cenarían espárragos hervidos, a pesar del clima –que daba estrictamente para cenar helado de melón–. La madre de José cultivaba espárragos en Junín y cada tanto les enviaba cantidades desmesuradas: “¡Pura vitamina A, C y E!”, decía siempre, escrito a mano, en el paquete de espárragos que les enviaba la señora. Los últimos estaban por pudrirse. “Los espárragos no se pudren”, le había dicho José a María cuando ella sugirió esa idea. “Los de tu madre sí”, contestó ella.
–James, la momia Lipton, el más imbécil de los imbéciles– decía ahora María, con un dejo poético bien berreta, pensó José: a lo Ricardo Arjona. María se refería al conductor de Desde el Actor Studio, a quien odiaba empeñosamente, como si alguna vez ese pobre señor se hubiera dirigido a ella de malos modos. A José le molestaba que María siempre hiciera el mismo comentario: lo hacía cada vez que veía a James Lipton, aunque fuese en una propaganda, en un cartel en la calle, en el recuerdo.
Por el balconcito entró el ruido de una bocina y luego se escucharon aplausos y risas en respuesta a algún chiste que hizo Billy Cristal. James Lipton se sonrió de lado y, sin más expresión que ese rictus difícil, dijo: “Don’t you fuck with me, Billy”. José se río salvajemente. María pensó que eso no daba risa. José se reía de cualquier cosa, para él reírse era parte de la inercia de estar echado en el sofá, con las patas sueltas y la panza distendida.
–Toda la casa huele a espárragos, ¿querés ir a ver si ya están?– dijo María y escondió nariz y boca en el cuello de su remera; el olor a espárragos le recordaba al olor del meo tras haber comido espárragos. Cuando era chica, su madre le tenía que tapar la nariz para hacérselos tragar.
–¿Por qué no vas vos? Yo estoy viendo el programa. –Yo también– la voz de María sonó nasal. Estaba aguantando la respiración. –A vos no te gusta este programa. –No me gusta la momia Lipton, el programa sí. José se paró molesto, caminó hasta la cocina, destapó la olla y el vapor verdoso se elevó hasta el techo, alimentando esa mancha de humedad que tenía forma de una gran ameba. El olor llegó hasta el living, donde María aspiraba su remera hasta bien al fondo: olía a jabón Querubín, que es como el Ayudín pero más barato. Lo había comprado José.
–Ya están– dijo José, traía un par de platos con espárragos y un frasco de mayonesa Natura. Puso todo en la mesita del living usando la cara de Fito Páez de bandeja. Miró a María:
–¿Querés dejar de olerte las tetas?
María sacó la cara de la remera, agarró un espárrago y lo zambulló en la mayonesa. Lo chupó y lo volvió a zambullir. “…Don’t you think so?”, dijo Billy Cristal. María mordió un pedazo de su espárrago chupado. Masticó. “No, I don’t”, contestó James Lipton.
–Puro meo– dijo María, y escupió en el plato la pasta verde que tenía en la boca. José no la vio, si la hubiera visto le habría gritado sucia o asquerosa, con mucha cara de asco. Pero no la vio, estaba ocupado riéndose como un poseso, señalando la tele con un espárrago que chorreaba mayonesa.

