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Posteos en ‘crónicas’

Pura sangre (Don Juan. Ed. 8, 2007)

Oct 20

don_juan

Fotos de la nota en la revista.

–¡Ignacito se cashoooo!

La señora que grita tiene una blusa beige bordada, lentes de sol rasgados a lo Victoria Ocampo –referente de las señoras ricas porteñas–, y un marido al que agarra por la manga y estremece. El marido la tranquiliza: que Ignacito siempre fue travieso, que va a estar bien. Pero la señora ya se olvidó de Ignacito y ahora dice que ¡Eduardito, ché, no se peleen así!

En la cancha se juega la final del Abierto de Palermo, el campeonato de Polo más importante del mundo. El abierto sólo lo juegan argentinos, pero –aunque suene muy argentino– en el mundo no existen mejores polistas que eshos. Los equipos enfrentados son La Dolfina, con 39 de handicap, y La Aguada con 37. El handicap de un equipo es la suma del handicap de cada jugador, que es el puntaje que se les da anualmente para calificar su desempeño, y que va del 1 al 10. Esta tarde ganará la Dolfina –que también ganó el año pasado–, pero el partido será reñido, emocionante, y la tribuna gritará tanto que por momentos muy breves algunos nos sentiremos en un partido de fútbol.

La señora que grita podría ser algo así como la tía abuela de los polistas de La Aguada: los hermanos Novillo Astrada –“Ignacito”, Eduardo, Miguel y Javier. Los chicos son polistas profesionales, pero para la “tía abuela”, es como si estuvieran jugando en el campo familiar, porque en el campo familiar deben comportarse muy parecido a como lo hacen hoy en el partido: ¡¿qué te pasa?, ¡tarado! grita un Novillo Astrada que acaba de hacerle un pase a otro, y el otro, que perdió el pase, le responde que no sea pelotudo y que se deje de joder.

Es lógico que un equipo de Polo lo conformen cuatro hermanos, de hecho es una tradición que ha caído en desuso porque ahora en el polo, como en casi todos los deportes, los jugadores se compran y se venden al mejor postor. Pero siempre fue y sigue siendo un deporte muy exclusivo, apto sólo para caballeros: o sea, gente con muchos caballos, campos y tiempo para dedicarse a montar. Y en ese sentido, está claro que los caballeros no abundan ni en la Argentina ni en ninguna otra parte. Por eso, supongo, cuando se arma un equipo de polo inevitablemente entra a jugar el factor consanguinidad: que alce la mano el que tenga caballos, campos y doble apellido… ups, pero si todos son hermanos, qué casualidad.

El campo de Palermo está en el medio de la ciudad y pertenece al Ejército, que lo cede a los polistas a cambio de la mitad de los ingresos publicitarios. En dos esquinas del campo, bajo los árboles, están los palenques: donde los equipos preparan a sus yeguas –en el polo por lo general se usan yeguas porque, dicen, son más dóciles. Un jugador puede cambiar muchas veces de yegua en un chuker (tiempo), por eso siempre hay un stock grande de animales listos para salir a jugar. Además de las yeguas, en los palenques también hay mujeres rubias y peones oscuritos que cepillan alazanes y se sacan fotos con cámaras baratas, para decir que alguna vez pasaron por Palermo; los peones también dirán que vieron de cerca a las señoras rubias que por lo general son modelos famosas. Porque últimamente, polista que se respete, tiene una esposa modelo a su lado.

La tarde de hoy es un lujo. Sobre el verde impecable de la cancha hay un cielo tan azul que parece falso: ni una nube amenaza la velada. Menos mal, porque desde el día de la inauguración del campeonato hasta ahora, han estado pegando cartelitos que dicen que la misa de último día no se suspenderá, ni siquiera por motivo de lluvia. Y las mujeres rubias, que además de modelos son católicas, seguro que no estarían cómodas escuchando el sermón bajo el agua. Pero Dios está con el polo, eso todo el mundo lo sabe.

***

–Metela Adolfito, andá!

Grita un hombre de treinta y tantos desde el balcón de un bar rojo, extravagante, que un anunciante montó en el campo de Palermo. Adolfito hace el gol y el bar rojo tiembla. Una chica rubia con rizos de Barbie, le dice al novio que le cuente otra vez la historia de Adolfito. El novio le dice: pará, linda, ahora no, y le pasa una copa de champagne. La chica se la toma de un sorbo y aplaude discreta.

Adolfito Cambiaso, 10 de handicap, es la estrella actual del polo argentino. Juega en La Dolfina, equipo fundado por su padre Adolfo, y esta tarde hará 11 de los 14 goles que le darán el bicampeonato a su equipo. Está casado con María Vázquez, una de las modelos más cotizadas del país, y en los últimos años Cambiaso se ha convertido en un ídolo bastante popular. Algunos comparan su juego con el de Maradona, porque es de los que atraviesan la cancha sin perder la bocha (pelotita), avanza haciendo malabares, reflexiona, se detiene, busca una mejor posición y después, cuando se siente cómodo, mete el gol. Tipo Higuita en Colombia: arriesgado, temerario, ¿chicanero? Lo cierto es que Adolfito es especial, incluso los que no saben de polo lo quieren y los niños que aplauden desde las tribunas sueñan con ser como él.

Además del bar rojo, en el campo de Polo hay otros stands de anunciantes muy caros tipo Chandon, Rolex y Peugot. La mayoría armó bajo sus carpas una salita de hacienda argentina: muebles de madera, fundas beige, el mate en el medio. La gente se sienta a hacer visita en los intermedios, y algunas mujeres también durante el partido. Se la pasan bárrbaro. Promotoras van y vienen ofreciéndote una copita, un quesito, que si un helado de dulce de leche; y todo el ambiente: los anunciantes, las salitas, las modelos impecables, me recuerda al Concurso Nacional de Belleza en Colombia, salvo porque acá no hay muchas señoritas “tal” y en cambio abundan las señoras “de”.

Las mujeres del polo suelen casarse jóvenes, supongo que para poder tener hijos rápido y volver a verse impecables cuando vale la pena verse impecable. Ellas van llegando en manada con sus nenes rubios de propaganda, ellas: que son rubias de propaganda, y sonríen radiantes contándose en dónde pasarán el verano. A la entrada del campo la marca infantil, Mimo, puso un “guarda bebés”. Algo así como los guarda paquetes de los supermercados: tome su ficha y reclámelo a la salida. Los niños se quedan en un jardincito rodeado de malla, con columpios, rodaderos y niñeras que no les pierden ni pie ni pisada. Los niños se agarran a la malla, como presos en el país de Nunca Jamás, y gritan: ¡adios mami, que gane papi!; o ¡adios mami, traeme un helado!; o ¡nooo mami, no te vashas! Pero las mamis se van, tienen que ir a sentarse en sus salitas.

***

–¡Grande Adolfitoo!

Adolfito mete otro gol, la gente se pone de pie, aplaude, casi quiere saltar. Una rubia cuyo tinte no parece tan fino como el de las demás, le dice al novio que desde allí, desde la tercera fila, no alcanza a ver bien la pelota, y que para entender bien cómo funciona todo necesita estar más borracha. El novio le dice que se espere, que ya trae más champagne.

La rubia tiene razón. El polo es un juego que, al menos a los primerizos, nos cuesta seguir, y el mejor lugar para verlo es, definitivamente, en la primera fila. El campo mide 250 metros de largo por 150 de ancho, el arco unos 7,30 a cada lado. Un partido dura siete u ocho chukers de 7 minutos, y los jugadores tienen que llevar la bocha –diminuta–, con unos tacos –delgadísimos– hasta el arco rival. El juego es veloz, casi violento, y desde la tribuna todo lo que hacen los jugadores parece tan difícil, que la idea de que además tengan que hacer goles parece un chiste cruel.

Dos señoras del tipo Victoria Ocampo comentan entre ellas que últimamente al polo viene mucho advenedizo, y miran a la rubia que necesita estar borracha para entender. La otra le dice que es culpa de Adolfito, que con sus shows ha convertido el polo, un deporte tan serio, en un espectáculo casi vulgar. Dice vulgar acercándose a su amiga, en tono confidente. La otra se toca las sienes con los dedos y dice que mejor vayan por una copa al stand de Chandon.

Y es que hace unos años a Adolfito se le dio por vestir a La Dolfina con los colores del club de fútbol Nueva Chicago, y la hinchada, emocionada por el homenaje, fue a verlo a Palermo para una final con todo y barra brava. Había buses parqueados en la elegante avenida Libertador, y las tribunas temblaban como nunca antes en la historia de Palermo. La rubia mal teñida, según las señoras Ocampo, debe ser un rezago de aquella vez.

***

–¡Pero que orrrto que tenés, boludo!

Un joven bronceado, ventitantos, bermudas caqui, ojos verdes y pinta de heredero, grita cosas inapropiadas a los jugadores. Dos chicas lindas lo miran con binoculares desde la tribuna de al lado y se codean. El heredero está con tres amigos que toman cerveza y hablan por celular:

–De acá, nos vamos a la casa de tía Muñeca para el asado, y después, supongo que a bailar. ¿Vos?

Un señor camisa polo, zapatos polo y pantalón caqui, viene entrando a la tribuna y saluda a los chicos. Les dice señores, y les da la mano. El heredero le dice tío y le pregunta por su prima Lola. Le brishan los ojos. El tío dice que se quedó porque tenía que estudiar para la facu, le pica el ojo y se va.

–¡La concha de la lora!

Grita uno de los amigos del heredero, porque La Aguada acaba de botar un gol. Una señora lo mira como amenazándolo: “un par de nalgadas te voy a dar, jovencito”, le dice con los ojos. El chico recupera la compostura y vuelve al celular.

–No, que el boludo de Migue se acaba de comer un gol –explica por el teléfono.

