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Posteos de 2010

Ambición

Mar 10

Se llama Luisa como su madre pero se parece a su papá. Eso se lo han dicho siempre, toda la vida, y no en el buen sentido: su madre fue de joven algo así como una aparición divina. Una mujer bella, bellísima, que se casó con un hombre bueno y honesto, pero más feo que un perro tuerto. Y Luisa salió a él. Pero eso mucho no viene al caso, más que para decir que por estos días Luisa va a trabajar por primera vez en una empresa y está muy preocupada por su apariencia. En su nuevo trabajo, la apariencia es importantísima, eso le han dicho. Luisa, que recién cumplió veintidós, no califica todavía para ser una de esas ejecutivas de alto rango, pero tampoco va a estar escondida detrás de una ventanilla dando información de mala gana y prestando biromes mordidas. No: Luisa va a ser una empleada intermedia, tipo asistente de recursos humanos. Y, sobre todo, Luisa piensa ascender rápidamente. Por eso se preocupa tanto por su aspecto y compostura; de ahora en adelante, Luisa deberá tragarse con el desayuno su píldora diaria de buena presencia. Sus padres, por supuesto, están contentos: su hija es una joven emprendedora que quiere trabajar. Pero les preocupa un poco la cantidad de ideas y hábitos que vienen con el trabajo y los jefes y el sueldo y las compras a plazos de objetos suntuosos. Ellos no son personas muy apegadas al dinero, al contrario, siempre han procurado tener lo indispensable para vivir decentemente y ya está. Pero Luisa parece poseída por el espíritu mismo de Adam Smith. Sus preocupaciones actuales tienen que ver con el ahorro, la inversión y el sistema crediticio que más le conviene para comprarse “sus cosas”. “¿Qué son ‘tus cosas’?”, pregunta su bella madre, preocupada, cuando la escucha hablar con ese dejo de avaricia. Y Luisa enumera objetos que su madre nunca escuchó: iPod, iPhone, iPad… “Al menos se la ve comprometida”, la disculpa su papá. Sí: con el señor Apple, con la tecnología de punta, con la mano invisible. Durante la cena, Luisa hace cuentas en voz alta, habla de porcentajes, préstamos e intereses: proyecta su perfil financiero de acá a diez años. Luisa cree que el mundo entero se paga en diez cuotas sin interés. Luisa es esa niña con el cántaro de leche en la cabeza, camino al mercado, que planea cambiar la leche por huevos y los huevos por pollos y los pollos por lechón y después vaca y después ternero y después dinero y más dinero. A Luisa, niñita poco agraciada, le gusta el dinero: mucho le gusta. Su papá –dudoso, asustado– dice que “eso no es necesariamente algo malo”. No, es sólo ambición: para unos la ambición es un impulso, para otros una carga; para unos y otros, casi siempre, termina con un cántaro de leche destrozado.

