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Posteos en ‘La ciudad de la furia (Crítica)’

La garrapata

Mar 17

El otro día alguien me contó sobre la vida de la garrapata. Era un relato precioso que no podría reproducir, porque dependía de la gesticulación y la emoción que se percibía en la voz del narrador –y del rayo de sol que entraba por la ventana para iluminar su cara pálida, subiendo y bajando como un yoyó, con la cadencia de sus palabras. Estaba tan conmovido con la vida chata y triste de la garrapata que en un momento empezó a largar risitas nerviosas, como cuando uno se emociona mucho con lo que dice y para no quedar como vanidoso intenta ridiculizarse. Pero no lo consiguió: ridiculizarse, digo; más bien consiguió que los presentes lo miráramos de una manera distinta: como a un sabio poeta del mundo de los ácaros. Y el asunto es más o menos así: la garrapata nace en la tierra, donde su madre pone los huevos antes de morir; el momento de poner los huevos, en las garrapatas, es también el momento previo a su muerte (linda metáfora). Después, cuando tiene hambre, la garrapata trepa lentísimamente hasta la hoja de un árbol –es ciega, distingue los árboles por la textura del tronco, aunque a veces se equivoca y se trepa a un mísero arbusto– y, una vez instalada allá arriba, espera. Eso es lo que hace la mayor parte de su vida: esperar. ¿Y qué espera? Que pase un mamífero para dejarse caer sobre su lomo y chuparle la sangre. Sabrá que es un mamífero por el olor; en eso –en distinguir los olores– parece que las garrapatas son las mentoras de Jean-Baptiste Grenouille, por decir lo menos. Muchas veces, cuando una garrapata se deja caer sobre un mamífero, no atina y se desparrama en el piso. La mayoría de las veces es despachurrada de un pisotón. Pero cuando atina, se hace camino rápidamente entre los pelos del lomo, hasta que encuentra el pellejo, se adhiere y chupa. Al cabo de unos días, si sobrevive a las rascaduras del animal que la aloja, se deja caer otra vez a la tierra y pone sus huevos. Después, está dicho, muere. En toda su vida la garrapata tiene que hacer eso mismo tres veces: dos cuando es joven, una cuando es adulta y pone los huevos. Y ya está. Su vida es la puesta en escena de la torpeza y la inutilidad. Su vida es la puesta en escena de la fragilidad del ecosistema, donde hay unos que dependen tan extremadamente de otros. Su vida es, simple y llanamente, lastimera. Y eso, al narrador oral de esta historia, lo conmueve profundamente. Mientras sube y baja su cara como un yoyo, los otros lo seguimos: en un ejercicio contemplativo del éter, imaginamos millones de garrapatas cumpliendo su ciclo de vida: de la tierra a la hoja, de la hoja al lomo, del lomo a la tierra y a la hoja… y, así, por los siglos de los siglos.

