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Posteos en ‘opinión’

Texto escrito para el ciclo “Confesionario”, en el Centro Cultural Rojas. Tema: Fútbol.

jun 23

retrato "margarita escucha"

Buenos Aires, 22 de junio de 2010

1.
El sábado 4 de septiembre de 1993 iba a ser un fin de semana como cualquiera. Mis papás, mis hermanos y yo nos íbamos a una finquita que teníamos cerca, y esta vez venían también cinco amigos de mi hermano, que tenía quince años. No era usual que hubiera tanto muchachito, pero fuera de eso el plan transcurría más o menos como siempre. Como siempre era aburrido, complicado. En mi casa todo tendía a complicarse porque éramos mucha gente con poca voluntad, y, salvo la parte en que comíamos –desaforados, mayormente–, nunca estaba claro qué le tocaba hacer a cada quien. Mis fines de semana a los trece años eran, entonces, una sucesión de paseos confusos, sobresaturados de conflictos microscópicos, que el domingo a la tarde, por acumulación o por desgaste, explotaban en masa dejando una nube espesa encima de nuestras cabezas. A veces la nube no alcanzaba a disiparse en la semana y el sábado siguiente allí estábamos, arrastrando peleas más viejas que algunos de nosotros: que yo, por ejemplo, que soy la menor de cinco. Total, que ese sábado no parecía distinto, salvo por el despliegue de testosterona adolescente.
–¿Y por qué es que vienen todos esos zánganos? –preguntó mi hermana, que tenía dieciséis; mi hermano se había ido con los amigos en su camioneta: una Ford muy vieja que le habían regalado hacía unos meses para su cumpleaños número quince, y que hoy habían disfrazado de bandera. Los demás íbamos en el Polara de mi madre. Mi hermana llevaba un rato enredándome el flequillo con una peinilla: por esa época las dos usábamos el copete de Alf y cada mañana la una le enredaba el flequillo a la otra; luego se lo abultaba y se lo echaba hacia un lado y se lo iba esculpiendo. Al final lo rociaba con laca.
–Vienen por el partido de mañana –dijo mi madre, que manejaba, mientras mi papá cabeceaba en el asiento de al lado, con el diario doblado en la falda. Mis dos hermanas mayores ya iban a la universidad, por eso zafaban de estos paseos: los fines de semana siempre tenían trabajos grupales para los cuales se producían como si estuvieran estudiando teatro de revista y no derecho.
–¿Qué partido? –insistía mi hermana, pero ya no hubo respuesta. Mi mamá pocas veces seguía un diálogo más allá de dos líneas, era como que se aburría y cambiaba de tema sin previo aviso. En cambio podía mantener largas conversaciones consigo misma. Ahora, por ejemplo, hablaba del almuerzo: que no iba a alcanzar porque los muchachitos son tan tragones a esa edad, la edad de la tripa hueca, del barril sin fondo, de la solitaria, “ja–ja”: se burlaba sola.
Mi hermana terminó de peinarme, me eché hacia delante y alcé la cabeza para mirarme en el retrovisor: el copete de Alf se elevaba como un tsunami sobre mi frente. Se ve que el olor de la laca despertó a mi papá porque sacudió la cabeza y volvió en sí, agarró el diario y se lo acercó bien a sus ojos miopes, como si estuviera muy interesado en lo que decía el titular:
“Colombia enfrenta a Argentina en la última fecha de la fase clasificatoria”. Y la bajada: “Hay mucho optimismo”.
A mi papá no le gustaba el fútbol. A mi mamá tampoco. A mis hermanas tampoco. A mi hermano, vaya a saber. Era el único varón y eso lo convertía en un pendejito caprichoso. Mis padres le consentían la volubilidad hasta el punto de la esquizofrenia. Su vida consistía en abrazar nuevos gustos y desechar los viejos, que no solían durar más de un mes. En el último año había pasado del heavy metal al reaggae, de Balzac a Condorito, de una novia culonsísima a una lombriz anoréxica. En fin, que ese fin de semana a mi hermano le gustaba el fútbol, por eso nos habíamos embarcado en un paseo cuyo objetivo era mirar un partido con sus amigos granulientos. Volví a mi lugar en el asiento, tratando de no moverme mucho para no perturbar al copete, y empecé a enredarle el flequillo a mi hermana.
–Parece que es un partido importante –le dije.
–¿Ah sí?
Asentí:
–Hay mucho optimismo.

