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Posteos en ‘Gente como uno (Crítica)’

Axel Owens

Mar 15

La habían invitado a una fiesta de aniversario de un bar levemente rockero. Su primera respuesta fue: “Ya no estoy para esas cosas”. Pero igual fue. Estamos hablando de una mujer que hace tiempo supera los cuarenta, y todavía tiene un porte escultural. Es una especie de leyenda en el gremio de los músicos. Nunca cantó nada pero tiene groupies. Al parecer hizo algunos coros, yo nunca los oí. Y en una época se dedicó a bailar cosas de tipo alternativo. No sé qué cosas. El caso es que siempre fue una famosa chica desconocida. Esta vez, cuando llegó al bar, vestida con una blusa roja que resaltaba su piel blanca y sus rulos negros —peinados de ese modo desentendido como quien dice “por acá nunca entró un cepillo”—, nadie la abordó en masa. Igual, ella mostró sus dientes relucientes, saludó a unos y a otros y se zambulló en una mesita de esquina con un viejo amigo al que no veía desde hacía “décadas”. En verdad, no lo veía hacía meses, pero en ese mundo —como en casi todos— está bien exagerar.
Tocaba una banda ruidosa. Cada vez que su amigo le quería decir algo tenía que forzar la voz y, entonces, la vena que atravesaba su frente se le marcaba. Ella fruncía el ceño en señal de disgusto ante esa vena abultada, y prendía un cigarrillo con otro. En una de esas se le acercó un mesero —impúber, aros en las cejas— y le dijo: “Acá no se puede fumar”. Y ella se sintió tan retro. —¿Cómo no se va a poder fumar, nene? —dijo, pero el nene no entendió, o no escuchó por el ruido. Ella intentó decirlo un par de veces más y, al final, exhausta, tiró el cigarrillo y lo pisó con sus botas negras de plataforma bien Valeria Leik. En un brote vanidoso quiso explicarle al muchachito quién era ella, pero el ruido también se lo impidió. Y es que ella era alguien que, como decirlo… —lo hemos dicho, pero en su cabeza era necesario enfatizar—, alguien que podría llamarse Axel Owens. Ese sería un nombre perfecto para ella. ¿Por qué? Porque una buena parte de la gente, lo que se dice “el común de la gente”, puede no saber o no recordar de quién se trata; pero quienes lo saben, quienes la recuerdan, solo pueden adorarla.
—Ya no estoy para estas cosas —dijo Axel Owens a su viejo amigo. Y el viejo amigo se acercó mucho a su oído para decirle “yo tampoco”. Y Axel Owens alzó los hombros y sonrió poquito, como quien es testigo de una travesura muy menor: una de esas travesuras que suelen ir acompañadas de la expresión “ups”. Pero Axel Owens no dijo “ups”, le pareció muy retro. Después mucho no hablaron, se limitaron a dar golpecitos con los dedos en la mesa y a tararear esa música espantosa. Cada tanto alguien les traía un trago y miraba a Axel Owens como quien mira a una institución importante, cuya importancia no se tiene muy clara pero igual se reconoce. Algunos, incluso, se la quedaron mirando un poco más de los tres segundos tolerados por el protocolo y pensaron para sí: “¿Axel Owens?” Y suspiraban, y seguían su camino.
En algún momento de la noche ella quiso ir al baño. Se levantó de la silla apoyándose en el hombro de su viejo amigo, para no correr el riesgo de trastabillar. Se habían tomado varios tragos dulces y eso a Axel Owens no le sentaba nada bien. Caminó erguida por el pasillo atestado de personas jóvenes transpiradas. Alguna vez Axel Owens había sido una de esas personas, pero ahora era otra persona y, si llegaba a tropezarse, no sería más que un restito de persona que, definitivamente, no merecía llevar su falso nombre. Cuando estuvo frente al espejo del baño, Axel Owens se irguió en su cuerpo esbelto y delgado, enterró los dedos en sus rulos para alborotarlos aun más y prendió un cigarrillo. Imaginó que con ese pequeño gesto causaría una conmoción; que se dispararían los detectores de humo y que todos esos chicos transpirados entrarían en una histeria colectiva gritando: “¡Salven a Axel Owens por favor!” Y tirarían la puerta del baño y la alzarían como a una estrella, una verdadera estrella de rock. Luego saldrían a la calle, en una masa compacta —su cuerpito elevado sobre las cabezas de todos—, imaginando que atravesaban paredes del fuego inexistente provocado por Axel Owens. Chupó el cigarrillo hasta que sus mejillas se hundieron tanto que, en el espejo, su cara se convirtió en la calavera. Luego soltó una bocanada espesa y toda su visual se empañó.
—¡Abran! —alguien tocaba la puerta del baño: ya venían por Axel Owens, se dijo Axel Owens que, aun frente al espejo, decidió que no abriría, que esperaría un poco más. Esperaría a que sonaran las sirenas y que del techo cayera un chorro de agua que la empapara de la cabeza a los pies. Axel Owens se rió de su ocurrencia: era una imagen tan antigua; ochentona como su pelo y su delgadez y su falso nombre… si hasta casi podía oír a los Bloody Beetroots al fondo. Axel Owens apagó su cigarrillo, volvió a alborotarse el pelo con los dedos y abrió la puerta. Un par de chicas transpiradas entraron a propulsión, haciéndola a un lado bruscamente: como a una gacela enclenque, como a un bicho molesto, como a una boca que despide un aliento avinagrado. Afuera, la masa compacta seguía bailando esa música horrenda.

