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Posteos de Octubre, 2009

La farmaceuta

Oct 28

En la farmacia del barrio una farmaceuta le explica a un hombre cuál es el analgésico que le va a curar el dolor de espaldas. Le muestra una cajita de pastillas que tiene dibujada la silueta de una persona calva atravesada por rayos rojos, en las partes del cuerpo donde se sitúa el dolor. Alguien que no tiene nada que ver en esa conversación se acerca y dice que esos analgésicos son una porquería. La farmaceuta mira al intruso por encima de los lentes: “¿Por qué decís eso?”. El intruso se encoje de hombros: “Los tomé y no me sirvieron de nada”. La farmaceuta acerca la cajita del analgésico a la cara del intruso, le muestra la silueta atravesada por los rayos: “No todos los dolores de espalda son iguales: este diagrama te indica”. Su voz es conciliadora. El intruso resopla. Ahora el hombre del dolor de espaldas no está seguro de si quiere llevar el analgésico, la farmaceuta le dice que es muy bueno, pero que es su decisión. El intruso vuelve a resoplar, niega con la cabeza. “¿Se siente bien, señor? –le dice la farmaceuta–. ¿Le falta el aire?”. El intruso se da media vuelta refunfuñando y se aleja, rumbo a la caja, con un montoncito de ibuprofenos en oferta. Ahora sí, sin la presión del otro, el hombre del dolor de espaldas decide comprar los analgésicos, pero antes toma la cajita entre sus manos y se toca en la base de la espalda, uno de los puntos atravesados por el rayo rojo en el diagrama. Piensa, probablemente, que en esos momentos un relámpago invisible lo penetra por ahí. “¿Está segura de que éste actúa localizadamente?”, le pregunta a la farmaceuta, que asiente despacio. El hombre amaga con llevarlo pero entonces descubre otra cajita parecida a la que tiene en la mano, sólo que con la leyenda: efecto inmediato. Frunce el entrecejo y mira a la farmaceuta que ya está llamando al número siguiente. “Espere –dice el hombre–, éste dice que lo calma enseguida”. “Y sí”, dice la farmaceuta. “¿El otro demora?”, pregunta el hombre. “Pero dura más”. “¿Y si tomo los dos?” La farmaceuta agacha la cara y la vuelve a alzar, pareciera que estuviera comunicándole algo a alguien, a través de un micrófono que esconde en su corpiño: “Ayuda, ayuda, otro hipocondríaco”. Pero no, sólo toma impulso para seguir con la conversación: “Depende…”. “¿Depende de qué? –el hombre se altera–: ¿De cuándo quiero sentirme bien? ¡¿Si ahora o después?!”. La farmaceuta se encoje de hombros: “Yo le recomiendo el de acción más lenta pero duradera”. “Y yo le recomiendo un dolor de espaldas como el mío”. El hombre sale sin comprar nada, camina arrengado. La farmaceuta atiende al siguiente: “¿En qué te puedo ayudar?”, dice con voz dulce, mientras su mano derecha se estruja el cuello, se masajea, intenta apagar los rayos del dolor.

Escena de bar

Oct 26

Entra al bar una chica que discute con un chico: le dice que quizá tendría que agarrar su mala vibra, meterla en una bolsa biodegradable y lanzarla al río, y que alguna vez tendría que hacer una lista honesta de cosas que –tomando cierta distancia ideológica de sí mismo– considerara indigna de sus actos y palabras, conforme a la calidad de su persona presuntamente noble de sentimientos y… y se atraganta con el llanto, y golpea el pecho del chico con los dos dedos que mejor sirven a esos propósitos, el índice y el corazón: “Me das pena”. La furia le sale por los ojos.  El chico le saca los dedos de un manotazo y se aparta brusco; le dice que alguna vez ella tendría que ver más allá de sus prejuicios y entender que el mundo no es un huevo podrido y que ella no es impoluta y virginal –esas dos palabras las dice con expresión de asco profundo–, que ella bien puede ser una porquería de persona cuando le da la gana, y que mejor no lo haga hablar, y que pare de llorar porque todo el mundo los está mirando. La chica se da vuelta, nos mira a los presentes con nuestras tazas en la mano, perplejos. “¿Qué miran?”, dice. Un gran murmullo llena el saloncito: es la suma de las conversaciones que la gente simula retomar en las mesas. “¡Qué miran!”, grita la chica y el chico la toma por los hombros,  trata de llevarla a un rincón del bar: “Shhh”, le dice. Pero la chica se zafa y, en ese movimiento, golpea la cara del chico con el brazo; el chico se cubre la cara y repite: “Perra, perra, perra”, el volumen de su voz en ascenso. La chica se cruza de brazos y dice: “Ja”. Y el chico se descubre la cara, la empuja fuerte, ella se pega de espaldas contra la barra y lanza un gemido de dolor. Algunos se paran de sus mesas, no se mueven, dicen cosas como: “qué animal”, “qué bruto”, “que alguien haga algo”. Un mesero los aborda rápidamente, les pide que se sienten o que se retiren, que tienen a todo el mundo nervioso. “Sos pelotudo”, dice la chica mirando al mesero, que contesta con un balbuceo: “¿Qué?”, y se acomoda el lazo del cuello. El chico se para delante de la chica y encara al mesero: “Que sos pelotudo”. El mesero respira hondo y les señala la puerta: “Fuera”, la mandíbula le tiembla. El chico toma la mano de la chica, pasea la mirada por el saloncito, suda. Caminan rumbo a la puerta. “¿Amor?”, dice chica, en un tono suplicante. El chico le pasa el brazo por los hombros: “¿Qué, linda?” –siguen avanzando. Ella lo abraza por la cintura, ladea la cabeza, la apoya en su pecho: “No sé, nada”. Salen. En el saloncito, todos callados, esperamos a que vuelvan a entrar, hagan la reverencia, reciban los aplausos. Pero no, no sucede nada de eso.

Deshinibidas

Oct 22

En otros tiempos, según se cuenta, las señoritas tenían que hacer un curso intensivo para ser desinhibidas. Hablar con un chico era una prueba de fuego, salir con él un paso arriesgadísimo y darse un beso era prerrequisito de la prostitución. Pero eso fue hace mucho, tanto que ni siquiera mi señora madre ha de registrarlo; ahora las chicas nacen desinhibidas y no serlo es una afrenta a la contemporaneidad. Eso está claro, no es ninguna novedad, ninguna rareza. Es el pan de cada día en bares y cafés que albergan a chicas joviales y alegres que lanzan carcajadas al aire tras dramatizar un orgasmo o bien, describir de sopetón el tamaño descomunal de algún noviecillo. Y ya no se trata de ser desinhibidas sino de ser monotemáticas.

Belleza

Oct 22

La primera lección que aprendí sobre la belleza fue a los siete años. Yo estaba obsesionada con un libro enorme que tenía todos los cuentos de Hans Christian Andersen. Allí estaba la versión original y trágica de La Sirenita, que incluía una escena en que la madre de Sirenita, mientras la arreglaba para ir a una fiesta, le enterraba unas caracuchas en el cráneo: chorros de sangre mediante. Cuando Sirenita se quejaba del dolor, la madre le largaba la lección: “Sirenita, para ser bella hay que sufrir”. Los efectos de esa máxima en una niñita fea, como era yo, se padecen durante una buena parte de la vida. Pero una lo supera y cree olvidarse hasta que un día como hoy la amable peluquera insiste en hacer rulos en mi pelo escurrido. Y entonces: jala mechones, los enrolla, los ajusta con barritas contra en cráneo y las sienes me palpitan de dolor. “Vas a quedar besha”, dice ella, y me sonríe por el espejo.

El Tigre y la luna

Oct 20

El señor P entrecierra sus ojos azules, pálidos y cansados, cuando habla de las fiestas de su juventud. Esta noche está contando un baile celebrado hace más de cincuenta años en El Tigre Hotel. Por ese entonces se bailaba tango, boggie y boleros. Alguien le pregunta cuál era el boggie y él remeda un paso parecido al cha–cha–cha. “¿Era como el cha–cha–cha?”, le preguntan y él dice “Nada que ver”. De todas formas lo que más les gustaba por aquella época, dice el señor P, eran los boleros. La razón era que esas canciones suaves y serenas venían seguidas por la penumbra: y ese era el momento para estrechar un poco más a la pareja. La primera vez que el señor P se enamoró, fue en una fiesta de grado en El Tigre Hotel, con orquesta en vivo y el río iluminado por una luna llena esplendorosa. Cuando dice luna llena todos nos miramos: suena demasiado puesto, nadie se enamoró en una noche de luna llena por fuera del cine. La verdad es que la luna nunca está llena cuando se la necesita. El señor P nota nuestra desconfianza en su historia, y jura: “…por Perón, que esa noche había luna llena”. El señor P es un peronista fervoroso y un narrador tan fascinante que obviamos el detalle de la luna para seguir escuchándolo. “Ella –dice– estaba al otro lado de la terraza, llevaba un vestido corte princesa color durazno y era rubia y blanca como la crema americana”. O sea, una verdadera mujer insulsa, las más apetecidas por esa época – y tampoco es que ahora nadie les tuerza los ojos. En fin, la rubia lo esperaba meneándose discreta, con la luna de fondo y Lucho Gatica entonando “Reloj no marques las horas”, o alguna de esas. El señor P hace una demostración de canto y baile, cariacontecido, como lo haría un profesional. Usa una cuchara de micrófono y baila con el aire, lo estrecha, le besa el cuello. El Tigre Hotel, dice el señor P, era un lugar elegantísimo, las mejores fiestas ocurrían allí; y que él no podría imaginar un lugar más apropiado para hacer esas cosas como enamorarse por primera vez, no podría. El día de esa fiesta se deslizaba con su rubia, en pasos delicados, por el contorno de la terraza: y allí, cerquísima, estaba el río y la luna y el olor a citronela. La citronela se ponía en los faroles para espantar a los mosquitos y despedía un aroma cítrico que matizaba el vaho de fango que venía del río. El Tigre Hotel, años cincuenta, asegura el señor P, era la escenografía perfecta de una historieta de amor. Y suspira. El Tigre Hotel es ahora un museo, lo usan para seminarios y muestras. Ya no hacen bailes en la terraza, ni tocan orquestas… “Ya –agrega el meláncolico señor P– nadie se enamora en sus instalaciones”. Lo único que sigue sucediendo –sólo por puro compromiso– es la aparición fugaz, aunque igual de esplendorosa, de la luna llena.