2.
En la finquita, mi hermana y yo dormíamos en una habitación de paredes de adobe que miraba a un corral de pollos. Pero esa mañana no fueron los pollos los que nos levantaron, como siempre, sino los gritos de mi hermano y sus amigos, que cantaban en pleno pasillo el “olé olé” y esas cosas del fútbol. Mi hermano solía dormir en la habitación más grande –y cómoda y silenciosa–, porque los hombres, decía mi madre, necesitaban más lugar para el esparcimiento. Todavía me pregunto si con esparcimiento quería decir “convención de putas”. Esta vez compartía palacio con sus cinco amigos y su nueva afición, y se ve que mucho no cabían. Cuando mi hermana y yo salimos del cuarto esa mañana de domingo, con nuestras toallas a cuesta, nuestro neceser gigante de productos para el baño y nuestros copetes derruidos, nos tropezamos con estos energúmenos de peluca rubia y enrulada largando a los cuatro vientos pronósticos futbolísticos y posibles formaciones, sobre las que mi hermano reflexionaba y expresaba opinión. Porque una cosa hay que decir: cuando a mi hermano se le daba por una nueva afición, se esforzaba en ser un gran aficionado. Desde que habían empezado las eliminatorias para USA 94, el tipo se había aprendido los cantitos, los nombres y las posiciones de los jugadores de Colombia y de muchos otros equipos, y se había sumado, como tantos por esa época, a la gran religión del Pibe Valderrama. Después de hacer todo eso se ve que había catequizado a sus amigos. “Es un líder”, decía mi madre, mirándolo en la vereda de casa revender las figuritas del álbum del mundial. “Es un dealer”, decía mi hermana, por suerte mi madre no tenía la costumbre de escucharla.
El partido comenzaba a la tarde, pero al medio día ya los chicos estaban cebados: me parece estarlos viendo dando esos saltitos descoordinados, tirándose agua, empatándose la cara con Maizena. El preámbulo de un partido de fútbol en mi país es lo más parecido a un carnaval de medio pelo. Todo es muy caótico porque coordinar una coreografía o, peor, largar un coro afinado equivale a tatuarse en el pecho: “soy una delicada alondra”. De todas maneras a estos pobres muchachitos la edad no les ayudaba, estaban en esa fase de la garganta galluda y la carcajada seca que dolía en la oreja ajena. Mi hermana y yo, después de bañarnos y desayunar, nos encerramos en el cuarto a oír música: pasaban una maratón de los temas de “Alcanzar una estrella II”, la telenovela mexicana que lanzó a la fama a Ricky Martín. Yo me sabía las canciones, yo, ya que se trata de confesar cosas, amaba a Ricky. “A ése se le moja la canoa”, decía mi hermana y yo lo negaba. Ella siempre fue más visionaria. Volviendo al partido, la verdad es que ese día era muy difícil abstraerse del ambiente futbolero. No eran sólo los cantitos, hasta mi mamá se había puesto una peluca del Pibe y se la veía pasar por la ventana, rumbo al comedor de afuera, con bandejas de mazorca y patacones y yuca frita y queso criollo y chicharrón y butifarra y arepas de huevo y todas esas cosas con las que nos llenaban el buche de chiquitos y por las que hoy todos –absolutamente todos– sufrimos de alguna tara relacionada con la panza insaciable. Mi papá no llevaba peluca porque decía que le apretaba la cabeza. Si algo había que cuidar en esa casa era la cabeza de mi papá. Era un erudito que vivía de pensar y resolver unos casos penales complicados que le impedían darnos mucha bola, pero a cambio nos compraba toda esa comida grasienta. En fin, que salvo mi hermana y yo, los demás se gozaban la previa del partido y se embutían de comida y de ron con coca cola, mientras estaba el almuerzo.
–¿Salimos? –le pregunté a mi hermana, vencida, cuando hasta el locutor de Radio Tiempo se había puesto a hablar del partido. Ella, que llevaba un rato luchando con un pelito enterrado en el medio de sus cejas, dejó la pinza y el espejo a un lado y asintió.
–Ok, pero antes vamos a arreglarnos –y agarro su peinilla.

3.
La trasmisión comenzó a eso de las cuatro, faltaba todavía una hora para el partido pero ese día hubo mucha previa. Meses de previa hubo. Recuerdo que Francisco Maturana, el DT de la selección Colombia, se regodeaba más que nunca en su filosofía derrotista que tan bien solía representarnos: “¿Qué va a pasar si pierden, Maturana?” Y el tipo miraba el piso, respiraba hondo, elucubraba su siguiente gran frase y largaba: “Perder es ganar, si perdemos ganaremos algo: está bien perder, porque también ganamos”. La redundancia era lo suyo. O el LCD, nunca lo sabremos. Recuerdo también que en las ruedas de prensa evitaba referirse a Maradona, mientras que todos los demás estaban muy indignados con sus últimas declaraciones. El tipo había salido en la televisión anunciando el triunfo de su equipo haciendo este gesto: con las palmas hacia abajo, como cuando se quiere indicar el tamaño de un perro, puso una mano a la altura de su pecho; la otra la puso más abajo, lo más abajo que le dio el brazo: “Históricamente, Argentina está arriba y Colombia abajo”, eso dijo. Ese domingo los amigos de mi hermano, embuchados de ron y frituras, se agarraban la entrepierna y decían “¡Argentina está acá, Diego!”. Porque el futbol, además de tantas otras cosas que no me interesan, siempre ha sido una perfecta excusa masculina para toquetearse en público.
Mi hermana y yo nos acomodamos en el sofá pegado a la ventana, al lado de mi madre. Mi madre siempre necesitaba tener una ventana cerca porque era medio claustrofóbica, pobre; había épocas en que cada dos por tres se mareaba y tenía que alzar los brazos y respirar hondo a cielo abierto. Era la alimentación: dentro del cuerpo caribeño y atractivo de mi madre, descubrirían, años después, un asentamiento de colesterol añejado.
Lo primero que apareció en la cancha de River, donde ocurrió el milagro –digo, el partido–, fue la melena oxigenada de nuestro Dios. El Dios de ustedes estaba en un palco, lustrándose los dientes que pensaba lucir ante los miles de flash que lo apuntarían esa tarde. Detrás del Pibe entró el resto del equipo colombiano al son de un coro apabullante: “Vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja de alentar”.
–¿Qué es quilombera? –preguntó mi hermana. Nadie la oyó. Realmente sobrábamos en esa sala, pero qué más íbamos a hacer. Ella bufó y empezó a levantarse, yo la jalé por el cinturón y la devolví al sofá.
–¿Qué te pasa? –me dijo, y me palmeteó el brazo. Le dije que no quería encerrarme en el cuarto mientras los demás estaban acá.
–¿Por qué?
Alcé los hombros:
–Es aburrido.
La verdad es que acababa de descubrir a un amigo de mi hermano que me gustaba hacía mil años, o tres meses, da igual. Se llamaba Camilo y recién había llegado a la finquita trepado en su moto Susuki y acompañado por su respectiva peluca.
–Estás rara –dijo mi hermana.
–Shhh –dijo mi mamá. Mi hermana volvió a su lugar y se miró las uñas. Hoy la recuerdo con ese gran copete ridículo y me da bronca. No tanto con ella, pero con mi madre por no obligarnos a peinarnos como la gente. Éramos menores, necesitábamos cierta guía.
Casi todo el primer tiempo transcurrió aburrido. Mi papá se durmió. Mi mamá y mi hermana se engancharon con una revista y me excluyeron. Mi hermano y sus amigos parecían zombis mirando la pantalla sin pestañear. Todos con sus camisetas amarillas, todos con esos pelos rubios enrulados. Muchos años después, cuando vi la película Being John Malcovich, en la que había muchos John Malcovich haciendo de John Malcovich, recordé con precisión esa imagen. A medida que avanzaba el partido iban llegando más y más Pibes Valderrama que se confundían entre sí. Hasta un bebé apareció ese día con peluquita. Debía ser de una finca vecina, no sé, nunca me enteré.
Y entonces todos gritaron gol. Al tiempo, gritaron: en la sala y en la televisión. Los chicos saltaban, se abrazaban, cantaban el olé, olé de vuelta. Mi papá se levantó de un salto y aplaudió, como si supiera qué estaba pasando, como si al menos supiera dónde estaba. Esto estaba pasando: era el minuto 41, había anotado Fredy Rincón y en la cancha parecía haber una algarabía, pero la pantalla sólo mostraba un primerísimo plano de Diego Maradona. ¿Saben dónde tenía las manos? En la cabeza.

4.
Es muy difícil contar esta parte. Se vuelve caótica y se vuelve cursi. Por eso, lo voy a hacer más técnico: a los 5 minutos del segundo tiempo Faustino Asprilla metió el segundo gol. Mi papá pegó un brinco de acróbata que puso en entredicho su parsimonia habitual. Los amigos de mi hermano saltaron en ronda y mi hermano corrió a abrazar a mi mamá –por algo lo preferían: por pollerudo. Mi hermana y yo nos miramos simulando indiferencia, pero a esta altura la cosa ya estaba jodida.
–Está bueno el Tino, ¿no? –me dijo ella, haciendo un último intento por salvar nuestra gran burbuja de frivolidad de todo esa recua de emoticones felices.
–¿Qué? –le dije yo, tenía como una taquicardia repentina. A los 28 minutos Rincón metió el tercer gol y dos minutos después, Asprilla metió el cuarto. Todos pases del Pibe. A este punto el griterío en esa sala era tal, que las paredes vibraban. O quizá no, pero todos saltábamos y parecía que el mundo temblaba con nosotros. Hasta mi hermana saltaba, aunque su copete seguía tieso. En un momento todos nos juntamos, nos tocamos, nos dimos besos en la frente y la escena se confundió. Yo busqué la manera de quedar cerca de Camilo y apenas pude le salté al cuello, lo abracé y cerré los ojos:
–¡Qué alegría! –dije.
–Sí, hermanita, qué alegría –no era Camilo, era mi hermano, debía ser la primera vez que lo abrazaba. Me solté rápidamente y seguí buscando al futuro padre de mis hijos. “¡Olé, olé!”, cantábamos: siempre lo mismo cantábamos, no sé por qué. Será que no hay más cantitos en mi país, desconozco, pero debe ser: si a duras penas hay fútbol. Ese día hubo fútbol, o mucha suerte, quién sabe. Pero sobre todo hubo alegría y orgullo y folclor todas esas sensaciones que, combinadas, dan como resultado el abominable efecto patria. Por fin descubrí a Camilo en una esquina: estaba abrazado a mi hermana, muy apretado. Y no tuve tiempo de reaccionar porque alguien volvió a gritar gol y, después de ese grito, hubo un silencio total. Nadie hablaba ni se movía, nos habíamos congelado: los amigos de mi hermano, de rodillas; mi padre, de vuelta en su sillón abullonado, ahora con ese raro bebé peludo en sus brazos; mi mamá y mi hermano, en un abrazo; Camilo y mi hermana, de la mano; y yo, mirándolos. A los 30 minutos del segundo tiempo el negro Asprilla anotaba el gol número cinco. La pantalla mostraba un estadio mudo, un Diego mudo, unos jugadores mudos. Y supongo que ese instante duró menos de dos segundos, pero yo lo recuerdo casi tan largo como sería el aplauso posterior: lo arrancó Maradona y se extendió como un gas por toda la cancha y seguramente por todas las casas que, como la mía, estaban siendo testigos de ese momento brutal en que el “gran fútbol colombiano” –como titularían los diarios al día siguiente– le cambiaba la historia al país. Eso se diría, que nos habían cambiado. Y supongo que cambiar es mucho, no sé, ahora me lo parece. Pero en ese momento se sentía así: como una ruptura, un giro argumental, un punto en el que todos torcíamos al mismo tiempo hacia algo desconocido: la gloria.
Pero, como todos los finales felices, este también se disolvió pronto. En los meses sucesivos esto fue lo que pasó: Colombia llegó como una de las favoritas al mundial USA 94, pero fue eliminada en la primera ronda. La filosofía derrotista de Maturana volvió a ganar. Al único que le siguió yendo bien por esos días fue al negro Asprilla que, convertido en un semental monstruoso –y tras haber posado desnudo en de cuanta revista– , se comió con cucharita a todas y cada una de las modelos del país. Y se compró una verdadera finca: “San Tino”. Años después fue preso, pero esa es otra historia. Los demás se han dedicado a dirigir clubes de colegios o de islas del Caribe o de divisiones menores del país. El Pibe sale todavía en propagandas de sopas y de jabones y de él mismo. Oscar Córdoba sigue jugando.
En mi casa, al menos como yo lo recuerdo, también hubo un antes y un después de ese partido. Mientras transcurría el desdichado mundial USA 94, nos pasaron algunas cosas: la guerrilla tomó la finquita y nunca la devolvió; mi hermano se aficionó al basket y mi madre empezó a llamarlo “Jordan”; mi papá se jubiló y, aunque se pasaba todo el día en la casa, igual no nos daba bola; el copete de Alf pasó de moda y Camilo se ennovió con mi hermana. Estuvieron mil años juntos, o tres meses, da igual. Y, bueno, en cuanto al “gran fútbol colombiano”, ningún otro equipo pudo volver a ganarle a Argentina en condición de visitante. Las manos de Diego y la historia, salvo por ese día, siguen inalteradas.
Fin.

