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Posteos de 2009

Venta

dic 28

Ari había dicho que tenían que deshacerse de tantas cosas inservibles que guardaban en la baulera. Lucía estaba de acuerdo, pero no quería regalar nada: “Las cosas que se regalan no se aprecian”, había dicho, mientras extendía su pollera recamada, un regalo de un diseñador amigo que se había hecho medianamente conocido últimamente. Lucía nunca había usado esa pollera. Vito dijo que haría lo que ellos decidieran: hacía dos años que vivía en esa casa y también guardaba cosas en la baulera, pero, la verdad, deshacerse o no de ellas le daba exactamente igual. “Claro, porque vos no sos el que limpia la baulera”, le dijo Ari. “¿Y vos cuándo mierda limpiaste la baulera?”, le dijo Lucía. Vito bostezaba. Ari y Lucía, valga aclarar, habían sido pareja antes de ser “roomates”. Vito había llegado después de la ruptura, gracias a un aviso que vio en un sitio de internet: “Alquilamos habitación totalmente equipada en PH de Flores” Y más abajo aclaraba: “Con derecho a baulera”. Los chicos contactaron a una de esas señoras que organizan ferias americanas y fueron rechazados: “Todo junto no vale dos mangos”, les dijo la mujer; y Ari tuvo que aguantarle la mano a Lucía para que no se la mandara a la cara. Decidieron organizar la feria ellos mismos, sacar las cosas a la vereda, imprimir volantes, llenar la neverita de cervezas para ellos, y jugos para ofrecer a los potenciales compradores. Les pareció un buen incentivo. Y allí estaban, atendiendo a los que se acercaban a preguntar cuánto valía qué y después se tragaban el jugo en dos sorbos. Vito fue el más práctico: “Todo a cuatro pesos”. Y vendió todo, salvo unas alpargatas que olían a perro. Lucía se empeñó en sobre exhibir su pollera, se la mostraba incluso a los niños que pasaban por ahí: “Es de un diseñador muy conocido”. “¿Qué es?”, le preguntaban algunos; ella resoplaba y les daba la espalda: no podía creer que no supieran apreciar una pieza de arte. Al final de la tarde, ya con varias cervezas encima, Ari se había quedado dormido en su silla; tenía pegado en la parte interior del muslo el precio de algo que costaba doce pesos. Vito contaba su pequeña fortuna y Lucía se sentía muy triste: “Nadie quiere mis cosas –decía–, ni siquiera yo”. Vito dividió entre los tres lo que había ganado, les tocó $ 9,30 a cada uno. “Gracias, viejo”, dijo Ari, entreabriendo los ojos. Lucía miró los billetes y se puso a llorar: estaba anocheciendo, quedaban sólo ellos y sus cosas inservibles. Ya nadie pasaba por la vereda, ya nadie pasaría, decía. Y se tomó un sorbo de cerveza que le raspó la garganta.

Pedro

dic 07

Pedro es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pedro se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi diez años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en San Fernando. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pedro se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pedro se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pedro estaba en la fiambrería donde trabaja y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo iba a descontar. Pedro asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pedro. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pedro; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pedro se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pedro ya iba rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pedro y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pedro se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente su hermana se fue. Por esos días fue que vi a Pedro: estaba de vuelta en la fiambrería haciendo doble turno, pero cobrando lo mismo, en gratitud al Sr. Horacio que le dio “otra oportunidad”. Mientras me despachaba un muzzarella me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pedro, casi aliviado–, supongo que sí”.

El Rodney

nov 24

Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchacha rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresión tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados, para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí. Detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachas rebeldonas en muchachas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.

Busqued

nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.

El odio de las comparaciones

nov 11

Link a la nota del diario.
Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Ema I

nov 05

Ema entreabrió los ojos y vio que en la ventana había una ranura muy delgada por la que entraba un rayo de luz. Era un rayo ínfimo, insignificante, tontísimo. No era grave. Pero cuando cerró los ojos sintió que una llamarada le quemaba los párpados, entonces los volvió a abrir. Todo seguía oscuro salvo esa ranurita de nada en la ventana. Se puso la almohada en la cara, se dio vuelta. Sintió que dentro de su cabeza había cosas que se movían. Las neuronas, pensó, y se las imaginó nadando en un mar de vodka con gotitas de limón. Cuando pensó limón dijo “limón”. Le dolía la panza, hacía calor, alguien le pateaba la sien izquierda. Se quitó la almohada de la cara, se apretó las sienes con los dedos, miró a la ventana y la luz de la ranura la encandiló. ¡Maldita luz!, dijo, se levantó y amontonó la sábana delante de la ranura. Volvió a la cama, cerró los ojos y al poco rato sintió de vuelta ese ardor casi lascerante en los párpados. Los abrió y la habitación estaba oscura como una noche sin luna. Los cerró y la habitación estaba brillante como un sol brillante… A esa hora no le salían buenos símiles.  Continuará.

