Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Posteos de Diciembre, 2009

Venta

Dic 28

Ari había dicho que tenían que deshacerse de tantas cosas inservibles que guardaban en la baulera. Lucía estaba de acuerdo, pero no quería regalar nada: “Las cosas que se regalan no se aprecian”, había dicho, mientras extendía su pollera recamada, un regalo de un diseñador amigo que se había hecho medianamente conocido últimamente. Lucía nunca había usado esa pollera. Vito, dijo, “haría lo que ellos decidieran”; hacía dos años que vivía en esa casa y también guardaba cosas en la baulera, pero, la verdad, deshacerse o no de ellas le daba exactamente igual. “Claro, porque vos no sos el que limpia la baulera”, le dijo Ari. “¿Y vos cuándo mierda limpiaste la baulera?”, le dijo Lucía. Vito bostezaba. Ari y Lucía, valga aclarar, habían sido pareja antes de ser “roomates”. Vito había llegado después de la ruptura, gracias a un aviso que vio en un sitio de internet: “Alquilamos habitación totalmente equipada en PH de Flores” Y más abajo aclaraba: “Con derecho a baulera”. Los chicos contactaron a una de esas señoras que organizan ferias americanas y fueron rechazados: “Todo junto no vale dos mangos”, les dijo la mujer; y Ari tuvo que aguantarle la mano a Lucía para que no se la mandara a la cara. Decidieron organizar la feria ellos mismos, sacar las cosas a la vereda, imprimir volantes, llenar la neverita de cervezas para ellos, y jugos para ofrecer a los potenciales compradores. Les pareció un buen incentivo. Y allí estaban, atendiendo a los que se acercaban a preguntar cuánto valía qué y después se tragaban el jugo en dos sorbos. Vito fue el más práctico: “Todo a cuatro pesos”. Y vendió todo, salvo unas alpargatas que olían a perro. Lucía se empeñó en sobreexhibir su pollera, se la mostraba incluso a los niños que pasaban por ahí: “Es de un diseñador muy conocido”. “¿Qué es?”, le preguntaban algunos; ella resoplaba y les daba la espalda: no podía creer que no supieran apreciar una pieza de arte. Al final de la tarde, ya con varias cervezas encima, Ari se había quedado dormido en su silla; tenía pegado en la parte interior del muslo el precio de algo que costaba doce pesos. Vito contaba su pequeña fortuna y Lucía se sentía muy triste: “Nadie quiere mis cosas –decía–, ni siquiera yo”. Vito dividió en tres lo que había ganado, les tocó $ 9,30 a cada uno. “Gracias, viejo”, dijo Ari, entreabriendo los ojos. Lucía miró los billetes y se puso a llorar. Ya nadie pasaba por la vereda, ya nadie pasaría. Estaba anocheciendo y eran sólo ellos y sus cosas inservibles. Y eso –dijo ella y se tomó un sorbo de cerveza que le raspó el gaznate–, le parecía profundamente doloroso.