***

El sponsor de La Dolfina, en esta temporada, es Showmatch: un programa de televisión bastante exitoso y clasemediero que no tiene nada que ver con el Polo. La popularización continúa, y a los patrones no les gusta mucho. Pero así están las cosas. Antes, en los años 60, tycoons americanos y nobles europeos invitaban a los polistas argentinos para que prestigiaran sus torneos. Les pagaban los gastos, los trataban como príncipes y, a veces, les compraban caballos. Pero con la euforia yuppie de los 80 el dinero ocupó su verdadero lugar. Los mismos ricos y famosos se transformaron en “patrones” y ahora compran a los argentinos de 9 y 10 de handicap por muchos miles de dólares; además juegan ellos y uno que otro amateur que quiere pasarla bien.

Con semejante mezcla, los patrones fundamentalistas dicen que los partidos no son muy lindos para mirar, pero los patrones advenedizos se divierten y se sienten en la cima. Así se arma la temporada internacional: Inglaterra, Palm Beach, Sudeste Asiático, todo muy charming, por supuesto. Y así se arma una legión de mercenarios argentinos que recorre el mundo jugando para patrones ligeramente ineptos, pero que les pagan muy bien.

Esta tarde, al octavo chuker los equipos seguían empatados. Las críticas de La Nación dirían luego que nunca hubo un partido más parejo, que la defensa de uno: impecable; que el ataque del otro: violento; que los caballos: de primera; que la poca diferencia de handicap entre los equipos había hecho que la final del 2006 fuera un verdadero espectáculo: como los que hacía mucho no se veían. En el polo, cuando se acaban los chukers y todavía no hay ganador, se pasa a un tiempo suplementario que se llama el gol de oro, y que consiste en que gana el que primero meta el gol.

El chuker suplementario duró un poco más de cinco minutos, y entre que iban de un lado y el otro sin anotar, pasaron algunas otras cosas: una yegua se fracturó y relinchaba de dolor, su dueño la abrazaba y se le salían las lágrimas; dos hermanos Novillo se pelearon y casi se van a los golpes, si no es porque un viejo elegante que parecía su padre les gritó: ¡maricones, están en una final!; la rubia malteñida se terminó de emborrachar y vomitó en plena tribuna, y eso fue tan poco glamoroso; el heredero ojiverde llamó a su prima Lola: “te dedico el gol de oro”, le dijo, y que si estaría en el asado de tía Muñeca.

Y como siempre: al final del partido el campo se alfombró de la espuma más cara de la Argentina. Adolfito recibió la copa y les dedicó el triunfo a su equipo y a su mujer, que lo saludaba desde el palenque, hermosa como una princesa. A la salida las familias se abrazaron y volvieron a sus casas, en donde un asado los esperaba para seguir celebrando.

–¿Para celebrar qué?, linda, si perdimos.

Le dice un joven esposo a su joven esposa que lleva en brazos a su nene de propaganda, que acaba de reclamar en el guarda bebés. Ella le responde que qué importa, le da un beso a su hijo y sonríe:

–Para celebrar la vida, mi amor.

Claro, ¿por qué no? si todos ellos tienen vidas tan felices.

Dominatriz por un día (Soho. Ed. 67, 2005)

Oct 18

Dómina Sandra me descubrió enseguida. Creí que la despistaría con mi performance barato de extranjera intrépida, pero “ella sabe reconocernos”, dijo. La verdad es que todo fue mal desde el principio. Cuando pedí la cita por teléfono hice un papelón: me hice llamar “Betsy”, afiné la voz, me excedí en halagos hacia su “arte” y, lo peor: yo, que con un solo monosílabo que pronuncie en tierra porteña delato mi condición de extranjera, fingí un acento tan cursi que la secretaria, al otro lado de la línea, me dijo: “hablás como en las novelas, nena, ¿sos venezolana?” –su timbre entusiasta me hacía suponer que imaginaba a una escultural Caty Fulop del otro lado.

La primera cita fue un lunes a la una de la tarde: pleno invierno, leve retraso por piquete en el camino, un día bastante normal. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Toqué el timbré.

–¡Si sos Betsy, entrá!

Era una voz exageradamente aguda que me hizo imaginar a una mujercita sílfide y chiquita. Imaginé a otras mujeres a su alrededor, vestidas de cueros y armadas de cadenas, que me esperaban para darme mi merecido: “A mamá mona con banana verde, no”, me retarían por querer engañarlas. Casi podía oírlas preparando sus implementos de tortura. Estaba probablemente en mi último instante de lucidez, tratando de hacerme las preguntas correctas: ¿qué hago aquí? ¿Hacia dónde corro? ¿Cómo sabe ella que no está dejando entrar a un ladrón, a un asesino, a un putifóbico? ¿Cómo sé yo que ella no responde a ninguno de esos perfiles? ¿Por qué decidí llamarme Betsy?

–¡Che!, ¿te querés congelar allá afuera?

Gritó de vuelta. Entré. La voz salía de un cuerpo enorme forrado en una bata hindú que reposaba en una sala oscura, como un Buda. La rodeaban estantes que exhibían productos que se vendían: ropa erótica, juguetes de SM (sadomasoquismo) y videos caseros con la marca de la Dómina. En una repisa había revistas extranjeras en las que la habían entrevistado y un libro llamado Diary of a mistress; en otra había doce pijas (penes) de silicona ordenadas por tamaño, y debajo un equipo de sonido viejo. Detrás de todo –vigilante–, una gran foto suya con antifaz, corsé y su mejor expresión de sádica. Me senté frente a ella, que se había mudado a un escritorio, y descubrí en la mesa una colección de muñequitos en miniatura como los que salían en los yupis. Cruce las piernas me saqué el abrigo, elevé la pechamenta y sacudí el cabello: para esta nota había decidido encarar el rol de chica mundana. La Domina miró atenta todos mi movimientos, luego se aclaró la garganta.

–Y bueno, contame, ¿por qué querés aprender SM?

Sentada en su trono, el ama empezaba a interrogarme.

–Quiero experimentar con mi pareja. Nos gusta jugar.

–¿Jugar a qué?

–Jugar, Dómina, tú sabes: esposas, aparatitos y así.

–Pero para jugar no te va a servir mi clase teórica. Lo que ustedes necesitan es imaginación. A ver, ¿cuáles son los miedos de tu pareja?

–¿Miedos?

La Dómina resopló y negó con la cabeza, impaciente.

–Che, Betsy, dejate de joder ¿Sabés qué? No te creo.

Me turbé un poco, cómo que no me creía, no entendí. Me acomodé la blusa, mostré un poco más de piel, afiné la mirada.

–¿No me crees qué, Domina? –dije, mirándola de frente.

Ella me sostuvo la mirada, se apartó un mechón de pelo de la frente. Luego levantó las cejas, como si esperara una respuesta de mi parte.

–Mirá, Betsy, a esta altura a mí ya no me engañan, vos no tenés ningún novio ni nada, vos querés trabajar en esto: se te nota a la legua.

Era un giro argumental perfecto, me cambié el chip de chica mundana por el de puta fina. Me toqué la frente con el dorso de la mano, intentando un gesto teatral bastante pobre.

–Ay, Dómina, ¿qué te puedo decir? Mis clientes me exigen este tipo de servicios, pero yo no sé hacerlos. Trabajo para una agencia de escorts, damas de compañía.

–Claro, me imaginé –ahora parecía más tranquila, casi aliviada. Levantó de la silla su cuerpo enorme, con una agilidad insospechada–; a ver, parate, dejame que te mire.
Obedecí. Y recordé mis épocas de pasarela en la primaria: guardar pancita, sacar cola, levantar mentón.

–Podés cobrar caro, pero tenés que aprender un montón. Vos escuchame, yo te voy a decir lo que tenés que hacer…

Así conseguí mi primera clase de SM en la prestigiosa Casona de Dómina Sandra, probablemente el ama que más sabe del tema en la Argentina. Esa tarde, después del incómodo preámbulo, Dómina y yo conversamos como viejas amigas. El colegaje recién surgido nos hizo abrirnos tanto que al final me costó distinguir si lo que nos unía eran las particularidades de nuestro oficio, de nuestro género o de la vida misma.

La famosa clase teórica era más bien un repaso por su vida: me dijo que empezó a trabajar a los dieciséis y que siempre le gustó humillar a sus clientes. Al principio no sabía que podía cobrar por eso, apenas se enteró se independizó. Ahora lleva veinte años con el negocio y hace servicios eventualmente. Cobra 200 dólares, el resto cobra 35, más o menos.
Después hablamos de cómo la crisis afectó el negocio. Los precios bajaron, aunque el volumen de clientes se mantuvo:

–…a los argentinos les gusta sufrir, qué sé sho.

La Domina me preguntó por mi historia personal. Improvisé: de Venezuela, mi supuesto país natal, me había ido a Panamá, porque allá podía cobrar en dólares.

–¡Pero Panamá es la meca del negocio, boluda! ¿Por qué no te quedaste allá?

Me saqué de la manga la carta de la empatía:

–Bueno, conocí a un cliente argentino que estaba de paso y…

–Uhhh, ¿nos enamoramos, Betsy? Está bien, a todas nos pasa.

Dómina Sandra se comportaba como una verdadera mentora, por momentos me daban ganas de abrazarla y darle las gracias; decirle que me perdonara por mentirle y jurarle que si en verdad fuera puta, nada me gustaría más que trabajar con alguien como ella. Tuve que recordarme varias veces que no era puta sino periodista y que estaba allí con una misión que, por el momento, me parecía un poco deleznable. Al final de nuestra entrevista, Dómina Sandra aceptó entrenarme en su agencia. Programó sesiones dobles con un Ama y una Esclava que me enseñarían lo básico para empezar a ejercer.

