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Posteos en ‘contratapas (Crítica)’

El dilema de la mentira

abr 14

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Así como en Hollywood los escándalos suelen estar hechos de infidelidades, en el mundo periodístico están hechos de mentiras. Hace unas semanas, la biografía del polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por su colega y amigo Artur Domoslavski, instaló –otra vez– la discusión sobre la mentira en el periodismo: “Algunos de los libros de Richi no pertenecen al estante de no-ficción”, dijo el biógrafo. Días después, apareció un caso más extremo, el de Tommaso Debenedetti, un periodista italiano que parece haber inventado una buena cantidad de entrevistas a escritores famosos: Philip Roth, John Grisham, Nadine Gordimer, Le Clézio, entre otros. El debate se encarnizó. Entonces me acordé de un famoso caso en la Argentina, bastante parecido al de Debenedetti: se llamaba Nahuel Maciel y era mapuche (o eso decía él). En sus fantasías, Nahuel entrevistó –y publicó en el diario donde trabajaba, El Cronista– a Vargas Llosa, Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury, García Márquez (cuya entrevista se volvió libro) y otros. Cuando todo se supo, el mapuche fue repudiado y se autoexilió en las lejanas tierras de Entre Ríos, y ahora es un líder ambientalista. Así, deben de haber millones de historias que hacen pensar que la mentira es a los periodistas lo que las niñeras a los maridos de Hollywood: una maldita tentación.
Trabajé varios años en una fundación de periodismo que queda en Cartagena. Se llama Fundación Nuevo Periodismo, la preside García Márquez y la dirige un señor genio llamado Jaime Abello Banfi. Fui testigo de muchas discusiones respecto de este tema –una de ellas provocada por la postulación del mentado Maciel a un taller– y lo que puedo decir es que la fundación es absolutamente proverdad, que no es para nada laxa en estas cuestiones; pero, sobre todo, es un lugar donde se reflexiona sobre las cosas que afectan el oficio periodístico y sus maestros suelen tener opiniones diversas sobre asuntos fundamentales. Recuerdo a Francisco Goldman diciendo en un taller algo así como (aclaro que no es una cita exacta, ya que estamos): “Cuando en mi investigación me encuentro con un solo hueco que no puedo llenar con datos verídicos, nace un texto de ficción”; o a Jon Lee Anderson contando cómo en The New Yorker –cuyos fact-checkers son fundamentalistas de la verdad– le podían parar una nota durante meses porque no podía confirmar el nombre exacto de una flor que había en un jardín afgano. Pero también vi de los otros: de los que decían que, si hay huecos, que se llenen con situaciones creíbles; y que el nombre de una flor importa menos que nada. Es decir, no hay una carta de principios ni dogmas preestablecidos, hay deliciosas jornadas de reflexión alternadas con meriendas tropicales.
Hecha esa precisión, puedo decir que, al menos yo –mera oyente–, no llegué nunca a anclarme en una postura única sobre el límite entre la ficción y la no ficción en textos periodísticos. Me parece que es difícil pensar eso en abstracto. Adoré los libros de Kapuscinski y enterarme de que algunos detalles podían no ser reales no me hizo ni cosquillas. Lo de los plagios es distinto porque allí ni siquiera hay un esfuerzo creativo, es un vulgar robo –y no hay nada más triste que la falta de creatividad y de ingenio en alguien cuyo trabajo depende en buena medida de eso–. Un periodista que plagia es, además de un delincuente, un tonto; un periodista que inventa puede llegar a ser un inmoral, un delincuente incluso (porque su invento suele afectar a un tercero: al entrevistado ausente, por ejemplo), pero el resultado de su invento es lo que determinará, en última instancia, si es un tonto irremediable o un tipo talentoso pero mitómano, o si es alguien sin ton ni son que arriesgó su credibilidad en vano. Puede que en el periodismo haya demasiados debates éticos a priori; supongo que se necesitan para ir estableciendo códigos en el oficio. Pero supongo también que –independientemente del oficio– debería bastar con aplicar el principio simple de la transparencia: yo soy fulano y esta historia es una invención. Y si es una buena historia encontrará editores que la publiquen y lectores que la lean. Quizá ya no le llamen a eso periodismo, pero a quién le importa: la etiqueta “periodismo” no es, así solita, sinónimo de pieza magistral.
Pero los detalles son otra cosa y lo malo de estas discusiones es que todo se confunde y se salpica. Los detalles, para mí, están en función de la historia. Si a la historia le ayuda que una nena fea lleve un lindo lacito en su cabeza amorfa, no estoy en contra de ponérselo. Según el canon más clásico, eso no es periodismo; según el canon más clásico, la etiqueta de un periodista que hace eso vendría adjetivada: “periodista mentiroso”. Por eso, con perdón, desconfío de los cánones y de las etiquetas y de los estantes de libros categorizados: porque no piden contexto, al contrario, exigen reducciones. Pero parece que el mundo necesita las etiquetas para no confundir arena con harina; porque están los Debenedetti y los Maciel, mentirosos compulsivos o bromistas sofisticados, vaya a saber, que revuelven el frasco denso de los códigos y alguien, muchos, todos, tienen que salir a aclarar lo obvio: señores periodistas, mentir está mal –así dicho, quién podría oponerse–. Y con eso, al menos por un rato, consiguen salpicar las mejores historias.