Rutina

Mar 05

El boliche estaba oscuro, los tragos adornados con pajitas fosforescentes. La pareja aburrida había decidido ir para darle un giro a su rutina. A veces hacían esas cosas: y su rutina giraba pero ellos no. Estar en el boliche oscuro era una irrupción indiscutible en lo que la pareja aburrida solía hacer en su día a día: oficina, supermercado, cena poco condimentada y televisión. Pero no por estar en el boliche ellos variaban su comportamiento; la única diferencia era que no se veían bien la cara y tampoco se escuchaban, por lo que tenían que gritar. “¡Que decís!” / “¡Qué está bueno el daikiri!”. Y asentían, sonreían sin convicción, miraban impacientes el reloj cuando el otro no se daba cuenta. Tampoco es que su rutina habitual incluyera mucho diálogo, esa es la verdad; pero al menos tenían la excusa del cansancio, o de la película que estaban mirando, o de que había que dormirse para levantare temprano, esas cosas.
Lo de salir un día a la semana a tomar unas copas se los había recomendado una pareja amiga con quien estaban a punto de encontrarse. Era una pareja muy animada y festiva, tan distinta a ellos. Siempre tenían historias que contar, historias desopilantes de cuya veracidad la pareja aburrida sospechaba. Pero aunque fueran historias falsas eran divertidas, y eso era mejor que nada. “¡Hey!”, ahí venía llegando la pareja amiga y festiva, traían pajitas en la mano y las agitaban para que la pareja aburrida pudiera verlos. Cuando estuvieron cerca se echaron en los sillones y uno de los miembros de la pareja amiga y festiva –digamos que él– cayó encima de uno de los miembros de la pareja aburrida –digamos que ella. Quizá a esta altura conviene darle nombres a todos. La pareja aburrida está conformada por Tomás y María. La pareja festiva por Gabriel y Lola.
Entonces: Gabriel se echa en el sillón y cae casi encima de María, que intenta rodarse hacia el lado de Tomás, pero Lola se ha sentado en el medio y parece estar diciéndole algo al oído a Tomás, aunque en esa oscuridad no se sabe bien qué es lo que está pasando. María tantea la mesa, busca su cartera.
–Quiero ir al baño –dice.
–Te acompaño –dice Gabriel.
–No, yo…
–Te podés perder –Gabriel se levanta, la jala por el brazo. Cuando llegan a la puerta del baño María entra y él pretende seguirla.
–¿Qué hacés? –ella lo para, pone la palma de su mano en el pecho de Gabriel. Él le agarra la muñeca.
–Nada, te acompaño.
–Puedo entrar sola.
Gabriel alza los hombros. El baño es casi tan oscuro como afuera, María se mira al espejo y sólo puede ver su dentadura. Espera unos minutos sin hacer nada, porque en realidad no quería hacer nada más que levantarse de la mesa.
–¿Ya estás? –Gabriel toca la puerta. María se acomoda la cartera y sale.
–Ups –se tropieza con él, que le rodea la cintura con los brazos y, de pronto, así como si estuviera previsto desde el principio de los tiempos: le lame la cara.
–¡Chee! –dice María y trata de zafarse pero Gabriel la aprieta, le lame cara y cuello como un cachorro sediento. La música suena muy fuerte, Gabriel le dice algo pero ella no escucha: tampoco es que quisiera escucharlo, sólo quiere que la deje en paz. María consigue zafarse y camina rápidamente hacia la mesa, pero no encuentra el camino, está todo muy oscuro. Va tropezando con la gente, esquivando las pajitas fosforescentes que flotan en el fondo negro del boliche.
–¡Vení! –Gabriel la vuelve a agarrar por la cintura, la aprieta fuerte contra él: lame y lame como un desquiciado.
–¡Pará! –María vuelve y se zafa, sigue andando, no ve la mesa, no ve a Tomás ni a Lola, no ve a nada de nada. Abraza su cartera. Va empujando a la gente, desesperada. La gente la putea, o eso cree ella, la música le sigue ganando a las voces. Al final de todo se choca con algo duro: una puerta que se abre y la luz de un farol la encandila. Ha llegado a la vereda.
–¿Dónde estabas? –Tomás la toma por los hombros, suena impaciente.
–¿Qué? Adentro, ¿dónde más voy a estar? –María se saca el pelo de la cara, se limpia la baba seca de Gabriel y respira agitada… Qué mierda acababa de pasar, no entendía nada. Tomás para un taxi:
–¿Vamos? –abre la puerta, parece nervioso. María entra, él también. Le piden al chofer que los lleve a la casa.
–¿Qué paso? –dice María todavía perpleja. Tomás va mirando por la ventana, se truena los dedos de las manos.
–¿Qué pasó de qué? –le dice, sin mirarla. María recapitula todo de vuelta: no entiende nada. Respira hondo, le falta un poco de aire, se siente ahogada y pegajosa y maloliente. Quiere llegar a bañarse.
–¿Está todo bien? –pregunta Tomás, con cierta levedad. Esta vez la mira muy de refilón y vuelve los ojos a la ventana.
–No sé –dice María, tras unos largos segundos de silencio–: debo estar muy cansada.
–Sí –dice Tomás– yo también.