El papá de Sabrina

Dic 23

Padre gordo y nena encaminada a serlo salen de una escuela en Belgrano. La nena termina, recién, un curso de nivelación. El padre mira la hoja de las calificaciones, ella chupa un caramelo que le coloreó los labios de azul y avanza saltarina por la vereda: sus dos colas de caballo se mueven de acá para allá, como un péndulo siamés. “No entiendo lo que dice acá, ¿te llevaste esta materia, nena?” –pregunta el papá, señala un punto rojo en la hoja. “La–la–la”, la nena canta. El padre suda, saca un pañuelo y se enjuga la frente, el bozo. Después, plancha la hoja de calificaciones: uno, dos, tres. La aplasta sobre su camisa con la palma derecha húmeda de sudor. Vuelve y mira la hoja, trata de descifrar lo que dice: hay mucha cosa escrita y dibujada… ¿Y los nobles números, dónde quedaron?, se pregunta. “Yo pensaba que a tu edad uno no se llevaba materias, nena”, el ceño muy fruncido. Un perro sin dueño a la vista mea en un árbol, la nena le pega un manotazo pesado en la cabeza: “¡Ja, ja, perro feo!”, ríe y corre, el perro chilla, se repliega. “Pero… ¡Sabrina!”, el padre la reta, la nena salta como un pequeño hipopótamo: “¡Ja!”, ríe otra vez; vuelve al lado del papá y siguen andando. “¿Te llevaste ésta también?”, los ojos del padre, inyectados de sangre, fijos en la hoja. Sabrina cruza la calle intempestivamente, un auto le toca la bocina y frena. Ella llega jadeando a la otra vereda y su padre le pide disculpas a la mujer que maneja el auto. “Estás en cualquiera, che”. El hombre se pasa el pañuelo por la cara, la papada le tiembla. Pide disculpas de vuelta y la mujer arranca. Sabrina ya va por la esquina persiguiendo a un gato. “¡Gato feo!”, trata de azotarlo con una rama seca que encontró en el piso “¡Vení, gato, que te mato!”, grita. “¡Vení, Sabrina!”, grita el padre, intenta correr, la hoja de calificaciones en la mano, hecha un bollo. El padre no consigue moverse con la agilidad que querría. Se para y apoya las manos en las rodillas. Respira pesado y la hoja de calificaciones se le cae. Sabrina se para y se da vuelta: “¡Papá!”, le grita. El padre alza la cabeza: medio cuerpo torcido como un garfio. La boca azul de Sabrina chilla: “¡Papá, papá, vení!”, agudísima, como Lisa Simpson. Papá gordo se endereza como puede, se pone las manos en la espalda para sostenerse, o para empujarse, y camina hacia Sabrina, que vuelve a correr y él, entonces, debe acelerar el paso: trota. “Ahí voy, mi am –tose, se le asfixian las palabras–… esperame, Sabrina, ahí voy”. Y la hoja de calificaciones queda atrás, en el piso, olvidada.

Un hombre gastado

Dic 16

Este era un hombre muy viejo. O quizá no tan viejo, pero sí muy gastado. Se había encogido de esa manera en que se encogen las personas que han padecido mucho sufrimiento físico. Como si el cuerpo se les hubiera quedado en esa pose torcida en la que se abraza, fuerte, una panza adolorida. El viejo iba sentado frente a mí en un ómnibus que nos llevaba a algún pueblo. No importa qué pueblo, no viene al caso. Al viejo ya no le dolía nada, quizá le ardían los ojos claruchentos con los que miraba la ventana. Pestañeaba de seguido para humedecerlos, supongo. Yo intentaba leer un libro, estaba en la frase “…y siempre quedaba el recurso de marcharse”, y me encantaba esa frase y me encantaba todo lo que venía después –era un libro que ya había leído–; pero la mirada se me iba hacia la cara del viejo y trataba de no cruzarme con sus ojos. No debe ser lindo para un hombre gastado que alguien más o menos nuevo lo mire, reconociendo en él la peor de las tragedias humanas: el deterioro. Sus manos soportaron durante un rato mi atención: raquíticas, enrojecidas, deshollejadas. Era como si se las hubiera sacado de la muñeca, las hubiera puesto en el microondas y se las hubiera vuelto a poner enseguida, sin dejarlas reposar. “¿Qué lees?”, me dijo el hombre y yo aparté rápidamente los ojos de sus manos. “Un libro…”, le dije y alcé los hombros. “Ya”, dijo él y sonrió, creo. Imaginé que el viejo había perdido la costumbre de estirar la boca hacia los lados, porque esa supuesta sonrisa no le había salido fácil. A lo mejor, a lo largo de muchos meses la mueca más recurrente del viejo fue la de arrugar la cara y separar muy levemente los labios para dejar salir un quejido muy bajito, porque ya ni fuerzas tendría para quejarse en serio, o porque cada vez que lo hacía el paciente de al lado lo puteaba. “Cuando yo era joven también me gustaba leer”, me dijo el hombre. Su voz, sorprendentemente, no estaba tan gastada como el resto de él. “¿Qué le gustaba leer?”, le pregunté y él me dijo que cualquier cosa. Después, cuando yo había vuelto a simular interés en mi libro y suponía que él en su ventana, volvió a hablar: “Hace mucho que no leo –se llevó las manos a los ojos y se los frotó–, ya no veo bien”. Yo asentí, cerré el libro, me pareció de mal gusto restregarle en la cara que mis ojos, en cambio, funcionaban bárbaro. “¿No me leerías algo, jovencita?”, dijo el hombre. Y no sé por qué ese pedido intempestivo me emocionó tanto: balbucee que sí, encantada… esas cosas. Me aclaré la garganta: “Para colmo, el mal tiempo…” –volví a leer desde el principio. Y el hombre recostó la cabeza en la ventana, y mi voz duró lo que el resto del viaje.