Es de noche en Barcelona

nov 03

Zapatos de taco, chatos, puntudos, de colores, de cuadritos, de charol, de peluche, con lazos, con flores, con brillitos. Vestidos de cuero, algodón, horganza, tela hindú, fibra de mimbre, telgopor. Jeans rotos, pintados, quemados, recosidos, sucios, impecables, con apliques, con poemas escritos, con pinturas de Picasso, con la vía láctea. Carteras truchas de marca, de marca trucha, con forma de sobre, corazón, cráneo, teta, portafolio, con manija de metal y cierre calavera. Bares oscuros, luminosos, de baile, de no baile, de tapas, de tragos, de sólo agua, ¿más agua, por favor? Borrachos que se caen, chicas que invitan copas ¡vamos, a cinco euros la primera! Un cartel que dice “elige tu canción”, canciones en inglés, francés, catalán, árabe, coreano: cantadas todas al mismo tiempo. Dos chicas que se besan. Un chico que mea. Otro. Alguien que grita ¡coño! Alguien que grita ¡qué follón! Alguien grita ¡Holly fuking shit! Sillas de diseño, lavabos de diseño, inodoros de diseño, sucuchos sofisticados de diseño. Balcones góticos, paredes de piedra vieja, gente joven peinada como la muñeca Puka. Japoneses, negros, chinos, filipinos, moros, hindúes, alemanes, sudafricanos, sudacas, más sudacas; argentinos guapos vestidos de meseros; colombianas guapas vestidas de promotoras: “Nívea for men, mister”. Cuarentones que les miran el culo. Banderas del Barca, banderas del Boca, banderas blancas protibetanas. Alguien que grita ¡Dalai Lama, cómeme la polla! Una banda de folclore moderno catalán, dos chicas que saltan agarradas de la mano, dos chicos que las bañan con champagne. Alguien grita ¡Kiss my ass! Y una carcajada estrepitosa.

El estante de adornos

oct 27

manekineko

El estante de adornos es la vitrina de una casa. Es donde se pone todo aquello que, según el criterio de uno, merece ser visto, envidiado por la visita. En el estante de adornos suelen estar los objetos más preciados de los dueños de casa, por eso, cuando alguien coloca sobre él un objeto que no corresponde, puede que la cara de la dueña o dueño se torne de repente de un color verdoso y macilento. ¿Por qué? Sucede que ese pequeño acto estará quebrantando un equilibrio doméstico.

–¿Quién puso esta birome en el estante? ¡¿Quién?! –grita Doña Marta, elevando la birome Bic por encima de su cabeza, como quien revela la prueba del delito. Su melena se esponja furibunda.

–Fui yo mamá, ejem, per… –no alcanza Marianito a termimar la frase cuando la mano de Doña Marta le voltea la jeta de una bofetada.

–Esto no es un adorno –lo educa.

¿Y qué había en el estante de Doña Marta que una birome pudiese malograr? Había: un elefante que llevaba puesto un chaleco de espejitos; una foto de la abuela oliendo un arreglo floral; una cajita de almendras con un lazo dorado y una tarjeta en forma de corazón que decía: Julia y Sergio; un par de velas aromáticas y, en medio de ellas, una estampita del Sagrado Corazón; un baulito bordó con una bailarina dentro; una botellita de Coca–cola en miniatura; una foto de la familia de vacaciones en Mar del Plata, los lobos marinos al fondo. Y más.

Se dice que los estantes de adornos nacieron como un acto de ostentación familiar. Allí se fueron definiendo y reforzando los valores que un hogar quería comunicar sobre sí mismo. Antiguamente se usaba la puerta de entrada para decir ciertas cosas a través de plaquitas con leyendas como: “Esta casa la habita Dios, no pierda su tiempo”. Todavía existen, aunque últimamente se las ha reemplazado por otra placa que dice: “Esta casa está vigilada por Prosegur”. Pero había cosas que no se podían poner en la puerta de la calle, como las fotos, por ejemplo, o el porta incienso purificador del aire, o el primer dientito de leche que se le cayó a Marianito y que el ratón Pérez olvidó. Y la idea de que en el estante se concentren todas esas cosas que un hogar quiere mostrar de sí mismo hace, por supuesto, que casi indefectiblemente el estante de adornos sea el rincón kitsch de una casa.

–Mamá, me trajeron un imán de Paris, es una mini baguette.

–Ponelo en el estante de adornos.

–Pero es un imán, mamá

–Ponelo.

¿Y qué tiene que ver una mini baguette de goma con los valores de una familia? Todo. Para empezar, esa familia se siente orgullosa de tener un amigo en Paris, tanto como de que la abuela pose su nariz sobre unas flores de plástico. En estos tiempos, cuando el abolengo o el origen remoto dejó de ser algo de lo que se hable en la sobre mesa, importan mucho los valores que revela el estante de adornos. Lo que pasa es que es un gran esfuerzo inútil, porque nadie hará nunca la lectura que el dueño de casa querría que hicieran sobre su hogar. Más bien al contrario. Según los entendidos, el estante de adornos es el rincón que revela de manera más elocuente los complejos de una familia. El caso más repetido parece ser el de aquellos estantes repletos de objetos que sugieran cierta gloria pasada y perdida: el escudo militar del abuelo, la foto del bisabuelo con su primer chancho campeón, papá cuando le dieron el reloj por sus 25 años en el banco. Ese tipo de objetos revelan el vicio del regodeo enfermizo en el pasado, y muy probablemente la insatisfacción con el presente. Están también los estantes de adornos de las familias bonitas y educadas y viajadas, tan felices con su presente prolijo que en el estante a nadie se le cayó nunca una pestaña; en esos estantes figuran diplomas expedidos en el extranjero, fotos de la familia en Grecia y objetos exóticos pero finos: un narguile traído directamente Turquía o una mariposa birmana embalsamada. Son estantes incómodos, ponen al visitante en la obligación de tener que admirarlos y preguntar con voz aflautada de dónde sacaron a esa bella mariposa; y con la respuesta de los dueños de casa, envueltos en risitas, viene una historia que sólo a ellos divierte. Después, claro, quedan los estantes falsamente genuinos, como el de Doña Marta, que atesora esos objetos que ella considera que la elevan de categoría. Pero hasta Marianito sabe que son puras porquerías: cosas que no tienen nada que ver entre sí, que no tienen que ver con ella ni con nadie; por eso mismo son reveladoras de sus complejos, porque hasta la mentira que Doña Marta querría ostentar de sí misma y de su familia es cursi y fea, pero ella no lo sabe. Nadie sabe esas cosas de sí mismo. Y esa es la maldición de los estantes de adornos, que aunque usted decida de antemano cómo quiere que los visitantes miren su hogar, miren a su familia, al final será el visitante quien haga el juicio. De nada servirá vaciarlos, alegar que hay humedad en las paredes, una obra en curso: no se tome el trabajo de esconder fotos, elefantitos, bailarina, patos de cerámica. Siempre hablará mejor de usted un estante de adorno repleto de objetos cuya pertinencia estética sea dudosa, que un estante vacío.

La corbata

oct 27

puaj

Los entendidos dicen que la culpa es de Luis XIV, que al tipo le encantaban los pañuelos y su gusto en el vestir era un poco remilgado –los entendidos obvian, por alguna razón relativa a la concordancia fonética, referirse al monarca francés como un afrancesado. El caso es que un día se presentaron a la corte parisina unos Croatas con unos cachos de tela colgándole del cuello y el rey, que usualmente al ver un accesorio excéntrico y vulgar levantaba el mentón y fruncía la nariz como si estuviese oliendo la boca de un apestadito, quedó prendado. Los Croatas le explicaron que querían imitar a los cantores romanos, que usaban esos pañuelos para protegerse las cuerdas vocales; pero cuando el rey les ordenó “¡canten!”, tras una palmada flamenca impropia de su estirpe, los croatas enmudecieron. Los cachos de tela, comprobó el rey, no servían para nada: eran puro capricho estético. Y dobló los ojos de placer. Mandó a hacerse varias docenas, los llamó Royal Cravette –proveniente de Crabete, que significa Croata– y después, ya se sabe cómo son los franceses, lo impuso como el último aullido de la moda. Pasaron siglos y siglos y la corbata, no pudiendo por su naturaleza frívola hacer otra cosa, se instaló como el invento más inútil del universo y sus alrededores; como la marca distintiva de la masa humana más sosa y homogeneizable. Su única virtud, según otros entendidos, es la de haber ocupado el primer lugar –en todas las encuestas realizadas al respecto–, como el utensilio suicida de textura más amable. Pero los entendidos suelen ser extremos, y se olvidan de una contribución quizá menos decisiva en la vida de las personas, pero no por eso menos interesante: la corbata consiguió convencer a muchos hombrecitos acomplejados de que usarla les daba un toque de distinción.

–¿Lista para salir, madame? –a Federico se le engrosaba la voz cuando se ponía corbata, adoptaba modos refinados, según los criterio de una  fonda.

–¿Qué te pasa? –le pregunté yo– ¿Tienes gripe?

–Candelabro pide mesa, atuendo pide actitud –se defendió él y señaló su corbata de pintitas: se la había ganado en una rifa en la oficina.

–Ya no quiero cenar, me duele la panza.

La corbata, según demuestran sus usuarios, funciona a modo de la varita mágica que convierte calabaza en carroza, sapo en príncipe, cadete en asistente, asistente en supervisor, supervisor en subgerente. No hay hombrecito que al ponerse una corbata se salve de experimentar esa mutación extraña. Ni siquiera aquellos que están obligados a usarla a diario. Esos más: porque como el fin de semana cambian sus trajes formales por jogging desgastados y remeras de propaganda, el lunes reviven la ilusión de volver a ser ejecutivos por obra y gracia del cacho de tela que les cuelga del cogote. La corbata ha sido la depositaria de demasiadas inseguridades, ha sido zambullida en caldos espesos de resentimiento e inmediatamente puestas al sol, no sea que se les salga. Se ha convertido en un símbolo de reconocimiento multitudinario, algo así como una religión. Empieza su adoctrinamiento convenciendo a hordas de adolescentes –y a sus madres– de que las fiestas de quince son un ritual de iniciación estética que tiene que ver con verse, por primera vez, tan elegantes y distinguidos como otros cientos de millones de hombrecitos en traje y corbata. Y ni el agua helada que congela el cerebrito del bebé católico, ni los aullidos furibundos del recién circuncidado, son más dolorosos a la vista que los jovencitos granulientos vestidos, por primera vez, de corbata.

–¿Te gusta mi corbata roja? –me preguntó Danielito en la fiesta de Paula. Alcé los hombros. Era como si su prominente nuez de Adán tuviera lengua.

–¿Quieres bailar? –insistió Danielito. La pista era el lugar donde la corbata se hacía turbante y los chicos se hacían chicas musulmanas. Negué con la cabeza:

–Estoy cansada.

Como toda religión, la de la corbata tiene la responsabilidad de moldear a sus feligreses, y hay sacrificios que pagar; como toda religión, la de la corbata se vale de postulados escuetos e incuestionables como “100% seda italiana”, para propagar su palabra; y, como toda religión, también, la corbata debe ser una víctima de la incomprensión universal. Esa incomprensión, sin querer queriendo, ha ido cobrando proporciones tan gigantescas que a estas alturas más vale no aclararla. Porque si alguien autorizado llegara a hacerlo: a defenderla ante quienes –al igual que Luis XIV– fruncimos la nariz cuando la vemos repetirse como peste crónica frente a nuestra miradita snob, las consecuencias serían inmanejables: una sociedad recién descorbatada no está preparada todavía para la anarquía del vestir. Más vale pasar directamente al nudismo. Y así, esta es una de esas raras injusticias que convierten en objeto de desprecio a un objeto inocuo: tanto, que nunca, pero nunca jamás, ya lo han visto, una pobre corbata tuvo la pretensión de ser corbata, ni ninguna otra cosa.

Deshinibidas

oct 22

En otros tiempos, según se cuenta, las señoritas tenían que hacer un curso intensivo para ser desinhibidas. Hablar con un chico era una prueba de fuego, salir con él un paso arriesgadísimo y darse un beso era prerrequisito de la prostitución. Pero eso fue hace mucho, tanto que ni siquiera mi señora madre ha de registrarlo; ahora las chicas nacen desinhibidas y no serlo es una afrenta a la contemporaneidad. Eso está claro, no es ninguna novedad, ninguna rareza. Es el pan de cada día en bares y cafés que albergan a chicas joviales y alegres que lanzan carcajadas al aire tras dramatizar un orgasmo o bien, describir de sopetón el tamaño descomunal de algún noviecillo. Y ya no se trata de ser desinhibidas sino de ser monotemáticas.