Estos tiempos

Mar 08

Hubo un tiempo en que todas las personas hablaban de enfermedades. No necesariamente de enfermedades graves, podían referirse a un uñero, o a una infección gastrointestinal, o al estrés –el estrés tuvo su gran momento. Antes de las enfermedades, hubo un tiempo en que todas las personas hablaban del amor. O del desamor. Todos tenían una opinión: “Hay que escapar de las personas inestables, incluso si parecen buenas”; “Hay que elegir a alguien, mudarse juntos y alquilar películas: en eso consiste la vida…”. Eran opiniones categóricas que solían expresarse a la hora del almuerzo, en bares y cafés. Pero ése era el tiempo del amor, y después, decía, vino el de las enfermedades; los días consistían en recibir llamadas y enterarse de la salud ajena: y no de la buena; o en escuchar en medio de la cena la palabra ibuprofeno, la palabra prozac, la palabra linfoma. En las películas, a veces, los dos temas se mezclaban: Todo por amor, Philadelphia, El paciente inglés… Eran los noventa, amor y enfermedades iban bien en la pantalla. Y no había nada que hacer, salvo sentarse a esperar a que vinieran otros tiempos. Ahora todo consiste en ser sano, en no contaminarse; la gente está embarcada en un proceso constante de desintoxicación: “Soy macrobiótico, no tengo tele”. Los que no tienen tele son internéfilos: bajan películas y las miran en la computadora; y eso es como una bandera, un grupo de pertenencia que tiende a crecer. Ya nadie zappea, ahora “bajan”, cada tiempo viene con su jerga. Si uno googlea la frase “no tengo tele” –así, con comillas, para restringir la búsqueda– salen unos 500 mil resultados en 40 segundos. Hay blogs que se llaman así: “Notengotele”; hay miles de post y notas y artículos y declaraciones explosivas de artistas, productores, músicos, jueces que dicen “no tengo tele ¿y qué?”; hay millones de comentarios que les contestan “yo tampoco”, o “¿qué de qué?”; hay un grupo en Facebook que se llama “No tengo tele en casa y soy feliz”. Quizás, alguna vez no tener tele fue considerado algo excéntrico y esnob –hay gente a la que le gustan las palabras excéntrico y esnob: es gente retro–, pero ya no más. Ahora es un movimiento masivo, una moda, una cosa bien vulgar. Yo no tengo tele y no me siento especialmente temeraria por eso. Bueno, les juro que hay personas que sí: lo dicen en voz alta, lo escriben en su Twitter, lo estampan en remeras. Son los protagonistas de su tiempo, estos tiempos banales que transcurren. Pero vendrán otros, ya verán que sí, es lo que suele pasar.

Rutina

Mar 05

El boliche estaba oscuro, los tragos adornados con pajitas fosforescentes. La pareja aburrida había decidido ir para darle un giro a su rutina. A veces hacían esas cosas: y su rutina giraba pero ellos no. Estar en el boliche oscuro era una irrupción indiscutible en lo que la pareja aburrida solía hacer en su día a día: oficina, supermercado, cena poco condimentada y televisión. Pero no por estar en el boliche ellos variaban su comportamiento; la única diferencia era que no se veían bien la cara y tampoco se escuchaban, por lo que tenían que gritar. “¡Que decís!” / “¡Qué está bueno el daikiri!”. Y asentían, sonreían sin convicción, miraban impacientes el reloj cuando el otro no se daba cuenta. Tampoco es que su rutina habitual incluyera mucho diálogo, esa es la verdad; pero al menos tenían la excusa del cansancio, o de la película que estaban mirando, o de que había que dormirse para levantare temprano, esas cosas.
