Historia de verano
Feb 01
Esta es una chica muy mona, cuya principal actividad en la vida es pasarla bien. No tiene dinero pero sí recursos: o sea, muchos amigos con dinero. Dinero quiere decir casas en Punta del Este, alguna chacra, yate y muchas millas de avión acumuladas. Ahora mismo esta chica debe estar en alguna linda casa pasando el verano por cuenta de otro. A estas alturas quizá sobra aclarar que estamos hablando de una chica fácil. Fácil, pero cara. La mayoría de sus “sponsors” se han ido casando con otras, pero –como se trata de una chica que además de bonita es simpática y divertida– muchos la han incorporado a sus círculos familiares como “una vieja amiga”. Cuando la ven, están también sus esposas que, conmovidas con los relatos tristes de la chica, tratan de arreglarle la vida en la sobremesa. Ya hablaré de sus relatos tristes, pero antes aclaro que se trata de una chica del tipo que le cae muy bien a las esposas. ¿La razón? La siguiente: ante una esposa la chica siempre se muestra obnubilada –por su ropa, su casa, su auto, sus uñas–, o sea que le da la posibilidad de sentirse superior y compasiva –condiciones que por supuesto se retroalimentan en una avalancha de morbo–, convenciéndola de que, aunque no tenga su cuerpo ni su cara ni sus dientes de propaganda, tiene todo lo que a ella le falta: seguridad económica de por vida.
En cuanto a sus relatos tristes tienen que ver con haber vivido la infancia en calidad de huérfana. Esta chica se crió con un tío lejano, bueno pero pobre, que la metió a trabajar desde los catorce en una perfumería horrorosa. A los dieciséis la chica conoció a su primer novio, un tipo casado que le puso un departamento en Libertador y Olleros e inició los trámites de su divorcio a los tres meses de estar con ella. Y un día se murió. Así, de la nada, le dio un ahogo mientras hacía ejercicio y el corazón se le paró. Treinta y tres años tenía, como Cristo. Total, que la chica tuvo que devolver el departamento, pero ya nunca volvió a lo de su tío pobre. Enflaqueció hasta el límite del fideo lingüini y se dedicó a modelar a muy baja escala. Después un novio la hizo ascender a una especie errepé de poca monta: y de ahí conoce tanta gente. El dinero nunca llegó: nunca. Pero tampoco le hizo falta.
Los novios le duraban poco porque, tarde que temprano, sus esposas los reclamaban. Lógicamente, cuando esta chica le cuenta a las esposas de sus “amigos” los relatos tristes del pasado, obvia la parte de las otras esposas que, no pocas veces, son ellas mismas. En el relato, sus novios pasan a ser, sencillamente, hombres crueles y por lo general muy famosos que no quisieron de ella más que su cuerpo. Lo que más le gusta a las esposas es la parte del relato en que la chica se refiere a sus ex novios famosos por su nombre de pila: “Gustavo tenía un carácter de mierda”, y sopla el humo de su cigarrillo. Por supuesto a nadie hay que explicarle que Gustavo es Ceratti o que Pablo es Echarri o que Alan, Faena, y así. A las esposas no les gusta, en cambio, cuando la conversación, gracias a la irrupción intempestiva de sus maridos, se torna financiera. Porque a las esposas ricas –y esto es algo que nuestra chica tiene muy claro–, hablar de dinero las deprime. A los maridos, por el contrario, los excita: todo empieza cuando el tipo se sirve un wiskhy y se sienta junto a ellas en el deck. Y la chica en cuestión, en un descuido de la esposa, desliza un comentario de movida: “Tengo unos dólares afuera y no sé en qué invertirlos, ¿se te ocurre algo?”. Los ojos del esposo ajeno brillan de emoción y la boca se le seca por lo que debe mojársela con más wiskhy: “Tengo un par de ideas…” . Cuando la esposa se da cuenta, el marido está embarcado en una diatriba económica y la chica, atentísima, asiente y hace preguntas pertinentes que ya hizo otras veces a otros maridos en otros decks. “Basta querido, la estás aburriendo”, trata de cortar la esposa, pero es tarde, el marido está tomado por la adrenalina, hablando del metro cuadrado en Puerto Madero y de los vaivenes en la bolsa de Chicago. Y la chica ya ni siquiera escucha, sólo asiente y sonríe y espera el momento oportuno para proponer una salida furtiva a un lindo hostel de la zona, que ya eligió desde el primer día. Cuando eso ocurra esta historia de verano ocurrirá en dos planos: en el primero, la chica en cuestión estará embebida en un nuevo romance caluroso, donde su sonrisa blanca será otra vez protagonista; en el segundo, la esposa estará preparando una reunión para la noche, con el único fin de conseguirle un buen partido a la chica. Y el final será el mismo de siempre, la chica, arguyendo un compromiso importantísimo en Capital, abandonará intempestivamente las vacaciones. Se subirá a un autobús, saludará desde la ventana a la buena esposa y a su porquería de marido y pensará: otra gente que no veré más, un verano menos en mi vida. Y respirará casi aliviada.