Novios
Ene 25
La familia Frenkel y la familia Gómez sacan la Pelopincho al antejardín de la planta baja donde viven los Frenkel. Los dos chicos –nena Frenkel, nene Gómez– saltan adentro, salpican agua y largan alaridos. “¿Por qué los chicos no pueden saltar en silencio?”, le pregunta el Sr. Frenkel al Sr. Gómez, que es médico, y él le explica que hay un tema hormonal que se los impide. Frenkel destapa una cerveza y llena cuatro vasos, uno se le desborda de espuma. El Sr. Gómez piensa lo de siempre: que el Sr. Frenkel es torpe con las manos y con casi todo lo demás. Llevan los vasos a sus esposas, que están en la cocina preparando viandas frutales. Ellas hablan de un supuesto romance entre la nena Frenkel y el nene Gómez. “Somos consuegras”, se ríen. Sara –la nena Frenkel– le dijo hace un rato a su mamá que los besos de Joaquín –el nene Gómez– le dejaban la boca dulce. “¿Cómo besos?”, preguntó su madre y ella dijo que sí, que eran novios. Al Sr. Frenkel no le hizo ninguna gracia: Sarita tenía diez años y no estaba bien que se diera besos con nadie; se lo dijo a su mujer pero ella lo paró: “No seas pesado”. Los Frenkel y los Gómez son vecinos hace muchos años y las dos señoras están de acuerdo en que, “tal como están las cosas hoy día” (?), lo mejor que uno puede hacer es formar familia con quienes verdaderamente conoce. “¡Mamá!”, Joaquín chilla como si alguien estuviera enterrándole alfileres en la planta de los pies. La madre sale al jardincito y el nene señala a Sarita: “Quiere obligarme a que la bese”. La señora Frenkel, que había salido detrás, se lleva la mano a la boca: “¿Es cierto eso, Sarita?”. Sarita se abalanza sobre Joaquín y le da puños: “¡Mentiroso!”. Las señoras se meten a la Pelopincho y los separan. Los señores las miran desde afuera. La madre de Sarita le dice que está castigada, que se vaya a la cama. “Pero recién son las seis”, dice el señor Frenkel; nadie lo oye: sus quejas suelen estar expresadas en frecuencias de suspiros. “Y los nenes besan a las nenas, no al revés”, sigue la señora Frenkel. La señora Gómez le dice a Joaquín que le pida disculpas a Sarita, parece avergonzada: su cara sudorosa. Él la mira con el ceño fruncido: “Estás fea, mami”, le dice. La señora Gómez se seca el sudor, se aplasta el pelo con las manos: “Andá”. Joaquín se acerca a Sarita, el reflejo de los dos nenes en el agua es casi romántico. “Perdón”, dice Joaquín y Sarita lo abraza. Joaquín intenta zafarse, forcejean un poco pero ella le gana, le agarra la cara y le da un beso sonoro en la boca. Las señoras sonríen, se miran: “Se adoran” –dice la Sra. Gómez y su vecina asiente, enérgica–. El Sr. Gómez choca su vaso contra el del distraído señor Frenkel que, al oír el tintineo, muestra una sonrisa resignada.