Lo de salir un día a la semana a tomar unas copas se los había recomendado una pareja amiga con quien estaban a punto de encontrarse. Era una pareja muy animada y festiva, tan distinta a ellos. Siempre tenían historias que contar, historias desopilantes de cuya veracidad la pareja aburrida sospechaba. Pero aunque fueran historias falsas eran divertidas, y eso era mejor que nada. “¡Hey!”, ahí venía llegando la pareja amiga y festiva, traían pajitas en la mano y las agitaban para que la pareja aburrida pudiera verlos. Cuando estuvieron cerca se echaron en los sillones y uno de los miembros de la pareja amiga y festiva –digamos que él– cayó encima de uno de los miembros de la pareja aburrida –digamos que ella. Quizá a esta altura conviene darle nombres a todos. La pareja aburrida está conformada por Tomás y María. La pareja festiva por Gabriel y Lola.
Entonces: Gabriel se echa en el sillón y cae casi encima de María, que intenta rodarse hacia el lado de Tomás, pero Lola se ha sentado en el medio y parece estar diciéndole algo al oído a Tomás, aunque en esa oscuridad no se sabe bien qué es lo que está pasando. María tantea la mesa, busca su cartera.
–Quiero ir al baño –dice.
–Te acompaño –dice Gabriel.
–No, yo…
–Te podés perder –Gabriel se levanta, la jala por el brazo. Cuando llegan a la puerta del baño María entra y él pretende seguirla.
–¿Qué hacés? –ella lo para, pone la palma de su mano en el pecho de Gabriel. Él le agarra la muñeca.
–Nada, te acompaño.
–Puedo entrar sola.
Gabriel alza los hombros. El baño es casi tan oscuro como afuera, María se mira al espejo y sólo puede ver su dentadura. Espera unos minutos sin hacer nada, porque en realidad no quería hacer nada más que levantarse de la mesa.
–¿Ya estás? –Gabriel toca la puerta. María se acomoda la cartera y sale.
–Ups –se tropieza con él, que le rodea la cintura con los brazos y, de pronto, así como si estuviera previsto desde el principio de los tiempos: le lame la cara.
–¡Chee! –dice María y trata de zafarse pero Gabriel la aprieta, le lame cara y cuello como un cachorro sediento. La música suena muy fuerte, Gabriel le dice algo pero ella no escucha: tampoco es que quisiera escucharlo, sólo quiere que la deje en paz. María consigue zafarse y camina rápidamente hacia la mesa, pero no encuentra el camino, está todo muy oscuro. Va tropezando con la gente, esquivando las pajitas fosforescentes que flotan en el fondo negro del boliche.
–¡Vení! –Gabriel la vuelve a agarrar por la cintura, la aprieta fuerte contra él: lame y lame como un desquiciado.
–¡Pará! –María vuelve y se zafa, sigue andando, no ve la mesa, no ve a Tomás ni a Lola, no ve a nada de nada. Abraza su cartera. Va empujando a la gente, desesperada. La gente la putea, o eso cree ella, la música le sigue ganando a las voces. Al final de todo se choca con algo duro: una puerta que se abre y la luz de un farol la encandila. Ha llegado a la vereda.
–¿Dónde estabas? –Tomás la toma por los hombros, suena impaciente.
–¿Qué? Adentro, ¿dónde más voy a estar? –María se saca el pelo de la cara, se limpia la baba seca de Gabriel y respira agitada… Qué mierda acababa de pasar, no entendía nada. Tomás para un taxi:
–¿Vamos? –abre la puerta, parece nervioso. María entra, él también. Le piden al chofer que los lleve a la casa.
–¿Qué paso? –dice María todavía perpleja. Tomás va mirando por la ventana, se truena los dedos de las manos.
–¿Qué pasó de qué? –le dice, sin mirarla. María recapitula todo de vuelta: no entiende nada. Respira hondo, le falta un poco de aire, se siente ahogada y pegajosa y maloliente. Quiere llegar a bañarse.
–¿Está todo bien? –pregunta Tomás, con cierta levedad. Esta vez la mira muy de refilón y vuelve los ojos a la ventana.
–No sé –dice María, tras unos largos segundos de silencio–: debo estar muy cansada.
–Sí –dice Tomás– yo también.