Tonta

Mar 01

Eloy sabía que Karina era muy tonta. Lo supo desde el primer día que la vio en Cariló, paseándose en un bikini diminuto por una playa llena de hombres que se babeaban mirándole el culo. Karina se hacía la inocente, porque eso, según Eloy, es lo que hacen las chicas tontas. Él hacía el esfuerzo de no mirarla, pero cada tanto se le iba el ojo y era justo cuando ella lo descubría. Sus miradas se cruzaban porque ella también lo estaba mirando: Eloy pensó que Karina lo miraba, sólo porque él no la miraba… Al menos no la miraba tanto como el resto de cretinos que estaban en la playa.
Un día Karina se acercó a pedirle fuego. Era tan tonta que no se le había ocurrido nada mejor que eso, se dijo Eloy, y le dijo a ella que no tenía fuego. En la cara de Karina apareció un frunce de tristeza, como si estuviera a punto de echarse al piso a llorar y patalear porque no le habían dado el caramelo que quería. Eloy pensó que no quería presenciar esa escena y le dijo: “esperame acá y te consigo” Se alejó unos pasos y se sacó su propio zippo de la pantaloneta.
–Tomá, conseguí –le dijo cuando estuvo de vuelta. Karina sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, estirándolos un poco hacia afuera como hacen las putas de las películas muy malas sobre putas tristes y buenas, víctimas de sus padrastros.
–Sos bien tonta, ¿no? –le dijo Eloy y ella lo miró como quien no entiende, como quien no puede procesar, como quien necesita un golpe fuerte en la cabeza o un dedo en el botón de reinicio.
–¿Qué decís? –dijo Karina, sus ojos se abrieron tanto que parecían dos grandes piedras azules incrustadas en su cara fina y bronceada.
–Que sos muy tonta y sos muy linda. Supongo que nadie te dice lo primero y muchos te dicen lo segundo ¿no?
–¿Qué?
–Que eres de esas chicas bien lindas y bien tontas: eso es lo que digo.
Karina bajó la cara. Su pelo castaño, que probablemente había untado con una de esas cremas protectoras del sol, brillaba como el de una muñeca nueva.
–No soy tan linda –dijo y se sentó en la arena– tengo una cicatriz –y le mostró el tobillo a Eloy, doblándose de una forma que parecía una sirena a la que recién le salían patas: patas nuevas, bellas, satinadas. La cicatriz era, por supuesto, un lunar.
–Es una cicatriz horrible –dijo Eloy y se agachó para agarrarle el pie. Le besó el tobillo, después le besó la pantorrilla y los muslos y habría seguido si no estuvieran en un lugar público. Karina no parecía darse cuenta de ciertas cosas: como que revolcarse en la arena con un desconocido podía considerarse un gesto digno de una prostituta. Igual, esa misma tarde se acostaron. Fue en la casa donde Karina estaba parando con unas amigas. Eloy estaba parando con unos tíos, y también estaban su hermana y sus sobrinos; no estaba bien que llevara chicas a dormir.
–Eres realmente tonta –insistía Eloy cada vez que podía, cada vez que Karina abría la boca para decir una idiotez como: “quizá debamos hacer una fiesta para anunciar nuestra relación”. Ese comentario en boca de otra chica Eloy lo habría considerado una broma y se habría reído; luego le habría dado un beso y la habría tumbado en la cama; habría simulado aplastarle la cabeza con una almohada mientras ella pataleaba y se reía y le decía: “está bien, está bien, te daré el divorcio”. Pero Karina era una de esas personas que hablaba literalmente. Nada odiaba más Eloy que ese tipo de personas.
–…tonta y linda, qué tipicidad, ja –pero Karina parecía no oírlo, se quedaba muda y seguía peinándose, poniéndose bronceadores y cremas en el pelo, o tomándose su té frío. A Eloy esa impavidez lo irritaba un poco pero confiaba en que un día ella se enojaría y lo echaría de su casa y entonces no tendría que verla más. Si eso no pasaba, igual él se iba a aburrir y todo lo que haría sería levantarse de la cama, ponerse su pantaloneta y antes de atravesar el umbral de la puerta para volver a lo de sus tíos, le diría: “Hasta nunca, tontita”. O algo así. Pero Eloy se fue quedando, y a veces se quedaba incluso sin Karina, que se iba a la playa con sus amigas. Una vez Eloy bajó a servirse un vaso de cerveza y encontró a Karina en el living, mostrándole el lunar de su tobillo a un tipo. En ese momento Karina le pareció la mujer más tierna del universo, quiso sacársela a ese idiota de los brazos y llevarla al cuarto, encerrarse con ella y no salir más. Eloy se apoyó en la pared y los miró darse besos y toquetearse en el sillón, mientras se tomaba su cerveza. Hasta que el tipo se dio cuenta y le mandó una mirada entre condescendiente y burlona:
–Flaco, acá estamos ocupados. Anda a tomarte la merienda a otro lado –y siguió besando a Karina que no parecía registrar más que el bulto que tenía encima.
–Es la chica más tonta del universo –dijo Eloy y se apoyó en la pared; no pretendía moverse de ahí hasta que el tipo se fuera. El tipo volvió a levantar la cabeza que se había zambullido en el pecho de Karina y esta vez lo miró con auténtica perplejidad:
–¿Y a quién le importa?
Karina también levantó su cabecita rubia despeinada, se sacó de la frente un par de mechones revueltos:
–Sí, ¿a quién le importa? –repitió. Y por primera vez Eloy no supo qué decir. Dejó la cerveza en la mesada, salió de la casa y caminó rumbo a lo de sus tíos, confundido. ¿A quién le importa?, repetía en su cabeza: el sol siguiéndolo de cerca, las chicas lindas paseándose en la playa… No había una sola que pudiera compararse con Karina.

El verso de Teté

Feb 23

Desde el balcón de la casa en Mar del Plata, Teté mira el mar y escribe versos en una libreta de Hello Kitty que le robó a su nieta mayor. Teté habría querido ser poeta, pero se casó tan joven, y después vinieron los hijos –tres varones, tres chicas– que ahora se les dio por preñar y parir como desquiciados. La familia le ocupa todo su tiempo, toda su casa, y no es que reniegue –Teté se santigua durante ese pensamiento, y dice con firmeza: “no, no, no”–, pero le gustaría poder usar algunos minutos del día para escribir sus versos.
–¡Abu! –sus nietos la saludan desde abajo, están bañándose en la pileta; llevan allí dentro todo el día, chapoteando como patos. Patos ruidosos. Y sus hijos, en el quincho al costado de la pileta, parlotean cual cotorras y no son capaces de decirles nada.
–Shhh –Teté, desde el balcón, se pone el dedo en la boca y mira a sus nietos. Los nenes la ignoran y siguen gritando. Teté adora sus nietos, pero no estaría mal que alguien les enseñara a hablar y a comportarse como la gente y no como monitos salvajes. Vuelve sus ojos al mar, su inspiración: el sol está brillante, las olas se elevan altísimas, del tamaño de un caballo. Una ola podría tragársela entera, piensa Teté –que es más bien petisa– y escribe algo en su libreta:
Mi cuerpo es devorado por el mar/soy nada cuando lo penetro/ y al mismo tiempo soy…
Se arrepiente y tacha lo que escribió: “penetro” no es una palabra que le guste para un poema, es obscena. Ahora es su hija la que le hace señas desde abajo, le pide que le lance el bloqueador solar por el balcón. ¿Lanzar? ¿De dónde habría sacado semejante idea? Como si ella no fuera una dama con buenos modales, sino un vulgar jugador de béisbol. Teté mueve el dedo índice en sentido negativo, su hija le grita: “¡Qué!”. Ella se tapa los oídos como si hubiese explotado una bomba. Piensa que con ese griterío es imposible concentrarse en escribir un buen verso y maldice su suerte –mientras maldice se persigna. Va por el bloqueador solar, baja y se lo entrega a su hija, que se ha sentado y casi no puede alzar los brazos porque hace poco se operó el pecho. Teté debe agacharse y poner el bloqueador sobre su regazo.
–¿Quiere un chori, suegra? –uno de sus yernos la apunta con un trinche que sostiene un chorizo grotesco en cuanto a su tamaño. Teté niega con la cabeza y sacude las manos para que retire esa cosa de su vista. Y nota perfectamente cuando sus hijos se miran entre sí y ponen los ojos en blanco, como quien dice: “qué insoportable mamá, qué quisquillosa, qué aparato”. Porque ellos siempre conspiraron en su contra, toda la vida. Cada cosa que ella decía o hacía les parecía mal. Ellos siempre dijeron cosas horribles de ella: de su propia madre que les entregó la vida, que sacrificó su talento literario por criar a esa manga de gritones. Se da vuelta con una expresión de despecho y tristeza que le alcanzaría para escribir no uno ni dos ni tres poemas, sino todo un libro de poemas tristes. Mientras Teté se aleja uno de sus hijos dice algo y todos largan carcajadas. Hasta sus nietos se ríen. Hasta su marido, que no debió ni enterarse del chiste porque recién llega con un balde de hielo.
Rescató su libreta de Hello Kitty, y en vez de volver al balcón se fue a la terraza, donde el mar se ve bastante menos, pero se escucha bien: “a los artistas la naturaleza nos habla, Teté, sólo hay que saber escucharla”, le había dicho su profesora de poesía. Y allí estaba ella, con el oído atento a lo que le decía el mar, ese murmullo constante como el bramido de… Abrió su libreta y escribió ese pensamiento, le pareció maravilloso:
El bramido de…
Lo había olvidado. ¿Cómo podía ser? Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas: fuerte y seco, inmensamente profundo como… ¿cómo qué? Ahí venía la imagen, el momento revelador, la epifanía de la que hablaba su profesora y todos los poetas que su profesora había leído. Teté apretó fuerte los ojos y siguió escuchando, cada vez más nítido y cercano, el sonido del mar: hondo, intenso, recóndito, insondable, subterráneo, agudo, oscuro, difícil, penetrante como, como…
–¡Teté! –la voz gangosa de su marido la llamaba, sus manos ásperas la sacudían por los hombros como si quisiera despertarla de una pesadilla.
–Pero… –Teté ni siquiera podía hablar, estaba demasiado turbada por la bruta irrupción. Se levantó:
–¡Pero qué mierda pasa ahora, Mariano! –gritó, quebrada en sus modos y en su paciencia. Su marido la miró perplejo: cerveza en mano, panza al aire, malla desteñida, patas ralas.
–Nada, que ya casi está la carne y no has hecho la ensalada –dijo y, casi sin poder terminar la frase, eructó. Teté quiso llorar. Su marido se llevó la mano a la boca y dijo: “perdón”. Se dio vuelta y volvió al quincho.