Lorena

Oct 20

Hay un señor chiquito que tiene una hija enorme y redonda. Son vecinos de un amigo de Teo y nos los hemos cruzado varias veces, entrando o saliendo del edificio. Siempre los vi juntos, pero el otro día, que Teo estaba viendo el partido Argentina-Uruguay en casa de este amigo, me encontré a la hija en la puerta fumándose un porro, sola. La chica debe estar por los dieciséis años. Me saludó muy amable y, como a mí el fútbol ni fu ni fa, decidí quedarme un rato con ella, charlando. Le pregunté por su padre y me señaló con el hocico una ventana del edificio. Le pregunté si no le gustaba el fútbol y ella negó con la cabeza: “No me gustan los pibitos”. Supongo que se refería a los jugadores y le di la razón: “A mí tampoco”. Me ofreció una pitada, estaba fumando en una pipa pequeña y amarilla, la yerba se quemaba en la cabeza de Bart Simpson. Le dije que no gracias y ella se llevó la pipa a los labios, me guiño un ojo como quien dice: “Uh, soy rebelde y mala y mi sobrepeso me chupa un…”. Era una adolescente que exponía frente una desconocida todos sus clichés. ¿Y quién no ha hecho eso alguna vez? No había por qué juzgarla, pero me dio un poquito de pena. Mientras la miraba sonreírse con su boquita ahumada me dieron ganas de decirle: “Tranquila, todo esto se te va a pasar”; y pensé que envejecer debía consistir un poco en eso: reconocerse con cierta condescendencia en la ridiculez de los más jóvenes. La chica redonda me dijo que su padre le había dicho que yo era escritora y que –oh, sorpresa– ella me tenía una historia. Yo asentí y alcé las cejas en señal de interés. La chica me contó entonces de una tal Lorena, compañera suya del cole: “Una reverenda puta”. “Ajá”, le dije yo y asentí, en señal de que continuara, por favor. Ella me dijo que ésa era la historia: “No hay nadie más puta que Lorena”, y largó una risita entrecortada como si alguien le estuviera dando palmadas en la espalda. Después volvió a fumar y largó una bocanada que se disolvió rápido y sin ninguna gracia; tiró el restito de yerba a la vereda y se guardó la pipa en el bolsillo. Noté que tenía los ojos delineados grueso, como un mapache. “¡Goool!”, se escuchó en todas las ventanas. Y la chica redonda volvió a largar su risita espasmódica: “Lorena, rrreputa”, balbuceó. Le dije que iba a subir para ver la repetición y ella alzó los hombros. Cuando iba a tocar el portero eléctrico para que me abrieran apareció su padre, chiquito pero sonriente; abrió la puerta, me saludó y miró a su hija: “Vení, Lorena, que anotamos”, le dijo, contento. Pero casi enseguida puso cara de molesto y se acercó a la chica: “¿Otra vez te pintaste? –le agarró la cara con sus manitas de nene–. Parecés una puta”, dijo. Y Lorena lo miró sin ganas, aburrida, como quien dice “bah, qué novedad, como si el mundo entero no supiera”.

Mary (Soho. Ed. 112, 2009)

Oct 20

p1020994

Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.

Mary entró a su departamento y se encontró de frente con un superhéroe gordo que se quejaba de que ya no podía volar. Otra vez habían hecho rodar la mesita del televisor hasta el hall de la entrada. La corrió hasta la sala y tiró su cartera en el sillón.

—¡Destrucción!

Gritó Miguel, que acababa de chocar con su tanque de guerra a dos robots que estaban en el piso. Mary fue a darle un beso.

—Hola, mi amor precioso, ¿cómo estás?

Miguel ni se inmutó. Tenía los ojos fijos en los robots caídos.

—¡Los desterré del universo!

Dijo con su voz “espacial”.

—Precioso, ¿te comiste esa comida tan rica que te hizo Nelly?

Mary lo alzó y lo besó en la cara. Él pataleaba en el aire y se limpiaba después de cada beso:

—¡Guácala!

Tenía puesto su disfraz de mago y se le cayó el sombrero. Del sombrero salieron el conejo, el pañuelo rojo y la lámpara de piso tamaño miniatura que fue a darle a Mary justo en el pie.

—¡Auch!

Se quejó ella y su hijo soltó una risita. Mary se lo acomodó de lado, de piernas abiertas sobre su cadera ligeramente alzada, y se volvió a la televisión.

—¿Comiste rico, corazón?

Pasaban una propaganda de leche extra calcio. Nelly salió de la cocina. Tenía un delantal manchado de verde y se secaba las manos con un trapo.

—No comió, señora, dice que las habichuelas son venenosas. Solo quiso cereal. Y acaba de llamar el señor Carlos, que va a pasar a saludar al nene.

—¡Nooo! ¡Arma mortal!

Gritó Miguel y pateó a Mary con sus talones afilados. Ella lo sentó en el sillón y le dijo: “Basta”. Miguel se abalanzó sobre su cartera, la abrió y sacó al hombrecito de la nave, que todavía estaba empacado. Ella le dijo que no debía revisar la cartera de su mamá y que eso que había encontrado era un regalito que le iba a dar solo si se había comido las habichuelas, pero como no… Miguel ya había desempacado al hombrecito y le hablaba sobre una misión, mientras señalaba a uno de los robots “intergalácticos” que estaban en el piso. Ella suspiró de cansada, apagó el televisor y oyó el timbre. Nelly fue a abrir la puerta:

—Siga, señor.

Mary fue a buscar un cigarrillo a su habitación.

—¡Zambomba, aún respira! ¡Por las barbas de mi abuelo, elimínenlo!

Gritaba Miguel. Cuando Mary volvió a la sala vio que Carlos estaba agachado frente a su hijo y lo tomaba por los hombros:

—Basta, Miguel, no hables así.

Después le dio una caja envuelta en un papel de regalo, lo besó en la frente y la miró a ella.

—Tienes que hacer algo, Mary. El niño está todo el día mirando televisión y habla como los dibujitos. ¿Cómo es posible que diga “zambomba”?

—Bueno, “por las barbas de mi abuelo” me parece peor, querido.

Mary prendió su cigarrillo. Miguel había roto el papel de regalo y jugaba ahora con el carro de bomberos que le había traído su papá. El hombrecito de la nave yacía bajo el sillón.

Carlos le preguntó a Mary si no había dejado de fumar, se sentó y subió a Miguel sobre sus piernas. Mary le dijo “qué te importa”, prendió el televisor y se quedó de pie. Estaban pasando el noticiero. Lo apagó. Después se puso el cigarrillo en la comisura del labio y fue a levantar a Miguel. Cuando lo alzó, el carro de bomberos cayó al piso y sonó una sirena.

—Ya es tarde. Tiene que dormir.

Dijo ella. Le salió una voz rara: como la “espacial” de su hijo. Hacía mucho que no hablaba con un cigarrillo en los labios. Nelly salió de la cocina y dijo “hasta mañana, señora”.

—Déjamelo un ratito más, Mary, por favor. Lo extraño.

Carlos la miró con ojos de súplica. Miguel la abrazó fuerte y escondió la cara en su cuello.

—Pero él no. Acá nadie te extraña.

Dijo ella. Y caminó rumbo al cuarto de Miguel.

***

Miguel no se quería dormir, decía que la galaxia estaba en peligro y que él había perdido sus poderes porque Robotina no le había dado de comer.

—Te he dicho que no llames así a Nelly.

Le dijo Mary. Después le cantó la canción de la iguana. Miguel se durmió. Antes de apagar la luz Mary miró su capa de mago y recordó que Carlos se la había comprado para su primera fiesta de disfraces en el Jardín. La capa ya estaba vieja. Mary pensó que al día siguiente le compraría otra. O no, no otra capa, mejor otro disfraz.

Salió del cuarto y vio que Carlos seguía en el sillón de la sala. Estaba mirando en el noticiero algo sobre el accidente del metro. Un niño aplastado: el suicida precoz, lo llamaban. La madre había llorado en vivo en todos los programas y los analistas culpaban a los dibujos animados de la tragedia. Algunos testigos dijeron que el niño quiso volar y se tiró por la ventana. Carlos se veía consternado. A Mary le pareció el colmo que él creyera que podía mirar el noticiero en su casa, así tan olímpicamente.

—No puedes venir a mi casa así como así

Apagó el televisor con el control, estaba parada detrás del sillón. Carlos se volvió a mirarla.