Primer día de clases

Mar 01

Era el primer día de clases del año 87 y mi papá nos levantaba a mis hermanos y a mí con un clásico mecanismo de tortura: abría la persiana y el sol nos pegaba cachetazos en la cara. Mi papá no: mi papá nos daba besos y predecía cosas increíbles que nos pasarían en el día. De todas formas, a mí esa mañana no había que imprimirme más entusiasmo del que ya tenía: ese año pasaba del preescolar a la primaria y era todo un acontecimiento. No pude ni desayunar porque me ardía la panza del nervio, y mi madre, temiendo que muriera de inanición, me preparó una copiosa merienda: un par de sánguches de mortadela, jugo de mango en termito y budín de pan para el postre. Antes de llegar al colegio, me planché muchas veces con las manos la falda de mi uniforme nuevo… Nuevo es un decir: antes había sido de mi hermana y antes de mi otra hermana y antes de la otra –soy la menor de cinco, para mí estrenar significaba heredar cosas remendadas. En el colegio había decenas de niñitas vestidas como yo: jumper a cuadros, zapatos rojos bien lustrados y cola de caballo tan estirada que nos achinaba los ojos. La directora nos recibió con un discurso emotivo que consistía en convencernos de que nunca jamás ocurriría en nuestras vidas algo más importante que empezar el colegio. Ese día, con seis años de existencia y un dolor punzante en las sienes por el bendito peinado, me fue comunicado que mi vida cambiaría: y que eso significaba ir al colegio. Recuerdo bien a quiénes tenía al lado: a K, que sería mi mejor amiga ese año; a F, que sería mi mejor amiga por muchos años; a L, que sería mi amiga entre los 13 y los 16, cuando nos pelearíamos por un chico. Esa mañana ocupé mi pupitre, abrí mi cuaderno y escribí la fecha en la esquina superior derecha; lo mismo haría cada mañana de clase durante los años siguientes, muchos años. Vendrían días más y menos insulsos, más y menos trascendentes: era el principio de algo que, como tantas cosas, sólo se entiende por acumulación. Entonces, ya casi llegando al final, se produciría la revelación: nunca jamás me pasaría algo más importante que empezar el colegio. Desde entonces, cada vez que, como hoy, otros tienen su primer día de clases, me pasan tres cosas: 1) Siento envidia por los que aún no descubrieron que empezar algo es empezar a terminarlo; 2) Siento pena porque, mientras lo descubren, pasarán años sin saber que lo que les está pasando es lo mejor que les pasará; 3) Siento alivio porque, cuando lo descubran, serán iluminados por una epifanía, que los hará sentir pena y envidia por los que todavía viven en esa bruma placentera. Feliz año escolar, inocentes blancas palomitas.

