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El derecho de nacer mujer

Feb 28

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Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.

¿Cuál secreto?

Feb 10

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Ser extranjera tiene ventajas y desventajas. Una ventaja es que uno siempre puede alegar desconocimiento, ignorancia o demencia ante cualquier cosa de la que no quiera hablar. “¿Viste la última de Campanella?” y uno mira al aire: “¿Campanella?… me suena” Y se ahorra el mal rato de tener que llevarle la contraria a los millones de argentinos que siguen aplaudiendo El secreto de sus ojos como si en ella se hubiese resuelto, por fin, el misterioso caso de Norita Dalmasso. Una desventaja es que si se me da por no callarme la boca, como ahora, me llueven las descalificaciones usuales, facilistas, de que no soy de acá y seguro que me perdí tantas cosas y que la idiosincrasia argentina es tan pero tan compleja. Claro, porque seguramente Campanella quiso hacer esa película exclusivamente para los cines locales, y que no llegue a Uruguay, por favor, que pueden confundirse. Como la media consumidora occidental, he visto cientos de películas que no son de mi país y todavía, por suerte, el placer o la incomodidad que me producen dependen de la pura panza. Pero de todas formas el de la nacionalidad no es un argumento porque a El secreto… le ha ido muy bien en otros países, como España, y supongamos que algunos de los que fueron a verla no eran argentinos. Supongamos también que en el Oscar no habrá expertos en argentinidad explicándole los chistes al jurado.

Pero decía que, en general, una película me gusta por lo más elemental: que si me conmueve, si me alegra, me euforiza o me deprime y etcétera. En eso, supongo, estamos de acuerdo casi todos. Pero para que eso pase, primero tengo que aceptar lo que me están contando, casi creérmelo en serio, racional y sensorialmente: como que la primera vez que uno ve El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter le produce una serie de cosas –morbo, repulsión, miedo–, que son coherentes con el hecho de que se trata de un personaje macabro de una historia macabra. Esa coherencia está dada por las reglas internas de una historia; las películas bien hechas son las que respetan esas reglas y entonces uno puede dedicarse a disfrutarlas sin la dificultad de preguntarse: “Pero, ¿el tipo se comió a toda esa gente?”. No, uno no se lo pregunta, lo acepta porque se lo cuentan bien. Y El secreto… (lamentablemente para mí, que me gustaría entusiasmarme como casi todos con la flamante “obra maestra”) no entra en esa categoría.

La película está plagada de inconsistencias, de recursos forzados que parecen puestos para el público gordo, acostumbrado al efectismo hollywoodense. Como esa maratón de la protagonista detrás del tren, absolutamente innecesaria y traída de los pelos. Es el ejemplo típico en el que, insisto, uno se distrae preguntándose idioteces: ¿Pero por qué corre? Si se arrepintió de dejarlo ir, ¿no puede tomarse el tren siguiente? ¿Será un guiño de Campanella a Forrest Gump? Así hay otros ejemplos de escenas sin son ni ton, injustificadas; bisagras que sirven para meterle a la película todos los componentes de un producto bien mainstream: el amigo borracho y mártir, el amor fallido, la culpa, la venganza y, por supuesto, la cereza del helado argentino, el contexto setentista. Muy bien, son todos grandes temas de potenciales grandes películas que no son esta. Si esto fuera una crítica podría hacer una lista larga de esas inconsistencias, pero no lo es y lo que quiero decir es otra cosa.

Quiero decir que me da la sensación (esa sensación familiar) de que esta película parece ser tan buena sólo porque es sudaca, como nosotros, y eso nos cubre de condescendencia. En Estados Unidos debe haber un dispenser de thrillers parecidos a éste con todo y la cara de Darín que, de todas formas, siempre es la misma. Pero como la hizo un argentino con actores argentinos en esta industria deprimida (un argentino que, convengamos, no es un joven pujante de Formosa, sino uno que vive afuera, trabaja afuera y juega en las grandes ligas), se le encuentra mérito a una secuencia de persecución bien filmada, por ejemplo (como si no hubiera mil quinientas treinta y tres iguales), porque se parece un poquito a lo bueno que se hace donde se supone que se hace lo bueno. Lo mismo suele suceder con la literatura y con el arte, es verdad, pero como el cine es más masivo el efecto es más masivo, abrumador, un poco insoportable. En El secreto… hay tantos aciertos como errores y no reconocerlo es promover la mediocridad, es resignarnos para siempre a las ligas menores que aspiran alguna vez llegar a las mayores a partir de la mera imitación técnica, argumental y, lo peor, celebrada: “Uh, esa escena le salió bien Brian De Palma” (aplausos). Y así.