***

Era martes y tomaría un servicio con Sofía –el ama más experimentada después de Sandra– y una esclavita de ventipico llamada Maia. Sofía es rubia, de unos 40 bien llevados.
Fuimos primero a un salón con espejos donde guardaban disfraces de enfermera, mucama y otros; también había plumas y prótesis de nalgas y tetas. Las tallas eran enormes y pensé que sería una especie de templo de las cosas de Sandra; después Sofía me explicó que era la zona de los transformistas:

–Acá maquillamos a los maricas, les cumplimos sus fantasías. Hay algunos hombres a los que los excita la servidumbre, entonces se ponen el delantal y limpian la casa, los baños, la cocina, todo…
Sofía hablaba como si me estuviera dando una inducción:

–…al fondo está la habitación de torturas leves.

Era un cuartito con cama sencilla y sábanas azules donde se prestan servicios a sumisos no tan sumisos y a amos medio blandengues. Básicamente, me explicó, la usaban para “jugar y coger”.
Tanto Sofía como Dómina Sandra siguen una línea de oficio un poco fundamentalista. Ambas muestran cierto desprecio por el sexo en sí mismo: para ellas el SM no va necesariamente acompañado de una “cogida”; se diría que, como amas, caer en eso les parece una flaqueza.

La tercera habitación estaba al final de la casa. Docenas de instrumentos de tortura cuelgan del techo y las paredes. En una esquina había un potro –el que se usa para estirar las extremidades; en la otra esquina había una jaula y una cruz acolchada forrada en cuero: ésa se usa para crucifixiones.

–Y éste, querida –Sofía toma un látigo de los que están en la pared, sonríe orgullosa–: es nuestro verdadero escenario.

Entonces es cuando entra Maia, la esclava: una morocha flaca, de labios gruesos, botas de montar, una falda diminuta.

–¡Ahí estás, perra inmunda!

Sofía le grita y le pega un latigazo en las nalgas; ella se arrodilla y le besa los pies. El ama busca una soga y se la amarra al cuello:

–Esto es lo que tenés que hacer siempre de movida. Acordate que el esclavo es un perro.

Cuando quiere explicarme, Sofía baja el tono de voz y se sonríe como si me estuviera ofreciendo una degustación de quesos en el supermercado. Maia, desde el piso, también me mira.

–¡¿Y a vos que te pasa?! –le grita Sofía– ¿Te gusta la nueva? ¡Contestá, puta!

–No, ama –una vocecilla de duende sale de su boca enorme.

–¿Viste? –vuelve Sofía, la promotora de quesos–, todo lo que puede decir un esclavo es: “sí ama”, “no ama”. La clave en un amo es el maltrato y en un esclavo, la sumisión.

Ahora Maia tenía la mirada enterrada en el piso y Sofía le ordenó que me saludara. Ella se acercó y me besó los pies.

–¡Ajá! –Sofía la jaló por la soga–, ¿te gusta esa? ¿No soy suficiente para vos? ¡Puta pretenciosa!

Y empezó a pegarle con el látigo, primero suave, luego más y más fuerte. Pero Maia no decía nada.

–No se queja porque no le duele. La fuerza está en la mano, no en el látigo, yo hago movimientos rápidos para simular que le estoy dando fuerte, pero en realidad no. Ahora, si le doy así –sonó un latigazo más fuerte y Maia se corrió rápido hacia delante, como un conejo asustado–, es posible que le duela.

Afuera sonó el teléfono, Sofía se disculpó y salió a contestar. Maia aprovechó para levantarse y sacudirse las rodillas. Las tenía rojas, un poquito raspadas. Me preguntó si iba a trabajar en esto, yo asentí.

–Te va a gustar –dijo ella.

–¿A ti te gusta?

–Sí, me encanta.

–¿Te gusta más ser esclava o ama?

–¿Te gustan los hombres o las mujeres?

No entendí la consecuencia de su pregunta con relación a la mía. Pensé que las insinuaciones de Sofía nos estaban afectando.

–¿Qué? –dije.

–Si te gusta trabajar con mujeres está bueno ser esclava: son menos bruscas y pagan mejor.

Sofía venía de vuelta:

–Ah, ¿se hicieron amiguitas? ¡Al suelo, puta!

Antes de que Maia pudiera agacharse, Sofía la agarró como a un muñeco de trapo y la subió al potro. Le amarró las manos a los lados, le alzó las piernas y se las ató a la cabecera con una soga. Me dijo que me acercara y me dio unos ganchos. Y allí teníamos, en un primerísimo primer plano, la zona genital de Maia explayada y expuesta como un bife mariposa.

–Estos se ponen en los labios de la vagina; si es un hombre se los ponés en el prepucio. Igual con las agujas, pero acá solamente yo las pongo. Tenés que ser cuidadosa, porque si llega a salir algo de sangre se acabó todo. Con la sangre no se juega, ¿me entendés?

Fue lo más serio que dijo en el entrenamiento, me miró muy fijo, casi preocupada.

–Entiendo –le dije. Pero ella se quedó allí, unos segundos más, sin pestañear.

–¿Me recordás tu nombre?

–Betsy.

–Ok, Betsy, ahora vos vas a ponerle los ganchos a Maia.

La mano me temblaba, me aterraba causarle dolor, me aterraba ver eso frente a mí. Le enganché un par de ganchos donde me pareció que había más carne. Luego Sofía le quitó el corsé: tenía unas tetas diminutas, tetas frijolito de nenita.

–Ponele también ahí.

La imagen de Maia era la humillación total, y sin embargo me sonreía coqueta. Enganché dos ganchos más en los pezones. Ahora Sofía encendía una vela: la siguiente lección, dijo, era la lluvia de esperma.

–El secreto es sostener la vela muy alto, así, cuando cae el sebo en la piel ya no está tan caliente. Si el tipo o la tipa te piden más dolor, se la vas acercando.

Sofía bajaba la mano, Maia –o ese cachito de carne que yacía indefenso en el potro– cerraba los ojos y temblaba.

–¡Piedad! –gritó.

El ama Sofía retiró la vela y se turbó un poco. Parece que el grito de la esclava no estaba en el guión. Después se puso de nuevo la sonrisa y me dijo que la lección principal en todo esto era que había que respetar el pacto de la piedad:

–Si un esclavo te pide piedad, tenés que dársela. No podés seguir torturándolo, a menos que te lo vuelva a pedir. Todo esto se trata de construir relaciones más honestas.

Eso sí que era un gran aprendizaje. Algo que, en esta ocasión, a mí me dejaba por fuera. Maia se bajó del potro; una lagrimita se le venía asomando, pero la reprimió. Sofía le ató las manos de un aparato que colgaba del techo, dejándola un poco suspendida. Se le puso en frente y se sacó una teta:

–Chupá, perra, ¿no me querés chupar?

–Sí, ama.

Sofía la jalaba hacia delante, por el pelo, y Maia sacaba la lengua tratando de alcanzarle la punta del pezón, pero no podía porque el ama se alejaba:

–¿Entonces, idiota, por qué no me chupás? –le decía. Después de volvió a hacia mí, aún con la teta afuera, y derramó una nueva lección:

–Todo está en la cabeza, Betsy. Al esclavo lo tentás con algo que sabés que quiere pero te asegurás de que no lo pueda tener. Es como cuando lo encerrás en la jaula y lo provocás. El pobre sufre, porque quiere salir y no puede. Y ahí está el placer de la tortura.

–Claro.

***

El miércoles me mostraron la cruz, que tenía un mecanismo de castigo bastante parecido al potro. Iba quedando claro que el ingenio de la tortura lo ponía el torturador. En cada aparato el ama va improvisando, sumando ayudas como pesas, ganchos y grilletes en los genitales. También se suelen usar vibradores.

–Dos cosas, Betsy –hoy Sofía llevaba el pelo recogido y un jean que debió meterse con vaselina–: el objetivo de los grilletes en el pene es que al tipo le duela cuando se calienta. Vos se lo ponés cuando está caído, y empezás a excitarlo, lo toqueteas allá y acá, le mostrás la tetamenta, lo calentás.
Sofía toqueteaba a Maia crucificada. Maia parecía disfrutarlo. Yo, cada vez más, me sentía en una versión tristísima de Vampiros lesbos.

–Y cuando lo tenés caliente: ¡chaz! El tipo se encuentra con que no se le puede parar porque el grillete se lo impide.

Sofía agarró un vibrador con la mano izquierda y con la otra lo recorrió de arriba a abajo: como las modelos en los programas de concurso.

–Lo otro que no tenés que olvidar es que a todos los hombres, absolutamente a todos: les gusta que los penetren.

Lo que pasó a continuación, sin grandes aspavientos, fue que Sofía le inyectó el vibrador a Maia por atrás: metiéndolo y sacándolo con furia como si limpiara un biberón muy sucio. La esclava gritaba de supuesto dolor; se mandó una performance digna de película porno en horario vespertino. Y yo, por primera vez, me aburrí mucho mirándolas. A veces, lo más brutal, es también lo más pavo.

***

El jueves era la clase práctica, empezaríamos midiendo mi resistencia. Sofía traía un látigo, yo pocas ganas de ser maltratada.

–Ponete de culo, Betsy. Yo voy contando hasta diez y vos me decís hasta dónde resistís. Uno, do…

–¡Piedad! –grité.

–Vamos, no seas maricona, otra vez: uno, dos, tr…

–¡Piedad!

Y así sucesivamente, hasta que al sexto intento:

–…ocho, nueve, diez. ¡Bien!

La piel me ardía un poco, luego la sentí adormecida. Sorprendentemente, el dolor no era tanto. Pensé que quizá lo más excitante de esta práctica no estaba en la sensación física, sino en el miedo, en la espera tortuosa. Se suponía que en esos momentos uno producía tanta adrenalina que cuando por fin llegaba el golpe el cuerpo estaba anestesiado, entumecido por los nervios.