—¿Viste lo de ese accidente? ¿Viste lo que dicen de los dibujitos? Me preocupa Miguel, Mary.

—Ay, nunca lo saco en metro.

—Nunca lo sacas, querrás decir. Y ese no es el punto, sino que se la pasa todo el día viendo porquerías y hablando como un superhéroe espacial.

—Estás exagerando.

—¿Exagerando?

Mary se metió en la cocina y se sirvió un vaso de vino. Carlos entró detrás, se sirvió otro y se le puso enfrente. Mary vio su cara reflejada en el vaso de él, era un fantasma de película de terror. Qué pálida estaba. Qué muerta estaba. ¡Qué ojeras! Quiso tener ganas de estrellar el vaso de vino contra la pared, de maldecir y de decirle a Carlos que se largara de una puta vez y la dejara en paz. Pero estaba tan cansada. ¿Con qué cara venía a su casa a decirle cómo criar a su hijo? Él, que los había dejado por…

—…esa bruja.

Dijo Mary.

—¿Qué bruja? ¿De qué hablas? ¿Estás borracha?

—Tuve un mal día, Carlos. Mejor vete y hablamos después.

—No, no me voy a ir. Y yo también tuve un mal día.

—Ah sí, claro. Si quieres hacemos un ranking, querido.

Mary salió de la cocina, fue hasta su habitación. Carlos la siguió. Ella entró al baño y se desvistió. Se puso una bata y volvió a salir. Ahora Carlos estaba sentado en la cama tomándose su vaso de vino y mirando el techo. No el de él, el de ella: el de las florcitas. Mary tomó del tocador la crema para desmaquillarse y vio que él la miraba. Ahí venía de nuevo:

—¿No entiendes, verdad? En serio me preocupa Miguel, la última vez que lo llevé a comer pidió “emparedados” y “goma de mascar”. El niño vive en una burbuja, nadie habla de esa forma fuera de la televisión.

Mary se estaba pasando una toallita húmeda por los ojos y no supo si reírse o pegarle tres cachetadas. Era increíble verlo preocupado por semejante idiotez. ¿Qué era lo que quería, demandar a Cartoon Network?

—¿Qué es lo que quieres, demandar a Cartoon Network?

—No, quiero que nuestro hijo sea normal.

Nuestro hijo: ¡que fácil lo suyo! Mary terminó de limpiarse la cara y bostezó. Pensó que no podía ser más descarado.

—No puedes ser más descarado.

—¿Qué? No hables mientras bostezas, ¿quieres? No se te entiende nada, ¿que soy un qué?

—Nada, que aquí el único anormal eres tú, y que no te atrevas a…

Carlos entró al baño. La dejó hablando sola, obvio, si ya sabía lo que venía: a decirme cómo criar a mi hijo, porque tú te fuiste y nos dejaste, grandísimo idiota. Mary abrió el cajón del tocador y sacó otro cigarrillo de los de reserva, lo prendió y se fue a la ventana. El aire estaba tibio y pegajoso. Como un útero, pensó. Después se dio vuelta y vio que Carlos se volvía a sentar en la cama. ¿Por qué no lo echaba de una buena vez? No podía entrar y salir de su casa y de su vida cuando se le diera la gana.

—No puedes entrar y salir de mi casa y de mi vida cuando se te dé la gana.

Carlos no pareció escucharla. Ahora estaba como congelado, mirando el vaso de vino. Después volvió a mirarla:

—Hoy tuve un día extrañísimo en el trabajo. ¿Te puedo contar?

Mary quiso contestarle que no, porque a ella qué le importaba lo que le pasara, y que ojalá ella pudiera decir que tuvo un día extrañísimo y no un día de mierda.

—¿Qué te pasó?

Dijo. Él respiró hondo, tomó otro sorbo y lo saboreó. Se puso de pie y caminó lentamente hasta la ventana. A Mary todo le pareció un exceso. En eso sí que eran iguales todos los hombres. Tiran una línea: hoy tuve un día extrañísimo en el trabajo. Ajá. Tres horas después continúan: maté a mi secretaria, por ejemplo. O como le había dicho él mismo aquella noche, hacía no tantos meses: me enamoré de otra mujer. Y esa vez Mary no dijo nada. Se dio una ducha, se metió en la cama, hicieron el amor y al día siguiente ella se fue temprano a trabajar. Solo cuando estuvo sola en su oficina, frente a su taza de café de soja, pudo llorar y sentirse miserable. Y después de todo lo que había pasado, allí estaba ella, a su lado, esperando a que le contara la crónica de su día. Se le hizo un bollo en el pecho y se odió por tener tantas ganas de abrazarlo.

—Bueno, si no vas a hablar, mejor lárgate.

Le dijo.

—¿Yo?

—¡No, el Capitán Centella!

Le dijo ella, quizá en un tono muy alto. Carlos la miró, hizo un gesto irónico o de reproche, o los dos, y luego la señaló.

—¿Ya ves que en esta casa solo se piensa en dibujitos animados? Con razón Miguel está como está. ¡Cruzo los dedos, querida! Es que pienso en ese niño del metro y me da escalofríos.

Mary apagó el cigarrillo en el cenicero del tocador, se amarró fuerte el lazo de su bata. Carlos estaba matando el último sorbo de vino de su vaso de florcitas y acababa de acribillar el resto de su paciencia. Ella no tenía ninguna intención de pelear, había estado conteniéndose todo el rato. Pero esto no se lo iba a permitir: cómo era posible que la acusara de corromper a su hijo cuando el único culpable de los traumas de Miguel era él.

—¡No sé qué mierda te pasa! Ahora te vienes a hacer la víctima cuando fuiste tú el que…

Carlos la paró, sacudió la mano como espantando a un bicho y le dijo que no empezara con eso. Puso cara de fastidio. Mary no podía creer que siempre fuera lo mismo: él los abandonaba, y eso había que aplaudirlo…

—¡Clap clap!

Le gritó, y aplaudió muy cerca de su cara. Él se echó hacia atrás y la miró aterrado. Pero ella que se quedaba lidiando con su hijo, con su trabajo y con el universo entero, era la culpable de todas las cosas malas que pasaban, hasta del suicida precoz. ¿Acaso ella había empujado a ese niño?

—¡Acaso yo empujé a ese niño!

Gritó más fuerte, casi sin darse cuenta de lo que estaba gritando, porque no era eso lo que quería gritar sino todo lo demás: lo del abandono y esas cosas, pero eso fue lo que le salió. Y es que con Carlos siempre le salían cosas como esa.

—¡Destrucción!

Esta vez fue Miguel quien gritó y los dos corrieron hasta su cuarto. Cuando entraron, estaba parado sobre la cama con los ojos cerrados y una espada de plástico apuntando hacia el techo.

—Está soñando, no lo toques. Vete que yo me ocupo.

Dijo Mary, se arrodilló en la cama y le quitó la espada con cuidado de no despertarlo. Le bajó los brazos y lo acostó muy despacio. Carlos seguía allí, con la sábana en las manos. Lo arropó. Miguel murmuraba cosas.

—Habichuela, papi, bruja, muerte a Federico…

Mary se acostó pegada a su hijo, lo abrazó por la espalda, se secó las lágrimas con la capa de estrellitas desteñidas y la manchó con restos de rimmel. Carlos se acostó detrás de ella, también la abrazó. Mary no dijo nada, cerró los ojos y por un instante brevísimo sintió que en esa cama tan chica estaba toda su felicidad. Pero luego, en medio de la respiración de Miguel, de su llanto y del silencio, volvió a escuchar el sonido familiar, doloroso, de la puerta de salida.

Susy (Revista Zut. Ed. 9, 2009)

Oct 20

Zut 9

Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.

Susy oyó el despertador de la radio, el hombre ruidoso de todas las mañanas cantaba su estribillo: “¡Un maravilloso día se asoma en tu ventana! ¡Hola día, hola ventana, hola pajaritooos!” Se levantó sobresaltada, pero no por los gritos del hombre a los que ya estaba acostumbrada, sino porque otra vez había soñado con su padre. Susy tenía los ojos húmedos y la garganta seca, y lo extrañaba como nunca. Desde aquella última vez que lo vio, no hacía más que extrañarlo. Salió de la cama, puso a llenar la bañera y después se sentó en el inodoro a repasar las conjunciones.

La noche anterior había hablado con el médico del geriátrico. Le rogó que por favor dejara ir a su padre y a sus compañeros a verla en vivo a la final del programa concurso. El médico se había puesto difícil en el último momento porque insistía en que su padre se estresaba demasiado cuando la veía, que si acaso ya no se acordaba de la última vez, y que ella sabía muy bien que no convenía someterlo al pasado.

—Y a usted tampoco le conviene, señorita. Perdone que se lo diga, pero me parece que eso del programa concurso es un gran retroceso para su salud psíquica.

Susy se echó a llorar. Le explicó que ella había esperado ese día desde la primera vez que ganó en el programa, varios meses atrás. El productor le había dicho que si llegaba a la final podía escoger a su público, y ella enseguida le dijo que quería que llevaran a su padre y a sus compañeros del geriátrico. Porque Susy sabía que lo que más le gustaba a su padre era presumirla. Y le dijo al médico que le había costado mucho convencer a la producción, porque le habían puesto algunas trabas: que eran ancianos y habría que traer enfermeros, que las luces y el humo del set podían ponerlos nerviosos, que si alguno se meaba ellos qué hacían.

—Pero yo les dije que eso no era problema porque todos los pacientes usaban pañales, ¿no, doctor?

—Por supuesto —le contestó en tono seco.

Y Susy dijo que por eso mismo, y que al final insistió tanto que el productor aceptó. Entonces el médico, tras un resoplido, le dijo que lo pensaría.

Susy salió de la bañera, se vistió con una falda de paño gris y una blusa blanca de mangas plisadas. Después se hizo un moño en el pelo y se sentó en el sofá de la sala con su libro de gramática. El auto del programa pasaría por ella recién a las seis, así que tendría todo el día para prepararse mejor.

Mientras repetía la lección de los verbos auxiliares, levantó la cara y vio su reflejo en la pantalla apagada del televisor. Su moño recién hecho ya tenía hebras hirsutas sobre las orejas. Trató de acomodarse los pelos parados: los aplastó con saña una y otra vez, y cuando ya parecía que se quedaban en su lugar volvían a erizarse. Suspiró resignada. Desde chica siempre tuvo un pelo difícil y lo mejor que su padre podía hacer con él eran moños. Cada vez que la peinaba o la vestía o le ataba las zapatillas, su padre solía repetirle que las personas podían tener sólo dos cualidades en la vida: ser lindas o ser listas. Y le decía que como ella no había sido afortunada con la belleza, su única opción era cultivar la inteligencia. Susy le replicaba: “Pero la belleza también se cultiva, papá”. Ahora, pensándolo en retrospectiva, a Susy le parecía que ésa era una observación muy lista para una nena de ocho años. Pero su padre se reía y le decía: “No mi amor, lo que hay que cultivar es tu cabecita”. Y le daba toquecitos en el moño que otra vez se desacomodaba.

Susy cerró el libro, después cerró los ojos y se agarró las manos nerviosa: por favor, por favor, que papá vaya esta noche. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Una pareja se besaba en un banco del parque de enfrente.

—Ósculo: beso; diáfano: claro; gélido: frío… —murmuraba Susy.

De repente se detuvo: la mente se le puso en blanco y se quedó congelada mirando el parque. Eso de paralizarse le pasaba antes, cuando era chica y se aproximaba la final de un programa concurso. Hoy Susy se sentía como si fuera la primera vez que iba a una final, y no tenía por qué ser así: ella tenía una larguísima trayectoria en finales de programas concurso. Ella había sido Niña Genio ocho veces seguidas, y después no fue más porque los del programa la obligaron a retirarse para darles chance a otros niños.

Pero, en el fondo, Susy sabía que esta vez sus nervios eran distintos. Eran nervios de emoción: si su padre iba esa noche, el programa sería como los de antes. Se lo imaginaba en el auditorio buscando la cámara para alzar su dedo gordo, y a todos sus compañeros palmeándole la espalda. Ojalá esa noche volviera a hacer esas cosas, pensaba Susy, porque últimamente su padre siempre estaba molesto, irascible.

El mal humor le había empezado hacía más o menos un año, ese día que lo visitó en el geriátrico. Él estaba dichoso de vivir en ese lugar, en el recorrido por el jardín se le acercó al oído y se lo dijo: que ésa sí era una casa linda y sofisticada, no como ese cuchitril en el que ella vivía. Y a Susy le pareció muy lógico, porque su casa no era nada del otro mundo. Pero cuando llegaron al salón donde los ancianos jugaban cartas, su padre tenía cara de molesto y ella no entendía por qué.

—¿Qué te pasa, papá? —le preguntó.

Su padre no dijo nada, sino que la tomó muy fuerte del brazo y la llevó hasta el centro del salón.

—Atención, compañeros, ésta es mi hija Susy: la Niña Genio —dijo, y todos se burlaron de él. Susy le dijo: “Papá, no, por favor”, pero él se aferró a su brazo más fuerte e insistió en que sí, que era ella: —¡Ocho veces Niña Genio! —gritó. Y que habría sido más si esos envidiosos de la televisión no le hubieran truncado su carrera. Ahora ya no había verdaderos Niños Genios, decía su padre, que ahora todos los niños eran tarados: se la pasaban viendo porquerías en las computadoras y por eso cuando crecían eran unos perfectos fracasados.

—¡Drogadictos y putas!

Y que después terminaban siendo unos ancianos hediondos como todos los que estaban allí.

—¡Porque ustedes huelen a mierda! —les gritó y el salón entero se quedó mudo. Los enfermeros trataban de calmarlo, lo agarraban por los hombros y le decían que soltara a la señorita, que le estaba haciendo daño. Susy le decía: “Suéltame papá, por favor, papá”. Entonces él la soltó y dio unos pasos hacia atrás, mirándola aterrado. Ella, llorosa, trató de acercársele, pero él se abrazó a uno de los enfermeros y se largó con unos alaridos espeluznantes:

—¡Que me alejen de ese demonio!

Después de ese día sólo pudo hablarle una vez por teléfono, fue cuando se inscribió en el programa concurso y quiso avisarle para que la viera por televisión. Le juró que iba a ganar y que otra vez sería la Niña Genio, aunque no exactamente porque éste era un programa para adultos. Su padre le dijo que bueno, y que no se olvidara del gorrito marinero. Y colgó.

La primera vez que su padre la llevó a un programa concurso la vistió con un conjunto marinero y le tapó el moño con un gorrito. Esa vez, cuando Susy se vio en el espejo pensó que parecía un niño. Pero su padre le dijo que no, que hasta se la veía “casi bonita”, y a ella le gustó que le dijera eso. Su rival aquella vez era una nena de pelo suelto, rubia, con cara de ángel, que hacía comerciales y decían que era muy lista. En el camarín, antes de salir al set, Susy le dijo a su padre: “Ella es linda y lista, papá”. Y su padre se rió, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Pero tú eres más lista, mi amor”. Susy ganó. Con la plata del premio su padre terminó de pagar el auto y la llevó a cenar a un lindo lugar de pollo frito.

Muchos años después a Susy le contaron que esa nena rubia que había sido su rival se había hecho actriz de telenovelas y que era famosa. Cuando le dijeron eso, Susy pensó que ella también habría podido ser actriz. Y recordó esa vez que un hombre entró en el set del concurso y se le sentó al lado, le dijo que él era director de televisión y que la quería para una miniserie: ella sería una chica superdotada a la que todos rechazaban por envidia. Susy le dijo al hombre que ella no era superdotada y se rió por un rato sin saber por qué se reía, y eso que en ese entonces tenía frenillos y no le gustaba reírse. El hombre insistía en que ella era perfecta para el papel y le palmeaba la pierna, divertido. Entonces Susy le dijo que bueno, pero que tendría que preguntarle a su papá.

—¡Puta, puta, puta! Tres veces puta —fue lo que le dijo su padre y le dio tres cachetadas. Y habría seguido, pero a Susy se le incrustó el labio en los frenillos y empezó a escupir sangre. Ese día lloró como nunca.

Ahora Susy también lloraba. Lloraba y se reía, lloraba y se volvía a reír. Se alejó de la ventana, se secó los ojos, dio una vuelta alrededor de la sala y cambió un elefantito de cerámica de lugar. Pensó que pensar la ponía muy nerviosa: no tenía que pensar nada, tenía que estudiar. Entonces se agachó frente a la pantalla del televisor, se compuso el moño y agarró el libro de gramática. Salió de la casa.

***

—Disculpe, ¿es usted Susy?

En el bar no había nadie, salvo esa mujer gorda parada al lado de su mesa, con una servilleta y una lapicera en la mano. Le pidió un autógrafo. Le dijo que ella veía el programa y que esa noche seguro que iba a ganar porque…

—Yo no soy Susy —dijo Susy. La mujer la miró confundida, pero casi enseguida se sonrió, entrecerró los ojos, alzó el dedo índice y lo movió en sentido negativo.

—No, no, no. A mí no me engañas, querida —le dijo. Pero Susy no sonrió ni hizo nada, Susy volvió a su libro de gramática. La mujer dijo que bueno y murmuró algo de lo que Susy sólo entendió la palabra pelo.

A Susy ya no le gustaban esas cosas de los fans. Antes sí, antes ni siquiera entendía que algunos famosos dijeran que no les gustaba ser famosos. A Susy le encantaba ser famosa. Hasta muy entrada en la adolescencia le estuvieron preguntando en la calle si ella era la Niña Genio, y ella decía que sí y se le calentaba la cara de emoción. La última vez que había ganado el título tenía once, y después, aunque tuvo más propuestas, su padre sólo la dejó hacer un par de comerciales de libros de texto. Entonces la gente la reconocía, los niños le pedían autógrafos y se tomaban fotos con ella. Pero después vino ese día fatal en la fila del supermercado. El chico de la gorra la pasó como si nada, la empujó, incluso, y no le pidió perdón. Entonces ella le tocó el hombro.

—Ése no es tu lugar. El chico se dio vuelta y se la quedó mirando. —¿Y quién eres tú para decirme cuál es mi lugar, esperpento?

Y Susy, como estaba acostumbrada a decir eso, le dijo eso:

—Yo soy Susy, la Niña Genio.

El chico la miró con cierta perplejidad y luego lanzó una carcajada salvaje con la bocaza muy abierta, y su aliento a pescado le pegó a Susy directo en la cara.

El chico se rió tanto que se le salieron las lágrimas y se le cayó la canastita con sus compras. La gente de la fila preguntaba que qué ocurría, y el chico señalaba a Susy sin poder hablar. Susy alzó los hombros y dijo:

—Le dije que soy la Niña Genio.

