Los niños de la cuadra
feb 25
En el barrio donde vivo las calles se inundan –claro que en Buenos Aires eso no es ninguna originalidad. Pasa cuando llueve mucho o cuando sopla un viento que hace que el río se crezca y se desborde: entonces vomita arroyos. Uno de estos días que llovió se fue la luz y no se podía ni leer. Teo y yo nos asomamos a la ventana que mira la calle y pusimos la radio por si anunciaban alguna alerta de color desconocido. Afuera, los niños de la cuadra chapoteaban con sus pantaloncitos remangados. El agua les llegaba a la cintura y jugaban a nada, a mojarse. Uno de los chicos sacó un gomón de su casa y todos se encaramaron. Iban apretados, se mataban de risa. A otra gente, ya se sabe, el agua de estos días no le hizo tanta gracia. Pero para los niños de la cuadra la lluvia era una fiesta. En los días secos, éste barrio es bastante parecido a cualquier otro de los del norte de la provincia: casas bajas, plátanos altísimos, tipas que escupen. Nada muy salido del esquema. Pero cuando llueve, lo dicho: la calle se hace río, los gatos peces, los autos lanchas, el aire un pañuelo húmedo que lo arropa todo. Y huele, el agua de la cuadra huele. A fango o a remolacha hervida, que para mí es lo mismo. El día del gomón los niños de la cuadra encontraron un gato medio muerto: se había quedado atascado en una rejilla. El gato parecía en sus últimas, pero igual se lo llevaron. Yo justo los vi pasar bien cerca de mi ventana cuando el dueño del gomón alzaba al gato desgonzado como un trofeo: “¡El arca de Noe!”, gritaba. En la radio, mientras tanto, pasaban más noticias de la lluvia: que arrasó con la mercadería de Liniers, que fundió el motor de varios autos en Pacífico, que levantó el piso de un local de ropa en Rivadavia, que le reventó las várices a una anciana en Núñez, y que iba camino al hospital. La disociación era vergonzosa. “Lo perdí todo”, decía un hombre en la radio, y los niños de la cuadra abrían la bocaza al cielo para tragarse el agua: “Mmm”. “Tuve que evacuar la casa, se me quedó todo adentro”, sollozaba una mujer de una villa inundada; y los niños de la cuadra hacían olas con las manos, lanzaban al gato por los aires, saltaban del gomón y volvían a subirse largando carcajadas. Eran felices de esa manera impúdica y escandalosa en que suelen ser felices los niños, cuando todavía el mundo te importa nada y no hay que pedirle disculpas a nadie. Cuando la lluvia paró, varias horas después, los niños de la cuadra siguieron en la vereda, reposando bajo un sereno muy fino. En medio de la calle ya más playa, el gomón desinflado le servía de cama al gatito dormido, o muerto.
feb 28 | 14:48
…cuando todavía el mundo te importa nada, y no hay que pedirle disculpas a nadie…
¡ fantástico !