Tonta

Mar 01

Eloy sabía que Karina era muy tonta. Lo supo desde el primer día que la vio en Cariló, paseándose en un bikini diminuto por una playa llena de hombres que se babeaban mirándole el culo. Karina se hacía la inocente, porque eso, según Eloy, es lo que hacen las chicas tontas. Él hacía el esfuerzo de no mirarla, pero cada tanto se le iba el ojo y era justo cuando ella lo descubría. Sus miradas se cruzaban porque ella también lo estaba mirando: Eloy pensó que Karina lo miraba, sólo porque él no la miraba… Al menos no la miraba tanto como el resto de cretinos que estaban en la playa.
Un día Karina se acercó a pedirle fuego. Era tan tonta que no se le había ocurrido nada mejor que eso, se dijo Eloy, y le dijo a ella que no tenía fuego. En la cara de Karina apareció un frunce de tristeza, como si estuviera a punto de echarse al piso a llorar y patalear porque no le habían dado el caramelo que quería. Eloy pensó que no quería presenciar esa escena y le dijo: “esperame acá y te consigo” Se alejó unos pasos y se sacó su propio zippo de la pantaloneta.
–Tomá, conseguí –le dijo cuando estuvo de vuelta. Karina sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, estirándolos un poco hacia afuera como hacen las putas de las películas muy malas sobre putas tristes y buenas, víctimas de sus padrastros.
–Sos bien tonta, ¿no? –le dijo Eloy y ella lo miró como quien no entiende, como quien no puede procesar, como quien necesita un golpe fuerte en la cabeza o un dedo en el botón de reinicio.
–¿Qué decís? –dijo Karina, sus ojos se abrieron tanto que parecían dos grandes piedras azules incrustadas en su cara fina y bronceada.
–Que sos muy tonta y sos muy linda. Supongo que nadie te dice lo primero y muchos te dicen lo segundo ¿no?
–¿Qué?
–Que eres de esas chicas bien lindas y bien tontas: eso es lo que digo.
Karina bajó la cara. Su pelo castaño, que probablemente había untado con una de esas cremas protectoras del sol, brillaba como el de una muñeca nueva.
–No soy tan linda –dijo y se sentó en la arena– tengo una cicatriz –y le mostró el tobillo a Eloy, doblándose de una forma que parecía una sirena a la que recién le salían patas: patas nuevas, bellas, satinadas. La cicatriz era, por supuesto, un lunar.
–Es una cicatriz horrible –dijo Eloy y se agachó para agarrarle el pie. Le besó el tobillo, después le besó la pantorrilla y los muslos y habría seguido si no estuvieran en un lugar público. Karina no parecía darse cuenta de ciertas cosas: como que revolcarse en la arena con un desconocido podía considerarse un gesto digno de una prostituta. Igual, esa misma tarde se acostaron. Fue en la casa donde Karina estaba parando con unas amigas. Eloy estaba parando con unos tíos, y también estaban su hermana y sus sobrinos; no estaba bien que llevara chicas a dormir.
–Eres realmente tonta –insistía Eloy cada vez que podía, cada vez que Karina abría la boca para decir una idiotez como: “quizá debamos hacer una fiesta para anunciar nuestra relación”. Ese comentario en boca de otra chica Eloy lo habría considerado una broma y se habría reído; luego le habría dado un beso y la habría tumbado en la cama; habría simulado aplastarle la cabeza con una almohada mientras ella pataleaba y se reía y le decía: “está bien, está bien, te daré el divorcio”. Pero Karina era una de esas personas que hablaba literalmente. Nada odiaba más Eloy que ese tipo de personas.
–…tonta y linda, qué tipicidad, ja –pero Karina parecía no oírlo, se quedaba muda y seguía peinándose, poniéndose bronceadores y cremas en el pelo, o tomándose su té frío. A Eloy esa impavidez lo irritaba un poco pero confiaba en que un día ella se enojaría y lo echaría de su casa y entonces no tendría que verla más. Si eso no pasaba, igual él se iba a aburrir y todo lo que haría sería levantarse de la cama, ponerse su pantaloneta y antes de atravesar el umbral de la puerta para volver a lo de sus tíos, le diría: “Hasta nunca, tontita”. O algo así. Pero Eloy se fue quedando, y a veces se quedaba incluso sin Karina, que se iba a la playa con sus amigas. Una vez Eloy bajó a servirse un vaso de cerveza y encontró a Karina en el living, mostrándole el lunar de su tobillo a un tipo. En ese momento Karina le pareció la mujer más tierna del universo, quiso sacársela a ese idiota de los brazos y llevarla al cuarto, encerrarse con ella y no salir más. Eloy se apoyó en la pared y los miró darse besos y toquetearse en el sillón, mientras se tomaba su cerveza. Hasta que el tipo se dio cuenta y le mandó una mirada entre condescendiente y burlona:
–Flaco, acá estamos ocupados. Anda a tomarte la merienda a otro lado –y siguió besando a Karina que no parecía registrar más que el bulto que tenía encima.
–Es la chica más tonta del universo –dijo Eloy y se apoyó en la pared; no pretendía moverse de ahí hasta que el tipo se fuera. El tipo volvió a levantar la cabeza que se había zambullido en el pecho de Karina y esta vez lo miró con auténtica perplejidad:
–¿Y a quién le importa?
Karina también levantó su cabecita rubia despeinada, se sacó de la frente un par de mechones revueltos:
–Sí, ¿a quién le importa? –repitió. Y por primera vez Eloy no supo qué decir. Dejó la cerveza en la mesada, salió de la casa y caminó rumbo a lo de sus tíos, confundido. ¿A quién le importa?, repetía en su cabeza: el sol siguiéndolo de cerca, las chicas lindas paseándose en la playa… No había una sola que pudiera compararse con Karina.

El derecho de nacer mujer

Feb 28

Link a la nota original
Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.