Y ya no hubo sola una persona en ese lugar que no se riera, o eso le pareció a ella, que tiró al suelo su propia canastita y salió corriendo. Después se sentó en un parque hasta que se hizo de noche.

***

Susy apoyaba su cabeza en una silla reclinable, mientras una mujer le ponía rubor en las mejillas y otra le quitaba el empince que le habían hecho en el pelo. No entendía por qué la estaban maquillando porque ella nunca se maquillaba. La mujer le explicó que el público comentaba que ella se veía un poco insípida en la televisión, y en la televisión nadie podía verse insípido. A Susy le pareció una explicación razonable.

—Ya estás —le dijo la mujer. Ella se miró en el espejo.

—Parezco un payaso. La mujer giró media vuelta la silla de Susy y, de pie frente a ella, la miró con la cara muy ladeada.

—Es verdad —dijo. Se lamió la yema de dos dedos y se los restregó en las mejillas. Era para difuminar un poco la pintura, le explicó. Su saliva olía a cigarrillo. La puerta del camerín se abrió.

—¡Acá está! Era su padre que venía con una mujer rubia del brazo.

Susy soltó un gritito de contenta, se levantó de un salto y se dio vuelta aplaudiendo. Su padre tenía un traje marrón y el pelo engominado. Ella se le lanzó encima para abrazarlo, pero él la detuvo y le dijo:

—Espera, ¿no vas a saludarla? ¡Fue tu primera rival!

Y miró alelado a la rubia, que sonreía tan preciosa y saludaba tan amable a las señoras maquilladoras, que no paraban de decir que qué linda, que qué hermosa, que qué bella es Muchacha soltera. Susy quiso decirles que todas esas palabras eran sinónimos y que repetirlas no le agregaba sentido a la oración, pero la rubia habló primero:

—¡Oh, Susy, cuánto tiempo!

Le dio dos besos rápidos en las mejillas, le agarró las manos y le deseó “¡la mejor de las suertes, querida mía!”. Y que su padre era un encanto. Luego tiró más besos al aire y dijo que “adiós, adiós, tengo tanta prisa”, abrió la puerta y se fue por el pasillo sacudiendo su pelo largo y brillante. Su padre iba a saliendo detrás, pero Susy lo detuvo.

—Papá, qué bueno que viniste, ¡estoy tan feliz! —le dijo y le dio un abrazo. Su padre le dijo que sí, sí, claro, pero la miró con una expresión extraña, como si no la reconociera.

—¿Qué? —le preguntó Susy y enseguida se acordó del gorrito marinero. Se tocó el pelo, trató de pensar una disculpa.

—Que pareces un payaso —le dijo su papá, después se asomó a la puerta y se lamentó porque la rubia se había ido. Susy miró a su alrededor y se dio cuenta de que las maquilladoras también se habían ido, entonces se lamió las yemas de los dedos y se restregó las mejillas. Luego se acercó a su padre que seguía en el umbral de la puerta y le dijo:

—Ella es linda y lista, papá.

Su padre le dijo que sí. Después, sin volver a mirarla, se alejó por el pasillo.

Pura sangre (Don Juan. Ed. 8, 2007)

Oct 20

don_juan

Fotos de la nota en la revista.

–¡Ignacito se cashoooo!

La señora que grita tiene una blusa beige bordada, lentes de sol rasgados a lo Victoria Ocampo –referente de las señoras ricas porteñas–, y un marido al que agarra por la manga y estremece. El marido la tranquiliza: que Ignacito siempre fue travieso, que va a estar bien. Pero la señora ya se olvidó de Ignacito y ahora dice que ¡Eduardito, ché, no se peleen así!

En la cancha se juega la final del Abierto de Palermo, el campeonato de Polo más importante del mundo. El abierto sólo lo juegan argentinos, pero –aunque suene muy argentino– en el mundo no existen mejores polistas que eshos. Los equipos enfrentados son La Dolfina, con 39 de handicap, y La Aguada con 37. El handicap de un equipo es la suma del handicap de cada jugador, que es el puntaje que se les da anualmente para calificar su desempeño, y que va del 1 al 10. Esta tarde ganará la Dolfina –que también ganó el año pasado–, pero el partido será reñido, emocionante, y la tribuna gritará tanto que por momentos muy breves algunos nos sentiremos en un partido de fútbol.

La señora que grita podría ser algo así como la tía abuela de los polistas de La Aguada: los hermanos Novillo Astrada –“Ignacito”, Eduardo, Miguel y Javier. Los chicos son polistas profesionales, pero para la “tía abuela”, es como si estuvieran jugando en el campo familiar, porque en el campo familiar deben comportarse muy parecido a como lo hacen hoy en el partido: ¡¿qué te pasa?, ¡tarado! grita un Novillo Astrada que acaba de hacerle un pase a otro, y el otro, que perdió el pase, le responde que no sea pelotudo y que se deje de joder.

Es lógico que un equipo de Polo lo conformen cuatro hermanos, de hecho es una tradición que ha caído en desuso porque ahora en el polo, como en casi todos los deportes, los jugadores se compran y se venden al mejor postor. Pero siempre fue y sigue siendo un deporte muy exclusivo, apto sólo para caballeros: o sea, gente con muchos caballos, campos y tiempo para dedicarse a montar. Y en ese sentido, está claro que los caballeros no abundan ni en la Argentina ni en ninguna otra parte. Por eso, supongo, cuando se arma un equipo de polo inevitablemente entra a jugar el factor consanguinidad: que alce la mano el que tenga caballos, campos y doble apellido… ups, pero si todos son hermanos, qué casualidad.

El campo de Palermo está en el medio de la ciudad y pertenece al Ejército, que lo cede a los polistas a cambio de la mitad de los ingresos publicitarios. En dos esquinas del campo, bajo los árboles, están los palenques: donde los equipos preparan a sus yeguas –en el polo por lo general se usan yeguas porque, dicen, son más dóciles. Un jugador puede cambiar muchas veces de yegua en un chuker (tiempo), por eso siempre hay un stock grande de animales listos para salir a jugar. Además de las yeguas, en los palenques también hay mujeres rubias y peones oscuritos que cepillan alazanes y se sacan fotos con cámaras baratas, para decir que alguna vez pasaron por Palermo; los peones también dirán que vieron de cerca a las señoras rubias que por lo general son modelos famosas. Porque últimamente, polista que se respete, tiene una esposa modelo a su lado.

La tarde de hoy es un lujo. Sobre el verde impecable de la cancha hay un cielo tan azul que parece falso: ni una nube amenaza la velada. Menos mal, porque desde el día de la inauguración del campeonato hasta ahora, han estado pegando cartelitos que dicen que la misa de último día no se suspenderá, ni siquiera por motivo de lluvia. Y las mujeres rubias, que además de modelos son católicas, seguro que no estarían cómodas escuchando el sermón bajo el agua. Pero Dios está con el polo, eso todo el mundo lo sabe.

***

–Metela Adolfito, andá!

Grita un hombre de treinta y tantos desde el balcón de un bar rojo, extravagante, que un anunciante montó en el campo de Palermo. Adolfito hace el gol y el bar rojo tiembla. Una chica rubia con rizos de Barbie, le dice al novio que le cuente otra vez la historia de Adolfito. El novio le dice: pará, linda, ahora no, y le pasa una copa de champagne. La chica se la toma de un sorbo y aplaude discreta.

Adolfito Cambiaso, 10 de handicap, es la estrella actual del polo argentino. Juega en La Dolfina, equipo fundado por su padre Adolfo, y esta tarde hará 11 de los 14 goles que le darán el bicampeonato a su equipo. Está casado con María Vázquez, una de las modelos más cotizadas del país, y en los últimos años Cambiaso se ha convertido en un ídolo bastante popular. Algunos comparan su juego con el de Maradona, porque es de los que atraviesan la cancha sin perder la bocha (pelotita), avanza haciendo malabares, reflexiona, se detiene, busca una mejor posición y después, cuando se siente cómodo, mete el gol. Tipo Higuita en Colombia: arriesgado, temerario, ¿chicanero? Lo cierto es que Adolfito es especial, incluso los que no saben de polo lo quieren y los niños que aplauden desde las tribunas sueñan con ser como él.

Además del bar rojo, en el campo de Polo hay otros stands de anunciantes muy caros tipo Chandon, Rolex y Peugot. La mayoría armó bajo sus carpas una salita de hacienda argentina: muebles de madera, fundas beige, el mate en el medio. La gente se sienta a hacer visita en los intermedios, y algunas mujeres también durante el partido. Se la pasan bárrbaro. Promotoras van y vienen ofreciéndote una copita, un quesito, que si un helado de dulce de leche; y todo el ambiente: los anunciantes, las salitas, las modelos impecables, me recuerda al Concurso Nacional de Belleza en Colombia, salvo porque acá no hay muchas señoritas “tal” y en cambio abundan las señoras “de”.

Las mujeres del polo suelen casarse jóvenes, supongo que para poder tener hijos rápido y volver a verse impecables cuando vale la pena verse impecable. Ellas van llegando en manada con sus nenes rubios de propaganda, ellas: que son rubias de propaganda, y sonríen radiantes contándose en dónde pasarán el verano. A la entrada del campo la marca infantil, Mimo, puso un “guarda bebés”. Algo así como los guarda paquetes de los supermercados: tome su ficha y reclámelo a la salida. Los niños se quedan en un jardincito rodeado de malla, con columpios, rodaderos y niñeras que no les pierden ni pie ni pisada. Los niños se agarran a la malla, como presos en el país de Nunca Jamás, y gritan: ¡adios mami, que gane papi!; o ¡adios mami, traeme un helado!; o ¡nooo mami, no te vashas! Pero las mamis se van, tienen que ir a sentarse en sus salitas.