Jota

Feb 15

Jota se ha pasado las vacaciones frente a la computadora, participando en foros de todo tipo. Le encanta participar en foros y decir cualquier pavada sobre aquello que desconoce. Entra a un diario, por ejemplo, a una nota sobre la película Invictus y escribe: “todo el mundo sabe que Mandela participa en actividades terroristas encubiertas por oenegés palestinas”. Todo es mentira, por supuesto, pero así se divierte: escribiendo comentarios en medios digitales y blogs, obsesionándose con las peleas que provocan sus intervenciones. Para Jota, los foros de lectores son una adicción. Si por casualidad tiene que ausentarse de la computadora para ir al baño, Jota vuelve lo más rápido que puede y llega directo a actualizar la página en la que haya dejado su último comentario. Casi siempre hay reacciones instantáneas. Pero a veces, cuando no encuentra ninguna respuesta, se contesta a sí mismo, firmando con otro nombre: “Sos una basura Jota_81, Mandela es un santo, un ejemplo para la humanidad. Ricky_22” Y luego entra como Jota_81 y contesta: “Ricky_22 ¿te gustan los negros?” y otras guarangadas que algunos foros no publican, otros sí. Y entonces arranca el aluvión de respuestas. Jota sabe qué tipo de cosas resultan incendiarias en un foro.
–¡Vení a comer, Jota! –le grita su madre desde arriba. Jota vive en un sótano, el resto de la familia vive arriba. Le gusta estar confinado, le gusta tener un lugar donde convivan él y sus objetos. En el sótano hay ropa sucia, medias húmedas, una pelota de basket, naipes, dos ceniceros, cigarrillos de marihuana, devedés truchos, platos con sobras de comida y, sobre todo, olor a podrido.
Sube a la casa con lentes de sol, porque su casa, contrario al sótano, es una cajita de cristal. Su madre es arquitecta paisajista y quiso “integrar el jardín a los ambientes internos”. Para eso puso vidrios en vez de paredes: a Jota le pareció una clarísima afrenta contra él: él detesta la claridad. Ahora se sienta en la mesa sin sacarse los lentes, agarra un tenedor y lo entierra en un bife que chorrea sangre sobre el plato blanquísimo.
–Está crudo, mamá –dice. Su madre agarra el plato, lo mete en el microondas y marca un teléfono. Mientras ella habla sobre “una paleta de pinturas”, y el bife se cocina, Jota agarra una caja de Nesquik, bolitas de chocolate, y se llena la boca. Su madre trae el plato de vuelta, el bife está humeante pero a Jota le parece que sigue crudo. Se levanta de la mesa sin tocar el bife y baja al sótano. Se saca los lentes oscuros y entra a un blog sobre perversiones humanas que tiene en su carpetas de favoritos. La última entrada se llama: “¿Qué soñaste anoche?”, y hay ochocientos ventidós comentarios. Jota comenta lo siguiente: “que le cortaba las patas a mi perro con las tijeras de podar, después les sacaba los pelos usando un pela papas, y las hervía y las salteaba con orégano. Eso se lo servía a mi madre en un plato blanco, decorado con un poco de pimentón y perejil, ella hacía cara de asco, pero yo, sosteniéndola por el pescuezo, la obligaba a comérselo. ¿Y mi perro? Se desangraba en medio de quejidos tan lamentables que, antes de que terminara de morirse, yo soltaba a mi madre (toda vomitada como estaba) y agarraba al perro, le abría la boca y le metía una zapatilla bien adentro. Fin” Le da clic a “publicar comentario” y sale enseguida. No hay moderación. Ahora su pequeña historia encabeza la lista. Sonría.
–¡Jota! –otra vez su madre. Ahora viene bajando al sótano, sus tacos suenan fuerte en la escalera de madera.
–Pero, nene, ¡qué porquería es este lugar! –dice y se tapa la nariz con expresión de asco. Sube las escaleras y desde arriba le grita:
–¡Vení a comer!
–El bife está crudo mamá.
Pero el ruido de los tacos ya va lejos, se ve que no lo escuchó. Jota se pone los lentes oscuros, sube, entra a la cocina y encuentra el bife sobre el plato blanco, erguido sobre un charquito de jugo bordó. Engancha el bife con un tenedor y lo lleva al jardín, cava un hueco con el pie desnudo. Tira el bife en el hueco y lo cubre con tierra. Su perro le ladra. Adentro, el teléfono suena y su madre contesta con voz aflautada: “Hola”. Se ve que es el tipo nuevo. El perro sigue ladrando. Jota desentierra el bife y se lo lanza al perro en plena cara, con una fuerza que hace que el animal largue un quejido de dolor y retroceda con el rabo entre las patas. Jota entra a la casa, baja al sótano se saca los lentes y actualiza la pantalla. Su comentario sigue siendo el primero de la lista.

