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Posteos en ‘La ciudad de la furia (Crítica)’

Fugaz

ago 17

En la calle Bolívar, casi a la altura del Colegio Nacional de Buenos Aires, hay unos andamios. El otro día iba caminando por ahí y vi a una chica trepada a una tabla del andamio, haciendo equilibrio. Hacía esa pose que consiste en inclinar medio cuerpo hacia adelante, desplegar los brazos a modo de alas y alzar una pierna hacia atrás. Esta chica tenía las piernas mas largas que vi jamás. Llevaba una pollerita gris y unas calzas negras, y el pelo le caía a cada lado de la cara, enmarcando su sonrisa. Era una chica preciosa, una especie de criatura mitológica mitad niña, mitad ave. “¡Mirá esto!”, le gritaba la chica a otra chica que la esperaba sentada en la vereda. La otra chica, a quien llamaré Repollo por su complexión física, la miró por un instante impreciso y le dijo “¿que querés que mire?”. Piernas largas no contesto. La pose duro unos diez segundos en los que tembló seriamente un par de veces y sus ojos marrones se llenaron de ese líquido pantanoso y negro que produce el miedo. Esas dos veces imaginé que, si caía, algunas partes de su cuerpo lánguido y liviano se iban a golpear con los hierros de la estructura y, finalmente, su belleza se estrellaría en un golpe fulminante contra la vereda. En esos diez segundos su amiga Repollo, concentrada en algún elemento amorfo constitutivo del aire, bostezó dos veces y se echó hacia atrás, apoyando los codos en la vereda. Piernas se mantuvo esplendida, con sus extremidades dibujando perfectas líneas rectas y su sonrisa ocupándole una buena parte de la cara. En un momento, un mechón delgado de pelo le cayó muy cerca del ojo izquierdo y ella se lo sopló: ahí fue cuando tembló por primera vez. La segunda vez tuvo que ver conmigo, que me había quedado mirándola todo ese tiempo y cuando ella lo notó giro su cabeza hacia mí; ese temblor fue mas violento, pero lo superó y volvió a su pose rígida, aunque graciosa, para completar dos segundos más. Después bajo su pierna larga y descansó. Entonces su cuerpo se encorvo como un garfio. Su boca, en ausencia de sonrisa, se volvió una línea curvada hacia abajo que le daba una expresión tristísima. Dio un salto para bajar del andamio y cayó, torpe, en la vereda. Se estiro la pollerita y le dijo a Repollo: “¿Vamos?” Las vi alejarse, toscas, desgarbadas. Me puse reflexiva y formulé mentalmente tres ideas: 1) tendríamos que poder conformarnos con lo bello aunque sea efímero; 2) la evolución lógica de la belleza suma es la fealdad extrema; 3) dos segundos, a veces, es todo lo que se necesita para atravesar el límite. Lance un suspiro, decepcionada, y seguí mi camino.

Ventanas

abr 17

Hay casas que son muchas casas, están en esos edificios con patio interior al que miran todas las ventanas. En Buenos Aires he visto un par, en uno de esos vive mi amiga Tamara. Es un lugar elegante y por eso llama la atención la ausencia total de privacidad. Más raro es que todos se ven pero nadie interactúa. Tamara y yo nos sentamos en su living a tomar el té, por ejemplo, y por la ventana se ven las ventanas de enfrente; nos acercamos un poco más y vemos las de arriba y las de abajo. Todas están llenas, siempre pasa algo. Hay una chica que practica el violín cada tarde y hace un ademán tembleque cuando arranca. Hay dos viejas emperifolladas que juegan cartas y comen masitas. Hay un chico que estudia acodado en la ventana y Tamara dice que si tuviera quince años más le saltaría encima. Hay una jaula con un pájaro al que una nena alimenta con salchicha. Tamara no sabe los nombres de nadie. Cree que la nena se llama Violeta porque su hijo Pablo la mencionó el otro día: “Violeta es disexual” le dijo. “¿Quién es Violeta?”, preguntó Tamara. Él le dijo que la del 4–k. Cada tanto voy a visitar a Tamara; ella fuma y habla de lo de siempre: de su divorcio. Yo miro las ventanas de afuera y pienso tonterías, como que esas personas conforman un elenco de actores y, salvo la chica del violín, sus partes deben transcurrir en silencio. Siempre caigo en la tentación obvia de imaginar que un día alguien va a salirse del guión y a dañarlo todo. A perturbar esa convivencia acética y silenciosa. A gritar por la ventana: ¡Violeta es disexual!, o alguna otra cosa. Pero eso no sucede. Llevan allí más de un siglo: las ventanas, digo; y la idea de que la vida transcurre de adentro para afuera y se enmarca en un solo plano. Tamara, cuando nota mi interés desmedido por su vecindario, me dice que no me haga ideas: que a la noche cambia el panorama, cambian los personajes, se banaliza la escena. En lugar de la violinista hay un nenito jugando al play, y el violín yace apabullado detrás del sillón; en la mesa de las viejas hay un florero horroroso; en lo del chico lindo hay también una chica linda que se lo come a besos; en la ventana del pájaro ya no está Violeta sino sus padres haciendo la sobremesa: él se fuma un puro y ella se toma una copita de oporto. “¿Cómo sabes que es oporto?”, le pregunto. Tamara alza los hombros… Y en su ventana, continúa, aparece ella con su eterno cigarrillo y mira el patio vacío, oscuro como un pozo sin fondo. Allí se queda hasta que se hace tarde y todos, uno a uno, van cerrando las cortinas.

