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Mary (Soho. Ed. 112, 2009)

Oct 20

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Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.

Mary entró a su departamento y se encontró de frente con un superhéroe gordo que se quejaba de que ya no podía volar. Otra vez habían hecho rodar la mesita del televisor hasta el hall de la entrada. La corrió hasta la sala y tiró su cartera en el sillón.

—¡Destrucción!

Gritó Miguel, que acababa de chocar con su tanque de guerra a dos robots que estaban en el piso. Mary fue a darle un beso.

—Hola, mi amor precioso, ¿cómo estás?

Miguel ni se inmutó. Tenía los ojos fijos en los robots caídos.

—¡Los desterré del universo!

Dijo con su voz “espacial”.

—Precioso, ¿te comiste esa comida tan rica que te hizo Nelly?

Mary lo alzó y lo besó en la cara. Él pataleaba en el aire y se limpiaba después de cada beso:

—¡Guácala!

Tenía puesto su disfraz de mago y se le cayó el sombrero. Del sombrero salieron el conejo, el pañuelo rojo y la lámpara de piso tamaño miniatura que fue a darle a Mary justo en el pie.

—¡Auch!

Se quejó ella y su hijo soltó una risita. Mary se lo acomodó de lado, de piernas abiertas sobre su cadera ligeramente alzada, y se volvió a la televisión.

—¿Comiste rico, corazón?

Pasaban una propaganda de leche extra calcio. Nelly salió de la cocina. Tenía un delantal manchado de verde y se secaba las manos con un trapo.

—No comió, señora, dice que las habichuelas son venenosas. Solo quiso cereal. Y acaba de llamar el señor Carlos, que va a pasar a saludar al nene.

—¡Nooo! ¡Arma mortal!

Gritó Miguel y pateó a Mary con sus talones afilados. Ella lo sentó en el sillón y le dijo: “Basta”. Miguel se abalanzó sobre su cartera, la abrió y sacó al hombrecito de la nave, que todavía estaba empacado. Ella le dijo que no debía revisar la cartera de su mamá y que eso que había encontrado era un regalito que le iba a dar solo si se había comido las habichuelas, pero como no… Miguel ya había desempacado al hombrecito y le hablaba sobre una misión, mientras señalaba a uno de los robots “intergalácticos” que estaban en el piso. Ella suspiró de cansada, apagó el televisor y oyó el timbre. Nelly fue a abrir la puerta:

—Siga, señor.

Mary fue a buscar un cigarrillo a su habitación.

—¡Zambomba, aún respira! ¡Por las barbas de mi abuelo, elimínenlo!

Gritaba Miguel. Cuando Mary volvió a la sala vio que Carlos estaba agachado frente a su hijo y lo tomaba por los hombros:

—Basta, Miguel, no hables así.

Después le dio una caja envuelta en un papel de regalo, lo besó en la frente y la miró a ella.

—Tienes que hacer algo, Mary. El niño está todo el día mirando televisión y habla como los dibujitos. ¿Cómo es posible que diga “zambomba”?

—Bueno, “por las barbas de mi abuelo” me parece peor, querido.

Mary prendió su cigarrillo. Miguel había roto el papel de regalo y jugaba ahora con el carro de bomberos que le había traído su papá. El hombrecito de la nave yacía bajo el sillón.

Carlos le preguntó a Mary si no había dejado de fumar, se sentó y subió a Miguel sobre sus piernas. Mary le dijo “qué te importa”, prendió el televisor y se quedó de pie. Estaban pasando el noticiero. Lo apagó. Después se puso el cigarrillo en la comisura del labio y fue a levantar a Miguel. Cuando lo alzó, el carro de bomberos cayó al piso y sonó una sirena.

—Ya es tarde. Tiene que dormir.

Dijo ella. Le salió una voz rara: como la “espacial” de su hijo. Hacía mucho que no hablaba con un cigarrillo en los labios. Nelly salió de la cocina y dijo “hasta mañana, señora”.

