El verso de Teté
feb 23
Desde el balcón de la casa en Mar del Plata, Teté mira el mar y escribe versos en una libreta de Hello Kitty que le robó a su nieta mayor. Teté habría querido ser poeta, pero se casó tan joven, y después vinieron los hijos –tres varones, tres chicas– que ahora se les dio por preñar y parir como desquiciados. La familia le ocupa todo su tiempo, toda su casa, y no es que reniegue –Teté se santigua durante ese pensamiento, y dice con firmeza: “no, no, no”–, pero le gustaría poder usar algunos minutos del día para escribir sus versos.
–¡Abu! –sus nietos la saludan desde abajo, están bañándose en la pileta; llevan allí dentro todo el día, chapoteando como patos. Patos ruidosos. Y sus hijos, en el quincho al costado de la pileta, parlotean cual cotorras y no son capaces de decirles nada.
–Shhh –Teté, desde el balcón, se pone el dedo en la boca y mira a sus nietos. Los nenes la ignoran y siguen gritando. Teté adora sus nietos, pero no estaría mal que alguien les enseñara a hablar y a comportarse como la gente y no como monitos salvajes. Vuelve sus ojos al mar, su inspiración: el sol está brillante, las olas se elevan altísimas, del tamaño de un caballo. Una ola podría tragársela entera, piensa Teté –que es más bien petisa– y escribe algo en su libreta:
Mi cuerpo es devorado por el mar/soy nada cuando lo penetro/ y al mismo tiempo soy…
Se arrepiente y tacha lo que escribió: “penetro” no es una palabra que le guste para un poema, es obscena. Ahora es su hija la que le hace señas desde abajo, le pide que le lance el bloqueador solar por el balcón. ¿Lanzar? ¿De dónde habría sacado semejante idea? Como si ella no fuera una dama con buenos modales, sino un vulgar jugador de béisbol. Teté mueve el dedo índice en sentido negativo, su hija le grita: “¡Qué!”. Ella se tapa los oídos como si hubiese explotado una bomba. Piensa que con ese griterío es imposible concentrarse en escribir un buen verso y maldice su suerte –mientras maldice se persigna. Va por el bloqueador solar, baja y se lo entrega a su hija, que se ha sentado y casi no puede alzar los brazos porque hace poco se operó el pecho. Teté debe agacharse y poner el bloqueador sobre su regazo.
–¿Quiere un chori, suegra? –uno de sus yernos la apunta con un trinche que sostiene un chorizo grotesco en cuanto a su tamaño. Teté niega con la cabeza y sacude las manos para que retire esa cosa de su vista. Y nota perfectamente cuando sus hijos se miran entre sí y ponen los ojos en blanco, como quien dice: “qué insoportable mamá, qué quisquillosa, qué aparato”. Porque ellos siempre conspiraron en su contra, toda la vida. Cada cosa que ella decía o hacía les parecía mal. Ellos siempre dijeron cosas horribles de ella: de su propia madre que les entregó la vida, que sacrificó su talento literario por criar a esa manga de gritones. Se da vuelta con una expresión de despecho y tristeza que le alcanzaría para escribir no uno ni dos ni tres poemas, sino todo un libro de poemas tristes. Mientras Teté se aleja uno de sus hijos dice algo y todos largan carcajadas. Hasta sus nietos se ríen. Hasta su marido, que no debió ni enterarse del chiste porque recién llega con un balde de hielo.
Rescató su libreta de Hello Kitty, y en vez de volver al balcón se fue a la terraza, donde el mar se ve bastante menos, pero se escucha bien: “a los artistas la naturaleza nos habla, Teté, sólo hay que saber escucharla”, le había dicho su profesora de poesía. Y allí estaba ella, con el oído atento a lo que le decía el mar, ese murmullo constante como el bramido de… Abrió su libreta y escribió ese pensamiento, le pareció maravilloso:
El bramido de…
Lo había olvidado. ¿Cómo podía ser? Cerró los ojos y se concentró en el sonido de las olas: fuerte y seco, inmensamente profundo como… ¿cómo qué? Ahí venía la imagen, el momento revelador, la epifanía de la que hablaba su profesora y todos los poetas que su profesora había leído. Teté apretó fuerte los ojos y siguió escuchando, cada vez más nítido y cercano, el sonido del mar: hondo, intenso, recóndito, insondable, subterráneo, agudo, oscuro, difícil, penetrante como, como…
–¡Teté! –la voz gangosa de su marido la llamaba, sus manos ásperas la sacudían por los hombros como si quisiera despertarla de una pesadilla.
–Pero… –Teté ni siquiera podía hablar, estaba demasiado turbada por la bruta irrupción. Se levantó:
–¡Pero qué mierda pasa ahora, Mariano! –gritó, quebrada en sus modos y en su paciencia. Su marido la miró perplejo: cerveza en mano, panza al aire, malla desteñida, patas ralas.
–Nada, que ya casi está la carne y no has hecho la ensalada –dijo y, casi sin poder terminar la frase, eructó. Teté quiso llorar. Su marido se llevó la mano a la boca y dijo: “perdón”. Se dio vuelta y volvió al quincho.