Aparición

oct 26

Teo y yo transitábamos por la Costanera Sur, rumbo a una cena a la que nos habían invitado. En el camino el paisaje humano era el siguiente: señoritas y señoritos ejerciendo –con la sonrisa bien puesta, la panza adentro y el culo afuera–, el oficio generoso de ser putos y putas. Nos paramos en una intersección para decidir hacia dónde doblar y vi que se nos acercaba un señor negro con afro y grandes pechos de silicona, que sólo llevaba puesta una bombacha azul con estrellitas, como la de la mujer maravilla. El hombre venía meneando sus tetas hermosas, descomunales, y desprovistas de abrigo, en un baile carioca: “Brasil, lalalalalalalala”, movía los hombros hacia delante y hacia atrás. Quisimos seguir andando pero el hombre se nos plantó enfrente y ahora se ponía las manos en la cintura y hacía ese paso que consiste en simular un remolino con las caderas y bajar hasta casi tocar el piso. Cuando el tipo bajaba se le marcaban todos y cada uno de los músculos que deben marcarse en un cuerpo para considerarlo perfecto. Teo le hizo cambio de luces para que se quitara del medio y el hombre entendió que debía ponerse de espaldas, alzar los brazos y pasar a la lambada; Teo sonó la bocina y el hombre se dio una voltereta de media luna y, tras un saltito muy ágil, terminó sentado en el capó jadeando de cansancio. “Gracias, señor, pero tenemos que seguir”, le dijo Teo por la ventanilla, y el carioca nos miro sonriente: su cara, ciertamente, no era tan agraciada como su cuerpo y de adolescente debió haber sufrido mucho por el acné; pero la sonrisa que tenía el morocho superaba con creces sus tetas firmes, su agilidad y hasta sus dotes histriónicas. A mí me pareció estaba frente a una aparición divina, que sobre nuestro capó posaba el culo una musa de la noche porteña, iluminada por la luz de un puestito de choripán del que salía un humo espeso y una cumbia mal sintonizada. A un lado de la musa se veían los edificios de Puerto Madero, enterrando sus cabezas en las nubes; al otro lado el río sucio y oloroso, y otras musas tomando por sorpresa a sus potenciales clientes. Miré al carioca acomodándose sus botas y su bombacha de estrellas; lo vi sacudir la cabeza, quizá para sacarse el sudor, quizá para olvidarse rápidamente de otro intento fallido. Lo seguí mirando embelezada cuando arrancamos el auto y él hizo una elegante reverencia a nadie, y después, cuando, caminando muy erguido, se volvió con su sonrisa a la vereda.