—Déjamelo un ratito más, Mary, por favor. Lo extraño.

Carlos la miró con ojos de súplica. Miguel la abrazó fuerte y escondió la cara en su cuello.

—Pero él no. Acá nadie te extraña.

Dijo ella. Y caminó rumbo al cuarto de Miguel.

***

Miguel no se quería dormir, decía que la galaxia estaba en peligro y que él había perdido sus poderes porque Robotina no le había dado de comer.

—Te he dicho que no llames así a Nelly.

Le dijo Mary. Después le cantó la canción de la iguana. Miguel se durmió. Antes de apagar la luz Mary miró su capa de mago y recordó que Carlos se la había comprado para su primera fiesta de disfraces en el Jardín. La capa ya estaba vieja. Mary pensó que al día siguiente le compraría otra. O no, no otra capa, mejor otro disfraz.

Salió del cuarto y vio que Carlos seguía en el sillón de la sala. Estaba mirando en el noticiero algo sobre el accidente del metro. Un niño aplastado: el suicida precoz, lo llamaban. La madre había llorado en vivo en todos los programas y los analistas culpaban a los dibujos animados de la tragedia. Algunos testigos dijeron que el niño quiso volar y se tiró por la ventana. Carlos se veía consternado. A Mary le pareció el colmo que él creyera que podía mirar el noticiero en su casa, así tan olímpicamente.

—No puedes venir a mi casa así como así

Apagó el televisor con el control, estaba parada detrás del sillón. Carlos se volvió a mirarla.

—¿Viste lo de ese accidente? ¿Viste lo que dicen de los dibujitos? Me preocupa Miguel, Mary.

—Ay, nunca lo saco en metro.

—Nunca lo sacas, querrás decir. Y ese no es el punto, sino que se la pasa todo el día viendo porquerías y hablando como un superhéroe espacial.

—Estás exagerando.

—¿Exagerando?

Mary se metió en la cocina y se sirvió un vaso de vino. Carlos entró detrás, se sirvió otro y se le puso enfrente. Mary vio su cara reflejada en el vaso de él, era un fantasma de película de terror. Qué pálida estaba. Qué muerta estaba. ¡Qué ojeras! Quiso tener ganas de estrellar el vaso de vino contra la pared, de maldecir y de decirle a Carlos que se largara de una puta vez y la dejara en paz. Pero estaba tan cansada. ¿Con qué cara venía a su casa a decirle cómo criar a su hijo? Él, que los había dejado por…

—…esa bruja.

Dijo Mary.

—¿Qué bruja? ¿De qué hablas? ¿Estás borracha?

—Tuve un mal día, Carlos. Mejor vete y hablamos después.

—No, no me voy a ir. Y yo también tuve un mal día.

—Ah sí, claro. Si quieres hacemos un ranking, querido.

Mary salió de la cocina, fue hasta su habitación. Carlos la siguió. Ella entró al baño y se desvistió. Se puso una bata y volvió a salir. Ahora Carlos estaba sentado en la cama tomándose su vaso de vino y mirando el techo. No el de él, el de ella: el de las florcitas. Mary tomó del tocador la crema para desmaquillarse y vio que él la miraba. Ahí venía de nuevo:

—¿No entiendes, verdad? En serio me preocupa Miguel, la última vez que lo llevé a comer pidió “emparedados” y “goma de mascar”. El niño vive en una burbuja, nadie habla de esa forma fuera de la televisión.

Mary se estaba pasando una toallita húmeda por los ojos y no supo si reírse o pegarle tres cachetadas. Era increíble verlo preocupado por semejante idiotez. ¿Qué era lo que quería, demandar a Cartoon Network?

—¿Qué es lo que quieres, demandar a Cartoon Network?

—No, quiero que nuestro hijo sea normal.

Nuestro hijo: ¡que fácil lo suyo! Mary terminó de limpiarse la cara y bostezó. Pensó que no podía ser más descarado.

—No puedes ser más descarado.