Los niños de la cuadra

Feb 25

En el barrio donde vivo las calles se inundan –aunque eso no es ninguna originalidad. Pasa cuando llueve mucho o cuando sopla un viento que hace que el río se crezca y se desborde: entonces vomita arroyos. Uno de estos días que llovió se fue la luz y había poco que hacer, salvo mirar por la ventana. Eso hicimos Teo y yo, y pusimos la radio por si anunciaban alguna alerta de color desconocido. Afuera los niños de la cuadra chapoteaban con sus pantaloncitos remangados. El agua les llegaba a la cintura y jugaban a nada, a mojarse. Uno de los chicos sacó un gomón de su casa y todos se encaramaron. Iban apretados, se mataban de risa. A otra gente, ya se sabe, el agua de estos días no le hizo tanta gracia. Pero para los niños de la cuadra la lluvia era una fiesta. Ellos viven en un lugar que, en los días secos, es un barrio como cualquier otro de los del norte de la provincia: sus casas bajas, sus plátanos altísimos, sus tipas que escupen. Nada muy salido del esquema. Pero cuando llueve como en estos días, la calle se hace río, los gatos peces, los autos lanchas, el aire un pañuelo húmedo que lo arropa todo. Y huele, el agua de la cuadra huele. A fango o a remolacha hervida, que para mí es lo mismo. El día del gomón los niños de la cuadra encontraron un gato medio muerto: se había quedado atascado en una rejilla. El gato parecía en sus últimas, pero igual se lo llevaron. Yo justo los vi pasar bien cerca de mi ventana cuando el dueño del gomón alzaba al gato desgonzado como un trofeo: “¡El arca de Noe!”, gritaba. En la radio, mientras tanto, pasaban más noticias de la lluvia: que arrasó con la mercadería de Liniers, que fundió el motor de varios autos en Pacífico, que levantó el piso de un local de ropa en Rivadavia, que le reventó las várices a una anciana de Núñez, y que iba camino al hospital. La disociación era vergonzosa. “…Lo perdí todo”, decía un hombre en la radio, y los niños de la cuadra abrían la bocaza al cielo para tragarse el agua: “Mmm”, se saboreaban. “Tuve que evacuar la casa, se me quedó todo adentro…”, sollozaba una mujer de una villa inundada; y los niños de la cuadra hacían olas con las manos, lanzaban al gato por los aires, saltaban del gomón y volvían a subirse largando carcajadas. Eran felices de esa manera impúdica y escandalosa en que suelen ser felices los niños: cuando todavía el mundo te importa nada, y no hay que pedirle disculpas a nadie. La lluvia paró varias horas después: los niños de la cuadra reposaban en la vereda, acariciados por un sereno tibio. En medio de la calle ya más playa, el gomón desinflado le servía de cama al gatito dormido, o muerto.

