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Posteos de Noviembre, 2009

Eficiencia

Nov 25

Le pregunté al chico del quiosco de YPF si funcionaba internet, que en la puerta decía que había, pero… Él me mostró la palma de la mano en actitud de “alto ahí” y me dijo que esperara, que ya me atendía. Parecía muy concentrado organizando los caramelos en su canastito de plástico. Yo fui a la nevera por una lechita Cindor y volví a pagar. Le dije al chico “me llevo esto”, y el chico ni bola. “Disculpa, ¿me podrías cobrar?”. “Un momento, por favor”, miraba los caramelos en el canasto como si estuviera armando el Taj Mahal con piezas de Rasti. Apareció entonces la chica de labio leporino y acné agudo en los pómulos. Me dijo algo incomprensible a lo que asentí. La chica me cobró y me dio una tarjeta wi-fi. “Gracias”, le dije. Ella emitió otro sonido y sonrió. El chico la agarró por el brazo y la apartó a un lado del mostrador, sus cabezas quedaron ocultas detrás del estante de cigarrillos. Le dijo que esperara allí y fue por un palo y un trapo de piso, se los dio: “Tu trabajo es limpiar”. Sobremodulaba, exagerado: debía pensar que lo del labio leporino afectaba la audición. La chica se puso a limpiar el piso que estaba brillante, prístino. El chico volvió al mostrador, bostezó, agarró una revista. Ya no le interesaban los caramelos. Yo me había sentado en una mesa y trataba de conectarme a la red del lugar, pero había decenas de redes con contraseña y ninguna decía el nombre de la tarjeta. Le pregunté al chico que cómo se llamaba la red. Me dijo: “No sé”. Le dije que entonces cómo me iba a conectar, él enmudeció. “Entré acá sólo porque en la puerta decía que había wi-fi”, insistí. Él miró a su alrededor, como buscando algo: un wi-fi, quizá; debía pensar que wi-fi era el nombre algún producto. La chica de labio leporino nos miraba, mientras frotaba el trapo contra una baldosa reluciente. “¿Tú sabes?”, le pregunté, y ella asintió, emocionada, se acercó, me señaló la red en la pantalla, me mostró el usuario y la contraseña en la tarjeta, y esperó a que me conectara. Le dije que muchas gracias y ella asintió. Se veía tan contenta, hay gente a la que la hace feliz ser eficiente. No era el caso del chico del mostrador, no debe ser el caso de casi nadie. El chico volvió a agarrarla por el brazo, la zarandeó un poco y se la llevó al mismo rincón donde antes la había retado: “Tu trabajo es limpiar; el mío, atender a los clientes, ¿entendés?”, dijo, abriendo la boca como si quisiera tragarse la cabeza de la chica. Ella bajó la cara. “¿Entendés?”, volvió a decir el chico. Ella emitió un sonido y su labio leporino tembló. El chico tenía el ceño fruncido: “Hacé tu trabajo, así como yo hago el mío”, le dijo y volvió al mostrador, se sentó, se cruzó de brazos, abrió un caramelo, se lo metió en la boca, lo chupó.

El Rodney

Nov 24

Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchachita rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresion tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí; detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachitas rebeldonas en muchachitas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz, se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.