—¿Qué? No hables mientras bostezas, ¿quieres? No se te entiende nada, ¿que soy un qué?

—Nada, que aquí el único anormal eres tú, y que no te atrevas a…

Carlos entró al baño. La dejó hablando sola, obvio, si ya sabía lo que venía: a decirme cómo criar a mi hijo, porque tú te fuiste y nos dejaste, grandísimo idiota. Mary abrió el cajón del tocador y sacó otro cigarrillo de los de reserva, lo prendió y se fue a la ventana. El aire estaba tibio y pegajoso. Como un útero, pensó. Después se dio vuelta y vio que Carlos se volvía a sentar en la cama. ¿Por qué no lo echaba de una buena vez? No podía entrar y salir de su casa y de su vida cuando se le diera la gana.

—No puedes entrar y salir de mi casa y de mi vida cuando se te dé la gana.

Carlos no pareció escucharla. Ahora estaba como congelado, mirando el vaso de vino. Después volvió a mirarla:

—Hoy tuve un día extrañísimo en el trabajo. ¿Te puedo contar?

Mary quiso contestarle que no, porque a ella qué le importaba lo que le pasara, y que ojalá ella pudiera decir que tuvo un día extrañísimo y no un día de mierda.

—¿Qué te pasó?

Dijo. Él respiró hondo, tomó otro sorbo y lo saboreó. Se puso de pie y caminó lentamente hasta la ventana. A Mary todo le pareció un exceso. En eso sí que eran iguales todos los hombres. Tiran una línea: hoy tuve un día extrañísimo en el trabajo. Ajá. Tres horas después continúan: maté a mi secretaria, por ejemplo. O como le había dicho él mismo aquella noche, hacía no tantos meses: me enamoré de otra mujer. Y esa vez Mary no dijo nada. Se dio una ducha, se metió en la cama, hicieron el amor y al día siguiente ella se fue temprano a trabajar. Solo cuando estuvo sola en su oficina, frente a su taza de café de soja, pudo llorar y sentirse miserable. Y después de todo lo que había pasado, allí estaba ella, a su lado, esperando a que le contara la crónica de su día. Se le hizo un bollo en el pecho y se odió por tener tantas ganas de abrazarlo.

—Bueno, si no vas a hablar, mejor lárgate.

Le dijo.

—¿Yo?

—¡No, el Capitán Centella!

Le dijo ella, quizá en un tono muy alto. Carlos la miró, hizo un gesto irónico o de reproche, o los dos, y luego la señaló.

—¿Ya ves que en esta casa solo se piensa en dibujitos animados? Con razón Miguel está como está. ¡Cruzo los dedos, querida! Es que pienso en ese niño del metro y me da escalofríos.

Mary apagó el cigarrillo en el cenicero del tocador, se amarró fuerte el lazo de su bata. Carlos estaba matando el último sorbo de vino de su vaso de florcitas y acababa de acribillar el resto de su paciencia. Ella no tenía ninguna intención de pelear, había estado conteniéndose todo el rato. Pero esto no se lo iba a permitir: cómo era posible que la acusara de corromper a su hijo cuando el único culpable de los traumas de Miguel era él.

—¡No sé qué mierda te pasa! Ahora te vienes a hacer la víctima cuando fuiste tú el que…

Carlos la paró, sacudió la mano como espantando a un bicho y le dijo que no empezara con eso. Puso cara de fastidio. Mary no podía creer que siempre fuera lo mismo: él los abandonaba, y eso había que aplaudirlo…

—¡Clap clap!

Le gritó, y aplaudió muy cerca de su cara. Él se echó hacia atrás y la miró aterrado. Pero ella que se quedaba lidiando con su hijo, con su trabajo y con el universo entero, era la culpable de todas las cosas malas que pasaban, hasta del suicida precoz. ¿Acaso ella había empujado a ese niño?

—¡Acaso yo empujé a ese niño!

Gritó más fuerte, casi sin darse cuenta de lo que estaba gritando, porque no era eso lo que quería gritar sino todo lo demás: lo del abandono y esas cosas, pero eso fue lo que le salió. Y es que con Carlos siempre le salían cosas como esa.