Después siguieron unos tips. Sofía habló de los límites:

–Acá se puede hacer casi todo. Los fetiches son bienvenidos: la lluvia dorada pasa, pero la lluvia marrón no. Eso es una chanchada, y ninguna de las chicas lo acepta. Está en cada quien poner esos límites, pero si vas a trabajar en una agencia preguntá antes que nada cuáles son las políticas, no sea que un día un cliente te salga con una sorpresita.

Recordé una foto que vi en el salón de un tipo vestido de caperucita roja, agachado sobre el torso de una esclava. No quise más detalles.

–…hay cada loco, nena, hemos tenido que sacar a tipos en bolas a la calle porque la chica pidió piedad y siguió pegándole. Hemos tenido que llevar a chicas al hospital, intoxicadas, porque un hijo de puta las hizo tragarse su mierda. Locos, che, hay muchos locos.

Por esos días había estado en la casona un inglés que va cada vez que visita Buenos Aires. El tipo tiene su esclava en Londres, una que se compró acá, según Sofía. Y siempre toma servicios con las amas más experimentadas, porque así aprende qué cosas nuevas hacerle a la esclavita que se importó. Sofía me insistió en que los ingleses eran los mejores clientes, solían ser bastante experimentados y conocían muy bien los códigos del oficio. Y, lo mejor: les encantaba ser esclavos.

–¿Sabés inglés, Betsy?

–Me defiendo.

–Yo también me defiendo, pero para cuando no sepás qué decirles a estos tipos que no entienden nada de castellano, la mejor técnica es contarles Blancanieves, pero en mal tono, como enojada, ¿me entendés? Algo así –Sofía se despeja el pecho con una tos seca–: había una vez una niña blanca como la nieve, que era… ¡ una completa hija de puta! ¡Fuck you! Espejito, espejito pelotudo, ¿quién es la más perra del universo? ¡Shut up! ¡Anda a cagar, enano puto! ¡Biiiitch!

Al final de esa misma tarde, vino lo más divertido de mi instrucción. Dómina Sandra me preparó algo así como un kit para dominatrices principiantes: un látigo: US$40; un conjunto de muñequeras, tobilleras y collar: US$52; una palmeta de madera: US$15; un corsé: US$75; un par de falditas de vinilo: US$40; botas: US$130. Me convertí en un maniquí: me quitaban y me ponían corsés, faldas, pelucas; me hacían tomar el látigo, moverlo y mirarme al espejo: practicar. No importa cómo se vea uno, pero el cuero te hace sentir sexy: el olor, la textura del vinilo en la piel, las varillas del corsé asfixiándote un poco, los gorditos aplastados, el busto a punto de explotarse: todo es un exceso.

–¡Este es tu corsé!

Sofía salta cuando me ve en el espejo transformada. Después de lo que le costó abrocharlo, el resultado tenía que ser satisfactorio:

–Betsy ¡sos una diosa de vinilo!

Qué fácil me convencieron: me dieron ganas reales de comprarlo todo. Me miraban extasiadas, como contemplando una nueva obra, o al menos así me sentía yo. Quizá ellas solamente iban sumando el valor de todo lo que tenía puesto. Si esta historia hubiese continuado, mi inversión en vestuario y accesorios habría sido de unos cuatrocientos dólares. Me cambié y les dije que vendría por todo apenas mi jefe me diera el dinero para comprarlo. Ellas me acompañaron a la puerta y se despidieron cariñosas. Yo le eché un último vistazo a la casona, Betsy no volvería.

***

Lo último que supe de la Domina vino en un par de mails que llegaron a la dirección de Betsy un par de meses después de mi última visita. El primero anunciaba su cumpleaños el 20 de agosto, y el segundo decía que debido a la cantidad de preguntas recibidas sobre el tipo de presentes que deseaba el Ama, se proponía dar una cuota para comprarle un equipo de sonido. Los correos terminaban con la frase: “Es más difícil hacer durar la admiración que provocarla”. Decidí que le mandaría una nota de felicitación y un CD de la orquesta Guaco, de Venezuela, para que lo escuchara en su nuevo equipo. En la nota, además, le explicaría que por razones de conveniencia económica me había regresado a Panamá; le mandaría besos a Sofía y a Maia y le diría que la admiración que les profesaba era más que perdurable, eterna… O algo así, bien de esclava. El episodio de los correos me hizo recordar esa última vez en la casona: el par de dóminas en el umbral de la puerta velándole el camino a otra hija emancipada. Pensé que esas mujeres se tomaban en serio su trabajo y que yo era una porquería de persona por engañarlas así. Alguien me diría, el editor de Soho probablemente, que yo también estaba haciendo mi trabajo y que tampoco era que les hubiera causado ningún perjuicio. Y yo fingiría tranquilizarme con eso, pero por dentro sufriría, entraría en una nueva fase de tortura inflingida por mi cerebro y cada tanto tendría el impulso desquiciado de volver a la casona, bajar la cabeza y pedirle perdón a las dominas. Por suerte terminaría convenciéndome de que esa era una pésima idea, porque ante un par de amas ese gesto de sumisión sólo podría ser interpretado como la súplica por un castigo. Y yo no quería eso, claro que no.

Nota: varios meses después de publicada esta nota, Dómina Sandra murió de un paro cardíaco. Nunca tuvo oportunidad de leerla, por supuesto, tampoco era la idea. La noticia de su muerte me llegó en otro mail y esta vez sí llamé por teléfono para confirmarla. Me contestó Sofía y me dijo que era cierto, y que la Dómina había muerto en ejercicio.

Burdel de burras (Soho. Ed. 55, 2004)

Oct 18

Burdel de burras

La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie, que estaba él solo con ella dejándose llevar por lo único que le interesaba en ese momento: tener un orgasmo.

Mientras me cuenta pienso en ese juego de cumpleaños infantiles que se llama “ponerle la cola al burro”. Cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego. El regalo que todos queríamos –un game boy que traía el juego de Mario Bross– se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba “¡dale Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba. Yo no entendía por qué.

Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco: él nunca jugó a ese juego. Por lo menos no cuando era chiquito.

Me dice que todo comenzó a sus doce años, cuando el capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el sur) le empezó a llenar la cabeza con historias sobre las bondades de las burritas -de las que hoy él da fe. Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”. Cuando lo hizo  por primera vez tenía trece. Esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, más o menos.

Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros –la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero todavía se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco.

–La vuelta de ahora es otra.

Me dice el paisa. Y me explica que se dedican a llevar “pelaitos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale $2.000 y “usar” las burritas cuesta entre $5.000 y $7.000, según la que se escoja.

–Mejor dicho, con diez mil pesitos que el pelao ahorre en la semana ya está hecho.

El paseo

Los cinco muchachos salen todos los sábados a las 7:30 de la mañana en la camioneta de Andrés. Es una Ford verde muy vieja a la que bautizaron Miss Donkey. Tiene los vidrios polarizados, lo que les permite camuflarme en el paseo de este sábado. En el camino recogen a los clientes, que por lo general no suman más de diez, y casi siempre se repiten.

Esta mañana salimos por el corredor de carga que a esa hora está casi vacío. La carretera termina en el cementerio Jardines de Paz, donde todos nos santiguamos. A la subida de la loma de Turbaco (aproximadamente 180 m de altura) hay una señal de carretera que dice “Revise su culo antes de viajar”. Cuando la pasamos todos los chicos, en la parte trasera de la camioneta, sueltan una carcajada descomunal.

–Siempre que pasamos por aquí es la misma maricada.

Me dice Andrés, que está al volante. Luego frena y se baja del carro.

–¡Se les va a acabar el chiste a estos tarados!

Andrés camina hasta el cartel, recoge una piedra y repasa las letras que alguien borró delante de la palabra “CULO”: “VEHI”. Los chicos lo abuchean.

A las ocho llegamos a la finca. El clima de Turbaco es fresco (25°C promedio) y se siente mucha humedad porque por ese terreno corre un arroyo. El lugar es agreste pero cómodo, tiene lo que una finca de fin de semana en Cartagena necesita tener: un gran palo de caucho que da mucha sombra y sirve para recostar las butacas, acomodar la caja de cervezas e improvisar sobre las raíces enormes una mesita de dominó. Y al fondo: un corral lleno de burras.

Los chicos saltan de la camioneta y se dispersan. Se van hacia la parte de atrás de la casa, yo aprovecho para bajarme. Nos recibe Orlando, el capataz. Dice que ha preparado seis burras y un burrito adicional:

–Las más sanas y pollinitas.

En la puerta de la casa hay tres hamacas, cuatro butacas y dos mecedoras. En el medio hay una nevera de icopor gastada y sucia. A los clientes no se les da trago, pero los cinco patrones siempre se sientan a tomar cerveza y a oír vallenato mientras los demás hacen lo suyo.

Huele a sancocho. Las dos hijas de Orlando preparan un caldo para “después”.

–¿Después de qué?

Les pregunto a las niñas. Se ríen. Clara y Cecilia tienen 11 y 13 años y son huérfanas de madre.

Todos quieren con Marylin

Los muchachos también se ríen. Les hizo gracia que les preguntara si hay preferidas entre las burras, porque todavía les parece increíble que los clientes se peleen por una en especial. Es chiquita, huesuda y mansita. Y es pollina, pero lleva rato en el negocio. Les sugiero bautizarla Marylin, como la de la telenovela*. Más risas.

Parece que el secreto de Marylin y de otras veteranas está en la temperatura que alcanzan. Andrés asegura que eso es un indicador de que la burrita “lo está disfrutando”. Veinte metros más allá, en el corral, las burras corren, se escapan. Orlando las ataja, las echa para adentro. La jornada apenas empieza.

Después le pregunto a Orlando si ellas sufren. Se ríe y me pregunta si alguna vez he visto a un burro. Se supone que debo ruborizarme, pero por alguna razón Orlando no me parece un tipo gracioso.

–Las que corren es porque se asustan de ver tanto pelao alrededor, pero no porque sufran. Claro que hay unas a las que les gusta más. Eso es como todo.

