Feb 05
Se supone que todas las personas tenemos un botón de propulsión situado más o menos al final de la columna vertebral. No es sino mantenerlo presionado por un rato para que el cuerpo ande prácticamente sólo, casi como si pudiera prescindir de la voluntad. Pero ese botón a veces se desgasta o se atrofia y uno tiene que pasar el día como puede, empujado por nadie, y prepararse un sanduche antes de que la gastritis ataque de vuelta. Después seguir: sentarse a trabajar y olvidarse de las cosas tristes. Por estos días hay cosas tristes en serio y cosas tristes de poca monta, y las segundas, que suelen ser consecuencia de las primeras, son las que más atormentan: una frase que no sale, como si fuera tan común que saliera. Y está lo incontrolable: el cielo que se oscurece, un durazno que se cae antes de tiempo, la gata que maulla porque se quedó encerrada en el cuartito de la ropa; la ropa que, con tanta humedad, no se seca y agarra olor. Hay gente ilusa que piensa que con respirar hondo y contar hasta diez ya está. Y que uno puede, no más con quererlo, evadir los ánimos colectivos, la pesadumbre, la soledad y la tristeza que provoca, por ejemplo, una muerte cercana. O un día de mucha lluvia. Como que la oscuridad es un decorado que viene y se va y las gotas en la ventana están para distraernos de la siguiente frase, pero nada más. Me encantaría que por estos días, cuando el botón de propulsión está atrofiado, la lluvia me siguiera pareciendo algo tan bonito. Es sorprendente que no suceda: que los paisajes estén tan determinados por las emociones. Es sorprendente que, a veces, incluso los días conspiren contra la felicidad.
Nov 05
Ema entreabrió los ojos y vio que en la ventana había una ranura muy delgada por la que entraba un rayo de luz. Era un rayo ínfimo, insignificante, tontísimo. No era grave. Pero cuando cerró los ojos sintió que una llamarada le quemaba los párpados, entonces los volvió a abrir. Todo seguía oscuro salvo esa ranurita de nada en la ventana. Se puso la almohada en la cara, se dio vuelta. Sintió que dentro de su cabeza había cosas que se movían. Las neuronas, pensó, y se las imaginó nadando en un mar de vodka con gotitas de limón. Cuando pensó limón dijo “limón”. Le dolía la panza, hacía calor, alguien le pateaba la sien izquierda. Se quitó la almohada de la cara, se apretó las sienes con los dedos, miró a la ventana y la luz de la ranura la encandiló. ¡Maldita luz!, dijo, se levantó y amontonó la sábana delante de la ranura. Volvió a la cama, cerró los ojos y al poco rato sintió de vuelta ese ardor casi lascerante en los párpados. Los abrió y la habitación estaba oscura como una noche sin luna. Los cerró y la habitación estaba brillante como un sol brillante… A esa hora no le salían buenos símiles. Continuará.
Oct 22
En otros tiempos, según se cuenta, las señoritas tenían que hacer un curso intensivo para ser desinhibidas. Hablar con un chico era una prueba de fuego, salir con él un paso arriesgadísimo y darse un beso era prerrequisito de la prostitución. Pero eso fue hace mucho, tanto que ni siquiera mi señora madre ha de registrarlo; ahora las chicas nacen desinhibidas y no serlo es una afrenta a la contemporaneidad. Eso está claro, no es ninguna novedad, ninguna rareza. Es el pan de cada día en bares y cafés que albergan a chicas joviales y alegres que lanzan carcajadas al aire tras dramatizar un orgasmo o bien, describir de sopetón el tamaño descomunal de algún noviecillo. Y ya no se trata de ser desinhibidas sino de ser monotemáticas.
Oct 22
La primera lección que aprendí sobre la belleza fue a los siete años. Yo estaba obsesionada con un libro enorme que tenía todos los cuentos de Hans Christian Andersen. Allí estaba la versión original y trágica de La Sirenita, que incluía una escena en que la madre de Sirenita, mientras la arreglaba para ir a una fiesta, le enterraba unas caracuchas en el cráneo: chorros de sangre mediante. Cuando Sirenita se quejaba del dolor, la madre le largaba la lección: “Sirenita, para ser bella hay que sufrir”. Los efectos de esa máxima en una niñita fea, como era yo, se padecen durante una buena parte de la vida. Pero una lo supera y cree olvidarse hasta que un día como hoy la amable peluquera insiste en hacer rulos en mi pelo escurrido. Y entonces: jala mechones, los enrolla, los ajusta con barritas contra en cráneo y las sienes me palpitan de dolor. “Vas a quedar besha”, dice ella, y me sonríe por el espejo.