—¡Destrucción!

Esta vez fue Miguel quien gritó y los dos corrieron hasta su cuarto. Cuando entraron, estaba parado sobre la cama con los ojos cerrados y una espada de plástico apuntando hacia el techo.

—Está soñando, no lo toques. Vete que yo me ocupo.

Dijo Mary, se arrodilló en la cama y le quitó la espada con cuidado de no despertarlo. Le bajó los brazos y lo acostó muy despacio. Carlos seguía allí, con la sábana en las manos. Lo arropó. Miguel murmuraba cosas.

—Habichuela, papi, bruja, muerte a Federico…

Mary se acostó pegada a su hijo, lo abrazó por la espalda, se secó las lágrimas con la capa de estrellitas desteñidas y la manchó con restos de rimmel. Carlos se acostó detrás de ella, también la abrazó. Mary no dijo nada, cerró los ojos y por un instante brevísimo sintió que en esa cama tan chica estaba toda su felicidad. Pero luego, en medio de la respiración de Miguel, de su llanto y del silencio, volvió a escuchar el sonido familiar, doloroso, de la puerta de salida.

Susy (Revista Zut. Ed. 9, 2009)

Oct 20

Zut 9

Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.

Susy oyó el despertador de la radio, el hombre ruidoso de todas las mañanas cantaba su estribillo: “¡Un maravilloso día se asoma en tu ventana! ¡Hola día, hola ventana, hola pajaritooos!” Se levantó sobresaltada, pero no por los gritos del hombre a los que ya estaba acostumbrada, sino porque otra vez había soñado con su padre. Susy tenía los ojos húmedos y la garganta seca, y lo extrañaba como nunca. Desde aquella última vez que lo vio, no hacía más que extrañarlo. Salió de la cama, puso a llenar la bañera y después se sentó en el inodoro a repasar las conjunciones.

La noche anterior había hablado con el médico del geriátrico. Le rogó que por favor dejara ir a su padre y a sus compañeros a verla en vivo a la final del programa concurso. El médico se había puesto difícil en el último momento porque insistía en que su padre se estresaba demasiado cuando la veía, que si acaso ya no se acordaba de la última vez, y que ella sabía muy bien que no convenía someterlo al pasado.

—Y a usted tampoco le conviene, señorita. Perdone que se lo diga, pero me parece que eso del programa concurso es un gran retroceso para su salud psíquica.

Susy se echó a llorar. Le explicó que ella había esperado ese día desde la primera vez que ganó en el programa, varios meses atrás. El productor le había dicho que si llegaba a la final podía escoger a su público, y ella enseguida le dijo que quería que llevaran a su padre y a sus compañeros del geriátrico. Porque Susy sabía que lo que más le gustaba a su padre era presumirla. Y le dijo al médico que le había costado mucho convencer a la producción, porque le habían puesto algunas trabas: que eran ancianos y habría que traer enfermeros, que las luces y el humo del set podían ponerlos nerviosos, que si alguno se meaba ellos qué hacían.

—Pero yo les dije que eso no era problema porque todos los pacientes usaban pañales, ¿no, doctor?

—Por supuesto —le contestó en tono seco.

Y Susy dijo que por eso mismo, y que al final insistió tanto que el productor aceptó. Entonces el médico, tras un resoplido, le dijo que lo pensaría.

Susy salió de la bañera, se vistió con una falda de paño gris y una blusa blanca de mangas plisadas. Después se hizo un moño en el pelo y se sentó en el sofá de la sala con su libro de gramática. El auto del programa pasaría por ella recién a las seis, así que tendría todo el día para prepararse mejor.

Mientras repetía la lección de los verbos auxiliares, levantó la cara y vio su reflejo en la pantalla apagada del televisor. Su moño recién hecho ya tenía hebras hirsutas sobre las orejas. Trató de acomodarse los pelos parados: los aplastó con saña una y otra vez, y cuando ya parecía que se quedaban en su lugar volvían a erizarse. Suspiró resignada. Desde chica siempre tuvo un pelo difícil y lo mejor que su padre podía hacer con él eran moños. Cada vez que la peinaba o la vestía o le ataba las zapatillas, su padre solía repetirle que las personas podían tener sólo dos cualidades en la vida: ser lindas o ser listas. Y le decía que como ella no había sido afortunada con la belleza, su única opción era cultivar la inteligencia. Susy le replicaba: “Pero la belleza también se cultiva, papá”. Ahora, pensándolo en retrospectiva, a Susy le parecía que ésa era una observación muy lista para una nena de ocho años. Pero su padre se reía y le decía: “No mi amor, lo que hay que cultivar es tu cabecita”. Y le daba toquecitos en el moño que otra vez se desacomodaba.

Susy cerró el libro, después cerró los ojos y se agarró las manos nerviosa: por favor, por favor, que papá vaya esta noche. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Una pareja se besaba en un banco del parque de enfrente.

—Ósculo: beso; diáfano: claro; gélido: frío… —murmuraba Susy.

De repente se detuvo: la mente se le puso en blanco y se quedó congelada mirando el parque. Eso de paralizarse le pasaba antes, cuando era chica y se aproximaba la final de un programa concurso. Hoy Susy se sentía como si fuera la primera vez que iba a una final, y no tenía por qué ser así: ella tenía una larguísima trayectoria en finales de programas concurso. Ella había sido Niña Genio ocho veces seguidas, y después no fue más porque los del programa la obligaron a retirarse para darles chance a otros niños.

Pero, en el fondo, Susy sabía que esta vez sus nervios eran distintos. Eran nervios de emoción: si su padre iba esa noche, el programa sería como los de antes. Se lo imaginaba en el auditorio buscando la cámara para alzar su dedo gordo, y a todos sus compañeros palmeándole la espalda. Ojalá esa noche volviera a hacer esas cosas, pensaba Susy, porque últimamente su padre siempre estaba molesto, irascible.

El mal humor le había empezado hacía más o menos un año, ese día que lo visitó en el geriátrico. Él estaba dichoso de vivir en ese lugar, en el recorrido por el jardín se le acercó al oído y se lo dijo: que ésa sí era una casa linda y sofisticada, no como ese cuchitril en el que ella vivía. Y a Susy le pareció muy lógico, porque su casa no era nada del otro mundo. Pero cuando llegaron al salón donde los ancianos jugaban cartas, su padre tenía cara de molesto y ella no entendía por qué.

—¿Qué te pasa, papá? —le preguntó.

Su padre no dijo nada, sino que la tomó muy fuerte del brazo y la llevó hasta el centro del salón.

—Atención, compañeros, ésta es mi hija Susy: la Niña Genio —dijo, y todos se burlaron de él. Susy le dijo: “Papá, no, por favor”, pero él se aferró a su brazo más fuerte e insistió en que sí, que era ella: —¡Ocho veces Niña Genio! —gritó. Y que habría sido más si esos envidiosos de la televisión no le hubieran truncado su carrera. Ahora ya no había verdaderos Niños Genios, decía su padre, que ahora todos los niños eran tarados: se la pasaban viendo porquerías en las computadoras y por eso cuando crecían eran unos perfectos fracasados.

—¡Drogadictos y putas!

Y que después terminaban siendo unos ancianos hediondos como todos los que estaban allí.

—¡Porque ustedes huelen a mierda! —les gritó y el salón entero se quedó mudo. Los enfermeros trataban de calmarlo, lo agarraban por los hombros y le decían que soltara a la señorita, que le estaba haciendo daño. Susy le decía: “Suéltame papá, por favor, papá”. Entonces él la soltó y dio unos pasos hacia atrás, mirándola aterrado. Ella, llorosa, trató de acercársele, pero él se abrazó a uno de los enfermeros y se largó con unos alaridos espeluznantes:

—¡Que me alejen de ese demonio!

Después de ese día sólo pudo hablarle una vez por teléfono, fue cuando se inscribió en el programa concurso y quiso avisarle para que la viera por televisión. Le juró que iba a ganar y que otra vez sería la Niña Genio, aunque no exactamente porque éste era un programa para adultos. Su padre le dijo que bueno, y que no se olvidara del gorrito marinero. Y colgó.

La primera vez que su padre la llevó a un programa concurso la vistió con un conjunto marinero y le tapó el moño con un gorrito. Esa vez, cuando Susy se vio en el espejo pensó que parecía un niño. Pero su padre le dijo que no, que hasta se la veía “casi bonita”, y a ella le gustó que le dijera eso. Su rival aquella vez era una nena de pelo suelto, rubia, con cara de ángel, que hacía comerciales y decían que era muy lista. En el camarín, antes de salir al set, Susy le dijo a su padre: “Ella es linda y lista, papá”. Y su padre se rió, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Pero tú eres más lista, mi amor”. Susy ganó. Con la plata del premio su padre terminó de pagar el auto y la llevó a cenar a un lindo lugar de pollo frito.

Muchos años después a Susy le contaron que esa nena rubia que había sido su rival se había hecho actriz de telenovelas y que era famosa. Cuando le dijeron eso, Susy pensó que ella también habría podido ser actriz. Y recordó esa vez que un hombre entró en el set del concurso y se le sentó al lado, le dijo que él era director de televisión y que la quería para una miniserie: ella sería una chica superdotada a la que todos rechazaban por envidia. Susy le dijo al hombre que ella no era superdotada y se rió por un rato sin saber por qué se reía, y eso que en ese entonces tenía frenillos y no le gustaba reírse. El hombre insistía en que ella era perfecta para el papel y le palmeaba la pierna, divertido. Entonces Susy le dijo que bueno, pero que tendría que preguntarle a su papá.

—¡Puta, puta, puta! Tres veces puta —fue lo que le dijo su padre y le dio tres cachetadas. Y habría seguido, pero a Susy se le incrustó el labio en los frenillos y empezó a escupir sangre. Ese día lloró como nunca.

Ahora Susy también lloraba. Lloraba y se reía, lloraba y se volvía a reír. Se alejó de la ventana, se secó los ojos, dio una vuelta alrededor de la sala y cambió un elefantito de cerámica de lugar. Pensó que pensar la ponía muy nerviosa: no tenía que pensar nada, tenía que estudiar. Entonces se agachó frente a la pantalla del televisor, se compuso el moño y agarró el libro de gramática. Salió de la casa.

***

—Disculpe, ¿es usted Susy?

En el bar no había nadie, salvo esa mujer gorda parada al lado de su mesa, con una servilleta y una lapicera en la mano. Le pidió un autógrafo. Le dijo que ella veía el programa y que esa noche seguro que iba a ganar porque…

—Yo no soy Susy —dijo Susy. La mujer la miró confundida, pero casi enseguida se sonrió, entrecerró los ojos, alzó el dedo índice y lo movió en sentido negativo.

—No, no, no. A mí no me engañas, querida —le dijo. Pero Susy no sonrió ni hizo nada, Susy volvió a su libro de gramática. La mujer dijo que bueno y murmuró algo de lo que Susy sólo entendió la palabra pelo.

A Susy ya no le gustaban esas cosas de los fans. Antes sí, antes ni siquiera entendía que algunos famosos dijeran que no les gustaba ser famosos. A Susy le encantaba ser famosa. Hasta muy entrada en la adolescencia le estuvieron preguntando en la calle si ella era la Niña Genio, y ella decía que sí y se le calentaba la cara de emoción. La última vez que había ganado el título tenía once, y después, aunque tuvo más propuestas, su padre sólo la dejó hacer un par de comerciales de libros de texto. Entonces la gente la reconocía, los niños le pedían autógrafos y se tomaban fotos con ella. Pero después vino ese día fatal en la fila del supermercado. El chico de la gorra la pasó como si nada, la empujó, incluso, y no le pidió perdón. Entonces ella le tocó el hombro.