Días de sol

Feb 10

Eran tres amigos en la casa de la tía adinerada de uno de ellos. La tía estaba de viaje y ellos habían ocupado su propiedad sin permiso, pero igual a ella no le importaría, decía el sobrino, a quien llamaremos Hugo. La rutina de los tres amigos –llamemos a los otros Paco y Luis–, incluía las siguientes actividades: levantarse, comer, acostarse, mirar tele, jugar ping pong, meterse en la pileta y alguna otra cosa. Habían ido juntos al colegio, dos de ellos habían hecho el cebecé este año y el otro –Hugo, el sobrino–, se había tomado un sabático. Viajó a Paris, a casa de otro tío nada adinerado, pero muy snob.
–Decidí que no quiero hacer nada –dijo Hugo– trabajaré lo indispensable para viajar.
–¿En colectivo? –le preguntó Paco. Luis largó una carcajada que claramente excedía la naturaleza graciosa del comentario. Habían tomado cerveza con los panchos del almuerzo. Ahora estaban echados en reposeras, esperando a que les bajara un poco la comida para volver al agua. Hacía unos 44 grados de sensación térmica.
–El calor anestesia –dijo Paco. Había decidido hacía poco que estudiaría medicina, pero ahora ya no estaba seguro. Luis estudiaría artes visuales y estaba decidido. Tenía una de esas raras “miradas” que encuentran belleza en las imágenes más grotescas y creía que eso podía servirle para hacer una diferencia. Los demás no estaban tan seguros de eso pero lo apoyaban: “Sí, claro, Luis, el esputo tricolor nos parece una manifestación sublime del alma”, por ejemplo.
–¿Si el sol se abriera de qué color sería por dentro? –preguntó Hugo, que se había puesto sus lentes oscuros y trataba de mirar fijo el sol, hasta que los ojos ya no le resistían y tenía que cerrarlos, apretarlos muy fuerte.
–Sería rojo –dijo Paco.
–Negro –Luis. Y durante unos diez minutos no se dijeron nada más. Después Hugo se levantó de la reposera y se tiró al agua. Flotó boca abajo con los ojos abiertos. El fondo de la pileta tenía una capa verde y fina. Quizá, pensó, se quedaría ciego: primero el sol, después el cloro de la pileta, después el deterioro de la cornea. Salió del agua y sus dos amigos ya no estaban en las reposeras. A lo mejor habían entrado a buscar algo de tomar. Se sentó en el borde de la pileta, con las piernas adentro haciendo olas concéntricas. No soplaba brisa. Estaba mojado y aún así sudaba.
Pasó un rato, Paco y Luis no volvían. Decidió buscarlos en la casa: entró directamente a la cocina, pero no había nadie.
–Paco –llamó–, Luis.
No contestaron. Se sentó al pie de la escalera, pensando que habían subido al baño de la tía a buscar alguna toalla, y que en cualquier momento bajarían. Miró hacia el living y pensó que su tía tenía muy mal gusto: había una colección de figuras de porcelana feas y toscas. Y había un cuadro de Botero, una mina con bigotes. No bigotes grandes, pero un bozo de pelo sucio. No entendía por qué el tipo era buen pintor. Era una mierda de pintor, el pintor del mundo de los gordos. A los gordos no podía gustarles eso, tampoco a los flacos porque los excluía de su arte. Quizá le diría eso a Luis, ya que iba a ser artista, debía tener una opinión.
No bajaban.
Hugo empezó a imaginar hipótesis disparatadas, todas extraídas de series de tele bien trash. Pensó que, mientras él flotaba en la pileta, una nave enorme se había chupado a sus amigos de las reposeras. Pensó que debían estar arriba, muertos, producto de alguna intoxicación: las salchichas que almorzaron no tenían buen aspecto. Finalmente pensó algo que le pareció más cercano a la realidad, que sus amigos nunca habían estado allí; que él los había inventado para pasarla bien esos días, como el tipo de El Club de la pelea. Eso lo tranquilizo, en parte porque entonces ya no tendría que esperar a que volvieran de ningún lado. En parte porque a veces sus amigos, incluso imaginarios, lo aburrían. Se levantó, pasó por la cocina, abrió la heladera y se quedó un rato con la puerta abierta dejándose enfriar. Después agarró una lata de cerveza, cerró la puerta y se dispuso a volver a la pileta, pero antes se paró en medio de la cocina, mirando alrededor por si conseguía descubrir algún otro indicio de locura, como aquella de haberse inventado a sus dos amigos. Su tía tenía muchos electrodomésticos desplegados en la mesada. Ninguno parecía muy usado. Una montaña de platos sucios sobresalía de la pileta y la canilla goteaba, produciendo un sonido parecido a un tintineo metálico. Estaba solo, pensó, qué aburrido.
Salió a la pileta y…
–¿Dónde estabas? –era Paco, lo miraba desde la reposera. Luis uso la mano de visera y también lo miró.
–¿Venís de la cocina?
Hugo, con la cerveza en la mano, asintió.
–¿Y cómo llegaste de la pileta hasta allá? –dijo Luis.
Hugo se sentó en su reposera, miró a sus amigos un poco incrédulo, quisquilloso. Trató de entender qué había pasado. No entendió. Se puso los lentes oscuros.
–¿Y? –dijo Paco– ¿Hay un pasadizo secreto?
Hugo abrió la cerveza y le pegó un sorbo largo. Después, lentamente, se echó en la reposera a mirar el sol.