El verso de Teté

Feb 23

Desde el balcón de la casa en Mar del Plata, Teté mira el mar y escribe versos en una libreta de Hello Kitty que le robó a su nieta mayor. Teté habría querido ser poeta, pero se casó tan joven, y después vinieron los hijos –tres varones, tres chicas– que ahora se les dio por preñar y parir como desquiciados. La familia le ocupa todo su tiempo, toda su casa, y no es que reniegue –Teté se santigua durante ese pensamiento, y dice con firmeza: “no, no, no”–, pero le gustaría poder usar algunos minutos del día para escribir sus versos.
–¡Abu! –sus nietos la saludan desde abajo, están bañándose en la pileta; llevan allí dentro todo el día, chapoteando como patos. Patos ruidosos. Y sus hijos, en el quincho al costado de la pileta, parlotean cual cotorras y no son capaces de decirles nada.
–Shhh –Teté, desde el balcón, se pone el dedo en la boca y mira a sus nietos. Los nenes la ignoran y siguen gritando. Teté adora sus nietos, pero no estaría mal que alguien les enseñara a hablar y a comportarse como la gente y no como monitos salvajes. Vuelve sus ojos al mar, su inspiración: el sol está brillante, las olas se elevan altísimas, del tamaño de un caballo. Una ola podría tragársela entera, piensa Teté –que es más bien petisa– y escribe algo en su libreta:
Mi cuerpo es devorado por el mar/soy nada cuando lo penetro/ y al mismo tiempo soy…
Se arrepiente y tacha lo que escribió: “penetro” no es una palabra que le guste para un poema, es obscena. Ahora es su hija la que le hace señas desde abajo, le pide que le lance el bloqueador solar por el balcón. ¿Lanzar? ¿De dónde habría sacado semejante idea? Como si ella no fuera una dama con buenos modales, sino un vulgar jugador de béisbol. Teté mueve el dedo índice en sentido negativo, su hija le grita: “¡Qué!”. Ella se tapa los oídos como si hubiese explotado una bomba. Piensa que con ese griterío es imposible concentrarse en escribir un buen verso y maldice su suerte –mientras maldice se persigna. Va por el bloqueador solar, baja y se lo entrega a su hija, que se ha sentado y casi no puede alzar los brazos porque hace poco se operó el pecho. Teté debe agacharse y poner el bloqueador sobre su regazo.
–¿Quiere un chori, suegra? –uno de sus yernos la apunta con un trinche que sostiene un chorizo grotesco en cuanto a su tamaño. Teté niega con la cabeza y sacude las manos para que retire esa cosa de su vista. Y nota perfectamente cuando sus hijos se miran entre sí y ponen los ojos en blanco, como quien dice: “qué insoportable mamá, qué quisquillosa, qué aparato”. Porque ellos siempre conspiraron en su contra, toda la vida. Cada cosa que ella decía o hacía les parecía mal. Ellos siempre dijeron cosas horribles de ella: de su propia madre que les entregó la vida, que sacrificó su talento literario por criar a esa manga de gritones. Se da vuelta con una expresión de despecho y tristeza que le alcanzaría para escribir no uno ni dos ni tres poemas, sino todo un libro de poemas tristes. Mientras Teté se aleja uno de sus hijos dice algo y todos largan carcajadas. Hasta sus nietos se ríen. Hasta su marido, que no debió ni enterarse del chiste porque recién llega con un balde de hielo.
Rescató su libreta de Hello Kitty, y en vez de volver al balcón se fue a la terraza, donde el mar se ve bastante menos, pero se escucha bien: “a los artistas la naturaleza nos habla, Teté, sólo hay que saber escucharla”, le había dicho su profesora de poesía. Y allí estaba ella, con el oído atento a lo que le decía el mar, ese murmullo constante como el bramido de… Abrió su libreta y escribió ese pensamiento, le pareció maravilloso:
El bramido de…
Lo había olvidado. ¿Cómo podía ser? Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas: fuerte y seco, inmensamente profundo como… ¿cómo qué? Ahí venía la imagen, el momento revelador, la epifanía de la que hablaba su profesora y todos los poetas que su profesora había leído. Teté apretó fuerte los ojos y siguió escuchando, cada vez más nítido y cercano, el sonido del mar: hondo, intenso, recóndito, insondable, subterráneo, agudo, oscuro, difícil, penetrante como, como…
–¡Teté! –la voz gangosa de su marido la llamaba, sus manos ásperas la sacudían por los hombros como si quisiera despertarla de una pesadilla.
–Pero… –Teté ni siquiera podía hablar, estaba demasiado turbada por la bruta irrupción. Se levantó:
–¡Pero qué mierda pasa ahora, Mariano! –gritó, quebrada en sus modos y en su paciencia. Su marido la miró perplejo: cerveza en mano, panza al aire, malla desteñida, patas ralas.
–Nada, que ya casi está la carne y no has hecho la ensalada –dijo y, casi sin poder terminar la frase, eructó. Teté quiso llorar. Su marido se llevó la mano a la boca y dijo: “perdón”. Se dio vuelta y volvió al quincho.