Adrenalina

Mar 15

Las manos al frente, estiradas, palmas mirando al piso, tiemblan: “Uh, qué miedo”. Esta escena se detiene acá y vamos hacia atrás, cuando empieza todo: una chica y un chico, compañeros de oficina, entran a un bar del centro. El mesero, uno de esos muchachitos lánguidos e inexpresivos, desfila por el patio y los mira de soslayo: “¿Sí?” ¿Si qué?, piensa T, el chico, y empuña la mano, la estira, la empuña, la estira. “Mesa para dos, ¿puede ser?”, dice N, la chica. El mesero camina hacia una mesa vacía, pero parece deambular por el probador de vestuario, en el instante previo a su salida a un desfile de Alexander McQueen (qepd). Ubica a los chicos en una mesa y piden tragos: dos cuba libre. N habla de otro compañero: se concentra en los aspectos negativos de su carácter y de su cara. T, disperso: está en uno de esos días en que necesita un poco más de adrenalina. En su trabajo nunca lo consigue, hay compañeros que no saben ni pronunciar esa palabra. El mesero se acerca y dice que van a cerrar el patio, que pueden terminar su trago en el primer piso. “Pero si acabamos de llegar”, dice T, con los dientes apretados. N –que nunca había salido sola con T– piensa que es uno de esos chicos que, ante la menor provocación, reaccionan de manera agresiva: pero es una pose, seguro que después no es capaz de mantener ese puñito apretado y su mano se vuelve blanda y fría como un soufflé. El mesero pestañea, y en ese gesto se demora un instante demasiado largo, que genera más tensión en el ambiente. “Cerramos en cinco”, insiste y gira la cabeza simulando arrastrar una pesada melena invisible. Mientras se aleja, T se levanta de la mesa y dice con voz grave: “¿Cinco qué?”. Y el mesero, sin mirarlo siquiera, contesta: “Segundos”. N tiene que detener a T para que no se lance sobre él. T insiste en que podría derribarlo: “Es más flaco que Kate Moss”. Y era cierto. Pero N le dice que no vale la pena hacer un escándalo por un tipito que confunde su trabajo con una pasarela. T asiente, se encaminan al primer piso; pero entonces el meserito les pasa por al lado y T se le atraviesa en el camino, parándolo en seco. Primero se miran sin decirse nada. Después T levanta su vaso y, como en una escena de cantina de un programa de tele muy antiguo –tipo Cold Cyber–, lo deja caer: “Ups”. Y el mesero “Te voy a cagar a patadas” Y T: “Uh, qué miedo”. La escena siguiente transcurre en una vereda helada: par de linyeras duermen tapados con cartones y T, adolorido en las costillas, está sentado en el pretil de un edificio. N lo ha abandonado. Un portero se le acerca sospechoso, debe suponer que es un vagabundo. T se aleja buscando una avenida. Renguea, sonríe. La calle está oscura, el frío se le mete en los huesos y le hace doler.

Ambición

Mar 10

Se llama Luisa como su madre pero se parece a su papá. Eso se lo han dicho siempre, toda la vida, y no en el buen sentido: su madre fue de joven algo así como una aparición divina. Una mujer bella, bellísima, que se casó con un hombre bueno y honesto, pero más feo que un perro tuerto. Y Luisa salió a él. Pero eso mucho no viene al caso, más que para decir que por estos días Luisa va a trabajar por primera vez en una empresa y está muy preocupada por su apariencia. En su nuevo trabajo, la apariencia es importantísima, eso le han dicho. Luisa, que recién cumplió veintidós, no califica todavía para ser una de esas ejecutivas de alto rango, pero tampoco va a estar escondida detrás de una ventanilla dando información de mala gana y prestando biromes mordidas. No: Luisa va a ser una empleada intermedia, tipo asistente de recursos humanos. Y, sobre todo, Luisa piensa ascender rápidamente. Por eso se preocupa tanto por su aspecto y compostura; de ahora en adelante, Luisa deberá tragarse con el desayuno su píldora diaria de buena presencia. Sus padres, por supuesto, están contentos: su hija es una joven emprendedora que quiere trabajar. Pero les preocupa un poco la cantidad de ideas y hábitos que vienen con el trabajo y los jefes y el sueldo y las compras a plazos de objetos suntuosos. Ellos no son personas muy apegadas al dinero, al contrario, siempre han procurado tener lo indispensable para vivir decentemente y ya está. Pero Luisa parece poseída por el espíritu mismo de Adam Smith. Sus preocupaciones actuales tienen que ver con el ahorro, la inversión y el sistema crediticio que más le conviene para comprarse “sus cosas”. “¿Qué son ‘tus cosas’?”, pregunta su bella madre, preocupada, cuando la escucha hablar con ese dejo de avaricia. Y Luisa enumera objetos que su madre nunca escuchó: iPod, iPhone, iPad… “Al menos se la ve comprometida”, la disculpa su papá. Sí: con el señor Apple, con la tecnología de punta, con la mano invisible. Durante la cena, Luisa hace cuentas en voz alta, habla de porcentajes, préstamos e intereses: proyecta su perfil financiero de acá a diez años. Luisa cree que el mundo entero se paga en diez cuotas sin interés. Luisa es esa niña con el cántaro de leche en la cabeza, camino al mercado, que planea cambiar la leche por huevos y los huevos por pollos y los pollos por lechón y después vaca y después ternero y después dinero y más dinero. A Luisa, niñita poco agraciada, le gusta el dinero: mucho le gusta. Su papá –dudoso, asustado– dice que “eso no es necesariamente algo malo”. No, es sólo ambición: para unos la ambición es un impulso, para otros una carga; para unos y otros, casi siempre, termina con un cántaro de leche destrozado.