Historia de verano

Feb 01

Esta es una chica muy mona, cuya principal actividad en la vida es pasarla bien. No tiene dinero pero sí recursos: o sea, muchos amigos con dinero. Dinero quiere decir casas en Punta del Este, alguna chacra, yate y muchas millas de avión acumuladas. Ahora mismo esta chica debe estar en alguna linda casa pasando el verano por cuenta de otro. A estas alturas quizá sobra aclarar que estamos hablando de una chica fácil. Fácil, pero cara. La mayoría de sus “sponsors” se han ido casando con otras, pero –como se trata de una chica que además de bonita es simpática y divertida– muchos la han incorporado a sus círculos familiares como “una vieja amiga”. Cuando la ven, están también sus esposas que, conmovidas con los relatos tristes de la chica, tratan de arreglarle la vida en la sobremesa. Ya hablaré de sus relatos tristes, pero antes aclaro que se trata de una chica del tipo que le cae muy bien a las esposas. ¿La razón? La siguiente: ante una esposa la chica siempre se muestra obnubilada –por su ropa, su casa, su auto, sus uñas–, o sea que le da la posibilidad de sentirse superior y compasiva –condiciones que por supuesto se retroalimentan en una avalancha de morbo–, convenciéndola de que, aunque no tenga su cuerpo ni su cara ni sus dientes de propaganda, tiene todo lo que a ella le falta: seguridad económica de por vida.
En cuanto a sus relatos tristes tienen que ver con haber vivido la infancia en calidad de huérfana. Esta chica se crió con un tío lejano, bueno pero pobre, que la metió a trabajar desde los catorce en una perfumería horrorosa. A los dieciséis la chica conoció a su primer novio, un tipo casado que le puso un departamento en Libertador y Olleros e inició los trámites de su divorcio a los tres meses de estar con ella. Y un día se murió. Así, de la nada, le dio un ahogo mientras hacía ejercicio y el corazón se le paró. Treinta y tres años tenía, como Cristo. Total, que la chica tuvo que devolver el departamento, pero ya nunca volvió a lo de su tío pobre. Enflaqueció hasta el límite del fideo lingüini y se dedicó a modelar a muy baja escala. Después un novio la hizo ascender a una especie errepé de poca monta: y de ahí conoce tanta gente. El dinero nunca llegó: nunca. Pero tampoco le hizo falta.
Los novios le duraban poco porque, tarde que temprano, sus esposas los reclamaban. Lógicamente, cuando esta chica le cuenta a las esposas de sus “amigos” los relatos tristes del pasado, obvia la parte de las otras esposas que, no pocas veces, son ellas mismas. En el relato, sus novios pasan a ser, sencillamente, hombres crueles y por lo general muy famosos que no quisieron de ella más que su cuerpo. Lo que más le gusta a las esposas es la parte del relato en que la chica se refiere a sus ex novios famosos por su nombre de pila: “Gustavo tenía un carácter de mierda”, y sopla el humo de su cigarrillo. Por supuesto a nadie hay que explicarle que Gustavo es Ceratti o que Pablo es Echarri o que Alan, Faena, y así. A las esposas no les gusta, en cambio, cuando la conversación, gracias a la irrupción intempestiva de sus maridos, se torna financiera. Porque a las esposas ricas –y esto es algo que nuestra chica tiene muy claro–, hablar de dinero las deprime. A los maridos, por el contrario, los excita: todo empieza cuando el tipo se sirve un wiskhy y se sienta junto a ellas en el deck. Y la chica en cuestión, en un descuido de la esposa, desliza un comentario de movida: “Tengo unos dólares afuera y no sé en qué invertirlos, ¿se te ocurre algo?”. Los ojos del esposo ajeno brillan de emoción y la boca se le seca por lo que debe mojársela con más wiskhy: “Tengo un par de ideas…” . Cuando la esposa se da cuenta, el marido está embarcado en una diatriba económica y la chica, atentísima, asiente y hace preguntas pertinentes que ya hizo otras veces a otros maridos en otros decks. “Basta querido, la estás aburriendo”, trata de cortar la esposa, pero es tarde, el marido está tomado por la adrenalina, hablando del metro cuadrado en Puerto Madero y de los vaivenes en la bolsa de Chicago. Y la chica ya ni siquiera escucha, sólo asiente y sonríe y espera el momento oportuno para proponer una salida furtiva a un lindo hostel de la zona, que ya eligió desde el primer día. Cuando eso ocurra esta historia de verano ocurrirá en dos planos: en el primero, la chica en cuestión estará embebida en un nuevo romance caluroso, donde su sonrisa blanca será otra vez protagonista; en el segundo, la esposa estará preparando una reunión para la noche, con el único fin de conseguirle un buen partido a la chica. Y el final será el mismo de siempre, la chica, arguyendo un compromiso importantísimo en Capital, abandonará intempestivamente las vacaciones. Se subirá a un autobús, saludará desde la ventana a la buena esposa y a su porquería de marido y pensará: otra gente que no veré más, un verano menos en mi vida. Y respirará casi aliviada.

Camping

Ene 26

Facu había amanecido en la arena. No se dio cuenta cuando se quedó dormido pero sí cuando lo despertaron.
–Hey –un pie tocándole la panza por el costado, por donde debía quedar el riñón, supuso, porque enseguida le dieron ganas de hacer pis. Era Melissa, se había parado delante del sol y parecía que una aureola le rodeara la cabeza.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Melissa y se movió hacia un lado; entonces Facu vio el mar al fondo y el sol le pegó en la cara. Era un sol rabioso, encandilante. Facu se sentó, estaba muy mareado. Y la espalda le ardía como si una familia entera de sanguijuelas se le hubiera instalado ahí. Melissa se agachó enfrente.
–¿Y?
–¿Y, qué? –dijo Facu.
–¿Pensás pedirme disculpas? –Melissa tenía los ojos hinchados, había llorado, era obvio. Facu se levantó, se sacudió la arena de pantaloneta, los brazos.
–¿Disculpas de qué? –La verdad es que no tenía ni idea de qué hablaba. Igual, Melissa lloraba por cualquier cosa.
–No importa, vamos –Melisa le tomó la mano, Facu se zafó.
–Pará.
Ella lo miró con odio, le dio la espalda y caminó por la playa, hacia la ruta. Facu la siguió. Melissa tenía las caderas con esas protuberancias que llamaban conejos. Con los jeans no se le notaban tanto pero, con el pareo, sus caderas eran un paréntesis deforme. Tenía cintura chica y eso le gustaba a Facu, pero no era sino descender para que la libido desapareciera inmediatamente.
–Pará, Melissa, ¿a dónde vas? –le gritaba Facu, ella caminaba rápido, casi corría. Él rengueaba porque le dolían las plantas de los pies. Llevaba varios días andando en patas por la playa y se había cortado un par de veces: una vez con una piedra filosa, otra vez con un vidrio. Ese fue el día que Manu, el tipo que andaba con Lola, la amiga de Melissa, rompió una botella de Stella contra el suelo y las esquirlas salieron volando; un pedazo de botella terminaría más tarde incrustado en el pie de Facu. “¿Por qué hiciste eso?” –le había dicho Facu–, ¿te parece muy gracioso, imbécil?”. Y el tipo largó una risotada: “Sí”, dijo. Manu tenía ventidos años y serios problemas de conducta; Lola tenía veintinueve y un cuerpo fenomenal. Facu pensaba que Lola no tenía que andar con un tarado como ése: se lo había dicho un día a Melissa y ella, con ese tono amargo de siempre, le dijo: “Y a vos qué mierda te importa”. Facu odiaba la palabra “mierda” en boca de una chica.
Ahora se había sentado en la arena, estaba cansado y le parecía que las heridas de los pies se le estaban abriendo. Eso no debía estar bien. Se le meterían cosas: mugre, bichos. Melissa iba lejos, había atravesado la ruta y ahora se adentraba en el bosquecito donde tenían las carpas.
–¡Melissa! –gritó. Ella no volteó. Un auto paró en la ruta y un par de chicas se bajaron con un perro. El pobre perro llevaba un sombrero y una corbata en el cuello. Las chicas lo filmaban con una camarita:
–¡Peter! –lo llamaban y se reían del pobre animal que trataba de sacarse la corbata con la boca y lo que hacía era apretársela.
–Estúpidas… –murmuró Facu, todavía sentado en la arena, mientras las miraba saltar y reírse con los pelos al aire: largos, lisos, bellísimos, como de propaganda. Tuvo una erección. En lo que iba de las vacaciones sólo había tenido sexo con Melissa y hacía varios días que ni eso. No podía concentrarse oyendo a Lola y a Manu en la otra carpa, muertos de risa y después diciéndose esas cosas tan cursis y después… En fin, no podía concentrarse y Melissa no ayudaba porque en vez de hablar de otra cosa le decía: “Se ve que ese Manu es tremendo polv…”, y cosas así que él prefería no recordar. Facu se levantó, se enrumbó hacia la ruta y cuando pasó al lado del auto de las chicas le pegó un olor fuerte a porro. Lola y Manu también fumaban porro, todo el día fumaban; por eso a la noche estaban así, risueños, idiotas. Estaba harto de ellos y de Melissa, se quería volver ya mismo a Buenos Aires. Facu cruzó la calle, entró en el bosquecito y encontró a Lola junto a su carpa, bañándose con agua de un balde.
–Hola –le dijo ella– Melissa está en el almacén.
Facu asintió, le pregunto por Manu y Lola le dijo que se había ido.
–¿Por qué? –dijo con auténtica sorpresa.
–Bueh –Lola sonrió–, después de lo de anoche…
Facu no entendía nada pero también sonrió. Lola le dijo que se echara un poco de agua, que estaba mugriento. Facu obedeció, se sacó la remera y dejó que Lola le echara agua del balde. Era agua dulce. Así mismo debían ser sus besos… Facu entrecerró los ojos. Las risas de las chicas de la playa les llegaron como un eco, los ladridos del perro también. Lola se acercó lo suficiente para besarlo y Facu sintió que la sangre le corría muy rápido, que le hervía la cabeza. Lola abrió levemente los labios, respiró hondo y dijo: “Chau, Facu, me vuelvo a Buenos Aires”. Y eso fue lo que hizo.

Destino

Ene 19

Sonia adoraba los labios rojos. Se pintaba y se repintaba con la furia de quien quiere borrarse un beso que le supo mal. Estaban en el departamento de Raquel, a punto de irse: era la noche de la fiesta.
–Ya llamé el taxi, pará con el labial –dijo Raquel. Sonia se miraba en el espejo y veía a alguien con muchas posibilidades de conseguir esa noche todo lo que quería: un hombre, a secas. O varios, pero a secas. Ya había pasado la etapa en que el sujeto hombre se adjetivaba favorablemente –inteligente, guapo, heterosexual…–, ahora todo lo que quería era el sujeto.
–¿Me veo bien? –le preguntó a Raquel, que la miró dudosa:
–Minnie, parecés. La ratona que se coge a Mickey Mouse.
Sonia alzó los hombros. Desde que se enteraron de la fiesta, habían pasado un par de semanas en las que gastaron horas completas haciendo pronósticos: Raquel conocería a un morocho de Junín, cara adorable y dientes torcidos, detalle que, en vez de disuadirla, le despertaría una ternura nunca antes experimentada. Sonia se daría besos con un chico de aspecto oriental, que vendría con el morocho de Raquel, y que sería sorprendentemente alto y fornido. Pero luego lo abandonaría por un rubito más bien insignificante con quien pasaría esa noche y las de los dos años siguientes; entonces él la dejaría por una chica mucho menor y mucho más fea que ella. “Siempre me dejan por gente insignificante”, le había dicho Sonia a Raquel, una de esas tardes, mientras se fumaba un cigarrillo.
Los pronósticos de la fiesta variaban de acuerdo al paso de los días y los cambios de ánimo de las chicas. Estaban en una de esas épocas difíciles en que, por alguna razón relativa al cosmos –nada que pueda explicarse racionalmente–, las dos llevaban un tiempo largo solas. No estaban en edad de andar muy solas, nadie atraviesa el umbral de los treinta para estar solo.
–Llegó el taxi –dijo Raquel. Sonia guardó su lápiz de labio y se colgó la cartera. Bajaron. En el taxi sonaba Voy a dormir, de Calamaro. Raquel adoraba esa canción.
–Adoro esa canción –le dijo a Sonia que se miraba en un espejito que había sacado de la cartera. Sus labios reteñidos seguían allí. El taxista las piropeó: para Sonia fue una pésima señal, para Raquel fue el zumbido de una mosca. Miró su reloj:
–¿No estaremos yendo muy temprano? –Era la una de la madrugada.
–Para nada –dijo Sonia.
La fiesta era en una terraza con vista sobre Córdoba. Sonaba Vicentico, hacía lindo clima, había lindas picadas y unos foquitos de colores adornaban el balcón. Todo estaba bárbaro, salvo la gente: chicos y chicas en sus ventipocos, que estaban producidos de esa manera que simula no haberse tomado el trabajo de producirse. Incluso Raquel, cuyo nivel de producción era tan elaborado como el de una maestra de jardín, parecía hiper producida delante de los pendejos. Se hicieron en una esquina de la terraza, cervezas en mano, y decidieron que, no bien alguna de las dos soltara la primera risa idiota –síntoma indefectible de que se estaban emborrachando, se irían–. “Es un embole emborracharse con pendejos”, aclaró una de las dos, a estas alturas ya no importaba quién. Y la otra dijo: “Es un embole hacer cualquier cosa con pendejos”.
El DJ puso una música bien tropical: un grupete de cuarta que, según dijo un chico que estaba cerca de ellas, eran los sucesores de “Miguel Conejito Alejandro”. Raquel fue la primera en reírse: ¿quién querría suceder a Miguel Conejito Alejandro? Le parecía la idea más ridícula del universo. Se ahogaba de risa. Tosía. Sonia ya estaba ebria, echada sobre una reposera maltrecha fumando de cara al cielo, jurándose que nunca más rechazaría a un tío de aspecto oriental por un rubito soso, no era buen negocio.
–¿De qué te reís? –el chico que había dicho lo de Miguel Conejito Alejandro encaraba a Raquel. Ella pensó que quizá no sería tan grave curtirse a un pendejo.
–Me río de Miguel Conejito Alejandro –dijo con una voz que consideró sexy.
–¿Qué tiene de malo?
–Nada, no sé…
–A mi viejo le gusta.
El pibito le dio la espalda, le dijo algo a otro chico y se rieron.
–Pendejo pelotudo –murmuró Raquel, ahora con voz claramente amarga. La mención de su padre quería decir: “sos una anciana decrépita y desubicada”. Sonia ya no tenía dudas de que la noche había fracasado estrepitosamente; se levantó de la reposera y le dijo Raquel que se fueran, Raquel caminó desganada. Entonces, justo cuando salían, vieron a un chico de aspecto levemente oriental –y que un sueño muy optimista podría considerarse alto y fornido–, que hizo que ambas se pararan en seco. Las dos se miraron unos tres segundos y percibieron brillos incandescentes en las pupilas de la otra. Sin decirse nada, se dieron vuelta y regresaron a la fiesta.