Una muerte tentadora

Nov 24

El taxista me preguntó qué había pasado, que por qué tanto quilombo en la estación. Le conté que nos bajaron a todos los pasajeros, que un señor de TBA recorrió los pasillos del tren con un silbato diciendo que hasta allí habíamos llegado, que algo fatal había ocurrido en la estación siguiente. “Ah, eso” dijo el taxista, decepcionado, se esperaba otra cosa. “Un suicidio”, le expliqué yo, por si no había entendido. El asintió: “Sí, sí, pasa todos los días”. “¿Cómo todos los días?”, pregunté. Él alzó y bajó los hombros, dijo que, bueno, hasta varias veces al día. Le pregunté cómo sabía, yo oigo los mismos noticieros que debe oír él –o quizá no, pero da igual porque todos dicen lo mismo– y nunca me enteré de que tirarse a la vía del tren y morir fuera un hábito que se dijera constitutivo de la dieta local. Entonces me explicó que antes de manejar un taxi manejaba una ambulancia y que lo que más le tocaba hacer era recoger en las vías los cadáveres de los suicidas: “…y tenía que ir con pala porque quedaban todos desparramados”, dijo. Y por qué dejó tan lindo trabajo, le pregunté. Me dijo que el taxi le rendía más, pero que además eso de estar recogiendo muertos y trasladando enfermos te terminaba comiendo la cabeza. No tenía que decírmelo, pero igual asentí. En la radio sonaba esa de dulce como el vino, salada como el mar… Y él tarareaba. “El domingo –dijo tras un dubi dubi du–, era el día más pesado”, pero que lo bueno era que casi no había chicos, era toda gente que pasaba los cuarenta, gente muy humilde, por eso no los mencionaban en los noticieros; y que esas muertes lo impresionaba menos que si fueran chicos, aunque era más el trabajo… “Son más grandes y gordos, había mucho gordo”. Después dijo que en ese trabajo también aprendió cosas: “A distinguir los sesos, por ejemplo, porque la gente piensa que todos los sesos son iguales entre sí, pero la gente se equivoca”. Traté de pensar en alguien más que me hubiera hablado alguna vez de la morfología de los sesos… “Pero lo mejor de ese trabajo fue que entendí algo –antes había mencionado algo sobre el desgarramiento de extremidades y la bolsa intestinal–: que si tanto elegían esa manera de morir era porque debía ser una buena manera, sin tanta agonía, y entonces pensé que…”. No terminó la frase. “¿Pensó que qué?”, pregunté. El taxista me miró por el retrovisor, se sonrió. “No, nada, pensé lo que pensé pero después me arrepentí”. “Menos mal”, le digo yo. “Y sí, menos mal, pero no me vas a decir que no es tentador”. Lo pensé por un segundo: no; pero le dije que sí, por no romperle la ilusión. “Sí que es tentador”, insistió él, ahora más para sí, dándole golpecitos al volante al ritmo de la canción.

Todos los días de la vida

Nov 24

La señora estará por los sesenta años, vive la mayor parte del día en una silla de ruedas y toma café turco: le encanta el café turco. Ahora está rodeada por un grupo de chicos que, según parece, la admiran. “Groupies”, dirá después, con un dejo de desprecio, cuando los chicos se hayan ido del bar. Ella era profesora en un colegio, pero ya no: tuvo un accidente y la jubilaron antes. Ahora se dedica a tomar café en un bar de Villa Crespo, –su barrio– y a hablar en voz alta ante los groupies de turno. Siempre son los mismos: ex alumnos. Según el mesero, la señora también dice siempre lo mismo, aunque él –aclara– no entiende nada. Yo llevo más de una hora en la barra y simulo que leo, pero la escucho: tampoco tengo idea de qué habla. Quizá la señora no habla específicamente de nada, sino que repite cosas por el simple placer de repetirlas, es un tic bastante común. La señora repite las siguientes expresiones: lo simbólico, lo global, lo urbano, lo vernáculo, lo local, lo fálico. Los chicos la miran callados: todos tienen lentes. Cada vez que la señora sorbe su café, los chicos empuñan sus lápices y acomodan la libreta de notas porque, ya lo saben, viene una cita importante: “La utopía globalizadora es un concepto sumamente ingénuo, eso tiene que ver con lo no transferible y también con lo fálico”. Siempre, pero siempre, me dice el mesero casi preocupado, la señora repite la palabra fálico. Mientras los chicos escriben, ella levanta la mano y pide su quinto café turco de la tarde. El mesero tiene órdenes explícitas, por parte de la famlia de la señora, de no servirle más de tres cafés, porque se pone hiperactiva y eso, para alguien que tiene que estar quieto, es un tormento. El mesero no sabe cómo manejar esa situación, me explica: la señora es mandona y, con esas cosas que dice, lo confunde, hace que pierda noción de todo… “Lo analítico entra a jugar un papel prioritario en este tipo de situaciones”, dice la señora sorbiendo su café nuevo. Yo miro de reojo la mesa y alcanzo a leer en los labios de un alumno, que le pregunta a otro: “¿qué situaciones?” El otro alza y baja los hombros. Al cabo de un rato, la señora le pide a los chicos que la dejen sola, que necesita pensar. Y los chicos, como impulsados por un resorte, se levantan de sus sillas y se retiran. La señora pide otro café –“el ultimo”, jura–, y se zambulle en la taza con sus pensamientos. Depués cierra los ojos y, milagrosamente, se duerme. Entonces, susurra el mesero, mientras levanta diligente las cosas de su mesa, alguien viene a buscarla y al día siguiente la traen de vuelta y, así, igual, todos los días de la vida.

Dos nenas

Nov 23

Las dos nenas estaban en la vereda del Disco. Una era muy pero muy gorda, tanto que lo primero que pensé cuando la vi agarrarse la panza y reírse satánica mientras señalaba a la otra era que estaba preñada: que llevaba en su vientre al mismísimo Chucky. Pero después, cuando se relajó, volvió a ser una nena de diez u once años como cualquier otra, sólo que embutida de arroz y polenta; entonces la hipótesis del embarazo fue descartada. La otra era más chiquita, una sílfide y mugrienta nenita que se reía con todos los dientes y le gritaba cosas incomprensibles a la gordi: “Bo que na tuti orrrrto jajaja”. Y la gordita le palmeaba la frente, el culo, la cara y le ordenaba: “Andá a pedirle algo a la señora”. La chiquita corría hasta la puerta del Disco y abordaba a los que salían con esa carita sucia y la palma de la mano mirando al cielo: “Señora, ¿me da algo?”. Después, recibiera o no recibiera algo, corría de vuelta a donde la panzona y se lo tiraba en la cara: “¡Tomá!”. Cuando eran monedas, la gordi se cubría con las manos; cuando era aire, también. Siempre le decía “¡pará!” y se reía. Una de las veces que la más chiquita corrió hacia la gordi y le hizo la misma gracia de tirarle las monedas, le pegó en un ojo. “¡Conchaetumadre!”, le gritó la gordi, tapándose la cara y dando los alaridos de a quien le están amputando un miembro sin anestesia. La chiquita no sabía qué hacer, daba vueltas alrededor de la gordi (para lo cual debía recorrer una circunferencia gigante) y le decía “perdón, perdón, perdón”; trataba de abrazarla pero la otra se alejaba, la espantaba con insultos: “¡Andate a la…!” y así. Hasta que la más chiquita la alcanzó y se le prendió de un abrazo que abarcaba poco del cuerpo enorme de la gordi, pero, igual, la nena se aferró con tanta fuerza que al cabo de un rato la gordi había cedido y se dejaba abrazar, quieta. “¿Me perdonás?”, insistía la nenita, y la gordi, ya con su cara descubierta, el ojo lloroso y chiquito, le mandó un cachetazo que la hizo tambalearse. Después ambas se rieron y se dieron palmetazos por todo el cuerpo en un ataque de euforia. Hasta que la gordi me descubrió en mi escondite, un muro en la puerta del Disco, y le agarró las muñecas a la nena: “Andá a pedirle algo a la señora”, le ordenó, señalándome con el mentón. La nena vino, le di unas monedas y ella corrió hasta donde la gordi, que la esperaba con las manos empuñadas, dando saltitos de boxeador, con la gracia de un saco de bosta. “¡Tomá!”, gritó la chiquita, y las monedas a la cara.

Bonsái

Nov 18

A un amigo se le murió su bonsái. Al parecer le puso demasiada agua y se ahogó. Conozco a mucha gente a la que se le murió un bonsái. No es un grupo tan exclusivo: los bonsáis se mueren si les pega un mal viento, se deprimen si uno habla muy fuerte y para ahogarse sólo necesitan que alguien los escupa. Son criaturas más que delicadas, enclenques. Yo tuve un par de bonsáis que también murieron: las dos veces olvidé podarlos y empezaron a crecer amorfos y, cuando quise controlarlos, más o menos se desangraron. Después, cuando conocí a Teo, él tenía uno en la ventana de su escritorio, que miraba a un jardín enorme y frondoso, y a mí me parecía una crueldad tremenda que ese árbol enano viviera allí. Era como plantar a un niño pobre enfrente de una vitrina de niños ricos que juegan con juguetes caros y se chorrean el pecho de helado. Era como embalsamarle las patas a un perro y llevarlo a la playa para que juegue: “¡Atrapa el platillo Boby!”. Le dije a Teo que sacara al arbolito de allí y él, cuando vio lo que le señalaba –arbolito en primer plano, bosque al fondo– aceptó. Coincidió en que era una obscenidad. Al poco tiempo, el bonsái de Teo también murió. Me enteraría ya tarde de que los bonsáis deben criarse cerca de ventanas luminosas. Me enteraría también de que si no hubiera sido eso lo que lo mataba, habría sido cualquier otra cosa porque, sin saberlo –en esto uno nunca sabe–, estábamos haciendo todo lo necesario para matar al arbolito. Un bonsái necesita los mismos cuidados que una persona muy enferma, porque un bonsái es un árbol muy enfermo. Está mutilado. Es el engendro de circo del mundo de la flora, es una criatura destinada a la muerte temprana o una larga vida de cuidados intensivos. Por eso no entiendo todo el esfuerzo empeñado en achicar a la fuerza algo que goza de tan maravillosa existencia en su tamaño natural. Quiero decir, la gracia de un árbol es que dé sombra, que los pájaros se posen en sus ramas, que uno admire su inmensidad maravillado y tras un suspiro diga: “Oh”. El bonsái era importante para los chinos porque lo identificaban con la eternidad: es una idea muy corta de la eternidad; es, sobre todo, una idea muy frágil: siempre a punto de quebrarse y producir una pequeña muerte, varias pequeñas muertes, muchas pequeñas muertes. Quizá, en chino, la eternidad significa una sucesión de pequeñas muertes. En francés, eso mismo –pequeña muerte–, quiere decir orgasmo, que es una palabra más linda, aunque menos larga que eternidad… En fin, que pobre el bonsái de mi amigo pero me gustaría que los árboles fueran siempre árboles, nunca arbolitos contenidos. Y me gustaría, también, que las pequeñas muertes fueran siempre francesas.

Bienvenido, Marianito

Nov 16

El otro día, en una fiesta de cumpleaños, conocí a un chiquito que se llamaba Mariano y era de Córdoba. Debía estar por los veinte, y era el primo de un amigo del cumplimentado; llegó a la fiesta por equivocación. Al parecer su primo le dijo que no podía verlo porque estaría en una fiesta en tal lugar: coordenadas exactas –hay gente que desliza direcciones ajenas en charlas, al pasar–, pero Mariano entendió lo contrario: que sí podía verlo porque estaría en una fiesta en tal lugar. El caso es que allá fue a parar, buscando al primo que ni siquiera había llegado, y luciendo una camisa rosa encajada en el jean. ¿Vieron esa gente que se viste, se mueve, se acomoda en los rincones revelando siempre su incomodidad? Ése era Mariano. Alguien en la fiesta estaba aburrido y fue a sacarlo de la pared donde se había mimetizado para integrarlo a la conversación: “¿A qué te dedicás, Marianito?”, le dio palmadas fuertes en la espalda. Él dijo que tocaba la guitarra y amagó con decir algo más pero se reprimió con una expresión confusa, como cuando a uno le rasca algo por debajo de la piel, algo que no puede rascarse. Todos supusimos que su siguiente línea habría sido algo así como “Marianito tu p… madre”. “¿Y querés tocar en una banda? ¿Venís con algún plan, Marianito? ¿Tenés mánager?” El chico se secó la frente con la manga de su camisa rosa. Dijo que por ahora se conformaba con haber conseguido una pieza en la pensión de la señora Glenda, tan buena que era. Alguien soltó una carcajada. Marianito se hundió en su sillón y se lo vio tragar algo con dificultad. Pasó un rato sin que nadie le prestara atención, en ese rato Marianito supo servirse unos cuantos fernés y, de un momento a otro, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me gustaría ser como Vicentico”. Pronunció ese nombre con el amor con que una dama de rulos rebeldes pronunciaría su marca preferida de anti-frizz. “¡Que cante!”, gritaron desde algún rincón del living y los demás aplaudieron. Marianito pidió a gritos una guitarra. El dueño de casa la consiguió y Marianito se trepó en ella. Tocó. Cantó. Se sacó la camisa rosa y corrió con el torso desnudo alrededor del living, rasqueteando las cuerdas y dando alaridos de gallo. Entonces se escuchó un grito furibundo: “¡Mariano!”; era el primo que recién llegaba y pedía disculpas a todos los presentes por el energúmeno aquel. Ahora todos miraban al chico con reprobación, negando con la cabeza, susurrando cosas como: “Pero qué desubicado”, y así. Marianito miró con ojos suplicantes a todos los que recién lo habían aplaudido, que le habían hecho el coro. Su primo lo sacó a empujones de la casa, le dio un cachetazo en la vereda y le explicó: “Esto es Buenos Aires, ¡boludo!”. Y Marianito asintió, pero no entendió nada. No todavía.

