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Posteos de noviembre, 2009

El Rodney

nov 24

Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchacha rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresión tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados, para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí. Detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachas rebeldonas en muchachas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.

Busqued

nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.

El odio de las comparaciones

nov 11

Link a la nota del diario.
Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Ema I

nov 05

Ema entreabrió los ojos y vio que en la ventana había una ranura muy delgada por la que entraba un rayo de luz. Era un rayo ínfimo, insignificante, tontísimo. No era grave. Pero cuando cerró los ojos sintió que una llamarada le quemaba los párpados, entonces los volvió a abrir. Todo seguía oscuro salvo esa ranurita de nada en la ventana. Se puso la almohada en la cara, se dio vuelta. Sintió que dentro de su cabeza había cosas que se movían. Las neuronas, pensó, y se las imaginó nadando en un mar de vodka con gotitas de limón. Cuando pensó limón dijo “limón”. Le dolía la panza, hacía calor, alguien le pateaba la sien izquierda. Se quitó la almohada de la cara, se apretó las sienes con los dedos, miró a la ventana y la luz de la ranura la encandiló. ¡Maldita luz!, dijo, se levantó y amontonó la sábana delante de la ranura. Volvió a la cama, cerró los ojos y al poco rato sintió de vuelta ese ardor casi lascerante en los párpados. Los abrió y la habitación estaba oscura como una noche sin luna. Los cerró y la habitación estaba brillante como un sol brillante… A esa hora no le salían buenos símiles.  Continuará.

Es de noche en Barcelona

nov 03

Zapatos de taco, chatos, puntudos, de colores, de cuadritos, de charol, de peluche, con lazos, con flores, con brillitos. Vestidos de cuero, algodón, horganza, tela hindú, fibra de mimbre, telgopor. Jeans rotos, pintados, quemados, recosidos, sucios, impecables, con apliques, con poemas escritos, con pinturas de Picasso, con la vía láctea. Carteras truchas de marca, de marca trucha, con forma de sobre, corazón, cráneo, teta, portafolio, con manija de metal y cierre calavera. Bares oscuros, luminosos, de baile, de no baile, de tapas, de tragos, de sólo agua, ¿más agua, por favor? Borrachos que se caen, chicas que invitan copas ¡vamos, a cinco euros la primera! Un cartel que dice “elige tu canción”, canciones en inglés, francés, catalán, árabe, coreano: cantadas todas al mismo tiempo. Dos chicas que se besan. Un chico que mea. Otro. Alguien que grita ¡coño! Alguien que grita ¡qué follón! Alguien grita ¡Holly fuking shit! Sillas de diseño, lavabos de diseño, inodoros de diseño, sucuchos sofisticados de diseño. Balcones góticos, paredes de piedra vieja, gente joven peinada como la muñeca Puka. Japoneses, negros, chinos, filipinos, moros, hindúes, alemanes, sudafricanos, sudacas, más sudacas; argentinos guapos vestidos de meseros; colombianas guapas vestidas de promotoras: “Nívea for men, mister”. Cuarentones que les miran el culo. Banderas del Barca, banderas del Boca, banderas blancas protibetanas. Alguien que grita ¡Dalai Lama, cómeme la polla! Una banda de folclore moderno catalán, dos chicas que saltan agarradas de la mano, dos chicos que las bañan con champagne. Alguien grita ¡Kiss my ass! Y una carcajada estrepitosa.