Militancia Facebook

mar 26

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Era febrero de 2008 y hacía un calor infernal. Llegaban mails, mensajes de texto, sonaba el teléfono: había una euforia generalizada entre mis compatriotas colombianos. Mi madre llamó tres veces ese día, la primera dijo: “Supongo que vas a la marcha” Y yo: “No sé”. La segunda: “Acá vamos todos” Y yo: “Ok”. La tercera: “¿Te vas a poner un sombrero? Cuídate de sol”. Un grupo de jóvenes que insistía mucho –demasiado– en no representar nada –ni a nadie– más que el hartazgo de la sociedad civil colombiana frente a la guerrilla, había convocado una marcha a través de Facebook. Se llamaba “Un millón de voces contra las FARC” y, aunque yo no vi tantísima gente en Buenos Aires, se dijo que fue un éxito –en Buenos Aires y en el mundo–. ¿Quién dijo? Facebook dijo, todos dijeron. Yo creo que fue un éxito pero en otro sentido, en masificar esta idea que después –y antes, aunque con menos, o cero, visibilidad en CNN– se replicó tanto: que las redes sociales como FB servían para movilizar a mucha “gente del común”, sacarla de sus casas, hacerle apartar los ojos del monitor de la computadora y ponerse un sombrero para salir a marchar.

Algún colombiano patriota me diría después que ésta había sido la primera gran movilización Latinoamericana convocada por FB, y que qué visionarios los jóvenes convocantes: esos seres etéreos que seguían proclamando a los cuatro vientos no tener ninguna filiación partidaria ni ideológica ni de nada, y que de tanto repetirlo era inevitable pensar en ellos como una suerte de indefinidos teletubbies. Hace un par de semanas –y ayer– cuando los 6, 7, 8 convocaron su marcha por FB, me llamó la atención la cantidad de veces que repitieron que la convocatoria la habían hecho “personas comunes” y que era una marcha “autogestionada”, con lo que pretendían sacudirse no sólo del programa de televisión de Canal 7, sino del gobierno, y hasta de Milagro Sala, que le habló en “un discurso espontáneo” a la multitud. Todo para dejar bien claro que sus intereses –así como los de los jovencitos anti FARC– eran desinteresados.

Es como que esa idea de no representar a nadie “más que a ellos mismos” los enviste de una suerte de inocencia, honestidad, pureza virginal. Y más allá de si uno está de acuerdo o no, si les cree o no –o si sabe de la existencia de unas fotos del joven Galende, embebido de furia geek frente a su computadora, atizando al club de la buena onda (un suponer)–, es notable la insistencia exagerada en la generación espontánea de estas marchas. Y ya sé que los partidos políticos están desprestigiados; que si uno se dice de esto o de lo otro le pone un sesgo a su credibilidad; que nadie quiere decirse de nada por temor a ser defraudado, implicado, culpabilizado. Ya sé: son síntomas claros del asquito a la política tan propio de estos tiempos. El programa 6, 7, 8, sin embargo, no sufre de eso: más bien al contrario. No ahorra en signos de admiración, ni en entonaciones circenses para denunciar cosas que les parecen deleznables, injustas. Es un estilo que particularmente no soporto, pero es su estilo; y ellos –más allá de si lo hacen en un canal público, con plata ajena: otra discusión– no se hacen los tímidos para decir nada de lo que quieren decir. En cambio, los fans de Facebook, convocantes de la marcha, son la materialización misma del “tiro la piedra y escondo la mano”, del “yo no fui”, del “no sé quién fue”, del “fuimos todos”.

