Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Rutina

mar 05

El boliche estaba oscuro, los tragos adornados con pajitas fosforescentes. La pareja aburrida había decidido ir para darle un giro a su rutina. A veces hacían esas cosas: y su rutina giraba pero ellos no. Estar en el boliche oscuro era una irrupción indiscutible en lo que la pareja aburrida solía hacer en su día a día: oficina, supermercado, cena poco condimentada y televisión. Pero no por estar en el boliche ellos variaban su comportamiento; la única diferencia era que no se veían bien la cara y tampoco se escuchaban, por lo que tenían que gritar. “¡Que decís!” / “¡Qué está bueno el daikiri!”. Y asentían, sonreían sin convicción, miraban impacientes el reloj cuando el otro no se daba cuenta. Tampoco es que su rutina habitual incluyera mucho diálogo, esa es la verdad; pero al menos tenían la excusa del cansancio, o de la película que estaban mirando, o de que había que dormirse para levantare temprano, esas cosas.
Lo de salir un día a la semana a tomar unas copas se los había recomendado una pareja amiga con quien estaban a punto de encontrarse. Era una pareja muy animada y festiva, tan distinta a ellos. Siempre tenían historias que contar, historias desopilantes de cuya veracidad la pareja aburrida sospechaba. Pero aunque fueran historias falsas eran divertidas, y eso era mejor que nada. “¡Hey!”, ahí venía llegando la pareja amiga y festiva, traían pajitas en la mano y las agitaban para que la pareja aburrida pudiera verlos. Cuando estuvieron cerca se echaron en los sillones y uno de los miembros de la pareja amiga y festiva –digamos que él– cayó encima de uno de los miembros de la pareja aburrida –digamos que ella. Quizá a esta altura conviene darle nombres a todos. La pareja aburrida está conformada por Tomás y María. La pareja festiva por Gabriel y Lola.
Entonces: Gabriel se echa en el sillón y cae casi encima de María, que intenta rodarse hacia el lado de Tomás, pero Lola se ha sentado en el medio y parece estar diciéndole algo al oído a Tomás, aunque en esa oscuridad no se sabe bien qué es lo que está pasando. María tantea la mesa, busca su cartera.
–Quiero ir al baño –dice.
–Te acompaño –dice Gabriel.
–No, yo…
–Te podés perder –Gabriel se levanta, la jala por el brazo. Cuando llegan a la puerta del baño María entra y él pretende seguirla.
–¿Qué hacés? –ella lo para, pone la palma de su mano en el pecho de Gabriel. Él le agarra la muñeca.
–Nada, te acompaño.
–Puedo entrar sola.
Gabriel alza los hombros. El baño es casi tan oscuro como afuera, María se mira al espejo y sólo puede ver su dentadura. Espera unos minutos sin hacer nada, porque en realidad no quería hacer nada más que levantarse de la mesa.
–¿Ya estás? –Gabriel toca la puerta. María se acomoda la cartera y sale.
–Ups –se tropieza con él, que le rodea la cintura con los brazos y, de pronto, así como si estuviera previsto desde el principio de los tiempos: le lame la cara.
–¡Chee! –dice María y trata de zafarse pero Gabriel la aprieta, le lame cara y cuello como un cachorro sediento. La música suena muy fuerte, Gabriel le dice algo pero ella no escucha: tampoco es que quisiera escucharlo, sólo quiere que la deje en paz. María consigue zafarse y camina rápidamente hacia la mesa, pero no encuentra el camino, está todo muy oscuro. Va tropezando con la gente, esquivando las pajitas fosforescentes que flotan en el fondo negro del boliche.
–¡Vení! –Gabriel la vuelve a agarrar por la cintura, la aprieta fuerte contra él: lame y lame como un desquiciado.
–¡Pará! –María vuelve y se zafa, sigue andando, no ve la mesa, no ve a Tomás ni a Lola, no ve a nada de nada. Abraza su cartera. Va empujando a la gente, desesperada. La gente la putea, o eso cree ella, la música le sigue ganando a las voces. Al final de todo se choca con algo duro: una puerta que se abre y la luz de un farol la encandila. Ha llegado a la vereda.
–¿Dónde estabas? –Tomás la toma por los hombros, suena impaciente.
–¿Qué? Adentro, ¿dónde más voy a estar? –María se saca el pelo de la cara, se limpia la baba seca de Gabriel y respira agitada… Qué mierda acababa de pasar, no entendía nada. Tomás para un taxi:
–¿Vamos? –abre la puerta, parece nervioso. María entra, él también. Le piden al chofer que los lleve a la casa.
–¿Qué paso? –dice María todavía perpleja. Tomás va mirando por la ventana, se truena los dedos de las manos.
–¿Qué pasó de qué? –le dice, sin mirarla. María recapitula todo de vuelta: no entiende nada. Respira hondo, le falta un poco de aire, se siente ahogada y pegajosa y maloliente. Quiere llegar a bañarse.
–¿Está todo bien? –pregunta Tomás, con cierta levedad. Esta vez la mira muy de refilón y vuelve los ojos a la ventana.
–No sé –dice María, tras unos largos segundos de silencio–: debo estar muy cansada.
–Sí –dice Tomás– yo también.

Haga un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree