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Posteos de 2009

Venta

Dic 28

Ari había dicho que tenían que deshacerse de tantas cosas inservibles que guardaban en la baulera. Lucía estaba de acuerdo, pero no quería regalar nada: “Las cosas que se regalan no se aprecian”, había dicho, mientras extendía su pollera recamada, un regalo de un diseñador amigo que se había hecho medianamente conocido últimamente. Lucía nunca había usado esa pollera. Vito, dijo, “haría lo que ellos decidieran”; hacía dos años que vivía en esa casa y también guardaba cosas en la baulera, pero, la verdad, deshacerse o no de ellas le daba exactamente igual. “Claro, porque vos no sos el que limpia la baulera”, le dijo Ari. “¿Y vos cuándo mierda limpiaste la baulera?”, le dijo Lucía. Vito bostezaba. Ari y Lucía, valga aclarar, habían sido pareja antes de ser “roomates”. Vito había llegado después de la ruptura, gracias a un aviso que vio en un sitio de internet: “Alquilamos habitación totalmente equipada en PH de Flores” Y más abajo aclaraba: “Con derecho a baulera”. Los chicos contactaron a una de esas señoras que organizan ferias americanas y fueron rechazados: “Todo junto no vale dos mangos”, les dijo la mujer; y Ari tuvo que aguantarle la mano a Lucía para que no se la mandara a la cara. Decidieron organizar la feria ellos mismos, sacar las cosas a la vereda, imprimir volantes, llenar la neverita de cervezas para ellos, y jugos para ofrecer a los potenciales compradores. Les pareció un buen incentivo. Y allí estaban, atendiendo a los que se acercaban a preguntar cuánto valía qué y después se tragaban el jugo en dos sorbos. Vito fue el más práctico: “Todo a cuatro pesos”. Y vendió todo, salvo unas alpargatas que olían a perro. Lucía se empeñó en sobreexhibir su pollera, se la mostraba incluso a los niños que pasaban por ahí: “Es de un diseñador muy conocido”. “¿Qué es?”, le preguntaban algunos; ella resoplaba y les daba la espalda: no podía creer que no supieran apreciar una pieza de arte. Al final de la tarde, ya con varias cervezas encima, Ari se había quedado dormido en su silla; tenía pegado en la parte interior del muslo el precio de algo que costaba doce pesos. Vito contaba su pequeña fortuna y Lucía se sentía muy triste: “Nadie quiere mis cosas –decía–, ni siquiera yo”. Vito dividió en tres lo que había ganado, les tocó $ 9,30 a cada uno. “Gracias, viejo”, dijo Ari, entreabriendo los ojos. Lucía miró los billetes y se puso a llorar. Ya nadie pasaba por la vereda, ya nadie pasaría. Estaba anocheciendo y eran sólo ellos y sus cosas inservibles. Y eso –dijo ella y se tomó un sorbo de cerveza que le raspó el gaznate–, le parecía profundamente doloroso.