El “como todo” suena raro. Me pregunto si querrá decir que son como con las mujeres. Si estará comparando su negocio con cualquiera de los que funcionan en la Medialuna (zona de tolerancia en Cartagena). “Hay unas a las que les gusta más”, dijo. Le faltó agregar: “Esas son las más putas”.

Al fondo veo a los clientes en fila india. Son tan chiquitos. Me recuerdan a Danielito con su game boy de Mario Bros. Algunos, sin embargo, parecen muy curtidos en el asunto. Hay uno que hace chistes todo el tiempo y se agarra con una mano la cremallera de su bermudita Nike: como si en cualquier momento le fuera a estallar.

–Venga, no se deje ver por los clientes.

Me dice uno de los paisas  y me ofrece cerveza. Después me da su versión de por qué es tan bueno estar con una burra. Vuelve a mencionar lo de la temperatura: “Es que lo tienen muy caliente”. Y también menciona con cierto dejo de nostalgia (o calentura, vaya a saber) el popular “chancleteo”, que se hace con burros. Entonces entiendo lo del burrito adicional.

–Para chancletear usted amarra con la cabuya las bolas del animal, se la pasa después por debajo del pie y la tensa por un extremo, y la chancletea así: chan, chan, chan (él chancletea). ¿Me entiende? Y cuando el burro aprieta, ¡uno ve el mismísimo cielo!

Se pone rojo y me queda mirando, como buscando palabras menos obvias. No las encuentra. Entonces me dice, todavía nervioso, que él prefiere a las mujeres.

El negocio

Todo el negocio está presentado de manera muy profesional. Se trata de una forma de proxenetismo barato en el que todos se llevan su parte, hasta las burras:

–A las burritas les dejamos buena comida y las mantenemos bien cuidadas. Orlando se ocupa de ellas toda la semana y el sábado las tiene al pelo. Él se gana una comisión: por ahí el 10 por ciento de lo que recojamos. Hay otra parte que se va en gasolina y en la caja de cerveza que nos tomamos para pasar el rato. Yo cojo el 20 por ciento de lo que queda y el resto se divide en cuatro partes iguales para mis amigos, que son quienes consiguen a los pelaos. Pero lo más importante, claro, es que el cliente quede satisfecho.

Expone Andrés con cara de gerente. El negocio no genera grandes utilidades (unos $400.000 netos al mes), pero tampoco presenta riesgo porque los clientes deben confirmar con dos días de anticipación y, si es el caso, reservar a la burrita de su preferencia. Cuando no hay gente suficiente no se hace el paseo, el punto de equilibrio se determina por los costos fijos: la gasolina, la comisión de Orlando y la cerveza. Los cinco coinciden en que si un día no hay utilidad, no pasa nada. El paisa lleva las cuentas.

Si el sexo con burras no fuera un tema tan delicado para la mayor parte de la sociedad, estoy segura de que los cinco empresarios tendrían folletos promocionales de su negocio. Se ven tan orgullosos de su emprendimiento como cualquier joven local de tercer o cuarto semestre de administración de empresas, que pone un kiosco de cervezas frente a la universidad.

Le pregunto a Andrés quién fija las tarifas de cada ejemplar.

–Orlando.

–¿Y por qué él?

–Porque él las conoce y las lidia en la semana. Y él también es quien recibe las sugerencias de los clientes y se da cuenta de cuál es la que les gusta.

–O sea, son algo así como “sus chicas”.

–Sí, algo así.

Riesgos

Ellos insisten en que la burras no son portadoras de enfermedades venéreas. Aún así, algunos clientes prefieren usar preservativos. Pero a Orlando no le gusta, dice que eso no es bueno para el animal, porque las burras no están acostumbradas al material sintético.

–A una la tuvimos que retirar porque se enfermó de sus partes. Después supimos que había sido una irritación causada por el condón. Por eso yo prefiero asignarle una a cada cliente. Antes uno podía compartirlas, pero es que no existían esas enfermedades de ahora.

Explica Orlando, cual apoderado responsable del gremio, y yo pienso que Marylin no la debe pasar muy bien.

El peligro está en compartir la burra –porque, según los patrones, ella solita no te contagia de nada. En esos casos sí recomiendan a sus clientes que usen condón, muy a pesar de la burra.

De todas formas, todos coinciden en que el mayor riesgo sigue siendo que los papás se enteren. Ni los papás de Andrés, ni los de sus cuatro amigos, ni los de los clientes adolescentes se imaginan en lo que andan sus hijos. Todos se creen el cuento del paseo de fin de semana a la finca de algún amigo en Turbaco. En Cartagena hay muchos amigos con fincas en Turbaco. Orlando les hace “la segunda” porque le parece que los muchachos no están haciendo nada malo. Al contrario, cree que está bien que aprendan esas cosas. Después de todo, dice: “A los quince años ya se está en edad de merecer”.

Ponerle la cola al burro

Ponerle la cola al burro es un juego complicado. Algunos lo definen como una adaptación sofisticada de la gallina ciega. Puede ser. La gran diferencia es que en este juego no basta con encontrar al muñeco de cartón en la pared, la destreza del niño se pone a prueba en su precisión para ponerle el rabo en el lugar exacto. Y algo parecido sucede en la vida real.

Tener relaciones con burras requiere de toda una parafernalia. Por ejemplo, como la mayoría de los niños no las alcanzan, toca buscarles banquitos para que se suban y queden a la altura del animal. Esa fue la primera inversión que hicieron los muchachos: más bancos de madera para que los clientes no tuvieran que turnarse el único que había.

Lo que sigue es casi un ritual que empieza por alzarle el rabo a la burrita y jalárselo fuerte mientras se procede con el asunto. Me cuentan que ese es el mejor momento para el cliente, pero el peor para la burra. Porque aún con banquito para emparejar las alturas, sigue siendo una relación desigual.

Algunos de los clientes entran al corral con una vara de madera y casi todos llevan su respectiva cabuya. Orlando me explica que la vara es para animarlas, para que se muevan. No sé qué expresión habré hecho, pero ahora Orlando me mira con cara de preocuación, me dice que no me angustie tanto y me explica, condescendiente:

–…ellas son casi mujeres, niña, todo eso les gusta.

Y sigue hablando y hablando, pero ya yo no lo escucho. No aclares que oscurece, dicen por ahí.

Se supone que no debo llegar hasta el corral, pero me acerco un poco. Orlando me sigue. El monteriano está justo debajo del palo de caucho tomando fresco. Le paso por delante y ni se inmuta. Me agacho detrás de una matarratón y veo a todos esos muchachitos encaramados en sus burritas. Algunos revoloteando, esperando su turno, calentando motores, haciéndose chistes. Parece una piñata.

Hay uno que está sentado, empapado de sudor. Detrás hay otro de gorrita roja en plena faena, tiene los ojos cerrados, está concentrado. Hace como si hiciera fuerza: le tiene las uñas enterradas en las ancas al animal, se acerca y se mueve rápido, tembleque, sin ninguna gracia. Luego suelta a la burra y cae extenuado al lado de su amiguito, el sudoroso. Alcanzo a ver algunas nalgas rosadas al aire, la mayoría se deja la bermuda en los tobillos y las camisetas colgadas en la cabeza. Están tan ansiosos que ninguno se demora más de dos minutos en cumplir con su deber.

–¡Ven Horacio, que te toca otra vez! – grita el más alto desde el fondo del corral.

Horacio está echado boca abajo, como un bulto de papas.

–Ya no puedo más marica, deja que tome aire.

–¡Ayyyy, mariquita!

Le gritan los demás.

–¿No te estarás volviendo impotente?

Le dice el alto, burlón. Horacio se pone de pie, le tiemblan las piernas. Se quita los tenis y se manosea un poco.

–Ya, parece que ahora sí.

Dice. Y corre hasta donde está la burra, se sube al banquito, se baja rápidamente la bermuda, la agarra y se le pega. A leguas se nota que simula. En la otra esquina del corral hay un rubito que decidió no esperar tanto y entregó sus afanes a sí mismo.

Referencias culturales

En la Costa pocos reconocen abiertamente haber tenido sexo con burras, pero el asunto es de dominio público. Lo decente es que escandalice, lo exagerado es que enorgullezca.

El rey de los exagerados fue Raúl Gómez Jattin, un poeta costeño muy prestigioso que se terminó matando. Le decían “El Putas”, y fue un erudito en temas de zoofilia. También fue drogadicto y demente, y el autor del conocido poema Te quiero burrita: “Te quiero burrita porque no hablas ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero sola, como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu crica con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin pedirme un beso”.

Orlando defiende un discurso similar. Se confiesa parte de toda una línea ancestral que tuvo sexo con burras desde los ocho, nueve años. Me cuenta además que uno de sus tíos nunca se casó porque se enamoró perdidamente de su burra: la bautizó Yolanda. Su padre, dice, también fue burrero hasta viejo.

Andrés y el segundo cartagenero no se imaginan a sus papás en esos menesteres, pero tampoco les extrañaría. Los paisas ni por plata lo aceptan. El monteriano guarda silencio.

Los muchachos cambian el tema, son pudorosos. Prefieren darme todas las explicaciones de su negocio –que suponen muy original, pero que en verdad no presenta ninguna innovación en el formato. Todo lo que hace es poner en evidencia algo que todavía muchos consideraban un mito. No es un mito. Es una práctica que puede definirse rural por simple oportunidad, pero que a veces consigue colarse en las ciudades y convertirse, como en el caso de Andrés, en un negocio.

Según ellos, les venden a los más chicos la posibilidad que la calle les niega: ese viene siendo el componente moralista. Y el romántico se lo da Orlando, por supuesto.

–Las burras son para los niños algo así como el primer amor.

En medio de la conversación se asoman Clara y Cecilia con caritas burlonas. No se atreven a salir hasta la terraza donde estamos sentados.