Navidad

Dic 14

Cuando era chiquita, el hombre más malo del mundo se llamaba Hans Christian Andersen. Mis hermanos y yo teníamos la colección de todos sus cuentos: uno más perverso que el otro. Por esta época siempre me acuerdo de un cuento suyo sobre la Navidad que se llama “La niña de los fósforos”. Se trata de una nena que vende fósforos, y el cuento transcurre en la Nochebuena de algún país en donde nieva. Esa noche, la nena no había vendido ni la lástima que derramaba su cuerpito frágil, sus manos y pies desnudos, y esa cara llorosa que revelaba todos los signos de que, cuando llegara al sucucho donde vivía, la madrastra la molería a palos. Total, que la niña se sentó con sus fósforos intactos en una esquina, lamentó su suerte y, después de mucho pensarlo, abrió una de las cajas y encendió una cerilla para calentarse. Así, hasta que se gastó todas las cajas y, en el durante, tuvo visiones con suculentas cenas de Navidad y salas adornadas de luces y colores y con su abuela muerta, que tanto la había querido… Para no alargar el cuento, que no hace más que demostrar que el señor Andersen era un perverso sin remedio, al final la nena amanece muerta, con la carita congelada y rodeada de cajas de fósforos chamuscadas. Lógicamente el cuento dice que la nena se fue al cielo, con su abuela y con Dios y blablablá; y a mis siete años, educación católica mediante, se suponía que oír eso era casi tranquilizador: ay, la pobrecita se murió de frío pero no importa porque está arriba con su abuela, que debe ser blandita y mimosa como una gata. El caso es que las Navidades de mi infancia, siempre alegres y decoradas como en las visiones de la niña de los fósforos, estaban también tiznadas por historias como ésa, que recordaban que había tantos niños que no recibían ni un escupitajo del Niño Dios ni de Papá Noel ni de sus padres –que probablemente eran drogadictos, proxenetas y/o pedófilos. En mi familia católica y en tantas otras, era obligación flagelarse con estas cosas para ganarse el derecho de hartarse de comida y de regalos. Por estas épocas, que al menos para mí ya no son las mismas, porque en mi nueva familia atea la casa se decora a medias (nunca entendí por qué nadie me ha sabido explicar qué significa una insulsa bola plateada para un ateo), igual vuelvo a pensar que la Navidad debe ser de los inventos más retorcidos de la cultura. Y que aunque uno intente hacer como que el mundo es igual en junio que en diciembre, hay alguna cosa en el clima, en el aire, en el olor de las personas, que te convence de que en diciembre el mundo es distinto. Más frágil. Más malvado. O quizá sólo más elocuente.

Bajo el sol

Dic 11

Por estos días me acuerdo de mi madre porque hay unos señores en la vereda de la esquina rompiendo el piso para arreglar no sé qué. Llevan allí una semana, trabajando bajo el sol, envueltos en la más asquerosa humedad. A mi madre no había nada que le diera más pena que esa gente que trabajaba bajo el sol. Lo repetía siempre que pasábamos por una calle cortada y había un grupo de señores picando el suelo, sudando el alma, la piel carbonizada. Mi madre se paraba en el auto y les daba un billete, una moneda, lo que fuera: “Cómprese algo de tomar, señor”, le decía al hombre y después, cuando volvía a arrancar, la cara se le desencajaba. Era mejor no hablarle en ese momento porque cualquier palabra que le saliera de la boca se le venía con todo y lágrimas. En Cartagena, la ciudad donde nací, donde todavía vive mi madre, suele hacer treinta y muchos grados todo el año. Trabajar bajo el sol no es cualquier cosa: hay gente que se seca y se muere. Mi ciudad era un puerto español donde desembarcaban esclavos que trabajaban a cielo abierto hasta que el cuero les diera. Por eso es terrible ver a esos pobres hombres cavando fosas en las vías, protegidos nada más que por una gorrita de los Yankees y el torso desnudo. Es como un rezago, otro. Para mi mamá ésa debía ser una de las imágenes más elocuentes de la injusticia: que alguna gente trabajara bajo techo, con vista al mar y su camisa almidonada, y que otros trabajaran bajo ese sol caribeño que perfora la mollera; pero lo de los hombres trabajando al sol eran segundos en su día, que normalmente estaba lleno de otras cosas. No era que mi mamá militara en un movimiento pro sombra para obreros viales, ella ejercía esa misma compasión estéril que ejercemos la mayoría de los más o menos acomodados. El otro día hacía un sol tremendo y un calor húmedo que te enchumbaba la cara de angustia, y fui con una amiga a tomar algo al bar de la esquina de casa. Por la ventana veíamos a los hombres que golpeaban el piso con mazos enormes. Le conté lo de mi madre y mi amiga dijo que qué exagerada, que eso era un trabajo gracias al cual esos hombres comían, y que había cosas más graves y que… ya ni recuerdo, todas esas cosas que uno dice, amparado en la idea de que el hecho de tener un trabajo lava cualquier porquería; como si “trabajo” fuera una cosa abstracta y no un abanico de opciones que va desde criticar manjares para una revista gastronómica hasta limpiar mierda ajena en un baño público. Mientras nos tomábamos el té frío con limón, uno de los obreros de afuera se secó la frente un par de veces con la manga, usó la mano de visera y miró lentamente alrededor. Después volvió a golpear el piso con el mazo. Sus ojos nunca se cruzaron con los míos.