El papá de Sabrina

Dic 23

Padre gordo y nena encaminada a serlo salen de una escuela en Belgrano. La nena termina, recién, un curso de nivelación. El padre mira la hoja de las calificaciones, ella chupa un caramelo que le coloreó los labios de azul y avanza saltarina por la vereda: sus dos colas de caballo se mueven de acá para allá, como un péndulo siamés. “No entiendo lo que dice acá, ¿te llevaste esta materia, nena?” –pregunta el papá, señala un punto rojo en la hoja. “La–la–la”, la nena canta. El padre suda, saca un pañuelo y se enjuga la frente, el bozo. Después, plancha la hoja de calificaciones: uno, dos, tres. La aplasta sobre su camisa con la palma derecha húmeda de sudor. Vuelve y mira la hoja, trata de descifrar lo que dice: hay mucha cosa escrita y dibujada… ¿Y los nobles números, dónde quedaron?, se pregunta. “Yo pensaba que a tu edad uno no se llevaba materias, nena”, el ceño muy fruncido. Un perro sin dueño a la vista mea en un árbol, la nena le pega un manotazo pesado en la cabeza: “¡Ja, ja, perro feo!”, ríe y corre, el perro chilla, se repliega. “Pero… ¡Sabrina!”, el padre la reta, la nena salta como un pequeño hipopótamo: “¡Ja!”, ríe otra vez; vuelve al lado del papá y siguen andando. “¿Te llevaste ésta también?”, los ojos del padre, inyectados de sangre, fijos en la hoja. Sabrina cruza la calle intempestivamente, un auto le toca la bocina y frena. Ella llega jadeando a la otra vereda y su padre le pide disculpas a la mujer que maneja el auto. “Estás en cualquiera, che”. El hombre se pasa el pañuelo por la cara, la papada le tiembla. Pide disculpas de vuelta y la mujer arranca. Sabrina ya va por la esquina persiguiendo a un gato. “¡Gato feo!”, trata de azotarlo con una rama seca que encontró en el piso “¡Vení, gato, que te mato!”, grita. “¡Vení, Sabrina!”, grita el padre, intenta correr, la hoja de calificaciones en la mano, hecha un bollo. El padre no consigue moverse con la agilidad que querría. Se para y apoya las manos en las rodillas. Respira pesado y la hoja de calificaciones se le cae. Sabrina se para y se da vuelta: “¡Papá!”, le grita. El padre alza la cabeza: medio cuerpo torcido como un garfio. La boca azul de Sabrina chilla: “¡Papá, papá, vení!”, agudísima, como Lisa Simpson. Papá gordo se endereza como puede, se pone las manos en la espalda para sostenerse, o para empujarse, y camina hacia Sabrina, que vuelve a correr y él, entonces, debe acelerar el paso: trota. “Ahí voy, mi am –tose, se le asfixian las palabras–… esperame, Sabrina, ahí voy”. Y la hoja de calificaciones queda atrás, en el piso, olvidada.

Un hombre gastado

Dic 16

Este era un hombre muy viejo. O quizá no tan viejo, pero sí muy gastado. Se había encogido de esa manera en que se encogen las personas que han padecido mucho sufrimiento físico. Como si el cuerpo se les hubiera quedado en esa pose torcida en la que se abraza, fuerte, una panza adolorida. El viejo iba sentado frente a mí en un ómnibus que nos llevaba a algún pueblo. No importa qué pueblo, no viene al caso. Al viejo ya no le dolía nada, quizá le ardían los ojos claruchentos con los que miraba la ventana. Pestañeaba de seguido para humedecerlos, supongo. Yo intentaba leer un libro, estaba en la frase “…y siempre quedaba el recurso de marcharse”, y me encantaba esa frase y me encantaba todo lo que venía después –era un libro que ya había leído–; pero la mirada se me iba hacia la cara del viejo y trataba de no cruzarme con sus ojos. No debe ser lindo para un hombre gastado que alguien más o menos nuevo lo mire, reconociendo en él la peor de las tragedias humanas: el deterioro. Sus manos soportaron durante un rato mi atención: raquíticas, enrojecidas, deshollejadas. Era como si se las hubiera sacado de la muñeca, las hubiera puesto en el microondas y se las hubiera vuelto a poner enseguida, sin dejarlas reposar. “¿Qué lees?”, me dijo el hombre y yo aparté rápidamente los ojos de sus manos. “Un libro…”, le dije y alcé los hombros. “Ya”, dijo él y sonrió, creo. Imaginé que el viejo había perdido la costumbre de estirar la boca hacia los lados, porque esa supuesta sonrisa no le había salido fácil. A lo mejor, a lo largo de muchos meses la mueca más recurrente del viejo fue la de arrugar la cara y separar muy levemente los labios para dejar salir un quejido muy bajito, porque ya ni fuerzas tendría para quejarse en serio, o porque cada vez que lo hacía el paciente de al lado lo puteaba. “Cuando yo era joven también me gustaba leer”, me dijo el hombre. Su voz, sorprendentemente, no estaba tan gastada como el resto de él. “¿Qué le gustaba leer?”, le pregunté y él me dijo que cualquier cosa. Después, cuando yo había vuelto a simular interés en mi libro y suponía que él en su ventana, volvió a hablar: “Hace mucho que no leo –se llevó las manos a los ojos y se los frotó–, ya no veo bien”. Yo asentí, cerré el libro, me pareció de mal gusto restregarle en la cara que mis ojos, en cambio, funcionaban bárbaro. “¿No me leerías algo, jovencita?”, dijo el hombre. Y no sé por qué ese pedido intempestivo me emocionó tanto: balbucee que sí, encantada… esas cosas. Me aclaré la garganta: “Para colmo, el mal tiempo…” –volví a leer desde el principio. Y el hombre recostó la cabeza en la ventana, y mi voz duró lo que el resto del viaje.