¿Es mejor ser fan que militante? ¿Es mejor ser silvestre que articulado? ¿Es mejor la generación espontánea que la formulación organizada de ideas? ¿Cuál es la gracia de ser “gente del común”? ¿No es como ser nadie? Yo no sé, pregunto, me llama la atención esa obstinación en lo anodino.

Y no es culpa de Facebook, pero ayuda.

Se sabe que Internet es una herramienta que potencia, entre otras cosas –como el anonimato y la impunidad–, el fervor efímero. Sentarse detrás de la pantalla de una computadora a participar en grupos y foros produce una sensación de poder potente y placentera, pero cortita. El que está detrás de la pantalla, al acecho, esperando reaccionar ante cualquier cosa, puede cambiar de opinión –y de nombre– todas las veces que quiera; puede empantanar proyectos a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie; puede después apagar el monitor y echarse a dormir. O sea, esos tienen una ventaja gigantesca frente al que sale y da la cara y firma y convoca y dice: yo pienso esto –porque convengamos en que el “nosotros” es engañoso– y a veces procedo en consecuencia y a veces me contradigo y a veces me parece que lo que pienso es una idiotez. O cualquier otra cosa. Casi siempre la respuesta al ejercicio valiente de hacerse cargo, de dar la cara, suele ser la descalificación grosera. Nadie dijo que hacerse cargo fuera una experiencia deliciosa, pero sí que es más serio, menos confundible con el fervor efímero. Si alguien real se hubiese hecho cargo de la marcha anti FARC y de la marcha 6, 7, 8, seguro que miles de internautas los habrían acribillado a punta de comentarios ponzoñosos. Pero al menos no habría quedado como una de esas iniciativas entusiastas que al cabo del tiempo mutan en sencillamente inútiles o, más probable: en una farsa. Me gusta la idea de la “militancia Facebook” y similares, me interesa el fenómeno y me parece que vale la pena explorarlo; pero me gusta más cuando alguien se hace cargo de ciertas iniciativas. Como nadie suele hacerlo –no cuando se trata de ideas que comprometen–, salvo el aliento neutro generado por una multitud pulcra de teletubbies que respiran en perfecta sincronía, supongo que se hace difícil tomárselo en serio. Yo todavía no vi a la primera persona mayor de cuatro años que se tomara en serio a un teletubbie. Pero vaya a saber.

La pequeña y valiente Nujood

mar 12

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Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.

Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.

Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.

Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.

Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.

El derecho de nacer mujer

feb 28

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Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.

¿Cuál secreto?

feb 10

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Ser extranjera tiene ventajas y desventajas. Una ventaja es que uno siempre puede alegar desconocimiento, ignorancia o demencia ante cualquier cosa de la que no quiera hablar. “¿Viste la última de Campanella?” y uno mira al aire: “¿Campanella?… me suena” Y se ahorra el mal rato de tener que llevarle la contraria a los millones de argentinos que siguen aplaudiendo El secreto de sus ojos como si en ella se hubiese resuelto, por fin, el misterioso caso de Norita Dalmasso. Una desventaja es que si se me da por no callarme la boca, como ahora, me llueven las descalificaciones usuales, facilistas, de que no soy de acá y seguro que me perdí tantas cosas y que la idiosincrasia argentina es tan pero tan compleja. Claro, porque seguramente Campanella quiso hacer esa película exclusivamente para los cines locales, y que no llegue a Uruguay, por favor, que pueden confundirse. Como la media consumidora occidental, he visto cientos de películas que no son de mi país y todavía, por suerte, el placer o la incomodidad que me producen dependen de la pura panza. Pero de todas formas el de la nacionalidad no es un argumento porque a El secreto… le ha ido muy bien en otros países, como España, y supongamos que algunos de los que fueron a verla no eran argentinos. Supongamos también que en el Oscar no habrá expertos en argentinidad explicándole los chistes al jurado.

