La garrapata
Mar 17
El otro día alguien me contó sobre la vida de la garrapata. Era un relato precioso que no podría reproducir, porque dependía de la gesticulación y la emoción que se percibía en la voz del narrador –y del rayo de sol que entraba por la ventana para iluminar su cara pálida, subiendo y bajando como un yoyó, con la cadencia de sus palabras. Estaba tan conmovido con la vida chata y triste de la garrapata que en un momento empezó a largar risitas nerviosas, como cuando uno se emociona mucho con lo que dice y para no quedar como vanidoso intenta ridiculizarse. Pero no lo consiguió: ridiculizarse, digo; más bien consiguió que los presentes lo miráramos de una manera distinta: como a un sabio poeta del mundo de los ácaros. Y el asunto es más o menos así: la garrapata nace en la tierra, donde su madre pone los huevos antes de morir; el momento de poner los huevos, en las garrapatas, es también el momento previo a su muerte (linda metáfora). Después, cuando tiene hambre, la garrapata trepa lentísimamente hasta la hoja de un árbol –es ciega, distingue los árboles por la textura del tronco, aunque a veces se equivoca y se trepa a un mísero arbusto– y, una vez instalada allá arriba, espera. Eso es lo que hace la mayor parte de su vida: esperar. ¿Y qué espera? Que pase un mamífero para dejarse caer sobre su lomo y chuparle la sangre. Sabrá que es un mamífero por el olor; en eso –en distinguir los olores– parece que las garrapatas son las mentoras de Jean-Baptiste Grenouille, por decir lo menos. Muchas veces, cuando una garrapata se deja caer sobre un mamífero, no atina y se desparrama en el piso. La mayoría de las veces es despachurrada de un pisotón. Pero cuando atina, se hace camino rápidamente entre los pelos del lomo, hasta que encuentra el pellejo, se adhiere y chupa. Al cabo de unos días, si sobrevive a las rascaduras del animal que la aloja, se deja caer otra vez a la tierra y pone sus huevos. Después, está dicho, muere. En toda su vida la garrapata tiene que hacer eso mismo tres veces: dos cuando es joven, una cuando es adulta y pone los huevos. Y ya está. Su vida es la puesta en escena de la torpeza y la inutilidad. Su vida es la puesta en escena de la fragilidad del ecosistema, donde hay unos que dependen tan extremadamente de otros. Su vida es, simple y llanamente, lastimera. Y eso, al narrador oral de esta historia, lo conmueve profundamente. Mientras sube y baja su cara como un yoyo, los otros lo seguimos: en un ejercicio contemplativo del éter, imaginamos millones de garrapatas cumpliendo su ciclo de vida: de la tierra a la hoja, de la hoja al lomo, del lomo a la tierra y a la hoja… y, así, por los siglos de los siglos.