Baño de luna

Ene 11

En mi cuadra vive una familia que cada noche sale al jardincito delantero de su casa, despliega unas sillas y se recuesta con los ojos cerrados. Son la mamá, el papá y un par de chicos que deben estar por los once y doce, más o menos. Uno se llama Rocco y me lo encontré un día patinando en la vereda. Le pregunté qué era eso que su familia hacía a las noches y me dijo: “Baños de luna”. Cuando yo era chica decían que la luna hacía mal: que si te daba mucho en la cara te dejaba ciego, en las piernas, parapléjico, y así, otras cosas desagradables. No se lo dije a Rocco, pero le pregunté que para qué lo hacían. Me dijo que de la luna se desprendían unas partículas que alargaban la vida: “El prana, me parece que se llama”, dijo Rocco y se rascó la cabeza, como dudando. “Prana –repetí, tal como había aprendido la primera vez, en alguna lección de filosofía–: la energía cósmica primaria”. Rocco me miró con los ojos de un mutante que reconoce a otro de su especie: “¿Vos también sos hippie?”, me preguntó, y ladeó la cabeza, como si de pronto la melena le pesara: Rocco tiene los pelos rubios que le llegan hasta debajo de los hombros. Yo sonreí. Le pregunté si el baño de luna había tenido algún efecto sobre él. Él asintió, me dijo que viviría más que todos sus amigos, y que cuando fuera viejo parecería joven. “¿Ah sí?”. “Sip”. “¿Y qué más te hace la luna?”, le pregunté. Rocco apretó los ojos, como haciendo memoria y dijo que era buena para la piel… “Y para el pelo, lo hace crecer”. Eso debía ser cierto. “¿Y el sol?”, le dije. Rocco negó con la cabeza: “No está bueno el sol”. Más que hippies, los papás de Rocco debían ser vampiros. “Ahora hay sol”, le dije, señalando hacia arriba y Rocco miró. Los rayos de sol caían tan pesados que parecían empujar las ramas de los árboles para hacerse camino, rebotar en el suelo y volver a elevarse. Bajó la cara y se limpió con la manga de la remera, aunque no estaba sudado ni sucio. “Chau”, dijo, y se entró. Esa noche pasé por enfrente de su casa y allí estaban, tomando su baño de luna. Rocco me saludó con la mano. Sus papás también saludaron, yo me paré y los pude detallar mejor que otros días. Todavía no eran viejos, pero ya no parecían jóvenes. La madre tenía pequeñas venas en la piel pálida y delgada. El padre tenía una gran papada. El nene más chico tenía cara de sueño. Recostaron sus cabezas y yo seguí andando. Sólo cuando estuve en la esquina y sentí una brisa húmeda que me hizo alzar la cara, buscando nubes negras, descubrí algo que, quizá, a la familia de Rocco se le había pasado: esa noche no había luna. El cielo era una capa oscura y comenzaba a llover.

Primer día del año

Ene 04

Era una noche calurosa y húmeda, dentro y fuera de las casas. Los mosquitos se habían alborotado y la opción para evadirlos era moverse. Caminar de acá para allá, o saltar como lo hacía Niní, la hija de Marcela, de siete años, o bien zambullirse en un frasco de Off. En la heladera de la casa de Marcela no había más que un pedazo de queso pategrás que había quedado del asado de Año Nuevo y una cerveza tibia que rescataron del patio. Habían dormido todo el día y recién ahora, nueve de la noche, Marcela levantaba las sobras de la noche anterior. Niní saltaba. Roberto, el marido, atentaba contra la fauna universal a punta de Raid. Niní cantó una canción ridícula que le había enseñado Roberto sobre una pelusa que volaba tan alto que hacía estornudar a Dios. “Callate, Niní”, le dijo Marcela y se abanicó con un repasador. Niní no se calló, siguió cantando hasta que fue Roberto el que le pidió: “Shhh”. El calor y los mosquitos son incompatibles con las vocecitas agudas que cantan canciones ridículas. Los dos pensaron lo mismo, al mismo tiempo. Y pensaron también que tenían una casa muy chica con un patio ínfimo que no debería llamarse patio sino pasillo de porquería. “Pará con el Raid, nos vas a envenenar”, dijo Marcela y Roberto le lanzó una mirada llena de furia. Hacía media hora Marcela había pedido a gritos que se levantara de ese sillón de mierda y fumigara la casa, que los mosquitos se las iban a chupar todas por dentro: a Niní más rápido porque era más chica. Eso había dicho. Roberto entonces agarró el Raid y empezó a fumigar. Marcela lavaba los cuchillos del asado con una esponja que se sentía grasosa. Niní saltaba ahora con los brazos en alto y le preguntaba a Roberto cómo seguía la canción. Roberto no le contestó, agitó el frasco de Raid: “Se acabó”, dijo. Y Marcela, con un cuchillo enjabonado en mano, lo miró con la cara desencajada: “Estás loco, estaba casi lleno”. “Se acabó”, dijo Roberto y caminó hacia el sillón. Marcela se dio vuelta para atajarlo y en ese movimiento la punta del cuchillo le hizo un tajo muy leve en el antebrazo. Lanzó un grito, soltó el cuchillo, metió el brazo debajo del agua fría de la canilla: “Me voy a desangrar”. Roberto la miraba mudo, Niní seguía saltando. “¿Piensan hacer algo?”, dijo Marcela. Roberto le agarró el brazo y dijo: “No es nada”. Niní repitió: “No es nada, mamita”. Marcela se zafó de Roberto. Roberto volvió al sillón y Niní se le sentó encima. “Hace calor, Niní, sentate en otro lado”, dijo. Niní no se movió. Marcela se sirvió un vaso de cerveza y salió al patio. Se sentó a la mesa: las hormigas atacaban los pedazos viejos de carne. La luna llena brillaba con una luz suave y clara. Marcela extendió el brazo para verse bien la herida. Era nada, pero seguía sangrando, no paraba de sangrar.