Estos tiempos

Mar 08

Hubo un tiempo en que todas las personas hablaban de enfermedades. No necesariamente de enfermedades graves, podían referirse a un uñero, o a una infección gastrointestinal, o al estrés –el estrés tuvo su gran momento. Antes de las enfermedades, hubo un tiempo en que todas las personas hablaban del amor. O del desamor. Todos tenían una opinión: “Hay que escapar de las personas inestables, incluso si parecen buenas”; “Hay que elegir a alguien, mudarse juntos y alquilar películas: en eso consiste la vida…”. Eran opiniones categóricas que solían expresarse a la hora del almuerzo, en bares y cafés. Pero ése era el tiempo del amor, y después, decía, vino el de las enfermedades; los días consistían en recibir llamadas y enterarse de la salud ajena: y no de la buena; o en escuchar en medio de la cena la palabra ibuprofeno, la palabra prozac, la palabra linfoma. En las películas, a veces, los dos temas se mezclaban: Todo por amor, Philadelphia, El paciente inglés… Eran los noventa, amor y enfermedades iban bien en la pantalla. Y no había nada que hacer, salvo sentarse a esperar a que vinieran otros tiempos. Ahora todo consiste en ser sano, en no contaminarse; la gente está embarcada en un proceso constante de desintoxicación: “Soy macrobiótico, no tengo tele”. Los que no tienen tele son internéfilos: bajan películas y las miran en la computadora; y eso es como una bandera, un grupo de pertenencia que tiende a crecer. Ya nadie zappea, ahora “bajan”, cada tiempo viene con su jerga. Si uno googlea la frase “no tengo tele” –así, con comillas, para restringir la búsqueda– salen unos 500 mil resultados en 40 segundos. Hay blogs que se llaman así: “Notengotele”; hay miles de post y notas y artículos y declaraciones explosivas de artistas, productores, músicos, jueces que dicen “no tengo tele ¿y qué?”; hay millones de comentarios que les contestan “yo tampoco”, o “¿qué de qué?”; hay un grupo en Facebook que se llama “No tengo tele en casa y soy feliz”. Quizás, alguna vez no tener tele fue considerado algo excéntrico y esnob –hay gente a la que le gustan las palabras excéntrico y esnob: es gente retro–, pero ya no más. Ahora es un movimiento masivo, una moda, una cosa bien vulgar. Yo no tengo tele y no me siento especialmente temeraria por eso. Bueno, les juro que hay personas que sí: lo dicen en voz alta, lo escriben en su Twitter, lo estampan en remeras. Son los protagonistas de su tiempo, estos tiempos banales que transcurren. Pero vendrán otros, ya verán que sí, es lo que suele pasar.