***

–¡Grande Adolfitoo!

Adolfito mete otro gol, la gente se pone de pie, aplaude, casi quiere saltar. Una rubia cuyo tinte no parece tan fino como el de las demás, le dice al novio que desde allí, desde la tercera fila, no alcanza a ver bien la pelota, y que para entender bien cómo funciona todo necesita estar más borracha. El novio le dice que se espere, que ya trae más champagne.

La rubia tiene razón. El polo es un juego que, al menos a los primerizos, nos cuesta seguir, y el mejor lugar para verlo es, definitivamente, en la primera fila. El campo mide 250 metros de largo por 150 de ancho, el arco unos 7,30 a cada lado. Un partido dura siete u ocho chukers de 7 minutos, y los jugadores tienen que llevar la bocha –diminuta–, con unos tacos –delgadísimos– hasta el arco rival. El juego es veloz, casi violento, y desde la tribuna todo lo que hacen los jugadores parece tan difícil, que la idea de que además tengan que hacer goles parece un chiste cruel.

Dos señoras del tipo Victoria Ocampo comentan entre ellas que últimamente al polo viene mucho advenedizo, y miran a la rubia que necesita estar borracha para entender. La otra le dice que es culpa de Adolfito, que con sus shows ha convertido el polo, un deporte tan serio, en un espectáculo casi vulgar. Dice vulgar acercándose a su amiga, en tono confidente. La otra se toca las sienes con los dedos y dice que mejor vayan por una copa al stand de Chandon.

Y es que hace unos años a Adolfito se le dio por vestir a La Dolfina con los colores del club de fútbol Nueva Chicago, y la hinchada, emocionada por el homenaje, fue a verlo a Palermo para una final con todo y barra brava. Había buses parqueados en la elegante avenida Libertador, y las tribunas temblaban como nunca antes en la historia de Palermo. La rubia mal teñida, según las señoras Ocampo, debe ser un rezago de aquella vez.

***

–¡Pero que orrrto que tenés, boludo!

Un joven bronceado, ventitantos, bermudas caqui, ojos verdes y pinta de heredero, grita cosas inapropiadas a los jugadores. Dos chicas lindas lo miran con binoculares desde la tribuna de al lado y se codean. El heredero está con tres amigos que toman cerveza y hablan por celular:

–De acá, nos vamos a la casa de tía Muñeca para el asado, y después, supongo que a bailar. ¿Vos?

Un señor camisa polo, zapatos polo y pantalón caqui, viene entrando a la tribuna y saluda a los chicos. Les dice señores, y les da la mano. El heredero le dice tío y le pregunta por su prima Lola. Le brishan los ojos. El tío dice que se quedó porque tenía que estudiar para la facu, le pica el ojo y se va.

–¡La concha de la lora!

Grita uno de los amigos del heredero, porque La Aguada acaba de botar un gol. Una señora lo mira como amenazándolo: “un par de nalgadas te voy a dar, jovencito”, le dice con los ojos. El chico recupera la compostura y vuelve al celular.

–No, que el boludo de Migue se acaba de comer un gol –explica por el teléfono.

***

El sponsor de La Dolfina, en esta temporada, es Showmatch: un programa de televisión bastante exitoso y clasemediero que no tiene nada que ver con el Polo. La popularización continúa, y a los patrones no les gusta mucho. Pero así están las cosas. Antes, en los años 60, tycoons americanos y nobles europeos invitaban a los polistas argentinos para que prestigiaran sus torneos. Les pagaban los gastos, los trataban como príncipes y, a veces, les compraban caballos. Pero con la euforia yuppie de los 80 el dinero ocupó su verdadero lugar. Los mismos ricos y famosos se transformaron en “patrones” y ahora compran a los argentinos de 9 y 10 de handicap por muchos miles de dólares; además juegan ellos y uno que otro amateur que quiere pasarla bien.

Con semejante mezcla, los patrones fundamentalistas dicen que los partidos no son muy lindos para mirar, pero los patrones advenedizos se divierten y se sienten en la cima. Así se arma la temporada internacional: Inglaterra, Palm Beach, Sudeste Asiático, todo muy charming, por supuesto. Y así se arma una legión de mercenarios argentinos que recorre el mundo jugando para patrones ligeramente ineptos, pero que les pagan muy bien.

Esta tarde, al octavo chuker los equipos seguían empatados. Las críticas de La Nación dirían luego que nunca hubo un partido más parejo, que la defensa de uno: impecable; que el ataque del otro: violento; que los caballos: de primera; que la poca diferencia de handicap entre los equipos había hecho que la final del 2006 fuera un verdadero espectáculo: como los que hacía mucho no se veían. En el polo, cuando se acaban los chukers y todavía no hay ganador, se pasa a un tiempo suplementario que se llama el gol de oro, y que consiste en que gana el que primero meta el gol.

El chuker suplementario duró un poco más de cinco minutos, y entre que iban de un lado y el otro sin anotar, pasaron algunas otras cosas: una yegua se fracturó y relinchaba de dolor, su dueño la abrazaba y se le salían las lágrimas; dos hermanos Novillo se pelearon y casi se van a los golpes, si no es porque un viejo elegante que parecía su padre les gritó: ¡maricones, están en una final!; la rubia malteñida se terminó de emborrachar y vomitó en plena tribuna, y eso fue tan poco glamoroso; el heredero ojiverde llamó a su prima Lola: “te dedico el gol de oro”, le dijo, y que si estaría en el asado de tía Muñeca.

Y como siempre: al final del partido el campo se alfombró de la espuma más cara de la Argentina. Adolfito recibió la copa y les dedicó el triunfo a su equipo y a su mujer, que lo saludaba desde el palenque, hermosa como una princesa. A la salida las familias se abrazaron y volvieron a sus casas, en donde un asado los esperaba para seguir celebrando.

–¿Para celebrar qué?, linda, si perdimos.

Le dice un joven esposo a su joven esposa que lleva en brazos a su nene de propaganda, que acaba de reclamar en el guarda bebés. Ella le responde que qué importa, le da un beso a su hijo y sonríe:

–Para celebrar la vida, mi amor.

Claro, ¿por qué no? si todos ellos tienen vidas tan felices.

Dominatriz por un día (Soho. Ed. 67, 2005)

Oct 18

Dómina Sandra me descubrió enseguida. Creí que la despistaría con mi performance barato de extranjera intrépida, pero “ella sabe reconocernos”, dijo. La verdad es que todo fue mal desde el principio. Cuando pedí la cita por teléfono hice un papelón: me hice llamar “Betsy”, afiné la voz, me excedí en halagos hacia su “arte” y, lo peor: yo, que con un solo monosílabo que pronuncie en tierra porteña delato mi condición de extranjera, fingí un acento tan cursi que la secretaria, al otro lado de la línea, me dijo: “hablás como en las novelas, nena, ¿sos venezolana?” –su timbre entusiasta me hacía suponer que imaginaba a una escultural Caty Fulop del otro lado.

La primera cita fue un lunes a la una de la tarde: pleno invierno, leve retraso por piquete en el camino, un día bastante normal. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Toqué el timbré.

–¡Si sos Betsy, entrá!

Era una voz exageradamente aguda que me hizo imaginar a una mujercita sílfide y chiquita. Imaginé a otras mujeres a su alrededor, vestidas de cueros y armadas de cadenas, que me esperaban para darme mi merecido: “A mamá mona con banana verde, no”, me retarían por querer engañarlas. Casi podía oírlas preparando sus implementos de tortura. Estaba probablemente en mi último instante de lucidez, tratando de hacerme las preguntas correctas: ¿qué hago aquí? ¿Hacia dónde corro? ¿Cómo sabe ella que no está dejando entrar a un ladrón, a un asesino, a un putifóbico? ¿Cómo sé yo que ella no responde a ninguno de esos perfiles? ¿Por qué decidí llamarme Betsy?

–¡Che!, ¿te querés congelar allá afuera?

Gritó de vuelta. Entré. La voz salía de un cuerpo enorme forrado en una bata hindú que reposaba en una sala oscura, como un Buda. La rodeaban estantes que exhibían productos que se vendían: ropa erótica, juguetes de SM (sadomasoquismo) y videos caseros con la marca de la Dómina. En una repisa había revistas extranjeras en las que la habían entrevistado y un libro llamado Diary of a mistress; en otra había doce pijas (penes) de silicona ordenadas por tamaño, y debajo un equipo de sonido viejo. Detrás de todo –vigilante–, una gran foto suya con antifaz, corsé y su mejor expresión de sádica. Me senté frente a ella, que se había mudado a un escritorio, y descubrí en la mesa una colección de muñequitos en miniatura como los que salían en los yupis. Cruce las piernas me saqué el abrigo, elevé la pechamenta y sacudí el cabello: para esta nota había decidido encarar el rol de chica mundana. La Domina miró atenta todos mi movimientos, luego se aclaró la garganta.

–Y bueno, contame, ¿por qué querés aprender SM?

Sentada en su trono, el ama empezaba a interrogarme.

–Quiero experimentar con mi pareja. Nos gusta jugar.

–¿Jugar a qué?

–Jugar, Dómina, tú sabes: esposas, aparatitos y así.