Pero decía que, en general, una película me gusta por lo más elemental: que si me conmueve, si me alegra, me euforiza o me deprime y etcétera. En eso, supongo, estamos de acuerdo casi todos. Pero para que eso pase, primero tengo que aceptar lo que me están contando, casi creérmelo en serio, racional y sensorialmente: como que la primera vez que uno ve El silencio de los inocentes, Hannibal Lecter le produce una serie de cosas –morbo, repulsión, miedo–, que son coherentes con el hecho de que se trata de un personaje macabro de una historia macabra. Esa coherencia está dada por las reglas internas de una historia; las películas bien hechas son las que respetan esas reglas y entonces uno puede dedicarse a disfrutarlas sin la dificultad de preguntarse: “Pero, ¿el tipo se comió a toda esa gente?”. No, uno no se lo pregunta, lo acepta porque se lo cuentan bien. Y El secreto… (lamentablemente para mí, que me gustaría entusiasmarme como casi todos con la flamante “obra maestra”) no entra en esa categoría.

La película está plagada de inconsistencias, de recursos forzados que parecen puestos para el público gordo, acostumbrado al efectismo hollywoodense. Como esa maratón de la protagonista detrás del tren, absolutamente innecesaria y traída de los pelos. Es el ejemplo típico en el que, insisto, uno se distrae preguntándose idioteces: ¿Pero por qué corre? Si se arrepintió de dejarlo ir, ¿no puede tomarse el tren siguiente? ¿Será un guiño de Campanella a Forrest Gump? Así hay otros ejemplos de escenas sin son ni ton, injustificadas; bisagras que sirven para meterle a la película todos los componentes de un producto bien mainstream: el amigo borracho y mártir, el amor fallido, la culpa, la venganza y, por supuesto, la cereza del helado argentino, el contexto setentista. Muy bien, son todos grandes temas de potenciales grandes películas que no son esta. Si esto fuera una crítica podría hacer una lista larga de esas inconsistencias, pero no lo es y lo que quiero decir es otra cosa.

Quiero decir que me da la sensación (esa sensación familiar) de que esta película parece ser tan buena sólo porque es sudaca, como nosotros, y eso nos cubre de condescendencia. En Estados Unidos debe haber un dispenser de thrillers parecidos a éste con todo y la cara de Darín que, de todas formas, siempre es la misma. Pero como la hizo un argentino con actores argentinos en esta industria deprimida (un argentino que, convengamos, no es un joven pujante de Formosa, sino uno que vive afuera, trabaja afuera y juega en las grandes ligas), se le encuentra mérito a una secuencia de persecución bien filmada, por ejemplo (como si no hubiera mil quinientas treinta y tres iguales), porque se parece un poquito a lo bueno que se hace donde se supone que se hace lo bueno. Lo mismo suele suceder con la literatura y con el arte, es verdad, pero como el cine es más masivo el efecto es más masivo, abrumador, un poco insoportable. En El secreto… hay tantos aciertos como errores y no reconocerlo es promover la mediocridad, es resignarnos para siempre a las ligas menores que aspiran alguna vez llegar a las mayores a partir de la mera imitación técnica, argumental y, lo peor, celebrada: “Uh, esa escena le salió bien Brian De Palma” (aplausos). Y así.

Todavía me parece posible que el cine latinoamericano encuentre un lugar más genuino que no nos muestre hambrientos por parecernos a Hollywood, y que no necesariamente caiga en la crónica sucia de nuestras sociedades miserables, violentas, corruptas, tan jodidas, que es justamente como Hollywood nos ve. Hay otras maneras de mostrarnos en pantalla, pero me parece que hay que inventárselas más y copiárselas menos. El año pasado vi algo que se acerca bastante a una invención: Historias extraordinarias, y fue tan placentera la sola idea de comprobar que se podía. Y en cuanto al Oscar –la última gran alegría nacional–, hasta vergüenza da aclarar que no es ningún certificado de calidad, sino una palmada en el hombro de la gran industria que significa algo como: “Keep trying, Juan, you’re almost one of us”.

El odio de las comparaciones

nov 11

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Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.