Era el final del verano, y para cierta chica era también el momento en que todo llegaba a su fin. Se había enganchado con un belga que vino de vacaciones a Buenos Aires y ahora ya se iba. No era la primera vez que le pasaba, pero como si sí. Ella tenía cierta fijación por estos amoríos turbios que ya venían con fecha de expiración. Al belga lo había conocido en San Telmo, porque esta chica trabajaba por ahí, en una tienda de ropa de diseño. Una noche, cuando salía de trabajar, la chica se metió en un bar sola y pidió una cerveza. Estaba cansada, pero no tenía sueño, sólo quería relajarse un poco antes de tomarse el colectivo. Entonces fue cuando apareció este muchacho rubio con los pelos de punta y un aro en la ceja. Le preguntó si se podía sentar con ella, y ella dijo que ya se iba, que había pasado por allí para tomar algo pero que… Cuando quiso terminar la frase el belga se le había instalado en la mesa y se empinaba un vaso espumoso de fernet.
Al poco rato de estar conversando dificultosamente –el belga no hablaba bien castellano– se dieron un beso. ¿Por qué? Porque ella estaba sola en ese bar y él estaba solo en Buenos Aires. Quedaron para verse allí mismo al día siguiente, después de que ella saliera de la tienda. Y eso hicieron: se vieron al día siguiente y pasaron la noche en la posada del belga. La chica llegó a trabajar con la misma ropa del día anterior y sus compañeras, lógicamente, se dieron cuenta: le hicieron la ronda, dieron saltitos y aplaudieron. Ella les dijo, impulsiva: “Este sí es”, aún sabiendo que estaba diciendo una tontería. Al día siguiente se llevó su valijita al trabajo y, a la salida, se le instaló al belga en la posada: “Puede estar divertido, ¿no?” El dijo que sí, aunque nunca sabremos si entendió.
El romance duró un mes, y en el medio ella intentó convencerse muchas veces de que esa relación no era tan “absurda”. Le parecía absurda porque era obvio que “no tenía futuro”. Si la chica hubiese sido un poco menos romántica se había tranquilizado con el hecho de que todas las relaciones comenzaban con ese mismo principio y –la inmensa mayoría– terminaban sin haberlo variado en lo más mínimo. Pero estamos hablando de una chica no sólo romántica, sino esculpida de acuerdo a los lugares comunes más eficientes del mercado.
Una mañana, cuando ella se arreglaba para ir a la tienda y el belga aún yacía en la cama le dijo:
–Ven conmigo –y ella se emocionó, pero no podía hacérsela tan fácil: se puso retozona. Que a dónde se iban a ir, le preguntó, si él mismo le había dicho que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lado. O al menos eso fue lo que ella entendió… La chica dejaba pequeños baches de silencio para que él tuviera la oportunidad de rectificarse y decir: “Te llevaré a un dos ambientes en Congreso, que compraré con los euros que me traje para conocer Suramérica”. O mejor: “Te llevaré a Barcelona, viviremos en el piso que heredé de mi abuela catalana” Él no tenía abuela catalana, ni intenciones de decir eso. Y de todas formas no sabría como decirlo. La chica seguía con que ella no era ninguna hippie sin rumbo ni proyectos: que ella sí quería establecerse, ahorrar, comprarse un sommier para el departamento de Congreso que aún no tenían. El dijo que ok. “¿Ok qué?”, la chica estaba nerviosa hasta la taquicardia, el dedo del anillo le sudaba. Pero por la cara del belga supo rápidamente que sus palabras se habían ido por el hueco negro de su ignorancia idiomática.
Después de eso nada fue lo mismo: ella trataba de convencer al belga de lo equivocado que estaba en la vida. Le lanzaba indirectas sin son ni tón. Por ejemplo, si él decía “¿comemos en ese bar?” Ella decía que “no hay como la comida casera hecha con amor y compromiso; eso es lo que le falta al mundo: compromiso”. Y él, claro, sonreía sin saber de qué le estaba hablando: “Ok”. Al cabo de un tiempo ella se desesperó, angustió, se amargó, se quedó encerrada varios días en la posada hasta que le largó: “Bueno, llévame contigo, belga” Y el belga: “Ok”. Y ella: “Vete a la mierda, belga” Y el belga “Ok”. Y así, hasta que se dormía acurrucada en posición fetal. El belga se iba por ahí, se emborrachaba hasta el desquicie y llegaba a la posada proclamando en un raro idioma de energúmeno que él era un ser un ser libre y feliz. Un día la chica masculló unas palabras en inglés: “I no like lover, i like esposo: ahora” o algo así. Y el belga peló su chapa como si le hubiera dicho “esa carita pálida me vuelve loca”. Y salió de vuelta a emborracharse. No había caso, así que una mañana, la chica, triste y abatida, armó su valija y se fue a trabajar; esa noche volvería a su casa. Las compañeras le preguntaron que qué había pasado. Ella, exageradamente sonriente, y mientras enrollaba su dedo índice en un mechón de pelo, se largó con que el tipo se estaba enamorando y ella no estaba para esas cosas: que ella no quería compromisos, que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lugar. “¿Sí?”, dijeron las compañeras, dudosas, confundidas; y ella, sin sacarse nunca la sonrisa de la cara, les dijo: “soy un ser libre y feliz”. Ese día vendió dos remeras y un cinturón tejido y, después, no le pasó nada mucho más extraordinario.
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Cómo nos gusta mentirnos a nosotros mismos…..
Qué buen relato, qué ganas de saber qué pasó con el belga