Navidad

Dic 14

Cuando era chiquita, el hombre más malo del mundo se llamaba Hans Christian Andersen. Mis hermanos y yo teníamos la colección de todos sus cuentos: uno más perverso que el otro. Por esta época siempre me acuerdo de un cuento suyo sobre la Navidad que se llama “La niña de los fósforos”. Se trata de una nena que vende fósforos, y el cuento transcurre en la Nochebuena de algún país en donde nieva. Esa noche, la nena no había vendido ni la lástima que derramaba su cuerpito frágil, sus manos y pies desnudos, y esa cara llorosa que revelaba todos los signos de que, cuando llegara al sucucho donde vivía, la madrastra la molería a palos. Total, que la niña se sentó con sus fósforos intactos en una esquina, lamentó su suerte y, después de mucho pensarlo, abrió una de las cajas y encendió una cerilla para calentarse. Así, hasta que se gastó todas las cajas y, en el durante, tuvo visiones con suculentas cenas de Navidad y salas adornadas de luces y colores y con su abuela muerta, que tanto la había querido… Para no alargar el cuento, que no hace más que demostrar que el señor Andersen era un perverso sin remedio, al final la nena amanece muerta, con la carita congelada y rodeada de cajas de fósforos chamuscadas. Lógicamente el cuento dice que la nena se fue al cielo, con su abuela y con Dios y blablablá; y a mis siete años, educación católica mediante, se suponía que oír eso era casi tranquilizador: ay, la pobrecita se murió de frío pero no importa porque está arriba con su abuela, que debe ser blandita y mimosa como una gata. El caso es que las Navidades de mi infancia, siempre alegres y decoradas como en las visiones de la niña de los fósforos, estaban también tiznadas por historias como ésa, que recordaban que había tantos niños que no recibían ni un escupitajo del Niño Dios ni de Papá Noel ni de sus padres –que probablemente eran drogadictos, proxenetas y/o pedófilos. En mi familia católica y en tantas otras, era obligación flagelarse con estas cosas para ganarse el derecho de hartarse de comida y de regalos. Por estas épocas, que al menos para mí ya no son las mismas, porque en mi nueva familia atea la casa se decora a medias (nunca entendí por qué nadie me ha sabido explicar qué significa una insulsa bola plateada para un ateo), igual vuelvo a pensar que la Navidad debe ser de los inventos más retorcidos de la cultura. Y que aunque uno intente hacer como que el mundo es igual en junio que en diciembre, hay alguna cosa en el clima, en el aire, en el olor de las personas, que te convence de que en diciembre el mundo es distinto. Más frágil. Más malvado. O quizá sólo más elocuente.