Primer día de clases

Mar 01

Era el primer día de clases del año 87 y mi papá nos levantaba a mis hermanos y a mí con un clásico mecanismo de tortura: abría la persiana y el sol nos pegaba cachetazos en la cara. Mi papá no: mi papá nos daba besos y predecía cosas increíbles que nos pasarían en el día. De todas formas, a mí esa mañana no había que imprimirme más entusiasmo del que ya tenía: ese año pasaba del preescolar a la primaria y era todo un acontecimiento. No pude ni desayunar porque me ardía la panza del nervio, y mi madre, temiendo que muriera de inanición, me preparó una copiosa merienda: un par de sánguches de mortadela, jugo de mango en termito y budín de pan para el postre. Antes de llegar al colegio, me planché muchas veces con las manos la falda de mi uniforme nuevo… Nuevo es un decir: antes había sido de mi hermana y antes de mi otra hermana y antes de la otra –soy la menor de cinco, para mí estrenar significaba heredar cosas remendadas. En el colegio había decenas de niñitas vestidas como yo: jumper a cuadros, zapatos rojos bien lustrados y cola de caballo tan estirada que nos achinaba los ojos. La directora nos recibió con un discurso emotivo que consistía en convencernos de que nunca jamás ocurriría en nuestras vidas algo más importante que empezar el colegio. Ese día, con seis años de existencia y un dolor punzante en las sienes por el bendito peinado, me fue comunicado que mi vida cambiaría: y que eso significaba ir al colegio. Recuerdo bien a quiénes tenía al lado: a K, que sería mi mejor amiga ese año; a F, que sería mi mejor amiga por muchos años; a L, que sería mi amiga entre los 13 y los 16, cuando nos pelearíamos por un chico. Esa mañana ocupé mi pupitre, abrí mi cuaderno y escribí la fecha en la esquina superior derecha; lo mismo haría cada mañana de clase durante los años siguientes, muchos años. Vendrían días más y menos insulsos, más y menos trascendentes: era el principio de algo que, como tantas cosas, sólo se entiende por acumulación. Entonces, ya casi llegando al final, se produciría la revelación: nunca jamás me pasaría algo más importante que empezar el colegio. Desde entonces, cada vez que, como hoy, otros tienen su primer día de clases, me pasan tres cosas: 1) Siento envidia por los que aún no descubrieron que empezar algo es empezar a terminarlo; 2) Siento pena porque, mientras lo descubren, pasarán años sin saber que lo que les está pasando es lo mejor que les pasará; 3) Siento alivio porque, cuando lo descubran, serán iluminados por una epifanía, que los hará sentir pena y envidia por los que todavía viven en esa bruma placentera. Feliz año escolar, inocentes blancas palomitas.

Los niños de la cuadra

Feb 25

En el barrio donde vivo las calles se inundan –aunque eso no es ninguna originalidad. Pasa cuando llueve mucho o cuando sopla un viento que hace que el río se crezca y se desborde: entonces vomita arroyos. Uno de estos días que llovió se fue la luz y había poco que hacer, salvo mirar por la ventana. Eso hicimos Teo y yo, y pusimos la radio por si anunciaban alguna alerta de color desconocido. Afuera los niños de la cuadra chapoteaban con sus pantaloncitos remangados. El agua les llegaba a la cintura y jugaban a nada, a mojarse. Uno de los chicos sacó un gomón de su casa y todos se encaramaron. Iban apretados, se mataban de risa. A otra gente, ya se sabe, el agua de estos días no le hizo tanta gracia. Pero para los niños de la cuadra la lluvia era una fiesta. Ellos viven en un lugar que, en los días secos, es un barrio como cualquier otro de los del norte de la provincia: sus casas bajas, sus plátanos altísimos, sus tipas que escupen. Nada muy salido del esquema. Pero cuando llueve como en estos días, la calle se hace río, los gatos peces, los autos lanchas, el aire un pañuelo húmedo que lo arropa todo. Y huele, el agua de la cuadra huele. A fango o a remolacha hervida, que para mí es lo mismo. El día del gomón los niños de la cuadra encontraron un gato medio muerto: se había quedado atascado en una rejilla. El gato parecía en sus últimas, pero igual se lo llevaron. Yo justo los vi pasar bien cerca de mi ventana cuando el dueño del gomón alzaba al gato desgonzado como un trofeo: “¡El arca de Noe!”, gritaba. En la radio, mientras tanto, pasaban más noticias de la lluvia: que arrasó con la mercadería de Liniers, que fundió el motor de varios autos en Pacífico, que levantó el piso de un local de ropa en Rivadavia, que le reventó las várices a una anciana de Núñez, y que iba camino al hospital. La disociación era vergonzosa. “…Lo perdí todo”, decía un hombre en la radio, y los niños de la cuadra abrían la bocaza al cielo para tragarse el agua: “Mmm”, se saboreaban. “Tuve que evacuar la casa, se me quedó todo adentro…”, sollozaba una mujer de una villa inundada; y los niños de la cuadra hacían olas con las manos, lanzaban al gato por los aires, saltaban del gomón y volvían a subirse largando carcajadas. Eran felices de esa manera impúdica y escandalosa en que suelen ser felices los niños: cuando todavía el mundo te importa nada, y no hay que pedirle disculpas a nadie. La lluvia paró varias horas después: los niños de la cuadra reposaban en la vereda, acariciados por un sereno tibio. En medio de la calle ya más playa, el gomón desinflado le servía de cama al gatito dormido, o muerto.

