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Días de sol

feb 10

Eran tres amigos en la casa de la tía adinerada de uno de ellos. La tía estaba de viaje y ellos habían ocupado su propiedad sin permiso, pero igual a ella no le importaría, decía el sobrino, a quien llamaremos Hugo. La rutina de los tres amigos –llamemos a los otros Paco y Luis–, incluía las siguientes actividades: levantarse, comer, acostarse, mirar tele, jugar ping pong, meterse en la pileta y alguna otra cosa. Habían ido juntos al colegio, dos de ellos habían hecho el cebecé este año y el otro –Hugo, el sobrino–, se había tomado un sabático. Viajó a Paris, a casa de otro tío nada adinerado, pero muy snob.
–Decidí que no quiero hacer nada –dijo Hugo– trabajaré lo indispensable para viajar.
–¿En colectivo? –le preguntó Paco. Luis largó una carcajada que claramente excedía la naturaleza graciosa del comentario. Habían tomado cerveza con los panchos del almuerzo. Ahora estaban echados en reposeras, esperando a que les bajara un poco la comida para volver al agua. Hacía unos 44 grados de sensación térmica.
–El calor anestesia –dijo Paco. Había decidido hacía poco que estudiaría medicina, pero ahora ya no estaba seguro. Luis estudiaría artes visuales y estaba decidido. Tenía una de esas raras “miradas” que encuentran belleza en las imágenes más grotescas y creía que eso podía servirle para hacer una diferencia. Los demás no estaban tan seguros de eso pero lo apoyaban: “Sí, claro, Luis, el esputo tricolor nos parece una manifestación sublime del alma”, por ejemplo.
–¿Si el sol se abriera de qué color sería por dentro? –preguntó Hugo, que se había puesto sus lentes oscuros y trataba de mirar fijo el sol, hasta que los ojos ya no le resistían y tenía que cerrarlos, apretarlos muy fuerte.
–Sería rojo –dijo Paco.
–Negro –Luis. Y durante unos diez minutos no se dijeron nada más. Después Hugo se levantó de la reposera y se tiró al agua. Flotó boca abajo con los ojos abiertos. El fondo de la pileta tenía una capa verde y fina. Quizá, pensó, se quedaría ciego: primero el sol, después el cloro de la pileta, después el deterioro de la cornea. Salió del agua y sus dos amigos ya no estaban en las reposeras. A lo mejor habían entrado a buscar algo de tomar. Se sentó en el borde de la pileta, con las piernas adentro haciendo olas concéntricas. No soplaba brisa. Estaba mojado y aún así sudaba.
Pasó un rato, Paco y Luis no volvían. Decidió buscarlos en la casa: entró directamente a la cocina, pero no había nadie.
–Paco –llamó–, Luis.
No contestaron. Se sentó al pie de la escalera, pensando que habían subido al baño de la tía a buscar alguna toalla, y que en cualquier momento bajarían. Miró hacia el living y pensó que su tía tenía muy mal gusto: había una colección de figuras de porcelana feas y toscas. Y había un cuadro de Botero, una mina con bigotes. No bigotes grandes, pero un bozo de pelo sucio. No entendía por qué el tipo era buen pintor. Era una mierda de pintor, el pintor del mundo de los gordos. A los gordos no podía gustarles eso, tampoco a los flacos porque los excluía de su arte. Quizá le diría eso a Luis, ya que iba a ser artista, debía tener una opinión.
No bajaban.
Hugo empezó a imaginar hipótesis disparatadas, todas extraídas de series de tele bien trash. Pensó que, mientras él flotaba en la pileta, una nave enorme se había chupado a sus amigos de las reposeras. Pensó que debían estar arriba, muertos, producto de alguna intoxicación: las salchichas que almorzaron no tenían buen aspecto. Finalmente pensó algo que le pareció más cercano a la realidad, que sus amigos nunca habían estado allí; que él los había inventado para pasarla bien esos días, como el tipo de El Club de la pelea. Eso lo tranquilizo, en parte porque entonces ya no tendría que esperar a que volvieran de ningún lado. En parte porque a veces sus amigos, incluso imaginarios, lo aburrían. Se levantó, pasó por la cocina, abrió la heladera y se quedó un rato con la puerta abierta dejándose enfriar. Después agarró una lata de cerveza, cerró la puerta y se dispuso a volver a la pileta, pero antes se paró en medio de la cocina, mirando alrededor por si conseguía descubrir algún otro indicio de locura, como aquella de haberse inventado a sus dos amigos. Su tía tenía muchos electrodomésticos desplegados en la mesada. Ninguno parecía muy usado. Una montaña de platos sucios sobresalía de la pileta y la canilla goteaba, produciendo un sonido parecido a un tintineo metálico. Estaba solo, pensó, qué aburrido.
Salió a la pileta y…
–¿Dónde estabas? –era Paco, lo miraba desde la reposera. Luis uso la mano de visera y también lo miró.
–¿Venís de la cocina?
Hugo, con la cerveza en la mano, asintió.
–¿Y cómo llegaste de la pileta hasta allá? –dijo Luis.
Hugo se sentó en su reposera, miró a sus amigos un poco incrédulo, quisquilloso. Trató de entender qué había pasado. No entendió. Se puso los lentes oscuros.
–¿Y? –dijo Paco– ¿Hay un pasadizo secreto?
Hugo abrió la cerveza y le pegó un sorbo largo. Después, lentamente, se echó en la reposera a mirar el sol.

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