Axel Owens
Mar 15
La habían invitado a una fiesta de aniversario de un bar levemente rockero. Su primera respuesta fue: “Ya no estoy para esas cosas”. Pero igual fue. Estamos hablando de una mujer que hace tiempo supera los cuarenta, y todavía tiene un porte escultural. Es una especie de leyenda en el gremio de los músicos. Nunca cantó nada pero tiene groupies. Al parecer hizo algunos coros, yo nunca los oí. Y en una época se dedicó a bailar cosas de tipo alternativo. No sé qué cosas. El caso es que siempre fue una famosa chica desconocida. Esta vez, cuando llegó al bar, vestida con una blusa roja que resaltaba su piel blanca y sus rulos negros —peinados de ese modo desentendido como quien dice “por acá nunca entró un cepillo”—, nadie la abordó en masa. Igual, ella mostró sus dientes relucientes, saludó a unos y a otros y se zambulló en una mesita de esquina con un viejo amigo al que no veía desde hacía “décadas”. En verdad, no lo veía hacía meses, pero en ese mundo —como en casi todos— está bien exagerar.
Tocaba una banda ruidosa. Cada vez que su amigo le quería decir algo tenía que forzar la voz y, entonces, la vena que atravesaba su frente se le marcaba. Ella fruncía el ceño en señal de disgusto ante esa vena abultada, y prendía un cigarrillo con otro. En una de esas se le acercó un mesero —impúber, aros en las cejas— y le dijo: “Acá no se puede fumar”. Y ella se sintió tan retro. —¿Cómo no se va a poder fumar, nene? —dijo, pero el nene no entendió, o no escuchó por el ruido. Ella intentó decirlo un par de veces más y, al final, exhausta, tiró el cigarrillo y lo pisó con sus botas negras de plataforma bien Valeria Leik. En un brote vanidoso quiso explicarle al muchachito quién era ella, pero el ruido también se lo impidió. Y es que ella era alguien que, como decirlo… —lo hemos dicho, pero en su cabeza era necesario enfatizar—, alguien que podría llamarse Axel Owens. Ese sería un nombre perfecto para ella. ¿Por qué? Porque una buena parte de la gente, lo que se dice “el común de la gente”, puede no saber o no recordar de quién se trata; pero quienes lo saben, quienes la recuerdan, solo pueden adorarla.
—Ya no estoy para estas cosas —dijo Axel Owens a su viejo amigo. Y el viejo amigo se acercó mucho a su oído para decirle “yo tampoco”. Y Axel Owens alzó los hombros y sonrió poquito, como quien es testigo de una travesura muy menor: una de esas travesuras que suelen ir acompañadas de la expresión “ups”. Pero Axel Owens no dijo “ups”, le pareció muy retro. Después mucho no hablaron, se limitaron a dar golpecitos con los dedos en la mesa y a tararear esa música espantosa. Cada tanto alguien les traía un trago y miraba a Axel Owens como quien mira a una institución importante, cuya importancia no se tiene muy clara pero igual se reconoce. Algunos, incluso, se la quedaron mirando un poco más de los tres segundos tolerados por el protocolo y pensaron para sí: “¿Axel Owens?” Y suspiraban, y seguían su camino.
En algún momento de la noche ella quiso ir al baño. Se levantó de la silla apoyándose en el hombro de su viejo amigo, para no correr el riesgo de trastabillar. Se habían tomado varios tragos dulces y eso a Axel Owens no le sentaba nada bien. Caminó erguida por el pasillo atestado de personas jóvenes transpiradas. Alguna vez Axel Owens había sido una de esas personas, pero ahora era otra persona y, si llegaba a tropezarse, no sería más que un restito de persona que, definitivamente, no merecía llevar su falso nombre. Cuando estuvo frente al espejo del baño, Axel Owens se irguió en su cuerpo esbelto y delgado, enterró los dedos en sus rulos para alborotarlos aun más y prendió un cigarrillo. Imaginó que con ese pequeño gesto causaría una conmoción; que se dispararían los detectores de humo y que todos esos chicos transpirados entrarían en una histeria colectiva gritando: “¡Salven a Axel Owens por favor!” Y tirarían la puerta del baño y la alzarían como a una estrella, una verdadera estrella de rock. Luego saldrían a la calle, en una masa compacta —su cuerpito elevado sobre las cabezas de todos—, imaginando que atravesaban paredes del fuego inexistente provocado por Axel Owens. Chupó el cigarrillo hasta que sus mejillas se hundieron tanto que, en el espejo, su cara se convirtió en la calavera. Luego soltó una bocanada espesa y toda su visual se empañó.
—¡Abran! —alguien tocaba la puerta del baño: ya venían por Axel Owens, se dijo Axel Owens que, aun frente al espejo, decidió que no abriría, que esperaría un poco más. Esperaría a que sonaran las sirenas y que del techo cayera un chorro de agua que la empapara de la cabeza a los pies. Axel Owens se rió de su ocurrencia: era una imagen tan antigua; ochentona como su pelo y su delgadez y su falso nombre… si hasta casi podía oír a los Bloody Beetroots al fondo. Axel Owens apagó su cigarrillo, volvió a alborotarse el pelo con los dedos y abrió la puerta. Un par de chicas transpiradas entraron a propulsión, haciéndola a un lado bruscamente: como a una gacela enclenque, como a un bicho molesto, como a una boca que despide un aliento avinagrado. Afuera, la masa compacta seguía bailando esa música horrenda.