El abuelo Nicanor
Feb 08
Nicanor tiene una nieta de nueve años que se llama Lila y que, dice, es lo que más le importa en la vida. La mamá de Lila, hija de Nicanor, se fue a Ibiza y nunca volvió. ¿Y el papá? Vaya a saber. “Esa piba era una descocada”, cuenta Nicanor, y que interrumpió varios embarazos antes de parir a Lila; se embarazaba con facilidad. Llegaba a la casa y le mostraba la palma, boca arriba: “Pá, necesito sacarme otra criatura y no tengo un mango”. Lo hizo tres veces. La cuarta vez Nicanor le pidió que lo tuviera, que él se encargaría. “No vas a poder, sos viejo”, le dijo su hija. “Con vos no pude, con éste sí”, dijo él, y su hija alzó los hombros: “OK”. A cambio le pidió el pasaje a Ibiza. A Nicanor, Lila siempre le pareció un milagro; después del tercer aborto pensó que el vientre de su hija se atrofiaría para siempre. Pero no, nació esa nena preciosa llena de pecas y rulos revueltos que se convirtió en su razón para vivir. Bueno: ella y el brandy. Y ése vendría siendo su gran problema: una cosa es ver a Nicanor sobrio y planchado, llevando a Lila a la escuela, a las clases de ballet o hirviéndole salchichas. Otra cosa es verlo abrazado a una botella vacía, llorando: “Perdón, vida”, suele decir, no se sabe si quiere ser literal. Durante esos días la pobre Lila se queda esperando al abuelo en todos lados: bajo lluvia, a pleno sol, hasta que oscurece. Una vez la maestra se la llevó a su casa y le preparó un tostado que tenía gusto a ajo. Lila detesta el ajo. Su abuelo llegó pasada la medianoche, ella dormía en el futón de la maestra y casi no se dio cuenta cuando se la llevaron. Al día siguiente se sorprendió de amanecer en su cama. A veces, Nicanor querría que su hija volviera con ellos y así se podrían turnar para cuidar a Lila que, a medida que crece, se vuelve más pesada. No porque se porte mal, porque Lila es un ángel, sino porque la naturaleza humana es así: “Uno, entre más viejo, más jodido”, dice, y que él, tan viejo y jodido como está, no cree tener la energía para atravesar otra adolescencia: la de su hija casi lo fulminó, y entonces era bastante joven. Pero cuando Lila lo ve triste, murmurando esas cosas para sí, se le trepa en el cuello y le da besos furibundos: “Te amo, abuelo, te amo”. Él se ablanda, decide que todo lo que necesita es un poco de voluntad y la pone toda, pero se le acaba y vuelve a caer. Esto sí es literal: Nicanor se cae. Y mientras está en el suelo, todo despaturrado, se repite que un día ni esa cara salpicada de puntos –que lo mira desde arriba y lo estremece por los hombros y amenaza con quebrarse– conseguirá levantarlo. Y se llena de miedo.
Feb 10 | 20:20
Hermoso, me encantó
En realidad me gustan mucho las historias de “personas comunes”
Muy bien relatadas
Te sigo leyendo