Bajo el sol

Dic 11

Por estos días me acuerdo de mi madre porque hay unos señores en la vereda de la esquina rompiendo el piso para arreglar no sé qué. Llevan allí una semana, trabajando bajo el sol, envueltos en la más asquerosa humedad. A mi madre no había nada que le diera más pena que esa gente que trabajaba bajo el sol. Lo repetía siempre que pasábamos por una calle cortada y había un grupo de señores picando el suelo, sudando el alma, la piel carbonizada. Mi madre se paraba en el auto y les daba un billete, una moneda, lo que fuera: “Cómprese algo de tomar, señor”, le decía al hombre y después, cuando volvía a arrancar, la cara se le desencajaba. Era mejor no hablarle en ese momento porque cualquier palabra que le saliera de la boca se le venía con todo y lágrimas. En Cartagena, la ciudad donde nací, donde todavía vive mi madre, suele hacer treinta y muchos grados todo el año. Trabajar bajo el sol no es cualquier cosa: hay gente que se seca y se muere. Mi ciudad era un puerto español donde desembarcaban esclavos que trabajaban a cielo abierto hasta que el cuero les diera. Por eso es terrible ver a esos pobres hombres cavando fosas en las vías, protegidos nada más que por una gorrita de los Yankees y el torso desnudo. Es como un rezago, otro. Para mi mamá ésa debía ser una de las imágenes más elocuentes de la injusticia: que alguna gente trabajara bajo techo, con vista al mar y su camisa almidonada, y que otros trabajaran bajo ese sol caribeño que perfora la mollera; pero lo de los hombres trabajando al sol eran segundos en su día, que normalmente estaba lleno de otras cosas. No era que mi mamá militara en un movimiento pro sombra para obreros viales, ella ejercía esa misma compasión estéril que ejercemos la mayoría de los más o menos acomodados. El otro día hacía un sol tremendo y un calor húmedo que te enchumbaba la cara de angustia, y fui con una amiga a tomar algo al bar de la esquina de casa. Por la ventana veíamos a los hombres que golpeaban el piso con mazos enormes. Le conté lo de mi madre y mi amiga dijo que qué exagerada, que eso era un trabajo gracias al cual esos hombres comían, y que había cosas más graves y que… ya ni recuerdo, todas esas cosas que uno dice, amparado en la idea de que el hecho de tener un trabajo lava cualquier porquería; como si “trabajo” fuera una cosa abstracta y no un abanico de opciones que va desde criticar manjares para una revista gastronómica hasta limpiar mierda ajena en un baño público. Mientras nos tomábamos el té frío con limón, uno de los obreros de afuera se secó la frente un par de veces con la manga, usó la mano de visera y miró lentamente alrededor. Después volvió a golpear el piso con el mazo. Sus ojos nunca se cruzaron con los míos.

Pablo

Dic 07

Pablo es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así, con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pablo se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi veinte años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en Constitución. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pablo se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pablo se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pablo estaba en la fiambrería donde trabajaba y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo descontaría del sueldo. Pablo asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pablo. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pablo; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pablo se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pablo ya iba saliendo, rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pablo y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pablo se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente, su hermana se había ido. Ahí fue cuando vi a Pablo y me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pablo, casi aliviado–, supongo que sí”.