–Pero para jugar no te va a servir mi clase teórica. Lo que ustedes necesitan es imaginación. A ver, ¿cuáles son los miedos de tu pareja?

–¿Miedos?

La Dómina resopló y negó con la cabeza, impaciente.

–Che, Betsy, dejate de joder ¿Sabés qué? No te creo.

Me turbé un poco, cómo que no me creía, no entendí. Me acomodé la blusa, mostré un poco más de piel, afiné la mirada.

–¿No me crees qué, Domina? –dije, mirándola de frente.

Ella me sostuvo la mirada, se apartó un mechón de pelo de la frente. Luego levantó las cejas, como si esperara una respuesta de mi parte.

–Mirá, Betsy, a esta altura a mí ya no me engañan, vos no tenés ningún novio ni nada, vos querés trabajar en esto: se te nota a la legua.

Era un giro argumental perfecto, me cambié el chip de chica mundana por el de puta fina. Me toqué la frente con el dorso de la mano, intentando un gesto teatral bastante pobre.

–Ay, Dómina, ¿qué te puedo decir? Mis clientes me exigen este tipo de servicios, pero yo no sé hacerlos. Trabajo para una agencia de escorts, damas de compañía.

–Claro, me imaginé –ahora parecía más tranquila, casi aliviada. Levantó de la silla su cuerpo enorme, con una agilidad insospechada–; a ver, parate, dejame que te mire.
Obedecí. Y recordé mis épocas de pasarela en la primaria: guardar pancita, sacar cola, levantar mentón.

–Podés cobrar caro, pero tenés que aprender un montón. Vos escuchame, yo te voy a decir lo que tenés que hacer…

Así conseguí mi primera clase de SM en la prestigiosa Casona de Dómina Sandra, probablemente el ama que más sabe del tema en la Argentina. Esa tarde, después del incómodo preámbulo, Dómina y yo conversamos como viejas amigas. El colegaje recién surgido nos hizo abrirnos tanto que al final me costó distinguir si lo que nos unía eran las particularidades de nuestro oficio, de nuestro género o de la vida misma.

La famosa clase teórica era más bien un repaso por su vida: me dijo que empezó a trabajar a los dieciséis y que siempre le gustó humillar a sus clientes. Al principio no sabía que podía cobrar por eso, apenas se enteró se independizó. Ahora lleva veinte años con el negocio y hace servicios eventualmente. Cobra 200 dólares, el resto cobra 35, más o menos.
Después hablamos de cómo la crisis afectó el negocio. Los precios bajaron, aunque el volumen de clientes se mantuvo:

–…a los argentinos les gusta sufrir, qué sé sho.

La Domina me preguntó por mi historia personal. Improvisé: de Venezuela, mi supuesto país natal, me había ido a Panamá, porque allá podía cobrar en dólares.

–¡Pero Panamá es la meca del negocio, boluda! ¿Por qué no te quedaste allá?

Me saqué de la manga la carta de la empatía:

–Bueno, conocí a un cliente argentino que estaba de paso y…

–Uhhh, ¿nos enamoramos, Betsy? Está bien, a todas nos pasa.

Dómina Sandra se comportaba como una verdadera mentora, por momentos me daban ganas de abrazarla y darle las gracias; decirle que me perdonara por mentirle y jurarle que si en verdad fuera puta, nada me gustaría más que trabajar con alguien como ella. Tuve que recordarme varias veces que no era puta sino periodista y que estaba allí con una misión que, por el momento, me parecía un poco deleznable. Al final de nuestra entrevista, Dómina Sandra aceptó entrenarme en su agencia. Programó sesiones dobles con un Ama y una Esclava que me enseñarían lo básico para empezar a ejercer.

***

Era martes y tomaría un servicio con Sofía –el ama más experimentada después de Sandra– y una esclavita de ventipico llamada Maia. Sofía es rubia, de unos 40 bien llevados.
Fuimos primero a un salón con espejos donde guardaban disfraces de enfermera, mucama y otros; también había plumas y prótesis de nalgas y tetas. Las tallas eran enormes y pensé que sería una especie de templo de las cosas de Sandra; después Sofía me explicó que era la zona de los transformistas:

–Acá maquillamos a los maricas, les cumplimos sus fantasías. Hay algunos hombres a los que los excita la servidumbre, entonces se ponen el delantal y limpian la casa, los baños, la cocina, todo…
Sofía hablaba como si me estuviera dando una inducción:

–…al fondo está la habitación de torturas leves.

Era un cuartito con cama sencilla y sábanas azules donde se prestan servicios a sumisos no tan sumisos y a amos medio blandengues. Básicamente, me explicó, la usaban para “jugar y coger”.
Tanto Sofía como Dómina Sandra siguen una línea de oficio un poco fundamentalista. Ambas muestran cierto desprecio por el sexo en sí mismo: para ellas el SM no va necesariamente acompañado de una “cogida”; se diría que, como amas, caer en eso les parece una flaqueza.

La tercera habitación estaba al final de la casa. Docenas de instrumentos de tortura cuelgan del techo y las paredes. En una esquina había un potro –el que se usa para estirar las extremidades; en la otra esquina había una jaula y una cruz acolchada forrada en cuero: ésa se usa para crucifixiones.

–Y éste, querida –Sofía toma un látigo de los que están en la pared, sonríe orgullosa–: es nuestro verdadero escenario.

Entonces es cuando entra Maia, la esclava: una morocha flaca, de labios gruesos, botas de montar, una falda diminuta.

–¡Ahí estás, perra inmunda!

Sofía le grita y le pega un latigazo en las nalgas; ella se arrodilla y le besa los pies. El ama busca una soga y se la amarra al cuello:

–Esto es lo que tenés que hacer siempre de movida. Acordate que el esclavo es un perro.

Cuando quiere explicarme, Sofía baja el tono de voz y se sonríe como si me estuviera ofreciendo una degustación de quesos en el supermercado. Maia, desde el piso, también me mira.

–¡¿Y a vos que te pasa?! –le grita Sofía– ¿Te gusta la nueva? ¡Contestá, puta!

–No, ama –una vocecilla de duende sale de su boca enorme.

–¿Viste? –vuelve Sofía, la promotora de quesos–, todo lo que puede decir un esclavo es: “sí ama”, “no ama”. La clave en un amo es el maltrato y en un esclavo, la sumisión.

Ahora Maia tenía la mirada enterrada en el piso y Sofía le ordenó que me saludara. Ella se acercó y me besó los pies.

–¡Ajá! –Sofía la jaló por la soga–, ¿te gusta esa? ¿No soy suficiente para vos? ¡Puta pretenciosa!

Y empezó a pegarle con el látigo, primero suave, luego más y más fuerte. Pero Maia no decía nada.

–No se queja porque no le duele. La fuerza está en la mano, no en el látigo, yo hago movimientos rápidos para simular que le estoy dando fuerte, pero en realidad no. Ahora, si le doy así –sonó un latigazo más fuerte y Maia se corrió rápido hacia delante, como un conejo asustado–, es posible que le duela.

Afuera sonó el teléfono, Sofía se disculpó y salió a contestar. Maia aprovechó para levantarse y sacudirse las rodillas. Las tenía rojas, un poquito raspadas. Me preguntó si iba a trabajar en esto, yo asentí.

–Te va a gustar –dijo ella.

–¿A ti te gusta?

–Sí, me encanta.

–¿Te gusta más ser esclava o ama?

–¿Te gustan los hombres o las mujeres?

No entendí la consecuencia de su pregunta con relación a la mía. Pensé que las insinuaciones de Sofía nos estaban afectando.

–¿Qué? –dije.

–Si te gusta trabajar con mujeres está bueno ser esclava: son menos bruscas y pagan mejor.

Sofía venía de vuelta:

–Ah, ¿se hicieron amiguitas? ¡Al suelo, puta!

Antes de que Maia pudiera agacharse, Sofía la agarró como a un muñeco de trapo y la subió al potro. Le amarró las manos a los lados, le alzó las piernas y se las ató a la cabecera con una soga. Me dijo que me acercara y me dio unos ganchos. Y allí teníamos, en un primerísimo primer plano, la zona genital de Maia explayada y expuesta como un bife mariposa.

–Estos se ponen en los labios de la vagina; si es un hombre se los ponés en el prepucio. Igual con las agujas, pero acá solamente yo las pongo. Tenés que ser cuidadosa, porque si llega a salir algo de sangre se acabó todo. Con la sangre no se juega, ¿me entendés?

Fue lo más serio que dijo en el entrenamiento, me miró muy fijo, casi preocupada.

–Entiendo –le dije. Pero ella se quedó allí, unos segundos más, sin pestañear.

–¿Me recordás tu nombre?

–Betsy.

–Ok, Betsy, ahora vos vas a ponerle los ganchos a Maia.

La mano me temblaba, me aterraba causarle dolor, me aterraba ver eso frente a mí. Le enganché un par de ganchos donde me pareció que había más carne. Luego Sofía le quitó el corsé: tenía unas tetas diminutas, tetas frijolito de nenita.

–Ponele también ahí.

La imagen de Maia era la humillación total, y sin embargo me sonreía coqueta. Enganché dos ganchos más en los pezones. Ahora Sofía encendía una vela: la siguiente lección, dijo, era la lluvia de esperma.

–El secreto es sostener la vela muy alto, así, cuando cae el sebo en la piel ya no está tan caliente. Si el tipo o la tipa te piden más dolor, se la vas acercando.

Sofía bajaba la mano, Maia –o ese cachito de carne que yacía indefenso en el potro– cerraba los ojos y temblaba.