Link al blog de la confesora, Cecilia Szperling.

La pequeña y valiente Nujood

mar 12

Link a la nota del diario

Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.

Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.

Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.

Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.

Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.

El derecho de nacer mujer

feb 28

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Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.

¿Cuál secreto?

feb 10

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Ser extranjera tiene ventajas y desventajas. Una ventaja es que uno siempre puede alegar desconocimiento, ignorancia o demencia ante cualquier cosa de la que no quiera hablar. “¿Viste la última de Campanella?” y uno mira al aire: “¿Campanella?… me suena” Y se ahorra el mal rato de tener que llevarle la contraria a los millones de argentinos que siguen aplaudiendo El secreto de sus ojos como si en ella se hubiese resuelto, por fin, el misterioso caso de Norita Dalmasso. Una desventaja es que si se me da por no callarme la boca, como ahora, me llueven las descalificaciones usuales, facilistas, de que no soy de acá y seguro que me perdí tantas cosas y que la idiosincrasia argentina es tan pero tan compleja. Claro, porque seguramente Campanella quiso hacer esa película exclusivamente para los cines locales, y que no llegue a Uruguay, por favor, que pueden confundirse. Como la media consumidora occidental, he visto cientos de películas que no son de mi país y todavía, por suerte, el placer o la incomodidad que me producen dependen de la pura panza. Pero de todas formas el de la nacionalidad no es un argumento porque a El secreto… le ha ido muy bien en otros países, como España, y supongamos que algunos de los que fueron a verla no eran argentinos. Supongamos también que en el Oscar no habrá expertos en argentinidad explicándole los chistes al jurado.

Pero decía que, en general, una película me gusta por lo más elemental: que si me conmueve, si me alegra, me euforiza o me deprime y etcétera. En eso, supongo, estamos de acuerdo casi todos. Pero para que eso pase, primero tengo que aceptar lo que me están contando, casi creérmelo en serio, racional y sensorialmente: como que la primera vez que uno ve El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter le produce una serie de cosas –morbo, repulsión, miedo–, que son coherentes con el hecho de que se trata de un personaje macabro de una historia macabra. Esa coherencia está dada por las reglas internas de una historia; las películas bien hechas son las que respetan esas reglas y entonces uno puede dedicarse a disfrutarlas sin la dificultad de preguntarse: “Pero, ¿el tipo se comió a toda esa gente?”. No, uno no se lo pregunta, lo acepta porque se lo cuentan bien. Y El secreto… (lamentablemente para mí, que me gustaría entusiasmarme como casi todos con la flamante “obra maestra”) no entra en esa categoría.

La película está plagada de inconsistencias, de recursos forzados que parecen puestos para el público gordo, acostumbrado al efectismo hollywoodense. Como esa maratón de la protagonista detrás del tren, absolutamente innecesaria y traída de los pelos. Es el ejemplo típico en el que, insisto, uno se distrae preguntándose idioteces: ¿Pero por qué corre? Si se arrepintió de dejarlo ir, ¿no puede tomarse el tren siguiente? ¿Será un guiño de Campanella a Forrest Gump? Así hay otros ejemplos de escenas sin son ni ton, injustificadas; bisagras que sirven para meterle a la película todos los componentes de un producto bien mainstream: el amigo borracho y mártir, el amor fallido, la culpa, la venganza y, por supuesto, la cereza del helado argentino, el contexto setentista. Muy bien, son todos grandes temas de potenciales grandes películas que no son esta. Si esto fuera una crítica podría hacer una lista larga de esas inconsistencias, pero no lo es y lo que quiero decir es otra cosa.

Quiero decir que me da la sensación (esa sensación familiar) de que esta película parece ser tan buena sólo porque es sudaca, como nosotros, y eso nos cubre de condescendencia. En Estados Unidos debe haber un dispenser de thrillers parecidos a éste con todo y la cara de Darín que, de todas formas, siempre es la misma. Pero como la hizo un argentino con actores argentinos en esta industria deprimida (un argentino que, convengamos, no es un joven pujante de Formosa, sino uno que vive afuera, trabaja afuera y juega en las grandes ligas), se le encuentra mérito a una secuencia de persecución bien filmada, por ejemplo (como si no hubiera mil quinientas treinta y tres iguales), porque se parece un poquito a lo bueno que se hace donde se supone que se hace lo bueno. Lo mismo suele suceder con la literatura y con el arte, es verdad, pero como el cine es más masivo el efecto es más masivo, abrumador, un poco insoportable. En El secreto… hay tantos aciertos como errores y no reconocerlo es promover la mediocridad, es resignarnos para siempre a las ligas menores que aspiran alguna vez llegar a las mayores a partir de la mera imitación técnica, argumental y, lo peor, celebrada: “Uh, esa escena le salió bien Brian De Palma” (aplausos). Y así.

