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Baño de luna

Ene 11

En mi cuadra vive una familia que cada noche sale al jardincito delantero de su casa, despliega unas sillas y se recuesta con los ojos cerrados. Son la mamá, el papá y un par de chicos que deben estar por los once y doce, más o menos. Uno se llama Rocco y me lo encontré un día patinando en la vereda. Le pregunté qué era eso que su familia hacía a las noches y me dijo: “Baños de luna”. Cuando yo era chica decían que la luna hacía mal: que si te daba mucho en la cara te dejaba ciego, en las piernas, parapléjico, y así, otras cosas desagradables. No se lo dije a Rocco, pero le pregunté que para qué lo hacían. Me dijo que de la luna se desprendían unas partículas que alargaban la vida: “El prana, me parece que se llama”, dijo Rocco y se rascó la cabeza, como dudando. “Prana –repetí, tal como había aprendido la primera vez, en alguna lección de filosofía–: la energía cósmica primaria”. Rocco me miró con los ojos de un mutante que reconoce a otro de su especie: “¿Vos también sos hippie?”, me preguntó, y ladeó la cabeza, como si de pronto la melena le pesara: Rocco tiene los pelos rubios que le llegan hasta debajo de los hombros. Yo sonreí. Le pregunté si el baño de luna había tenido algún efecto sobre él. Él asintió, me dijo que viviría más que todos sus amigos, y que cuando fuera viejo parecería joven. “¿Ah sí?”. “Sip”. “¿Y qué más te hace la luna?”, le pregunté. Rocco apretó los ojos, como haciendo memoria y dijo que era buena para la piel… “Y para el pelo, lo hace crecer”. Eso debía ser cierto. “¿Y el sol?”, le dije. Rocco negó con la cabeza: “No está bueno el sol”. Más que hippies, los papás de Rocco debían ser vampiros. “Ahora hay sol”, le dije, señalando hacia arriba y Rocco miró. Los rayos de sol caían tan pesados que parecían empujar las ramas de los árboles para hacerse camino, rebotar en el suelo y volver a elevarse. Bajó la cara y se limpió con la manga de la remera, aunque no estaba sudado ni sucio. “Chau”, dijo, y se entró. Esa noche pasé por enfrente de su casa y allí estaban, tomando su baño de luna. Rocco me saludó con la mano. Sus papás también saludaron, yo me paré y los pude detallar mejor que otros días. Todavía no eran viejos, pero ya no parecían jóvenes. La madre tenía pequeñas venas en la piel pálida y delgada. El padre tenía una gran papada. El nene más chico tenía cara de sueño. Recostaron sus cabezas y yo seguí andando. Sólo cuando estuve en la esquina y sentí una brisa húmeda que me hizo alzar la cara, buscando nubes negras, descubrí algo que, quizá, a la familia de Rocco se le había pasado: esa noche no había luna. El cielo era una capa oscura y comenzaba a llover.

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