Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

De paseo

feb 15

Al costado de la ruta avanzaba una bicicleta: manejaba un morocho descamisado que llevaba a una rubia en el manubrio. Ella –de frente a él, de espaldas al camino– le tapaba los ojos, se reía, pegaba grititos. Tenía el pelo largo y mojado, un short escaso sobre el bikini. La chica que los miraba desde el auto, a quien llamaremos Inés, pensó que esa imagen era una escena suelta de alguna película inconclusa: “somos libres, nos amamos”, gritaban, grandilocuentes, las caras de esos chicos. Se preguntó si afuera habría alguien que, al verlos pasar en el auto a ellos –ella asomada a la ventanilla, su chico conduciendo y dando toquecitos rítmicos al volante–, dijera algo parecido. “Esta versión es de Tori Amos…” –su chico es músico y se obsesiona con canciones, hoy: Famous Blue Raincoat, de Leonard Cohen. Inés no conocía esa canción, lo cual dificultaba el hecho de que pudiera apreciar la diferencia entre la versión original y las otras novecientas que había en el Ipod. “It’s four in the morning, the end of December…”, cantaba él. Inés trataba de ser amable: sonreía, no sabía que ésa no era canción para sonreírse. Volvió a mirar la ventana, los chicos de la bicicleta habían desaparecido. Ellos pararon en una estación de servicio para ir al baño y comer algo en el 24 horas. Se sentaron en una barra que miraba afuera: la ruta, la aridez del verano. Pasaron autos cargados de sombrillas, reposeras, neveritas, niños, perros. Ellos no llevaban nada, no eran gente de playa; a su chico le habían prestado una casa en Gesell y le parecía que había que aprovecharla. “¿Si te prestan un arma también la vas a aprovechar?”, le había dicho ella. Igual metió su malla en la mochila y se embarcó en el paseo. “Jane came by with a lock of your hair…” –él seguía cantando, ahora le decía que la versión de Lloyd Cole no estaba a la altura, y buscaba en el Ipod la versión de Cohen para mostrársela. Entonces aparecieron de vuelta: los chicos en la bicicleta. Él pedaleaba más lento, debía estar cansado, ella apoyaba los brazos en su cuello, lo seguía mirando con la cabeza ladeada, y el pelo se elevaba a sus espaldas como una estela al revés. “Mirá esos chicos –dijo Inés, tocándole el hombro, señalando la ruta–: nosotros nunca nos veremos así”. Él ni levantó los ojos del Ipod. Inés siguió la bicicleta hasta que volvió a perderse y decidió que ése sería el instante más feliz de la vida de esos chicos, para atrás y para adelante. Nunca serían más dichosos, salvo cuando recordaran esa tarde en bicicleta al costado de la ruta, mirándose avanzar en el sentido de la brisa, bañados por la luz brillante del sol. No es poco, pensó, algunos se pasan la vida buscando un recuerdo así.

Haga un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree