Tonta
mar 01
Eloy sabía que Karina era muy tonta. Lo supo desde el primer día que la vio en Cariló, paseándose en un bikini diminuto por una playa llena de hombres que se babeaban mirándole el culo. Karina se hacía la inocente, porque eso, según Eloy, es lo que hacen las chicas tontas. Él hacía el esfuerzo de no mirarla, pero cada tanto se le iba el ojo y era justo cuando ella lo descubría. Sus miradas se cruzaban porque ella también lo estaba mirando: Eloy pensó que Karina lo miraba, sólo porque él no la miraba… Al menos no la miraba tanto como el resto de cretinos que estaban en la playa.
Un día Karina se acercó a pedirle fuego. Era tan tonta que no se le había ocurrido nada mejor que eso, se dijo Eloy, y le dijo a ella que no tenía fuego. En la cara de Karina apareció un frunce de tristeza, como si estuviera a punto de echarse al piso a llorar y patalear porque no le habían dado el caramelo que quería. Eloy pensó que no quería presenciar esa escena y le dijo: “esperame acá y te consigo” Se alejó unos pasos y se sacó su propio zippo de la pantaloneta.
–Tomá, conseguí –le dijo cuando estuvo de vuelta. Karina sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, estirándolos un poco hacia afuera como hacen las putas de las películas muy malas sobre putas tristes y buenas, víctimas de sus padrastros.
–Sos bien tonta, ¿no? –le dijo Eloy y ella lo miró como quien no entiende, como quien no puede procesar, como quien necesita un golpe fuerte en la cabeza o un dedo en el botón de reinicio.
–¿Qué decís? –dijo Karina, sus ojos se abrieron tanto que parecían dos grandes piedras azules incrustadas en su cara fina y bronceada.
–Que sos muy tonta y sos muy linda. Supongo que nadie te dice lo primero y muchos te dicen lo segundo ¿no?
–¿Qué?
–Que eres de esas chicas bien lindas y bien tontas: eso es lo que digo.
Karina bajó la cara. Su pelo castaño, que probablemente había untado con una de esas cremas protectoras del sol, brillaba como el de una muñeca nueva.
–No soy tan linda –dijo y se sentó en la arena– tengo una cicatriz –y le mostró el tobillo a Eloy, doblándose de una forma que parecía una sirena a la que recién le salían patas: patas nuevas, bellas, satinadas. La cicatriz era, por supuesto, un lunar.
–Es una cicatriz horrible –dijo Eloy y se agachó para agarrarle el pie. Le besó el tobillo, después le besó la pantorrilla y los muslos y habría seguido si no estuvieran en un lugar público. Karina no parecía darse cuenta de ciertas cosas: como que revolcarse en la arena con un desconocido podía considerarse un gesto digno de una prostituta. Igual, esa misma tarde se acostaron. Fue en la casa donde Karina estaba parando con unas amigas. Eloy estaba parando con unos tíos, y también estaban su hermana y sus sobrinos; no estaba bien que llevara chicas a dormir.
–Eres realmente tonta –insistía Eloy cada vez que podía, cada vez que Karina abría la boca para decir una idiotez como: “quizá debamos hacer una fiesta para anunciar nuestra relación”. Ese comentario en boca de otra chica Eloy lo habría considerado una broma y se habría reído; luego le habría dado un beso y la habría tumbado en la cama; habría simulado aplastarle la cabeza con una almohada mientras ella pataleaba y se reía y le decía: “está bien, está bien, te daré el divorcio”. Pero Karina era una de esas personas que hablaba literalmente. Nada odiaba más Eloy que ese tipo de personas.
–…tonta y linda, qué tipicidad, ja –pero Karina parecía no oírlo, se quedaba muda y seguía peinándose, poniéndose bronceadores y cremas en el pelo, o tomándose su té frío. A Eloy esa impavidez lo irritaba un poco pero confiaba en que un día ella se enojaría y lo echaría de su casa y entonces no tendría que verla más. Si eso no pasaba, igual él se iba a aburrir y todo lo que haría sería levantarse de la cama, ponerse su pantaloneta y antes de atravesar el umbral de la puerta para volver a lo de sus tíos, le diría: “Hasta nunca, tontita”. O algo así. Pero Eloy se fue quedando, y a veces se quedaba incluso sin Karina, que se iba a la playa con sus amigas. Una vez Eloy bajó a servirse un vaso de cerveza y encontró a Karina en el living, mostrándole el lunar de su tobillo a un tipo. En ese momento Karina le pareció la mujer más tierna del universo, quiso sacársela a ese idiota de los brazos y llevarla al cuarto, encerrarse con ella y no salir más. Eloy se apoyó en la pared y los miró darse besos y toquetearse en el sillón, mientras se tomaba su cerveza. Hasta que el tipo se dio cuenta y le mandó una mirada entre condescendiente y burlona:
–Flaco, acá estamos ocupados. Anda a tomarte la merienda a otro lado –y siguió besando a Karina que no parecía registrar más que el bulto que tenía encima.
–Es la chica más tonta del universo –dijo Eloy y se apoyó en la pared; no pretendía moverse de ahí hasta que el tipo se fuera. El tipo volvió a levantar la cabeza que se había zambullido en el pecho de Karina y esta vez lo miró con auténtica perplejidad:
–¿Y a quién le importa?
Karina también levantó su cabecita rubia despeinada, se sacó de la frente un par de mechones revueltos:
–Sí, ¿a quién le importa? –repitió. Y por primera vez Eloy no supo qué decir. Dejó la cerveza en la mesada, salió de la casa y caminó rumbo a lo de sus tíos, confundido. ¿A quién le importa?, repetía en su cabeza: el sol siguiéndolo de cerca, las chicas lindas paseándose en la playa… No había una sola que pudiera compararse con Karina.