–¡Vayan pa’dentro culicagadas, ¿no ven que esto es pa’ grandes?!

Grita Orlando. Las niñas corren soltando carcajadas y se esconden otra vez en la casa.

–¡Pa, es que ya está la sopa!

Gritan en coro desde adentro.

Los cinco “doctores” prosiguen con su exposición. En una de esas habla, por fin, el monteriano:

–Nuestra estrategia consiste en facilitarle las cosas a los pelaos. Peor es que se vayan a la Medialuna a acostarse con esas mujeres que los pueden contagiar de enfermedades, y a exponerse a que se los lleve la policía por ser menores. Además les sale mucho más caro.

Mejor dicho, según los dueños de este chuzo, el asunto consiste en ofrecer condiciones más favorables a un mejor precio. Así de sencillo. Acá todo lo que se discute es si acostarse con una mujer o con una burra. Me pregunto si los usuarios de la Medialuna tendrán esta opción en mente y si las trabajadoras del sector sabrán quiénes se vislumbran como su potencial competencia.

El monteriano se pone de pie y camina perezoso hacia el comedor, al otro extremo de la terraza. Los demás lo siguen. Andrés me dice que ya vuelve, que va a traer sopa para los dos.

Ahora las burritas están pastando justo delante de mí: “las más sanas y pollinitas”, la selección de Orlando para la semana, sin duda el mejor catador. En la esquina, ya fuera del corral, está Marylin o una que se le parece. Masca hierba y se ve cansada: ha trabajado mucho hoy.

Los clientes están en la mesa tomándose la sopa.

John y July (Gatopardo. Ed. 57, 2004)

Oct 17

John y July

Todos cantaban el happy b-day: el domingo seis de marzo, en la iglesia cristiana “El Monte Sinaí” del barrio La Gloria (al sur de Bogotá, la zona más pobre de la ciudad), se celebraban los cumpleaños del mes, y había torta. Hace un año que July Andrea (21) y John Brandon (20) asisten a la iglesia los domingos, pero ese día era especial: tenían “grupo de jóvenes”. El pastor se reunió con ellos para darles consejos, hablarles de Cristo y “tocarles el corazón”. Ellos escuchaban atentos, dicen ser muy buenos alumnos, y dicen disfrutar del grupo de jóvenes más que de cualquier otra cosa en el planeta. John alcanzaba a distraerse de vez en cuando, no porque se aburriera, aclara, sino porque tenía prisa por salir: necesitaba hablar con alguno de sus amigos “dueños de tienda” para que les regalaran comida. Ya no les quedaba nada, ni un pan ni una moneda.

Desde que se hicieron cristianos, John y July tienen la idea de casarse y luego bautizarse, piensan que con eso –quizá–, la vida les cambie. Para casarse les hace falta ahorrar un poco de dinero: deben sacar el documento de identidad, que ninguno de los dos tiene, y eso cuesta plata. July se lamenta, por culpa de par de papeles siguen “en pecado”.

Según John, su mujer es de una “familia noble”, a diferencia de él, que viene de un hogar conflictivo. Tiene cuatro hermanos de padre y madre, y tres han estado en la cárcel. Él se fue de su casa a los seis años y llegó a un internado en el que estudió hasta octavo. Después volvió a escaparse.

Para esa época July vivía con su familia en el barrio Canadá, también en el sur. Y John, que recién cumplía doce y se estrenaba en la calle, la vio un día y quedó prendado. Al poco tiempo ella también dejó el colegio y se hicieron novios. Llevan nueve años juntos en los que se han separado muchas veces. La última fue hace unos meses, pero les duró poco: son de los que creen que el amor siempre gana. Románticos, pese a todo.

El día que los conocí él llevaba puesto un buzo azul eléctrico con un pantalón blanco, y un gorrito de lana –también azul– que le cubría las orejas; ella: un pantalón ancho, una camiseta blanca por fuera, y el pelo recogido en una cola pegada al cuello. La diferencia entre ellos se nota: July se porta seria, esquiva, él sobreactúa y le gusta intimidar. Él es coqueto, ella pudorosa. Él es impulsivo, ella sumisa. Ella es una mujer sufrida y él, a los 20, sigue siendo un adolescente descarriado.

En La Gloria

Desde el cerro, Bogotá parece un pesebre navideño. Es domingo y estoy en La Gloria, uno de los barrios de San Cristóbal, un sector de clase baja en el que hay unas ochocientas mil personas y tiene fama de “caliente”. 218 policías se ocupan de todo el territorio. Hace frío, apenas se asoma el sol; hace un rato me dijeron que no me confiara: por aquí nunca se sabe cómo va a terminar el día y puede que en cualquier momento empiece a llover.

Las calles son empinadas, los buses pasan muy rápido y sus bocinas estallan en cada esquina y las aceras son tan angostas que producen vértigo. No hay muchas cosas distintivas en La Gloria,no se entiende muy bien dónde termina este barrio y dónde comienza el siguiente. El sur de Bogotá podría resumirse en muchas lomas, poco aire y nomenclatura confusa. Para encontrar una dirección toca hacer sumas y restas, a partir del momento en que empiezas a sospechar que ese número no es el de la carrera sino el de la calle, sólo que alguien se equivocó y lo puso al revés.

Hoy hay mucha gente afuera, algunos tomando cerveza, otros haciendo mercado, demasiados haciendo nada. Por mi lado pasa un señor con una niña de colitas que se queja de tanto caminar. El señor le dice que si sube una cuadra más le compra un refresco. Ella sonríe y ahora le pasa un bus tan cerca que las colitas le vuelan. Va del lado de la carretera.

La gente es amable. Cuando me ven con cara de no poder dar un paso más se acercan y me preguntan que si estoy perdida, entonces yo tomo el aire que ya no me queda y digo que no. Alguien de más abajo me dijo que me apartara de todo el que se me “arrimara” a proponerme una conversación, lo extraño fue que esa persona se “arrimó” para decírmelo. A veces, cuando contesto, no me escuchan: en La Gloria hay mucho ruído, mucho caos, entonces se me pegan un poco más y puedo olerles el tufo a ron amanecido. Casi todos tienen tufo.

Llego al parque de La Gloria a eso de las 10 de la mañana. Aquí el paisaje cambia, a primera vista es un típico lugar familiar: hay niños jugando al balón, parejas paseando a sus bebés en coche, señoras conversando, adolescentes echando piropos. Es un lugar bastante parecido a una feria, sólo falta el señor de los globos. La policía, sin embargo, asegura que es el sitio de reunión de las pandillas y que hay peleas casi a diario.

La Guerra

El tiempo que John lleva con July le ha rendido para tener 4 hijos, hacerse hincha del América de Cali y “seguir enamorado”. Pero han pasado más cosas que ella prefiere olvidar, y que él narra con excitación: “hace cinco años casi me muero”, me dice, y le brillan esos ojos negros y chiquitos. Cada vez que habla es como si hiciera una gran revelación, entonces se queda callado por un instante en el que nunca deja de examinar la cara de su interlocutor y, cuando uno siente que ya no puede sostenerle más la mirada, prosigue:

–Yo le llamo la guerra a la vida que me ha tocado llevar desde niño.

Cuando John vivía en la calle, solía vender droga y artículos robados. Ahora a veces se pierde y July no lo ve en meses. Pero vuelve, siempre vuelve. Cuando él se va, ella se muda a la casa de sus padres y se gana la vida haciendo manicures y pedicures, aunque lo que más le gusta es dibujar. Tiene un pequeño negocio de muñecos de icopor que vende para decoración de fiestas.

El día que John casi muere era un día de fútbol, él estaba con sus amigos viendo un partido en una tienda de esquina, en La Gloria. July lo esperaba en la casa con su primera hija, Juranis, que en aquel entonces tenía un año. En la tienda había gritos, trago y gente amontonada frente al televisor. No había goles todavía.

En algún momento de la tarde llegó un hombre con pasamontañas y preguntó por John, pero antes de que él pudiera reaccionar sacó un arma y le dio cinco tiros en la espalda. Luego huyó, y alguien en una casa vecina grito gol.

July le entregó la niña a sus papás, que se ocuparon de ella por un tiempo. No tenían donde vivir, no tenían dinero y John estaba convaleciente. Cuando pudo ponerse en pie se fue lejos, y nunca se descubrió la razón del atentado.  Meses más tarde regresó renovado, buscó a su mujer y se preparó para seguir en la guerra. Se había convertido en un personaje popular en el barrio, la gente lo respetaba. Cuando le pregunto la razón de su cambio de “status” me dice, tajante:

–Eso se gana.

“Eso” le duró cinco años. Por aquella época vivieron casi tranquilos, y tuvieron tres hijos más: Harold, Michael y Brandon. Cuando los visité, en casa de un hermano de John, sólo tenían a Michael con ellos: es un chiquito de dos años y pelo indio, que se pasó el día comiendo bananas y pateando balón; se pegaba a la puerta de la nevera donde guardaban las frutas y la golpeaba como si alguien le fuera a abrir. Hubo un momento en que se me acercó y me ofreció un pedazo de banana, yo la acepté y le dije gracias, entonces me sonrío coqueto y balbuceó algo que no entendí. Allí fue cuando más se me pareció a su papá.

El domingo seis de marzo Michael estaba con ellos en la Iglesia, y también su hermanito de ocho meses, Brandon Santiago. Los cuatro salieron de misa a las seis de la tarde y se fueron a la tienda “La Espiga”, cerca del parque de La Gloria. Entonces, mientras compraban plátanos, debieron entender esa famosa frase bíblica que tanto les gusta mencionar a los curas y pastores, porque justifica lo injustificable; esa frase que habla de lo misterioso e indescifrable que es el camino que conduce hacia Dios.