Mudanza

Dic 02

Una vez leí una encuesta que decía que las mudanzas eran el primer generador de estrés y ansiedad en las personas. El segundo era hablar en público. Se me hizo un poco desproporcionada, pero después supe de otras encuestas que decían lo mismo; a veces cambiaban la mudanza de posición, la ponían de segunda y de primero aparecía la muerte, otra cosa que parece ser muy estresante. En estos días me estoy mudando y me acuerdo de que, cuando leí esa encuesta, aparte de desproporcionada me pareció que no tenía nada que ver conmigo. Me he mudado unas quince veces en veintinueve años y, salvo la primera vez que me mudaron –que era muy chiquita y me sacaron de una casa grande y bonita para llevarme a un departamentito–, las mudanzas siempre me gustaron. Me gustaba eso de llegar a un lugar nuevo y empezar a acomodar todo de vuelta: como que me daba otro aire, otro impulso, me ilusionaba. Me parecía que iba a volverme más bonita, más flaca, que me saldrían más tetas, más neuronas, qué se yo. Lo que pasa es que yo me aburro rápido de las cosas; de la gente también, pero sobre todo de las cosas. Y cambiar –de cosas, de gente– es una manera de truchar el aburrimiento. Uno llega a creerse que la emoción que le produce este espacio nuevo es la garantía necesaria para una vida plena y bella y duradera. Gran patraña. Uno vuelve y se aburre, porque puede que el aburrimiento sea el destino necesario del paso del tiempo con uno mismo, independientemente del espacio físico que ocupe. O de la talla del corpiño. Pero decía que me estaba mudando y que me acordaba de lo ridícula que me había parecido esta encuesta en su momento, pero resulta que por fin la comparto: ahora mismo pueden venir a encuestarme para engrosar ese porcentaje. La angustia de mudarse va más allá de una cosa logística: de caer en cuenta de que te has dedicado a acumular más y más cosas feas o, bien, de que ya no tienes ni ese dije de semilla brasilera porque nada te importó tanto como para guardarlo y, entonces, largarte a llorar por toda esa carencia… En fin, que no es sólo eso, sino algo más existencial. Cuando uno se muda se produce un desacomodamiento, a uno le parece que tiene que cambiar algo más que la dirección postal y empiezan los replanteos. Como si la vida estuviera tan estrechamente vinculada a los espacios. Supongo que es eso, que la vida está muy estrechamente vinculada a los espacios y que es lógico que si uno cambia de espacio la vida le tambalee un poco. Últimamente me gustan las vidas más quietas, más tranquilas; debo estar envejeciendo. Últimamente me repito que ésta puede ser la última mudanza y que, aunque me aburra, aunque me haga más fea y más boba en esta casa, bien vale el esfuerzo de no volver a desempacar: aunque no tenga ni un dije, aunque sólo se trate de mí, sola en un camión, rumbo a un espacio vacío.

Eficiencia

Nov 25

Le pregunté al chico del quiosco de YPF si funcionaba internet, que en la puerta decía que había, pero… Él me mostró la palma de la mano en actitud de “alto ahí” y me dijo que esperara, que ya me atendía. Parecía muy concentrado organizando los caramelos en su canastito de plástico. Yo fui a la nevera por una lechita Cindor y volví a pagar. Le dije al chico “me llevo esto”, y el chico ni bola. “Disculpa, ¿me podrías cobrar?”. “Un momento, por favor”, miraba los caramelos en el canasto como si estuviera armando el Taj Mahal con piezas de Rasti. Apareció entonces la chica de labio leporino y acné agudo en los pómulos. Me dijo algo incomprensible a lo que asentí. La chica me cobró y me dio una tarjeta wi-fi. “Gracias”, le dije. Ella emitió otro sonido y sonrió. El chico la agarró por el brazo y la apartó a un lado del mostrador, sus cabezas quedaron ocultas detrás del estante de cigarrillos. Le dijo que esperara allí y fue por un palo y un trapo de piso, se los dio: “Tu trabajo es limpiar”. Sobremodulaba, exagerado: debía pensar que lo del labio leporino afectaba la audición. La chica se puso a limpiar el piso que estaba brillante, prístino. El chico volvió al mostrador, bostezó, agarró una revista. Ya no le interesaban los caramelos. Yo me había sentado en una mesa y trataba de conectarme a la red del lugar, pero había decenas de redes con contraseña y ninguna decía el nombre de la tarjeta. Le pregunté al chico que cómo se llamaba la red. Me dijo: “No sé”. Le dije que entonces cómo me iba a conectar, él enmudeció. “Entré acá sólo porque en la puerta decía que había wi-fi”, insistí. Él miró a su alrededor, como buscando algo: un wi-fi, quizá; debía pensar que wi-fi era el nombre algún producto. La chica de labio leporino nos miraba, mientras frotaba el trapo contra una baldosa reluciente. “¿Tú sabes?”, le pregunté, y ella asintió, emocionada, se acercó, me señaló la red en la pantalla, me mostró el usuario y la contraseña en la tarjeta, y esperó a que me conectara. Le dije que muchas gracias y ella asintió. Se veía tan contenta, hay gente a la que la hace feliz ser eficiente. No era el caso del chico del mostrador, no debe ser el caso de casi nadie. El chico volvió a agarrarla por el brazo, la zarandeó un poco y se la llevó al mismo rincón donde antes la había retado: “Tu trabajo es limpiar; el mío, atender a los clientes, ¿entendés?”, dijo, abriendo la boca como si quisiera tragarse la cabeza de la chica. Ella bajó la cara. “¿Entendés?”, volvió a decir el chico. Ella emitió un sonido y su labio leporino tembló. El chico tenía el ceño fruncido: “Hacé tu trabajo, así como yo hago el mío”, le dijo y volvió al mostrador, se sentó, se cruzó de brazos, abrió un caramelo, se lo metió en la boca, lo chupó.