Todavía me parece posible que el cine latinoamericano encuentre un lugar más genuino que no nos muestre hambrientos por parecernos a Hollywood, y que no necesariamente caiga en la crónica sucia de nuestras sociedades miserables, violentas, corruptas, tan jodidas, que es justamente como Hollywood nos ve. Hay otras maneras de mostrarnos en pantalla, pero me parece que hay que inventárselas más y copiárselas menos. El año pasado vi algo que se acerca bastante a una invención: Historias extraordinarias, y fue tan placentera la sola idea de comprobar que se podía. Y en cuanto al Oscar –la última gran alegría nacional–, hasta vergüenza da aclarar que no es ningún certificado de calidad, sino una palmada en el hombro de la gran industria que significa algo como: “Keep trying, Juan, you’re almost one of us”.

Busqued

Nov 12

En Eterna Cadencia me pidieron recomendar un libro y mi elegido fue “Bajo este sol tremendo”, de Carlos Busqued. Aquí las razones.

El odio de las comparaciones

Nov 11

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Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Siempre seré extranjera

Jun 13

A veces me gustaría que nos odiaran. Para odiar hay que darle entidad al otro. Los porteños odian a los bolivianos, peruanos, paraguayos, brasileños, chilenos. Los odian tanto que les ofrendan barras en la cancha, cumbias villeras, esputos, puñaladas, incluso a Carlos Menem. Los porteños, diríase, tienen un tórax espacioso donde acumulan el odio regional. Pero a los colombianos no nos odian, ni siquiera eso. Tampoco nos quieren, o sí: nos quieren como se puede querer a un hámster que hace el flip-flap en una pecera. Casi no nos reconocen, pero, cuando lo hacen, abren sus brazos amplios como una cruz y su corazón generoso derrama condescendencia: “Ah, sos colombiaaana”. Hace cinco años que vivo en Buenos Aires y no me quiero ir. Adoro esta ciudad, a mis amigos, a mi novio. Pero odio ser tratada como una atracción de circo importada de una república bananera: “Dale, repetí la palabra alcachofa”. Y la gente me rodea, me mira expectante y me parece que en cualquier momento se va a poner a saltar y a aplaudir mientras grita: “¡Que hable, que hable!”. Después están esos que fijan sus ojos lascivos en mí, como si con sólo desearlo intensamente y chasquer los dedos pudieran hacerme mutar en la Angie Cepeda de Pantaleón y las visitadoras, ninguna otra. Y están los taxistas que me hablan del Chicho Serna, Córdoba, Falcao. Al principio, colombiana al fin y al cabo, hacía de amable: “Sí, Radamel tiene una excelente definición en el campo, pero le vendría bien jugar en Europa” -comentario plagiado de cualquier programa deportivo medio pelo-, y era un desastre. ¡Oh, una colombiana que sabe de fútbol! El hámster tenía un atributo más, aparte del acento y la vocación de prostituirse en los puestos selváticos del Ejército de Perú. Hace un tiempo que decidí no hablarles a los taxistas, hace un tiempo que, dentro de esos vehículos, me asumo parcialmente porteña y renuncio a ejercer la amabilidad de forma indiscriminada. Pero no puedo ni quiero renunciar a mi acento y cada tanto me veo, otra vez, escaneada por ojos enmarañados de prejuicios. Entonces, me aparto, busco un sillón cómodo, me aferro a un buen vino y enumero en mi cabeza las cosas buenas que me hacen quedarme. Trato de ignorar los vapuleos, las imitaciones confusas de mi “tonada” que, de tan entusiastas, pegan saltos larguísimos en el mapa y aterrizan en Cuba. Trato de convencerme de que estas personas no son capaces de odiarme ni de adorarme, porque tampoco son capaces de conocerme, y de que, finalmente, nada de esto debe ser tan grave si todavía puede resumirse en un bolero de Celia: “Hasta el día que yo vuelva, siempre seré extranjera, siempre seré extranjera”, me canto y brindo sola.