Romance

Ene 11

Era un dos ambientes modesto pero ordenado. Quedaba en la calle Piedras, Monserrat, y lo habitaban José y María, una pareja en sus treintitantos que no conseguía decidir nada muy serio con respecto a su futuro. Desde hacía algún tiempo habían empezado a plantearse las típicas preguntas incómodas de la mediana edad: ¿hijos? ¿boda? ¿hijos y boda? ¿nos estamos volviendo personas monotemáticas? Y siempre posponían las respuestas. Era sábado a la noche y Buenos Aires entraba con paso firme en el verano. Antes, cuando hacía mucho calor, José y María solían echarse desnudos en el balconcito que miraba al contrafrente de un edificio abandonado. Tomaban cerveza, o un vino barato con mucho hielo. Ya no hacían eso, habían cambiado, estaban gordos. No era lindo ver sus carnes blandas desparramadas. La última vez que lo habían hecho José se agarró la panza con las manos y luego recorrió con la mirada las tetas estiradas de María: “Estamos envejeciendo prematuramente”, dijo. María le contestó: “¿Por qué prematuramente?”
Esa noche, José miraba en la tele una entrevista que le hacían a Billy Cristal en Desde el Actor Studio. María fumaba y se abanicaba con una revista vieja que tenía en la portada a Fito Páez. José odiaba a Fito Páez, le parecía un invento descabellado, le parecía un curro, le parecía un señor que escupía demasiado cada vez que cantaba.
–Billy Cristal, lo mejor de Saturday Night Live– dijo María, que tenía esa manera rara de hablar, como si cada vez que abriera la boca tuviera que largar un slogan. María nunca en su vida había visto Saturday Nigth Live, José tampoco.
Al mediodía habían decidido que cenarían espárragos hervidos, a pesar del clima –que daba estrictamente para cenar helado de melón–. La madre de José cultivaba espárragos en Junín y cada tanto les enviaba cantidades desmesuradas: “¡Pura vitamina A, C y E!”, decía siempre, escrito a mano, en el paquete de espárragos que les enviaba la señora. Los últimos estaban por pudrirse. “Los espárragos no se pudren”, le había dicho José a María cuando ella sugirió esa idea. “Los de tu madre sí”, contestó ella.
–James, la momia Lipton, el más imbécil de los imbéciles– decía ahora María, con un dejo poético bien berreta, pensó José: a lo Ricardo Arjona. María se refería al conductor de Desde el Actor Studio, a quien odiaba empeñosamente, como si alguna vez ese pobre señor se hubiera dirigido a ella de malos modos. A José le molestaba que María siempre hiciera el mismo comentario: lo hacía cada vez que veía a James Lipton, aunque fuese en una propaganda, en un cartel en la calle, en el recuerdo.
Por el balconcito entró el ruido de una bocina y luego se escucharon aplausos y risas en respuesta a algún chiste que hizo Billy Cristal. James Lipton se sonrió de lado y, sin más expresión que ese rictus difícil, dijo: “Don’t you fuck with me, Billy”. José se río salvajemente. María pensó que eso no daba risa. José se reía de cualquier cosa, para él reírse era parte de la inercia de estar echado en el sofá, con las patas sueltas y la panza distendida.
–Toda la casa huele a espárragos, ¿querés ir a ver si ya están?– dijo María y escondió nariz y boca en el cuello de su remera; el olor a espárragos le recordaba al olor del meo tras haber comido espárragos. Cuando era chica, su madre le tenía que tapar la nariz para hacérselos tragar.
–¿Por qué no vas vos? Yo estoy viendo el programa. –Yo también– la voz de María sonó nasal. Estaba aguantando la respiración. –A vos no te gusta este programa. –No me gusta la momia Lipton, el programa sí. José se paró molesto, caminó hasta la cocina, destapó la olla y el vapor verdoso se elevó hasta el techo, alimentando esa mancha de humedad que tenía forma de una gran ameba. El olor llegó hasta el living, donde María aspiraba su remera hasta bien al fondo: olía a jabón Querubín, que es como el Ayudín pero más barato. Lo había comprado José.
–Ya están– dijo José, traía un par de platos con espárragos y un frasco de mayonesa Natura. Puso todo en la mesita del living usando la cara de Fito Páez de bandeja. Miró a María:
–¿Querés dejar de olerte las tetas?
María sacó la cara de la remera, agarró un espárrago y lo zambulló en la mayonesa. Lo chupó y lo volvió a zambullir. “…Don’t you think so?”, dijo Billy Cristal. María mordió un pedazo de su espárrago chupado. Masticó. “No, I don’t”, contestó James Lipton.
–Puro meo– dijo María, y escupió en el plato la pasta verde que tenía en la boca. José no la vio, si la hubiera visto le habría gritado sucia o asquerosa, con mucha cara de asco. Pero no la vio, estaba ocupado riéndose como un poseso, señalando la tele con un espárrago que chorreaba mayonesa.