–¡Piedad! –gritó.

El ama Sofía retiró la vela y se turbó un poco. Parece que el grito de la esclava no estaba en el guión. Después se puso de nuevo la sonrisa y me dijo que la lección principal en todo esto era que había que respetar el pacto de la piedad:

–Si un esclavo te pide piedad, tenés que dársela. No podés seguir torturándolo, a menos que te lo vuelva a pedir. Todo esto se trata de construir relaciones más honestas.

Eso sí que era un gran aprendizaje. Algo que, en esta ocasión, a mí me dejaba por fuera. Maia se bajó del potro; una lagrimita se le venía asomando, pero la reprimió. Sofía le ató las manos de un aparato que colgaba del techo, dejándola un poco suspendida. Se le puso en frente y se sacó una teta:

–Chupá, perra, ¿no me querés chupar?

–Sí, ama.

Sofía la jalaba hacia delante, por el pelo, y Maia sacaba la lengua tratando de alcanzarle la punta del pezón, pero no podía porque el ama se alejaba:

–¿Entonces, idiota, por qué no me chupás? –le decía. Después de volvió a hacia mí, aún con la teta afuera, y derramó una nueva lección:

–Todo está en la cabeza, Betsy. Al esclavo lo tentás con algo que sabés que quiere pero te asegurás de que no lo pueda tener. Es como cuando lo encerrás en la jaula y lo provocás. El pobre sufre, porque quiere salir y no puede. Y ahí está el placer de la tortura.

–Claro.

***

El miércoles me mostraron la cruz, que tenía un mecanismo de castigo bastante parecido al potro. Iba quedando claro que el ingenio de la tortura lo ponía el torturador. En cada aparato el ama va improvisando, sumando ayudas como pesas, ganchos y grilletes en los genitales. También se suelen usar vibradores.

–Dos cosas, Betsy –hoy Sofía llevaba el pelo recogido y un jean que debió meterse con vaselina–: el objetivo de los grilletes en el pene es que al tipo le duela cuando se calienta. Vos se lo ponés cuando está caído, y empezás a excitarlo, lo toqueteas allá y acá, le mostrás la tetamenta, lo calentás.
Sofía toqueteaba a Maia crucificada. Maia parecía disfrutarlo. Yo, cada vez más, me sentía en una versión tristísima de Vampiros lesbos.

–Y cuando lo tenés caliente: ¡chaz! El tipo se encuentra con que no se le puede parar porque el grillete se lo impide.

Sofía agarró un vibrador con la mano izquierda y con la otra lo recorrió de arriba a abajo: como las modelos en los programas de concurso.

–Lo otro que no tenés que olvidar es que a todos los hombres, absolutamente a todos: les gusta que los penetren.

Lo que pasó a continuación, sin grandes aspavientos, fue que Sofía le inyectó el vibrador a Maia por atrás: metiéndolo y sacándolo con furia como si limpiara un biberón muy sucio. La esclava gritaba de supuesto dolor; se mandó una performance digna de película porno en horario vespertino. Y yo, por primera vez, me aburrí mucho mirándolas. A veces, lo más brutal, es también lo más pavo.

***

El jueves era la clase práctica, empezaríamos midiendo mi resistencia. Sofía traía un látigo, yo pocas ganas de ser maltratada.

–Ponete de culo, Betsy. Yo voy contando hasta diez y vos me decís hasta dónde resistís. Uno, do…

–¡Piedad! –grité.

–Vamos, no seas maricona, otra vez: uno, dos, tr…

–¡Piedad!

Y así sucesivamente, hasta que al sexto intento:

–…ocho, nueve, diez. ¡Bien!

La piel me ardía un poco, luego la sentí adormecida. Sorprendentemente, el dolor no era tanto. Pensé que quizá lo más excitante de esta práctica no estaba en la sensación física, sino en el miedo, en la espera tortuosa. Se suponía que en esos momentos uno producía tanta adrenalina que cuando por fin llegaba el golpe el cuerpo estaba anestesiado, entumecido por los nervios.

Después siguieron unos tips. Sofía habló de los límites:

–Acá se puede hacer casi todo. Los fetiches son bienvenidos: la lluvia dorada pasa, pero la lluvia marrón no. Eso es una chanchada, y ninguna de las chicas lo acepta. Está en cada quien poner esos límites, pero si vas a trabajar en una agencia preguntá antes que nada cuáles son las políticas, no sea que un día un cliente te salga con una sorpresita.

Recordé una foto que vi en el salón de un tipo vestido de caperucita roja, agachado sobre el torso de una esclava. No quise más detalles.

–…hay cada loco, nena, hemos tenido que sacar a tipos en bolas a la calle porque la chica pidió piedad y siguió pegándole. Hemos tenido que llevar a chicas al hospital, intoxicadas, porque un hijo de puta las hizo tragarse su mierda. Locos, che, hay muchos locos.

Por esos días había estado en la casona un inglés que va cada vez que visita Buenos Aires. El tipo tiene su esclava en Londres, una que se compró acá, según Sofía. Y siempre toma servicios con las amas más experimentadas, porque así aprende qué cosas nuevas hacerle a la esclavita que se importó. Sofía me insistió en que los ingleses eran los mejores clientes, solían ser bastante experimentados y conocían muy bien los códigos del oficio. Y, lo mejor: les encantaba ser esclavos.

–¿Sabés inglés, Betsy?

–Me defiendo.

–Yo también me defiendo, pero para cuando no sepás qué decirles a estos tipos que no entienden nada de castellano, la mejor técnica es contarles Blancanieves, pero en mal tono, como enojada, ¿me entendés? Algo así –Sofía se despeja el pecho con una tos seca–: había una vez una niña blanca como la nieve, que era… ¡ una completa hija de puta! ¡Fuck you! Espejito, espejito pelotudo, ¿quién es la más perra del universo? ¡Shut up! ¡Anda a cagar, enano puto! ¡Biiiitch!

Al final de esa misma tarde, vino lo más divertido de mi instrucción. Dómina Sandra me preparó algo así como un kit para dominatrices principiantes: un látigo: US$40; un conjunto de muñequeras, tobilleras y collar: US$52; una palmeta de madera: US$15; un corsé: US$75; un par de falditas de vinilo: US$40; botas: US$130. Me convertí en un maniquí: me quitaban y me ponían corsés, faldas, pelucas; me hacían tomar el látigo, moverlo y mirarme al espejo: practicar. No importa cómo se vea uno, pero el cuero te hace sentir sexy: el olor, la textura del vinilo en la piel, las varillas del corsé asfixiándote un poco, los gorditos aplastados, el busto a punto de explotarse: todo es un exceso.

–¡Este es tu corsé!

Sofía salta cuando me ve en el espejo transformada. Después de lo que le costó abrocharlo, el resultado tenía que ser satisfactorio:

–Betsy ¡sos una diosa de vinilo!

Qué fácil me convencieron: me dieron ganas reales de comprarlo todo. Me miraban extasiadas, como contemplando una nueva obra, o al menos así me sentía yo. Quizá ellas solamente iban sumando el valor de todo lo que tenía puesto. Si esta historia hubiese continuado, mi inversión en vestuario y accesorios habría sido de unos cuatrocientos dólares. Me cambié y les dije que vendría por todo apenas mi jefe me diera el dinero para comprarlo. Ellas me acompañaron a la puerta y se despidieron cariñosas. Yo le eché un último vistazo a la casona, Betsy no volvería.

***

Lo último que supe de la Domina vino en un par de mails que llegaron a la dirección de Betsy un par de meses después de mi última visita. El primero anunciaba su cumpleaños el 20 de agosto, y el segundo decía que debido a la cantidad de preguntas recibidas sobre el tipo de presentes que deseaba el Ama, se proponía dar una cuota para comprarle un equipo de sonido. Los correos terminaban con la frase: “Es más difícil hacer durar la admiración que provocarla”. Decidí que le mandaría una nota de felicitación y un CD de la orquesta Guaco, de Venezuela, para que lo escuchara en su nuevo equipo. En la nota, además, le explicaría que por razones de conveniencia económica me había regresado a Panamá; le mandaría besos a Sofía y a Maia y le diría que la admiración que les profesaba era más que perdurable, eterna… O algo así, bien de esclava. El episodio de los correos me hizo recordar esa última vez en la casona: el par de dóminas en el umbral de la puerta velándole el camino a otra hija emancipada. Pensé que esas mujeres se tomaban en serio su trabajo y que yo era una porquería de persona por engañarlas así. Alguien me diría, el editor de Soho probablemente, que yo también estaba haciendo mi trabajo y que tampoco era que les hubiera causado ningún perjuicio. Y yo fingiría tranquilizarme con eso, pero por dentro sufriría, entraría en una nueva fase de tortura inflingida por mi cerebro y cada tanto tendría el impulso desquiciado de volver a la casona, bajar la cabeza y pedirle perdón a las dominas. Por suerte terminaría convenciéndome de que esa era una pésima idea, porque ante un par de amas ese gesto de sumisión sólo podría ser interpretado como la súplica por un castigo. Y yo no quería eso, claro que no.

Nota: varios meses después de publicada esta nota, Dómina Sandra murió de un paro cardíaco. Nunca tuvo oportunidad de leerla, por supuesto, tampoco era la idea. La noticia de su muerte me llegó en otro mail y esta vez sí llamé por teléfono para confirmarla. Me contestó Sofía y me dijo que era cierto, y que la Dómina había muerto en ejercicio.