Pobre viejo

ago 26

Desayuno en la barra de un bar; un señor a mi lado toma café, lee el diario y niega con la cabeza. Es un señor muy viejo, tiene casi tantas arrugas en la cara como en su saco azul. El viejo le dice al que atiende la barra que no hay nada más triste en el mundo que ser viejo. Y se sonríe, no tiene dientes. “Eso no es cierto, viejo, yo lo veo muy contento todas las mañanas”. El viejo asiente sin quitarse la sonrisa, después dice que no le queda otra, pero que él muchas veces ha pensado que ya está bien, que la vida es muy larga, que ya quiere morirse: “Pero, mirá si me pasa como a éste”, el viejo señala una notita en el diario que dice “Mala suerte, se pegó seis tiros y no murió”. El de la barra la lee en voz alta, es sobre un viejo de 84 años que quiso matarse vaciándose un revólver en la cabeza y en la panza, pero no se murió porque el revólver era muy antiguo. Cuando termina de leer niega con la cabeza y dice “pobre viejo”. El viejo del saco asiente y vuelve a tomar café. Yo me lo quedo mirando, tiene los ojos fijos en el fondo de la taza, concentrado, cualquiera diría que está leyendo su propia borra. Los ojos se le cierran lentamente, la cabeza se le inclina a la misma velocidad y cuando su frente está a punto de golpear el borde de la barra se levanta de pronto y endereza su espalda. Se toma de un sorbo el restito de café helado que queda en su taza, frunce su cara fruncida como si acabara de zamparse un tequila y pide otro café. El de la barra se lo sirve y le encima una medialuna. “¿Está blanda?”, pregunta el viejo y el otro asiente. El viejo parte un pedazo con sus manos temblorosas y se lo pone en la boca. Chupa, no mastica. Toma café. Agarra el diario y pasa de largo “País”, “Mundo”, “Sociedad”, “Pekin 2008”, “Cultura”, “Deportes”, cierra el diario. “Pobre viejo”, susurra. “¿Qué?” le dice el hombre de la barra y se da vuelta para escucharlo mejor. El viejo busca otra vez la nota del suicidio fallido y la señala: “Mirá si me pasa como a éste”, dice, como si fuera la primera vez que lo dijera, y muestra su sonrisa sin dientes.

El señor de los muñones

jul 15

Cuando tomo el tren rumbo a Retiro, a veces me encuentro con el señor de los muñones –así le llamamos algunos pasajeros frecuentes, ya que ha sido difícil averiguar su nombre. Este hombre no tiene filo por ningún lado visible en el cuerpo: los pies son redondos porque no tiene dedos, la cabeza también porque no tiene orejas ni nariz ni labios ni barbilla. Tampoco tiene brazos y los ojos son un par de ranuras sin pestañas. Es lo más parecido que vi a una bola de carne. Lleva siempre una bolsita para la limosna colgando del cuello y cuando intenta decir algo, supongo que “moneda”, lo que le sale es un gruñido; me parece que tampoco clasificó para dientes. Y tiene una idea un poco sobrestimada de la proxemia: va por los pasillos intentando hacerse entender; a veces, acaricia con su muñón las caras aterradas de los pasajeros que van sentados. Hay algunos osados que se apartan cuando el tipo los aborda, hay otros que se congelan. Una vez vi a una chica entrar en pánico, cerrar los ojos y echarse a llorar desconsolada, mientras el pobre hombre, en su lenguaje particular, intentaba tranquilizarla. No podría asegurarlo pero parecía querer abrazarla. Hay gente que dice que es un pervertido, solamente porque a veces lleva el pantalón desabrochado y se le alcanza a ver un poco de pellejo de algo que, dadas sus condiciones fisionómicas, jamás podríamos saber de qué se trata. Una mañana vi a un rubito de traje sacarse su iPod para decirle al empleado de TBA: “¡Por favor, sáquenlo, basta de terrorismo!” Y tuvo coro. A veces cuando el señor de los muñones se sube a tren se genera todo un debate: si hay que darle limosna, si hay que prohibirle tocar a los pasajeros, si hay que enseñarle a decir moneda, si hay que entregarlo a un hospital para que lo cuiden hasta que muera, si lo mejor es que se muera. Hace unos días lo encontré en la estación Lisandro de la Torre, estaba en cuclillas y lloraba, o eso me pareció. Me hubiera encantado hacer algo que excluyera la obviedad de ofrecerle un pañuelito. Puse un billete en su bolsita y me sentí tan idiota. El señor de los muñones alzó la cara, hizo una mueca indescifrable y gruñó. Quizá dijo “gracias” o “me llamo Juan” o “el mundo es una mierda” o “perdón”. Quizá sólo eructó. Pero supongo que da igual, que a quién le importa.