Una muerte

Feb 23

Una vez asistí a la muerte de alguien. No era nadie cercano; una señora muy flaquita a la que le habían sacado muchas cosas de adentro: los intestinos, un riñón, el útero… Había quedado como una bolsa vacía a la que se le pegan las paredes del plástico. La señora vivía en un lugar insalubre y, según los médicos, unos bichos malísimos le habían crecido en la panza y se la habían comido toda. Yo estaba en la guardia por un dedo que me había machucado con una puerta, y el médico, que era amigo, me hizo entrar donde estaba la señora agonizante, conectada a una máquina; no porque quisiera mostrármela, supongo, sino porque ahí se le había quedado el recetario. La señora tenía los ojos abiertos, hondos y amarillos como el helado de sambayón. Le pregunté al médico si lo amarillo indicaba alguna falla en el hígado. El asintió un poco burlón, como pensando para sí: la nena vio un capítulo de Dr. House y se cree que puede hacer diagnósticos. Pero después supe que era cierto, la mujer tenía el hígado hecho un ripio porque se daba con un menjurje a base de morfina, que le había preparado un tal médico naturista. Y, por eso, también se lo sacaron. Total, que ahí estaba yo, con el médico y su recetario y mi dedo machucado, viendo como ese resto de persona –una costura atravesándole la panza–, se moría. El médico practicaba su caligrafía caótica en el recetario, con una tranquilidad obscena pero natural, mientras que la máquina hacía un ruidito que no era el “bip–bip” de las películas, sino un hipo o un eructo repetido. El médico me dijo que antes habían tenido que sacar a la hija del cuarto porque estaba decidida a ahogarla con una almohada: “Para los familiares lo más duro es la agonía”, explicó en ese tono en el que habría recitado una frase de Confucio. Yo pensé que para los familiares lo más difícil era todo, y todavía más el hecho de no poder aplastar con una almohada la cabeza de sus casi muertos para acortarles el sufrimiento. “¿Cuándo se va a morir?”, pregunté. El médico alzó los hombros: “A algunos les toma días, a otros segundos”. Y al poco rato de decir eso la máquina largó un ronquido más fuerte y el médico se volvió rápidamente a la mujer. Casi enseguida entraron un par de enfermeros: “¿Ya?”, preguntaron. El médico asintió. Yo me replegué en una esquina del cuarto; los enfermeros se agolparon a desconectar el cuerpito. Y nadie pareció notar la presencia de una chica temblorosa bajo el marco de la puerta, mirando fijo a esos ojos amarillentos, que ahora por fin cerraban.

Pablo y Fermín

Feb 17

Pablo y Fermín son amigos desde que se acuerdan; transitaron caminos paralelos durante casi toda la vida. Nacieron en el mismo barrio, fueron al mismo colegio, se turnaron a las novias. Una sola vez se separaron, fue cuando Pablo se ganó una beca para especializarse en Madrid: “Lo que se va no vuelve”, le había dicho Fermín aquella vez, llorando, en el aeropuerto. Pablo lo abrazó fuerte y le dijo: “Yo sí”, y ambos lo creyeron. En ese tiempo, Fermín se casó con Viviana, y cuando Pablo regresó también se casó y se separó y tuvo dos hijos y volvió a casarse. Entonces se veían como cuando eran chicos, casi a diario. No hubo mejor época para Pablo y Fermín: hacían asados los viernes, iban a la cancha los domingos, se festejaban los cumpleaños de la familia. No eran como hermanos: eran más. Así envejecieron, se hicieron compadres, abuelos, otra vez compadres. Hace unos días a Fermín le pasó algo bueno: su jefe le ofreció un ascenso en la oficina de la compañía en Milán, que debía hacerse efectivo de inmediato. Fermín, con voz temblorosa, pidió unos segundos para llamar a Viviana. “Los chicos crecieron, estarán felices de visitarnos”, dijo ella y decretó que pasarían el resto de sus vidas en Italia. Fermín, contagiado de su entusiasmo, fue a lo de su jefe y aceptó. Se dieron abrazos, brindaron con un vino de caja que había quedado del último cumpleaños y a la noche sus compañeros lo invitaron a cenar. Viajaría en una semana: primero él, después Viviana. Fermín estaba exultante, esa misma noche llamó a Pablo para darle la noticia y él enmudeció por unos segundos: “OK, te llamo después”, dijo y colgó. Fermín no entendió nada, pero le pareció un grosero. ¿Acaso lo consideraba un logro menor? Pablo siempre se había creído más que él. No se hablaron en la semana; el día del viaje, Viviana convenció a Pablo de que la acompañara al aeropuerto. Él lo hizo, se comportó a la altura, aunque por momentos se sonreía tanto que parecía borracho. A Fermín todo le pareció una burla imperdonable: era el mejor momento de su vida y este resentido se lo estaba saboteando. Y cuando ya se había despedido de Viviana, de sus hijos y nietos, Pablo se acerco a abrazarlo y él lo paró: “Cortala”. Pablo trató de sonreír, pero esta vez no le salió. Bajó la cara, se quebró: “Lo que se va no vuelve”, le dijo, sollozando como un muchachito. Y Fermín –sus canas aplacadas con un gel brilloso, su porte solemne como un caballero antiguo–, contestó: “No, viejo, ya no”.

De paseo

Feb 15

Al costado de la ruta avanzaba una bicicleta: manejaba un morocho descamisado que llevaba a una rubia en el manubrio. Ella –de frente a él, de espaldas al camino– le tapaba los ojos, se reía, pegaba grititos. Tenía el pelo largo y mojado, un short escaso sobre el bikini. La chica que los miraba desde el auto, a quien llamaremos Eva, pensó que esa imagen era una escena suelta de alguna película inconclusa: “somos libres, nos amamos”, gritaban, grandilocuentes, las caras de esos chicos. Se preguntó si afuera habría alguien que, al verlos pasar a ellos en el auto –ella asomada a la ventanilla, su chico conduciendo y dando toquecitos rítmicos al volante– dijera algo parecido. “Esta versión es de Tori Amos…” –su chico estaba obsesionado con una canción de Leonard Cohen: Famous Blue Raincoat. Eva no conocía esa canción, lo cual dificultaba el hecho de que pudiera apreciar la diferencia entre la versión original y las otras novecientas que había en el Ipod. “It’s four in the morning, the end of December…” –cantaba él. Eva trataba de ser amable: sonreía, no sabía que ésa no era canción para sonreírse. Volvió a mirar la ventana, los chicos de la bicicleta habían desaparecido. Ellos pararon en una estación de servicio para ir al baño y comer algo en el 24 horas. Se sentaron en una barra que miraba afuera: la ruta, la aridez del verano. Pasaron autos cargados de sombrillas, reposeras, neveritas, niños, perros. Ellos no llevaban nada, no eran gente de playa; a su chico le habían prestado una casa y le parecía que había que aprovecharla. “¿Si te prestan un arma también la vas a aprovechar?”, le había dicho ella; igual, metió su malla en la mochila y se embarcó en el paseo. “Jane came by with a lock of your hair…” –él seguía cantando, ahora le decía que la versión de Lloyd Cole no estaba a la altura, y buscaba en el Ipod la versión de Cohen para mostrársela. Entonces aparecieron de vuelta: los chicos en la bicicleta. Él pedaleaba más lento, debía estar cansado, ella apoyaba los brazos en su cuello, lo seguía mirando con la cabeza ladeada, y el pelo se elevaba a sus espaldas como una estela al revés. “Mirá esos chicos”, dijo Eva señalando la ruta: “nosotros nunca nos veremos así”. Él ni levantó los ojos del Ipod. Eva siguió la bicicleta hasta que volvió a perderse y decidió que ése sería el instante más feliz de la vida de esos chicos, para atrás y para adelante. Nunca serían más dichosos, salvo cuando recordaran esa tarde en bicicleta al costado de la ruta, mirándose avanzar en el sentido de la brisa, bañados por la luz brillante del sol. No era poco: algunos se pasaban la vida buscando un recuerdo así.

