Ambición
Mar 10
Se llama Luisa como su madre pero se parece a su papá. Eso se lo han dicho siempre, toda la vida, y no en el buen sentido: su madre fue de joven algo así como una aparición divina. Una mujer bella, bellísima, que se casó con un hombre bueno y honesto, pero más feo que un perro tuerto. Y Luisa salió a él. Pero eso mucho no viene al caso, más que para decir que por estos días Luisa va a trabajar por primera vez en una empresa y está muy preocupada por su apariencia. En su nuevo trabajo, la apariencia es importantísima, eso le han dicho. Luisa, que recién cumplió veintidós, no califica todavía para ser una de esas ejecutivas de alto rango, pero tampoco va a estar escondida detrás de una ventanilla dando información de mala gana y prestando biromes mordidas. No: Luisa va a ser una empleada intermedia, tipo asistente de recursos humanos. Y, sobre todo, Luisa piensa ascender rápidamente. Por eso se preocupa tanto por su aspecto y compostura; de ahora en adelante, Luisa deberá tragarse con el desayuno su píldora diaria de buena presencia. Sus padres, por supuesto, están contentos: su hija es una joven emprendedora que quiere trabajar. Pero les preocupa un poco la cantidad de ideas y hábitos que vienen con el trabajo y los jefes y el sueldo y las compras a plazos de objetos suntuosos. Ellos no son personas muy apegadas al dinero, al contrario, siempre han procurado tener lo indispensable para vivir decentemente y ya está. Pero Luisa parece poseída por el espíritu mismo de Adam Smith. Sus preocupaciones actuales tienen que ver con el ahorro, la inversión y el sistema crediticio que más le conviene para comprarse “sus cosas”. “¿Qué son ‘tus cosas’?”, pregunta su bella madre, preocupada, cuando la escucha hablar con ese dejo de avaricia. Y Luisa enumera objetos que su madre nunca escuchó: iPod, iPhone, iPad… “Al menos se la ve comprometida”, la disculpa su papá. Sí: con el señor Apple, con la tecnología de punta, con la mano invisible. Durante la cena, Luisa hace cuentas en voz alta, habla de porcentajes, préstamos e intereses: proyecta su perfil financiero de acá a diez años. Luisa cree que el mundo entero se paga en diez cuotas sin interés. Luisa es esa niña con el cántaro de leche en la cabeza, camino al mercado, que planea cambiar la leche por huevos y los huevos por pollos y los pollos por lechón y después vaca y después ternero y después dinero y más dinero. A Luisa, niñita poco agraciada, le gusta el dinero: mucho le gusta. Su papá –dudoso, asustado– dice que “eso no es necesariamente algo malo”. No, es sólo ambición: para unos la ambición es un impulso, para otros una carga; para unos y otros, casi siempre, termina con un cántaro de leche destrozado.