Todavía me parece posible que el cine latinoamericano encuentre un lugar más genuino que no nos muestre hambrientos por parecernos a Hollywood, y que no necesariamente caiga en la crónica sucia de nuestras sociedades miserables, violentas, corruptas, tan jodidas, que es justamente como Hollywood nos ve. Hay otras maneras de mostrarnos en pantalla, pero me parece que hay que inventárselas más y copiárselas menos. El año pasado vi algo que se acerca bastante a una invención: Historias extraordinarias, y fue tan placentera la sola idea de comprobar que se podía. Y en cuanto al Oscar –la última gran alegría nacional–, hasta vergüenza da aclarar que no es ningún certificado de calidad, sino una palmada en el hombro de la gran industria que significa algo como: “Keep trying, Juan, you’re almost one of us”.

Busqued

nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.

El odio de las comparaciones

nov 11

Link a la nota del diario.
Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Siempre seré extranjera (El Tiempo, 2009)

jun 13

A veces me gustaría que nos odiaran. Para odiar hay que darle entidad al otro. Los porteños odian a los bolivianos, peruanos, paraguayos, brasileños, chilenos. Los odian tanto que les ofrendan barras en la cancha, cumbias villeras, esputos, puñaladas, incluso a Carlos Menem. Los porteños, diríase, tienen un tórax espacioso donde acumulan el odio regional. Pero a los colombianos no nos odian, ni siquiera eso. Tampoco nos quieren, o sí: nos quieren como se puede querer a un hámster que hace el flip-flap en una pecera. Casi no nos reconocen, pero, cuando lo hacen, abren sus brazos amplios como una cruz y su corazón generoso derrama condescendencia: “Ah, sos colombiaaana”. Hace cinco años que vivo en Buenos Aires y no me quiero ir. Adoro esta ciudad, a mis amigos, a mi novio. Pero odio ser tratada como una atracción de circo importada de una república bananera: “Dale, repetí la palabra alcachofa”. Y la gente me rodea, me mira expectante y me parece que en cualquier momento se va a poner a saltar y a aplaudir mientras grita: “¡Que hable, que hable!”. Después están esos que fijan sus ojos lascivos en mí, como si con sólo desearlo intensamente y chasquer los dedos pudieran hacerme mutar en la Angie Cepeda de Pantaleón y las visitadoras, ninguna otra. Y están los taxistas que me hablan del Chicho Serna, Córdoba, Falcao. Al principio, colombiana al fin y al cabo, hacía de amable: “Sí, Radamel tiene una excelente definición en el campo, pero le vendría bien jugar en Europa” -comentario plagiado de cualquier programa deportivo medio pelo-, y era un desastre. ¡Oh, una colombiana que sabe de fútbol! El hámster tenía un atributo más, aparte del acento y la vocación de prostituirse en los puestos selváticos del Ejército de Perú. Hace un tiempo que decidí no hablarles a los taxistas, hace un tiempo que, dentro de esos vehículos, me asumo parcialmente porteña y renuncio a ejercer la amabilidad de forma indiscriminada. Pero no puedo ni quiero renunciar a mi acento y cada tanto me veo, otra vez, escaneada por ojos enmarañados de prejuicios. Entonces, me aparto, busco un sillón cómodo, me aferro a un buen vino y enumero en mi cabeza las cosas buenas que me hacen quedarme. Trato de ignorar los vapuleos, las imitaciones confusas de mi “tonada” que, de tan entusiastas, pegan saltos larguísimos en el mapa y aterrizan en Cuba. Trato de convencerme de que estas personas no son capaces de odiarme ni de adorarme, porque tampoco son capaces de conocerme, y de que, finalmente, nada de esto debe ser tan grave si todavía puede resumirse en un bolero de Celia: “Hasta el día que yo vuelva, siempre seré extranjera, siempre seré extranjera”, me canto y brindo sola.