El Rodney

Nov 24

Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchachita rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresion tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí; detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachitas rebeldonas en muchachitas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz, se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.

Una muerte tentadora

Nov 24

El taxista me preguntó qué había pasado, que por qué tanto quilombo en la estación. Le conté que nos bajaron a todos los pasajeros, que un señor de TBA recorrió los pasillos del tren con un silbato diciendo que hasta allí habíamos llegado, que algo fatal había ocurrido en la estación siguiente. “Ah, eso” dijo el taxista, decepcionado, se esperaba otra cosa. “Un suicidio”, le expliqué yo, por si no había entendido. El asintió: “Sí, sí, pasa todos los días”. “¿Cómo todos los días?”, pregunté. Él alzó y bajó los hombros, dijo que, bueno, hasta varias veces al día. Le pregunté cómo sabía, yo oigo los mismos noticieros que debe oír él –o quizá no, pero da igual porque todos dicen lo mismo– y nunca me enteré de que tirarse a la vía del tren y morir fuera un hábito que se dijera constitutivo de la dieta local. Entonces me explicó que antes de manejar un taxi manejaba una ambulancia y que lo que más le tocaba hacer era recoger en las vías los cadáveres de los suicidas: “…y tenía que ir con pala porque quedaban todos desparramados”, dijo. Y por qué dejó tan lindo trabajo, le pregunté. Me dijo que el taxi le rendía más, pero que además eso de estar recogiendo muertos y trasladando enfermos te terminaba comiendo la cabeza. No tenía que decírmelo, pero igual asentí. En la radio sonaba esa de dulce como el vino, salada como el mar… Y él tarareaba. “El domingo –dijo tras un dubi dubi du–, era el día más pesado”, pero que lo bueno era que casi no había chicos, era toda gente que pasaba los cuarenta, gente muy humilde, por eso no los mencionaban en los noticieros; y que esas muertes lo impresionaba menos que si fueran chicos, aunque era más el trabajo… “Son más grandes y gordos, había mucho gordo”. Después dijo que en ese trabajo también aprendió cosas: “A distinguir los sesos, por ejemplo, porque la gente piensa que todos los sesos son iguales entre sí, pero la gente se equivoca”. Traté de pensar en alguien más que me hubiera hablado alguna vez de la morfología de los sesos… “Pero lo mejor de ese trabajo fue que entendí algo –antes había mencionado algo sobre el desgarramiento de extremidades y la bolsa intestinal–: que si tanto elegían esa manera de morir era porque debía ser una buena manera, sin tanta agonía, y entonces pensé que…”. No terminó la frase. “¿Pensó que qué?”, pregunté. El taxista me miró por el retrovisor, se sonrió. “No, nada, pensé lo que pensé pero después me arrepentí”. “Menos mal”, le digo yo. “Y sí, menos mal, pero no me vas a decir que no es tentador”. Lo pensé por un segundo: no; pero le dije que sí, por no romperle la ilusión. “Sí que es tentador”, insistió él, ahora más para sí, dándole golpecitos al volante al ritmo de la canción.