Lluvia
Feb 05
Se supone que todas las personas tenemos un botón de propulsión situado más o menos al final de la columna vertebral. No es sino mantenerlo presionado por un rato para que el cuerpo ande prácticamente sólo, casi como si pudiera prescindir de la voluntad. Pero ese botón a veces se desgasta o se atrofia y uno tiene que pasar el día como puede, empujado por nadie, y prepararse un sanduche antes de que la gastritis ataque de vuelta. Después seguir: sentarse a trabajar y olvidarse de las cosas tristes. Por estos días hay cosas tristes en serio y cosas tristes de poca monta, y las segundas, que suelen ser consecuencia de las primeras, son las que más atormentan: una frase que no sale, como si fuera tan común que saliera. Y está lo incontrolable: el cielo que se oscurece, un durazno que se cae antes de tiempo, la gata que maulla porque se quedó encerrada en el cuartito de la ropa; la ropa que, con tanta humedad, no se seca y agarra olor. Hay gente ilusa que piensa que con respirar hondo y contar hasta diez ya está. Y que uno puede, no más con quererlo, evadir los ánimos colectivos, la pesadumbre, la soledad y la tristeza que provoca, por ejemplo, una muerte cercana. O un día de mucha lluvia. Como que la oscuridad es un decorado que viene y se va y las gotas en la ventana están para distraernos de la siguiente frase, pero nada más. Me encantaría que por estos días, cuando el botón de propulsión está atrofiado, la lluvia me siguiera pareciendo algo tan bonito. Es sorprendente que no suceda: que los paisajes estén tan determinados por las emociones. Es sorprendente que, a veces, incluso los días conspiren contra la felicidad.
Feb 05 | 20:17
un poco porque no nos deja más alternativa que quedarnos puertas adentro y nos recuerda que insignificante que somos; y otro poco porque la rutina en la que vivimos es tan endeble que si algo sale de su cauce (ej: si la ropa toma olor) no hay cuenta hasta 10 que valga.
un beso