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Una chica

Ene 19

Vereda de Barrio Norte: una chica de doce o trece muy flaquita y muy bonita habla con tres chicos más o menos de la misma edad. En realidad no habla, escucha. Por cada cosa que ellos dicen ella les manda una mirada larga e inexpresiva. Ellos dicen cualquier cosa, porque en realidad no dicen lo que dicen. Dicen lo que pueden. La chica descansa el peso de su cuerpo en una pierna, después en la otra y así. “¿Querés?”, dice uno de los chicos y ella bosteza. “No sé”, dice después, con esa miradita de que la están aburriendo demasiado, de que preferiría estar haciendo la tarea de matemáticas –aunque estén en vacaciones– que quedarse allí, con ellos, contándoles los granos de la cara. Pero ella tampoco dice lo que dice, aunque no lo diga. O sea, ella no dice lo que insinúa. Se hace la lánguida, pero cada vez que se mueve, se agarra un mechón de pelo y se lo enrolla en un dedo, o bien, posa las palmas de las manos en sus anquitas graciosas y chiquitas, y se pandea hacia adelante. Tiene cada uno de sus movimientos controlados. Unos segundos después se agarra el pelo, se lo echa todo para un lado y ladea la cabeza: el cuello le queda expuesto, desnudo, frente a los ojos hambrientos de uno de los chicos que la mira de perfil. Pobre chico, se le ve la angustia en la cara. A esa edad, el cuello desnudo de una chiquita como ésa equivale a un barril de nafta para un pirómano armado con fósforos. Él le saltaría encima y le lamería ese solo pedacito de cuello: ese solo pedacito, durante horas. Con eso sería feliz el resto del año. O eso cree él, que todavía no sabe nada, ni siquiera de sí mismo. “¿Y querés ver esa otra peli?”, le pregunta uno de los chicos a la chica. Ella alza los hombros, mira el piso y el pelo se le cae hacia delante, vuelve a cubrirle el cuello. El pequeño Drácula respira hondo y se muerde la uña. “Es linda peli, me dijeron que estaba bárbara”, insiste otro. Y el vampiro, masticando uña, asiente: “Bárbara”. La chica dice “OK” y casi enseguida “Chau”. Se da vuelta y los tres la miran con esos ojos de estar perdidos, entregados, desahuciados, porque saben que sólo a uno le va a dar bola y los otros dos ya lo van a odiar, una vez tengan alguna pista de cuál es. En esta instancia sólo pueden compadecerse en silencio, haciendo como que el mundo sigue en su lugar, que no se lo ha llevado esa espalda que se aleja. “¿Jugamos a la play?”, dice uno de los chicos. Los otros dos asienten. Pero allí se quedan, estáticos y sudorosos, hasta que ella y su sombra se pierden en la esquina.

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