El Parque

Estoy sentada en una banca del parque y a lo lejos se escucha un vallenato, a mi lado dos mujeres lo cantan a todo pulmón. Una nena deja caer el helado y llora, la mamá la levanta y le pega en la mano. Todo luce tan inofensivo que me cuesta reconstruir la escena que hace ocho días convirtió este lugar en el set de una película de Tarantino:

–Quiubo, ¿qué paso con la bicicleta?

John Brandon está agachado escogiendo unas bananas para su hijo. Se levanta desprevenido y siente que le chuzan, le perforan el brazo. Tiene dos hombres en frente que lo amenazan con navajas y le piden que responda por la bicicleta que les vendió hace varios días a veinte mil pesos y que todavía no han recibido; JB conoce a uno de ellos, le dicen “Bitoco” y es su amigo, su socio en muchos negocios. Al otro le dicen “el llanero” y lo ha visto pocas veces, es simplemente el comprador de la bicicleta: su cliente. El llanero tiene 28 años, a John le parece que ya está un poco viejo para esas cosas. El tipo es medio raro: se la pasa borracho o drogado en las esquinas del barrio, y no hace nada.

–Usted es un falseta, déme la bicicleta o los veinte mil pesos– insiste Bitoco que hace de intermediario. John Brandon escucha y se mira la herida que le sangra. Se siente extraño y sorprendido de estar frente a Bitoco en esa situación: ese hombre ha dormido en su cama y se ha vestido con su ropa: es casi su hermano.

En un momento de descuido John sale corriendo hacia el parque y sus dos atacantes lo persiguen pero no logran alcanzarlo, entonces se devuelven a la tienda en donde lo encontraron.

Desde el parque alcanzo a ver La Espiga. Hoy está llena, igual que hace una semana. Un tipo bien vestido se me sienta al lado y me pregunta que qué estoy haciendo. Le digo que estoy descansando y, luego de los correspondientes apuntes sobre el clima y el tráfico, le pregunto si sabe algo de lo que pasó hace ocho días.

El hombre, que se llama Edinson, me mira con ironía y me dice que hace ocho días pasaron muchas cosas, por ejemplo que Maradona salió de su operación de estómago y pidió a sus médicos ver fútbol.

–Sí, sólo que eso pasó en Cartagena, señor, yo me refiero a aquí, en el barrio– le digo.

Entonces me responde que es imposible estar enterado de cada cosa que pasa en ese sector, que todos los días hay muertes y atracos, y son pocos los que registra el noticiero:

–Esta mañana nomás degollaron a un tipo con una navaja. Claro que el hombre tenía sus rollos con chinitos. Era marica y uno de sus amantes lo mató… Eso pasó a media cuadra de mi casa.

A la gente le gusta ponerse cerca de este tipo de situaciones, siempre encuentra un vínculo con el crimen que los privilegia como narradores: soy vecino, amigo, conocido, cliente, y por lo tanto te puedo contar más. Seguramente hace una semana alguno de los que estuviera en el parque me habría dicho algo parecido sobre su relación con las víctimas. Hoy, en cambio, ya nadie las recuerda.

Edinson me sigue contando la historia del degollado, pero yo estoy en otra cosa. Trato de imaginarme a Bitoco hablándole a July Andrea que, minutos después de la pelea, seguía en la tienda con los niños:

–Si ve cómo es su marido, así no se pueden hacer negocios…– Bitoco se acerca cada vez más a July y ella le siente el tufo. Él le dice muchas cosas sobre la lealtad y sobre ser serio en los negocios, pero ella está nerviosa y ya no escucha. El llanero mira a Bitoco mientras habla y asiente a todo lo que dice. Tiene los ojos rojos y parece borracho. July no reconoce al llanero, se pregunta quién será ese tipo y de qué negocio le habla. Le da rabia estar metida en esas cosas: ella nunca se ha involucrado en los asuntos de John. ¿Por qué ella?, se pregunta.

Bitoco prosigue su discurso. Ahora se dirige al llanero:

–… por eso, hermano, en estos casos hay que darle al man en donde más le duela. Aquí tiene a su mujer y a sus hijos, así que ¡déle!, ¡déle donde más le duela!”.

El llanero contempla el cuadro de July y sus bebés y no le cuesta mucho descifrar el mensaje de Bitoco. July siente escalofríos, presiente lo peor.

–¿Qué le dolerá más, la mujer o el hijo…? –se pregunta el llanero.

A medida que avanza el día el parque va cambiando de cara. Ahora hay unos muchachos en una de las esquinas fumando marihuana. Pasa una patrulla y se detiene. Todos botan los tabacos y se dispersan. Un patrullero corre detrás de uno y lo agarra por el cuello de la camisa.

–Venga chino, que esta vez sí me lo llevo –le dice el de verde al muchacho, que no debe pasar de los 13 años.

–Pero si no estaba haciendo nada –protesta. En el forcejeo pierde un zapato y queda al descubierto una media con huecos y muñequitos azules.

Los demás se pierden del mapa. La escena me recuerda el reporte de la estación central de policía de San Cristóbal de ese mismo 6 de marzo, en el que dice que la noche anterior habían incautado en total 317 gramos de marihuana y 20 papeletas de bazuco, mercancía toda en manos de menores que “al advertir la presencia de la policía emprendieron la huída”.

Ocho días atrás, John también huía:

Al otro lado del parque se siente a salvo: se da cuenta que perdió a los atacantes y decide regresar a la tienda por su familia. En el camino piensa que fue muy ingenuo al pensar que Bitoco era su amigo. “Nadie es amigo de nadie”, se dice. Mientras se acerca alcanza a ver a July acorralada por los dos hombres y se apresura.

July agarra el coche con tanta fuerza que las manos le empiezan a sudar. Los niños están callados, Michael se come una banana, Brandon mira sin entender. Cuando John llega a la tienda lanza una puteada y contraataca. En ese momento es imposible entender algo: hay gritos, sangre, llantos. También hay gente alrededor pero nadie hace nada: es una pelea más entre bandidos, el pan de cada día.

Los custodios de San Cristóbal

A las doce y media me levanto de la banca del parque de la Gloria y decido irme en busca de los policías del Centro de Atención Inmediata (CAI) de Altamira –otro barrio de San Cristóbal– que fueron quienes se encargaron del caso. Un niño como de once años se me atraviesa y me dice, en tono más o menos amenazante, que tenga cuidado: que ese no es un lugar para pasear. El niño tiene puesta una camiseta desteñida de Iron Maiden, y una gorrita negra hacia atrás. Del bolsillo del jean se le sale un paquete de papitas fritas y alrededor de la boca le quedan algunas migajas.

Cuando llego al CAI me encuentro con un agente de ojos verdes que se porta muy amable cuando me recibe. Me dice que su nombre es Heriberto Gómez, que lleva dieciocho años en la policía y tres meses en ese CAI. Antes de ser trasladado estaba en Arauca –un departamento al oriente de Colombia en zona de conflicto–: “en donde sí pasaban cosas graves”. Su ciudad (Saravena) era conocida como “Sarabomba”, porque estallaban bombas todo el tiempo y sólo iban a recoger a los muertos.

El CAI de Altamira queda justo al lado de un parque infantil: en la casita se escuchan todo el tiempo las risas de los niños. Eso puede explicar el optimismo de Gómez frente al sector que custodia. En una esquina del parque hay una señora de ruana y trenzas que se ríe sola y saluda a los transeúntes. En la otra hay un par de muchachos que se burlan de ella.

Cruzando la calle hay una tienda a la que voy a comprar cigarrillos por sugerencia del señor agente. El quiere Belmont o Marlboro, pero allí sólo venden Mustang:

–Uy, no, de esos no, yo pensaba que usted fumaba otra cosa –me dice un poco ofendido.

Yo saco del bolso los dos marlboro lights que me quedan y se los doy.

–Ah, gracias señorita, es que esos mustang son muy malos: me queman lagarganta.

Ahora sí, con cigarrillo en mano, le pregunto por lo que pasó hace una semana en el parque. El hombre se viste de histrionismo y prácticamente me dramatiza toda la historia.  En medio del relato aparece una niña de no más de seis años y mejillas muy rosadas, que le dice con una vocecita casi imperceptible:

–Señor agente, señor agente.

Pero Gómez está entretenido y no la escucha. La segunda vez la niña lo tira de la manga del uniforme y le dice:

–Señor agente, señor agente, que si puede venir a mi casa, que un señor le está pegando a mi mamá.

El agente mira a la niña y le dice que vuelva después, que no tiene patrulleros:

–Ahora vamos mamita, más tarde, cuando hayan cascado duro a su mamá – y se ría. La niñita le dice que bueno y se marcha. Gómez me mira y cae en cuenta de su indelicadeza, entonces se pone serio y me explica:

–Es que esto pasa todos los días acá, señorita. A uno le toca entenderse de casos de violencia intrafamiliar, sobretodo, y mucho atraco también. Los casos como el del parque son fortuitos.

Días después, en la estación de policía de San Cristóbal, el coronel Pinedo Granados me diría que hace seis meses el caso más escandaloso se trató de un hombre que encerró a sus suegros y a su cuñada en una casa y les prendió fuego:

–El móvil del crimen fue el despecho –me dijo Pinedo, todo un lord de la fuerza civil– el tipo no soportó que la mujer lo dejara.

El coronel me confiesa no hace muchos esfuerzos por defender causas perdidas. Sabe que cuentan con muy pocos hombres para cuidar la zona, sabe que en muchos casos la labor de los patrulleros es poco eficiente, sabe que todos los días ocurren cosas muy graves de las que ellos no se enteran, sabe que no puede hacer mucho al respecto. Lo encontré un martes en su oficina, rodeado de banderitas y escudos, peinado y de buen humor.

Pero antes, el agente Gómez insistía en su papel de vocero del orden público:

–…entonces, ahí es cuando la gente dice que dónde estaba la policía, pero calcule: somos poquitos y ¿sabe qué más?, que no somos adivinos. No podemos estar en el justo momento que ocurren las cosas.