Palabras infladas

Nov 12

Hay gente que vive agazapada en una esquinita del universo nutriéndose por la oreja, hasta que encuentra la oportunidad de intervenir en una conversación que le parece digna de la espera. Dicen que es gente tímida que juega de hosca, o gente hosca que juega de tímida y que, en todo caso, cuando decide abrir la boca y largar una frase, es porque esa frase la ha pensado demasiado. Una frase que se piensa tanto sólo puede salir inflada, así: “El espectro de la vanidad persigue el alma de los necios” –dice S., un muchacho amigo, a cuento de nada. Ese tipo de frases, pronunciada por este tipo de personas, se acompaña con una gestualidad difícil e incómoda, sobre todo para el interlocutor, que inevitablemente se pregunta cuánto tiempo habrá esperado esta persona para usar eso en una conversación, cuánta práctica habrá requerido esa manita en la cintura. “¿S., te encuentras bien? ¿Estás cómodo?”. S. está de pie, levemente inclinado hacia adelante, y la mano que no posa en la cintura la usa para hacer vericuetos en el aire: gestos que acompañan lo que dice. ¿Qué dice? A nadie le importa. El hombre esperó tanto para hablar que cortarlo para pedirle aclaraciones es más que rudo, cruel. Una vez gastan la frase difícil, estas personas, si continúan hablando, sueltan todas las obviedades que tienen atragantadas. Las obviedades pueden ser juzgadas de varias maneras, la más halagadora es esa que supone que la parquedad viene investida de sabiduría; como que, cuando S. suspira y larga una frase que en boca de otro sería absolutamente banal, esa frase, por obra y gracia de su aliento, se transforma en filosofía: “… y, la vida es un tren que nunca para”. La gente que lo escucha asiente, maravillada, ante el hecho extraordinario de que S. haya abierto la boca. Pero también está esa otra manera de juzgarlo: resulta que el pobre hombre se ha aguantado tanto la palabreja fina, la reflexión profunda, que al momento de largar el resto del discurso, decepciona: “… y, la vida es un tren que nunca para”. La gente que lo escucha resopla, despectiva, ante el hecho despreciable de que S. haya abierto su bocaza hedionda. Es difícil saber cuándo alguien semi mudo lo es porque en su cabecita se están procesando lentamente ideas muy inteligentes, o porque en su cabezota se está marinando la estupidez más espesa. Quizá no sea ni lo uno ni lo otro; tal vez se trata personas que sacrifican la espontaneidad por el impacto de sus palabras, y que, sólo cuando las sueltan (las palabras), descubren con tristeza que se trata de un impacto débil y fugaz. Porque entre más infladas salen las palabras –y esto es pura física– más alto vuelan, más rápido se las lleva el aire.

Busqued

Nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.

El odio de las comparaciones

Nov 11

Link a la nota del diario.
Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.