Destino
Ene 19
Sonia adoraba los labios rojos. Se pintaba y se repintaba con la furia de quien quiere borrarse un beso que le supo mal. Estaban en el departamento de Raquel, a punto de irse: era la noche de la fiesta.
–Ya llamé el taxi, pará con el labial –dijo Raquel. Sonia se miraba en el espejo y veía a alguien con muchas posibilidades de conseguir esa noche todo lo que quería: un hombre, a secas. O varios, pero a secas. Ya había pasado la etapa en que el sujeto hombre se adjetivaba favorablemente –inteligente, guapo, heterosexual…–, ahora todo lo que quería era el sujeto.
–¿Me veo bien? –le preguntó a Raquel, que la miró dudosa:
–Minnie, parecés. La ratona que se coge a Mickey Mouse.
Sonia alzó los hombros. Desde que se enteraron de la fiesta, habían pasado un par de semanas en las que gastaron horas completas haciendo pronósticos: Raquel conocería a un morocho de Junín, cara adorable y dientes torcidos, detalle que, en vez de disuadirla, le despertaría una ternura nunca antes experimentada. Sonia se daría besos con un chico de aspecto oriental, que vendría con el morocho de Raquel, y que sería sorprendentemente alto y fornido. Pero luego lo abandonaría por un rubito más bien insignificante con quien pasaría esa noche y las de los dos años siguientes; entonces él la dejaría por una chica mucho menor y mucho más fea que ella. “Siempre me dejan por gente insignificante”, le había dicho Sonia a Raquel, una de esas tardes, mientras se fumaba un cigarrillo.
Los pronósticos de la fiesta variaban de acuerdo al paso de los días y los cambios de ánimo de las chicas. Estaban en una de esas épocas difíciles en que, por alguna razón relativa al cosmos –nada que pueda explicarse racionalmente–, las dos llevaban un tiempo largo solas. No estaban en edad de andar muy solas, nadie atraviesa el umbral de los treinta para estar solo.
–Llegó el taxi –dijo Raquel. Sonia guardó su lápiz de labio y se colgó la cartera. Bajaron. En el taxi sonaba Voy a dormir, de Calamaro. Raquel adoraba esa canción.
–Adoro esa canción –le dijo a Sonia que se miraba en un espejito que había sacado de la cartera. Sus labios reteñidos seguían allí. El taxista las piropeó: para Sonia fue una pésima señal, para Raquel fue el zumbido de una mosca. Miró su reloj:
–¿No estaremos yendo muy temprano? –Era la una de la madrugada.
–Para nada –dijo Sonia.
La fiesta era en una terraza con vista sobre Córdoba. Sonaba Vicentico, hacía lindo clima, había lindas picadas y unos foquitos de colores adornaban el balcón. Todo estaba bárbaro, salvo la gente: chicos y chicas en sus ventipocos, que estaban producidos de esa manera que simula no haberse tomado el trabajo de producirse. Incluso Raquel, cuyo nivel de producción era tan elaborado como el de una maestra de jardín, parecía hiper producida delante de los pendejos. Se hicieron en una esquina de la terraza, cervezas en mano, y decidieron que, no bien alguna de las dos soltara la primera risa idiota –síntoma indefectible de que se estaban emborrachando, se irían–. “Es un embole emborracharse con pendejos”, aclaró una de las dos, a estas alturas ya no importaba quién. Y la otra dijo: “Es un embole hacer cualquier cosa con pendejos”.
El DJ puso una música bien tropical: un grupete de cuarta que, según dijo un chico que estaba cerca de ellas, eran los sucesores de “Miguel Conejito Alejandro”. Raquel fue la primera en reírse: ¿quién querría suceder a Miguel Conejito Alejandro? Le parecía la idea más ridícula del universo. Se ahogaba de risa. Tosía. Sonia ya estaba ebria, echada sobre una reposera maltrecha fumando de cara al cielo, jurándose que nunca más rechazaría a un tío de aspecto oriental por un rubito soso, no era buen negocio.
–¿De qué te reís? –el chico que había dicho lo de Miguel Conejito Alejandro encaraba a Raquel. Ella pensó que quizá no sería tan grave curtirse a un pendejo.
–Me río de Miguel Conejito Alejandro –dijo con una voz que consideró sexy.
–¿Qué tiene de malo?
–Nada, no sé…
–A mi viejo le gusta.
El pibito le dio la espalda, le dijo algo a otro chico y se rieron.
–Pendejo pelotudo –murmuró Raquel, ahora con voz claramente amarga. La mención de su padre quería decir: “sos una anciana decrépita y desubicada”. Sonia ya no tenía dudas de que la noche había fracasado estrepitosamente; se levantó de la reposera y le dijo Raquel que se fueran, Raquel caminó desganada. Entonces, justo cuando salían, vieron a un chico de aspecto levemente oriental –y que un sueño muy optimista podría considerarse alto y fornido–, que hizo que ambas se pararan en seco. Las dos se miraron unos tres segundos y percibieron brillos incandescentes en las pupilas de la otra. Sin decirse nada, se dieron vuelta y regresaron a la fiesta.