—Ése no es tu lugar. El chico se dio vuelta y se la quedó mirando. —¿Y quién eres tú para decirme cuál es mi lugar, esperpento?

Y Susy, como estaba acostumbrada a decir eso, le dijo eso:

—Yo soy Susy, la Niña Genio.

El chico la miró con cierta perplejidad y luego lanzó una carcajada salvaje con la bocaza muy abierta, y su aliento a pescado le pegó a Susy directo en la cara.

El chico se rió tanto que se le salieron las lágrimas y se le cayó la canastita con sus compras. La gente de la fila preguntaba que qué ocurría, y el chico señalaba a Susy sin poder hablar. Susy alzó los hombros y dijo:

—Le dije que soy la Niña Genio.

Y ya no hubo sola una persona en ese lugar que no se riera, o eso le pareció a ella, que tiró al suelo su propia canastita y salió corriendo. Después se sentó en un parque hasta que se hizo de noche.

***

Susy apoyaba su cabeza en una silla reclinable, mientras una mujer le ponía rubor en las mejillas y otra le quitaba el empince que le habían hecho en el pelo. No entendía por qué la estaban maquillando porque ella nunca se maquillaba. La mujer le explicó que el público comentaba que ella se veía un poco insípida en la televisión, y en la televisión nadie podía verse insípido. A Susy le pareció una explicación razonable.

—Ya estás —le dijo la mujer. Ella se miró en el espejo.

—Parezco un payaso. La mujer giró media vuelta la silla de Susy y, de pie frente a ella, la miró con la cara muy ladeada.

—Es verdad —dijo. Se lamió la yema de dos dedos y se los restregó en las mejillas. Era para difuminar un poco la pintura, le explicó. Su saliva olía a cigarrillo. La puerta del camerín se abrió.

—¡Acá está! Era su padre que venía con una mujer rubia del brazo.

Susy soltó un gritito de contenta, se levantó de un salto y se dio vuelta aplaudiendo. Su padre tenía un traje marrón y el pelo engominado. Ella se le lanzó encima para abrazarlo, pero él la detuvo y le dijo:

—Espera, ¿no vas a saludarla? ¡Fue tu primera rival!

Y miró alelado a la rubia, que sonreía tan preciosa y saludaba tan amable a las señoras maquilladoras, que no paraban de decir que qué linda, que qué hermosa, que qué bella es Muchacha soltera. Susy quiso decirles que todas esas palabras eran sinónimos y que repetirlas no le agregaba sentido a la oración, pero la rubia habló primero:

—¡Oh, Susy, cuánto tiempo!

Le dio dos besos rápidos en las mejillas, le agarró las manos y le deseó “¡la mejor de las suertes, querida mía!”. Y que su padre era un encanto. Luego tiró más besos al aire y dijo que “adiós, adiós, tengo tanta prisa”, abrió la puerta y se fue por el pasillo sacudiendo su pelo largo y brillante. Su padre iba a saliendo detrás, pero Susy lo detuvo.

—Papá, qué bueno que viniste, ¡estoy tan feliz! —le dijo y le dio un abrazo. Su padre le dijo que sí, sí, claro, pero la miró con una expresión extraña, como si no la reconociera.

—¿Qué? —le preguntó Susy y enseguida se acordó del gorrito marinero. Se tocó el pelo, trató de pensar una disculpa.

—Que pareces un payaso —le dijo su papá, después se asomó a la puerta y se lamentó porque la rubia se había ido. Susy miró a su alrededor y se dio cuenta de que las maquilladoras también se habían ido, entonces se lamió las yemas de los dedos y se restregó las mejillas. Luego se acercó a su padre que seguía en el umbral de la puerta y le dijo:

—Ella es linda y lista, papá.

Su padre le dijo que sí. Después, sin volver a mirarla, se alejó por el pasillo.