Tarde gris en el Brighton

jul 15

Esta última semana podría resumirse perfectamente en una sucesión de días grises y lluviosos, y en ganas de tomar vino. Lo del vino suele repetirse, es verdad, y a medida que pasan los años muta, por ejemplo, en ganas de tomar whisky. Y si nos ponemos muy sinceros también podríamos decir que hay días de días en que la vida se complica y el clima la acompaña y, supongamos, pisas mierda de perro con tus zapatos nuevos, o viejos, qué importa –mierda es mierda al fin y al cabo–, y el caso es que hasta el Activia te pide un chorrito de vodka. Así anduvo la ciudad la última semana, y yo también. Caminaba por la calle y leía en las caras de la gente, envuelta prematuramente en sus pullovers, la frase “me quiero entonar al son de una canción francesa”. Porque así de específicas pueden ser las caras de la gente. Hasta que un día, mientras trataba de elegir mi propia canción francesa y un paraguas de dos pesos en un puesto del microcentro –por que otra vez se había largado el aguacero–, me encontré con un lugar en el que querría pasar muchos días grises y tomar muchos vinos tintos: el Café Brighton. Pura madera, arañas colgando del techo, espejos y más espejos. Los meseros llevan un corbatín bordó que hace juego con el mobiliario y ejercen su oficio en el Medioevo mismo: “¿Otra copa de vino, madame?”. “Oui”. Ya sé que el Brighton es inglés, pero qué me importa. Esa tarde el lugar estaba casi vacío. Aparte de mí, había un par de tipos empapados de lluvia y acento british. Todavía ni se olía el after office. Pero los lugares nobles, como éste, se bastan solos. Mientras los british pedían un par de cervezas y su correspondiente picadona, el pianista, como si me hubiese leído el pensamiento, empezó a tocar una de Edith Piaf. Yo sólo lamenté no haber nacido cien años antes, y no llevar puesto un vestido largo con abertura pronunciada, para apoyarme en el piano, ladear la cabeza y cantar bajo la luz de un reflector que resaltara el carmín de mi labial y ese lunar falso que, de haber vivido en esa época, me habría tatuado. Y, pese a que afuera el cielo siguió derramando sobre Buenos Aires sus colores tristes, ese día pasó a ser otro y yo me pasé al champagne.

Desvanecer

jul 14

Hay una luz increíble que aparece cuando sol se está poniendo y el hollín flota en el aire. El hollín siempre flota en el aire, pero a esa hora lo miro más porque me aburro y pienso que todavía falta un rato para que Teo llegue a casa –lo que en sí mismo no es grave ni doloroso, si no fuera porque todavía faltan años para que el hecho de mirar yo sola las series grabadas no sea considerado alta traición. A esa hora, entonces, salgo a comprar lo que haga falta para la cena y, si el clima lo permite, me siento en el banco de algún parque a leer o a fingir que reflexiono de cara al firmamento, pero en realidad sólo me maravillo ante el milagro del hollín. En esas estaba ayer cuando vi transcurrir muy cerca una escena digna de ser colgada en Youtube bajo el título: “Desvanecer”. No tiene mucho que ver con la escena, pero me gusta esa palabra. Una nena de unos once años y cara caqui de la mugre apoyaba la cabeza en las piernas extendidas de un chico de unos quince, que le decía: “Chupá, pero no tragués”. La situación me pareció tenebrosa, me levanté del banco para impedir lo que estuviera por suceder, porque, pensé, el mundo merece de mí más que una reflexión de cara al firmamento. Pero entonces me di cuenta de que el chico sólo estaba enseñándole fumar. No debería ser tranquilizador, pero lo fue. Volví al banco. Desde allí vi como la nena chupaba y tosía, chupaba y volvía a toser. Y vi también que detrás de ellos había una valla de Lucky Strike con una mujer vestida de blanco y rojo que botaba una humarada espesa por la boca; a su lado, una viñeta: “Soy una chica Lucky”. Hasta yo pensaría que ese cartel es una escenografía que inventé para mi pequeña escena de Youtube, pero juro que no. Luego descubriría que mi heroína impúber y su galán patisuelto habían escogido ese lugar estratégicamente para proceder con el entrenamiento, porque no bien ella aprobó la primera lección –chupó y no tragó–, levantó medio cuerpo y mirándolo de frente le preguntó: “¿Ahora soy una chica Lucky?”. Él le sacó el cigarrillo de los dedos, ella se quedó expectante y muda. El chico asintió y fumó. La nena le sonrío contenta y volvió a apoyar la cabeza en sus piernas. Él se inclinó sobre su cara y largó una bocanada que los envolvió.