El abuelo Nicanor

Feb 08

Nicanor tiene una nieta de nueve años que se llama Lila y que, dice, es lo que más le importa en la vida. La mamá de Lila, hija de Nicanor, se fue a Ibiza y nunca volvió. ¿Y el papá? Vaya a saber. “Esa piba era una descocada”, cuenta Nicanor, y que interrumpió varios embarazos antes de parir a Lila; se embarazaba con facilidad. Llegaba a la casa y le mostraba la palma, boca arriba: “Pá, necesito sacarme otra criatura y no tengo un mango”. Lo hizo tres veces. La cuarta vez Nicanor le pidió que lo tuviera, que él se encargaría. “No vas a poder, sos viejo”, le dijo su hija. “Con vos no pude, con éste sí”, dijo él, y su hija alzó los hombros: “OK”. A cambio le pidió el pasaje a Ibiza. A Nicanor, Lila siempre le pareció un milagro; después del tercer aborto pensó que el vientre de su hija se atrofiaría para siempre. Pero no, nació esa nena preciosa llena de pecas y rulos revueltos que se convirtió en su razón para vivir. Bueno: ella y el brandy. Y ése vendría siendo su gran problema: una cosa es ver a Nicanor sobrio y planchado, llevando a Lila a la escuela, a las clases de ballet o hirviéndole salchichas. Otra cosa es verlo abrazado a una botella vacía, llorando: “Perdón, vida”, suele decir, no se sabe si quiere ser literal. Durante esos días la pobre Lila se queda esperando al abuelo en todos lados: bajo lluvia, a pleno sol, hasta que oscurece. Una vez la maestra se la llevó a su casa y le preparó un tostado que tenía gusto a ajo. Lila detesta el ajo. Su abuelo llegó pasada la medianoche, ella dormía en el futón de la maestra y casi no se dio cuenta cuando se la llevaron. Al día siguiente se sorprendió de amanecer en su cama. A veces, Nicanor querría que su hija volviera con ellos y así se podrían turnar para cuidar a Lila que, a medida que crece, se vuelve más pesada. No porque se porte mal, porque Lila es un ángel, sino porque la naturaleza humana es así: “Uno, entre más viejo, más jodido”, dice, y que él, tan viejo y jodido como está, no cree tener la energía para atravesar otra adolescencia: la de su hija casi lo fulminó, y entonces era bastante joven. Pero cuando Lila lo ve triste, murmurando esas cosas para sí, se le trepa en el cuello y le da besos furibundos: “Te amo, abuelo, te amo”. Él se ablanda, decide que todo lo que necesita es un poco de voluntad y la pone toda, pero se le acaba y vuelve a caer. Esto sí es literal: Nicanor se cae. Y mientras está en el suelo, todo despaturrado, se repite que un día ni esa cara salpicada de puntos –que lo mira desde arriba y lo estremece por los hombros y amenaza con quebrarse– conseguirá levantarlo. Y se llena de miedo.