Así es: no estuvieron hace seis meses para detener al pirómano, ni hoy para atender a la mamá golpeada. Tampoco estuvieron hace ocho días, ni estuvieron los colegas del CAI La Victoria, a quienes les correspondía por jurisdicción atender el caso del parque. Gómez fue quien recibió la llamada, entonces contactó a los patrulleros de Altamira, sus compañeros, que llegaron a la Gloria cuando ya no había mucho que hacer.

John corre nuevamente loma arriba. Le había gritado a July Andrea que se escondiera en a tienda y lanzó cuchillazos a Bitoco y el llanero para que se apartaran y lo siguieran a él. John tiene frío, se siente agitado, la herida le arde. De pronto se da vuelta y ve que nadie lo sigue y, en cambio, oye que gritan su nombre. Al principio no reconoce la voz: es un grito fuerte y ronco, el gemido de un animal alorido. En la tienda ya no están el llanero ni Bitoco, sólo a July Andrea con el coche caído, alzando a su bebé, enchastrado en sangre. Michael está en el piso llorando. Alrededor hay un gente que los mira, callados e inmóviles.

John se regresa y le arrebata el niño a July de los brazos. Detiene una buseta y le pide que lo lleve al centro de salud más cercano. July se queda y se lleva a Michael a la casa. Luego sube a pie la loma por donde se fue la buseta; llora, da alaridos, ya no le queda aire, ya no le queda nada, piensa. Cuando llega al hospital–a pesar de sus incontables oraciones y promesas– se entera de lo que ya sabía.

Un domingo “lluvioso”

El seis de marzo de 2005 Brandon Santiago recibió dos puñaladas en el pecho y murió a las ocho de la noche en el centro de salud de Altamira. Bitoco fue capturado por complicidad en el homicidio y el llanero sigue fugitivo.

La versión de Gómez, sin embargo, le añade información adicional a la detención de Bitoco. Me asegura que, a escasos ocho días del hecho, ya se le dictó sentencia y que fue condenado a 40 años:

–El juez le dijo que ésta sería su condena: donde-más-le-duela­– el agente cuenta cada palabra con los dedos y prosigue ­–cuatro palabras, cuarenta años. Eso le dieron.

Pero lo de Gómez no es más que un mito tranquilizador. Un mito de barrio de esos que le ponen color a las tragedias. En la Fiscalía la versión es otra: Víctor González, alias Bitoco no aceptó los cargos en la primera audiencia, pero como fue señalado por testigos se le dictó medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación. Ahora está en la cárcel, mientras se continúa con la investigación, que busca dar con “las otras personas implicadas”.

Después de cuarenta minutos y seis cigarrillos a Gómez se le acaba la gasolina y me dice que mejor me vaya:

–Mire, señorita, mejor vaya saliendo de por acá, parece que va a llover.

Pero justo ahora llegan los dos patrulleros que detuvieron a Bitoco y no quiero irme sin hablar con ellos. Los dos hombres se bajan de la moto y Gómez les explica quién soy. Uno de ellos entra al CAI sin determinarme y el otro me dice que él ya dijo a la prensa todo lo que tenía que decir:

–… además, no sé por qué han hecho tanto alboroto con eso. Mire, niña, váyase de aquí que este barrio es peligroso. Además, parece que va a llover.

Luego entra también al CAI y yo miro a Gómez que está parado en la puerta. Él alza los hombros en señal de impotencia.

En el cielo hay un sol radiante. Pero aquí nunca se sabe.

Saliendo de Altamira me encuentro nuevamente con el chico de once años que me advirtió en el parque del peligro de la zona. Lo saludo y él me responde guiñando un ojo. Lleva una navaja en la mano. Una cuadra más allá veo a la niñita que fue a buscar al agente Gómez: está sentada en una acera lamiendo una chupeta.

Mientras camino trato de imaginarme cómo fue ese domingo seis de marzo para San Cristóbal. Pero luego me doy cuenta de que probablemente fue muy parecido a cualquier otro domingo. Hace ocho días, cuando el llanero asesinaba a Brandon Santiago, en algún barrio vecino ocurrían otras cosas que podrían estar ocurriendo también hoy, en este preciso momento. Luego lo confaría en el reporte del CAI:

A esta misma hora, el domingo pasado, dos personas eran capturadas por violencia intrafamiliar, y a lo largo del día se produjeron doce detenciones más. Un poco más tarde, tres adolescentes eran sorprendidos robando un Carrefour y otro era capturado mientras huía tras haber roto el vidrio de un vehículo y haberle arrebatado el bolso a una señora.  Algunas cuadras más arriba, una pareja de novios le robaba a una mujer 400 mil pesos (unos 170 dólares) y tres muchachas de ventipico escondían en una cartera un pantalón del almacén “short sport”. Entrando la noche, también en La Gloria, una niña de 14 años era violada por un señor de 67.

Pero no todo fueron malas noticias en San Cristóbal, cerca de las 4 y 15, en el barrio Juan Rey, a una mujer de nombre Jennifer le devolvían un parlante marca sony que le habían robado en días pasados. Además, en contra de los presagios, ese día tampoco llovió.

Seguir escapando

John y July dejaron el barrio y no quieren volver. Se mudaron temporalmente con un hermano paterno de John, pero no pueden quedarse por esa zona porque allá todo es más caro: una pieza cuesta 100 mil pesos al mes (cerca de 45 dólares), mientras que en La Gloria les costaba la mitad.

Me recibieron a las seis de la tarde de un viernes en un comedor pequeño y oscuro: mesa redonda, cuatro sillas y nevera de fondo. Al lado del comedor, el hueco de una puerta sin puerta dejaba ver la colchoneta en la que estaban durmiendo por esos días, y varios juguetes regados en el piso.

John me indicó donde sentarme, caballeroso, sonríente: hay un hueco enorme entre sus dientes. July salía del baño recién peinada y oliendo a jabón. Michael estaba en el piso rodeado por tres niñas que debían ser sus primas. Debajo de la mesa todavía descansaba el balón.

El barrio del hermano de John se llama Santa Librada. Está mucho más al sur que La Gloria, pero tiene mejor cara. Las calles son anchas, muchas están pavimentadas y hasta hay minimarkets. Algo que favorece el sector es que por ahí pasan los buses alimentadores del transmilenio: el sistema de transporte más moderno que tiene Bogotá, y que la recorre casi de punta a punta.

Pero vivir en Santa Librada es un lujo que John y July no se pueden dar, y menos con tres hijos. Aunque ahora sólo tienen a Michael, pronto piensan ir por los otros dos: Juranis (6), que vive con los abuelos maternos y Harold (4), que está hace tres meses en el campo con la abuelita de July. El niño se quedó allá en diciembre, cuando los abuelos se lo llevaron a unas vacaciones familiares a las que July no pudo llegar porque no tenía plata para el bus.

John no quiere más niños. July, en cambio, sueña con un bebé idéntico a Brandon Santiago:

–Era mi único hijito blanquito, los demás son morenitos. Me gustaría tener uno igualito, igualito a él. Era el más bonito de todos –dice.

Los ojos de July siempre se mueven, es lo más parecido que vi a un reloj cucú. Cuando describe a Brandon da la impresión de estar hablando sólo para ella; pronuncia con énfasis los diminutivos y se agarra las manos como para darse fuerza. Mira para allá y para acá, ansiosa. Hasta cuando está callada parece que continuara viendo la misma película. July me dice que la Iglesia los ha ayudado mucho a sobrellevar todo este episodio. Y que si no fuera por “Diosito”… La teoría de la resignación cristiana vuelve a ser eficaz para dopar emotivamente a las personas. July se ve dueña de una templanza postiza que en cualuqier a punto amenaza con explotar, desgarrase.

El domingo siguiente de la muerte del bebé, John y July se vieron con sus amigos Jenny y Frey, en la Iglesia. Ellos fueron quienes los iniciaron en el cristianismo y ese día mencionaron la posibilidad de irse a vivir juntos los cuatro en una especie de comunidad cristiana en el barrio Canadá, donde July creció. Ahora piensan que, quizá, éste es el mejor momento para hacerlo.

–Vivir con gente de la Iglesia sería como cambiar totalmente de vida, empezar de nuevo –dice July.

Eso significa, para ella, poder terminar el colegio, conseguir un trabajo, tener plata para vivir mejor. John dice que lo de la plata “siempre se resuelve” y no se muestra especialmente interesado en terminar el colegio. Además, está claro que ese no es un tema prioritario en estos momentos. Primero lo primero: por ahora sigue esperando noticias del paradero del llanero, tiene contactos en la policía que lo mantienen informado:

–Mis amigos me dicen que me lo van a traer para que lo mate. Ojala lo encuentre la policía primero, porque si yo lo encuentro no sé cuál va a ser mi reacción.

July sí lo sabe, pero calla. Tiene la mirada dura, el rostro de una niña temerosa:

–Yo lo odio –dice en voz muy baja–. Ese hombre no tiene perdón.

John la mira, luego respira hondo y la habitación se llena de un silencio pesado. Hace calor, Michael se pasa las manitos por la frente y hace como si fuera a llorar, pero no llora. Después mira a su mamá y alza los brazos para que lo cargue, pero ella sigue ausente y no lo ve. Entonces llora. Sus primitas se acercan y lo abrazan, pero él sigue llorando.

–Cuando esto pase quiero cambiar de vida: para no tener que seguir escapando –dice John a modo de sentencia.

July se pone de pie y entra en la alcoba. Me parece que ya escuchó esto mismo muchas veces. Vuelve el silencio incómodo, el llanto de Michael le hace coro. John se me acerca misterioso, se acomoda el gorrito, y ladea la cabeza. Después me mira a los ojos y dice:

–¿Entonces qué, usted también es hincha del América?.