Pablo

Dic 07

Pablo es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así, con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pablo se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi veinte años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en Constitución. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pablo se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pablo se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pablo estaba en la fiambrería donde trabajaba y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo descontaría del sueldo. Pablo asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pablo. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pablo; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pablo se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pablo ya iba saliendo, rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pablo y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pablo se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente, su hermana se había ido. Ahí fue cuando vi a Pablo y me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pablo, casi aliviado–, supongo que sí”.

Mudanza

Dic 02

Una vez leí una encuesta que decía que las mudanzas eran el primer generador de estrés y ansiedad en las personas. El segundo era hablar en público. Se me hizo un poco desproporcionada, pero después supe de otras encuestas que decían lo mismo; a veces cambiaban la mudanza de posición, la ponían de segunda y de primero aparecía la muerte, otra cosa que parece ser muy estresante. En estos días me estoy mudando y me acuerdo de que, cuando leí esa encuesta, aparte de desproporcionada me pareció que no tenía nada que ver conmigo. Me he mudado unas quince veces en veintinueve años y, salvo la primera vez que me mudaron –que era muy chiquita y me sacaron de una casa grande y bonita para llevarme a un departamentito–, las mudanzas siempre me gustaron. Me gustaba eso de llegar a un lugar nuevo y empezar a acomodar todo de vuelta: como que me daba otro aire, otro impulso, me ilusionaba. Me parecía que iba a volverme más bonita, más flaca, que me saldrían más tetas, más neuronas, qué se yo. Lo que pasa es que yo me aburro rápido de las cosas; de la gente también, pero sobre todo de las cosas. Y cambiar –de cosas, de gente– es una manera de truchar el aburrimiento. Uno llega a creerse que la emoción que le produce este espacio nuevo es la garantía necesaria para una vida plena y bella y duradera. Gran patraña. Uno vuelve y se aburre, porque puede que el aburrimiento sea el destino necesario del paso del tiempo con uno mismo, independientemente del espacio físico que ocupe. O de la talla del corpiño. Pero decía que me estaba mudando y que me acordaba de lo ridícula que me había parecido esta encuesta en su momento, pero resulta que por fin la comparto: ahora mismo pueden venir a encuestarme para engrosar ese porcentaje. La angustia de mudarse va más allá de una cosa logística: de caer en cuenta de que te has dedicado a acumular más y más cosas feas o, bien, de que ya no tienes ni ese dije de semilla brasilera porque nada te importó tanto como para guardarlo y, entonces, largarte a llorar por toda esa carencia… En fin, que no es sólo eso, sino algo más existencial. Cuando uno se muda se produce un desacomodamiento, a uno le parece que tiene que cambiar algo más que la dirección postal y empiezan los replanteos. Como si la vida estuviera tan estrechamente vinculada a los espacios. Supongo que es eso, que la vida está muy estrechamente vinculada a los espacios y que es lógico que si uno cambia de espacio la vida le tambalee un poco. Últimamente me gustan las vidas más quietas, más tranquilas; debo estar envejeciendo. Últimamente me repito que ésta puede ser la última mudanza y que, aunque me aburra, aunque me haga más fea y más boba en esta casa, bien vale el esfuerzo de no volver a desempacar: aunque no tenga ni un dije, aunque sólo se trate de mí, sola en un camión, rumbo a un espacio vacío.