Una muerte

Feb 23

Una vez asistí a la muerte de alguien. No era nadie cercano; una señora muy flaquita a la que le habían sacado muchas cosas de adentro: los intestinos, un riñón, el útero… Había quedado como una bolsa vacía a la que se le pegan las paredes del plástico. La señora vivía en un lugar insalubre y, según los médicos, unos bichos malísimos le habían crecido en la panza y se la habían comido toda. Yo estaba en la guardia por un dedo que me había machucado con una puerta, y el médico, que era amigo, me hizo entrar donde estaba la señora agonizante, conectada a una máquina; no porque quisiera mostrármela, supongo, sino porque ahí se le había quedado el recetario. La señora tenía los ojos abiertos, hondos y amarillos como el helado de sambayón. Le pregunté al médico si lo amarillo indicaba alguna falla en el hígado. El asintió un poco burlón, como pensando para sí: la nena vio un capítulo de Dr. House y se cree que puede hacer diagnósticos. Pero después supe que era cierto, la mujer tenía el hígado hecho un ripio porque se daba con un menjurje a base de morfina, que le había preparado un tal médico naturista. Y, por eso, también se lo sacaron. Total, que ahí estaba yo, con el médico y su recetario y mi dedo machucado, viendo como ese resto de persona –una costura atravesándole la panza–, se moría. El médico practicaba su caligrafía caótica en el recetario, con una tranquilidad obscena pero natural, mientras que la máquina hacía un ruidito que no era el “bip–bip” de las películas, sino un hipo o un eructo repetido. El médico me dijo que antes habían tenido que sacar a la hija del cuarto porque estaba decidida a ahogarla con una almohada: “Para los familiares lo más duro es la agonía”, explicó en ese tono en el que habría recitado una frase de Confucio. Yo pensé que para los familiares lo más difícil era todo, y todavía más el hecho de no poder aplastar con una almohada la cabeza de sus casi muertos para acortarles el sufrimiento. “¿Cuándo se va a morir?”, pregunté. El médico alzó los hombros: “A algunos les toma días, a otros segundos”. Y al poco rato de decir eso la máquina largó un ronquido más fuerte y el médico se volvió rápidamente a la mujer. Casi enseguida entraron un par de enfermeros: “¿Ya?”, preguntaron. El médico asintió. Yo me replegué en una esquina del cuarto; los enfermeros se agolparon a desconectar el cuerpito. Y nadie pareció notar la presencia de una chica temblorosa bajo el marco de la puerta, mirando fijo a esos ojos amarillentos, que ahora por fin cerraban.

Pablo y Fermín

Feb 17

Pablo y Fermín son amigos desde que se acuerdan; transitaron caminos paralelos durante casi toda la vida. Nacieron en el mismo barrio, fueron al mismo colegio, se turnaron a las novias. Una sola vez se separaron, fue cuando Pablo se ganó una beca para especializarse en Madrid: “Lo que se va no vuelve”, le había dicho Fermín aquella vez, llorando, en el aeropuerto. Pablo lo abrazó fuerte y le dijo: “Yo sí”, y ambos lo creyeron. En ese tiempo, Fermín se casó con Viviana, y cuando Pablo regresó también se casó y se separó y tuvo dos hijos y volvió a casarse. Entonces se veían como cuando eran chicos, casi a diario. No hubo mejor época para Pablo y Fermín: hacían asados los viernes, iban a la cancha los domingos, se festejaban los cumpleaños de la familia. No eran como hermanos: eran más. Así envejecieron, se hicieron compadres, abuelos, otra vez compadres. Hace unos días a Fermín le pasó algo bueno: su jefe le ofreció un ascenso en la oficina de la compañía en Milán, que debía hacerse efectivo de inmediato. Fermín, con voz temblorosa, pidió unos segundos para llamar a Viviana. “Los chicos crecieron, estarán felices de visitarnos”, dijo ella y decretó que pasarían el resto de sus vidas en Italia. Fermín, contagiado de su entusiasmo, fue a lo de su jefe y aceptó. Se dieron abrazos, brindaron con un vino de caja que había quedado del último cumpleaños y a la noche sus compañeros lo invitaron a cenar. Viajaría en una semana: primero él, después Viviana. Fermín estaba exultante, esa misma noche llamó a Pablo para darle la noticia y él enmudeció por unos segundos: “OK, te llamo después”, dijo y colgó. Fermín no entendió nada, pero le pareció un grosero. ¿Acaso lo consideraba un logro menor? Pablo siempre se había creído más que él. No se hablaron en la semana; el día del viaje, Viviana convenció a Pablo de que la acompañara al aeropuerto. Él lo hizo, se comportó a la altura, aunque por momentos se sonreía tanto que parecía borracho. A Fermín todo le pareció una burla imperdonable: era el mejor momento de su vida y este resentido se lo estaba saboteando. Y cuando ya se había despedido de Viviana, de sus hijos y nietos, Pablo se acerco a abrazarlo y él lo paró: “Cortala”. Pablo trató de sonreír, pero esta vez no le salió. Bajó la cara, se quebró: “Lo que se va no vuelve”, le dijo, sollozando como un muchachito. Y Fermín –sus canas aplacadas con un gel brilloso, su porte solemne como un caballero antiguo–, contestó: “No, viejo, ya no”.