Primer día del año
Ene 04
Era una noche calurosa y húmeda, dentro y fuera de las casas. Los mosquitos se habían alborotado y la opción para evadirlos era moverse. Caminar de acá para allá, o saltar como lo hacía Niní, la hija de Marcela, de siete años, o bien zambullirse en un frasco de Off. En la heladera de la casa de Marcela no había más que un pedazo de queso pategrás que había quedado del asado de Año Nuevo y una cerveza tibia que rescataron del patio. Habían dormido todo el día y recién ahora, nueve de la noche, Marcela levantaba las sobras de la noche anterior. Niní saltaba. Roberto, el marido, atentaba contra la fauna universal a punta de Raid. Niní cantó una canción ridícula que le había enseñado Roberto sobre una pelusa que volaba tan alto que hacía estornudar a Dios. “Callate, Niní”, le dijo Marcela y se abanicó con un repasador. Niní no se calló, siguió cantando hasta que fue Roberto el que le pidió: “Shhh”. El calor y los mosquitos son incompatibles con las vocecitas agudas que cantan canciones ridículas. Los dos pensaron lo mismo, al mismo tiempo. Y pensaron también que tenían una casa muy chica con un patio ínfimo que no debería llamarse patio sino pasillo de porquería. “Pará con el Raid, nos vas a envenenar”, dijo Marcela y Roberto le lanzó una mirada llena de furia. Hacía media hora Marcela había pedido a gritos que se levantara de ese sillón de mierda y fumigara la casa, que los mosquitos se las iban a chupar todas por dentro: a Niní más rápido porque era más chica. Eso había dicho. Roberto entonces agarró el Raid y empezó a fumigar. Marcela lavaba los cuchillos del asado con una esponja que se sentía grasosa. Niní saltaba ahora con los brazos en alto y le preguntaba a Roberto cómo seguía la canción. Roberto no le contestó, agitó el frasco de Raid: “Se acabó”, dijo. Y Marcela, con un cuchillo enjabonado en mano, lo miró con la cara desencajada: “Estás loco, estaba casi lleno”. “Se acabó”, dijo Roberto y caminó hacia el sillón. Marcela se dio vuelta para atajarlo y en ese movimiento la punta del cuchillo le hizo un tajo muy leve en el antebrazo. Lanzó un grito, soltó el cuchillo, metió el brazo debajo del agua fría de la canilla: “Me voy a desangrar”. Roberto la miraba mudo, Niní seguía saltando. “¿Piensan hacer algo?”, dijo Marcela. Roberto le agarró el brazo y dijo: “No es nada”. Niní repitió: “No es nada, mamita”. Marcela se zafó de Roberto. Roberto volvió al sillón y Niní se le sentó encima. “Hace calor, Niní, sentate en otro lado”, dijo. Niní no se movió. Marcela se sirvió un vaso de cerveza y salió al patio. Se sentó a la mesa: las hormigas atacaban los pedazos viejos de carne. La luna llena brillaba con una luz suave y clara. Marcela extendió el brazo para verse bien la herida. Era nada, pero seguía sangrando, no paraba de sangrar.
Ene 05 | 11:53
Hola Margarita, al fin encuentro tu blog, te leía en Soho y después en Sudaquia. El Crítica no lo leo, nunca me convenció Lanata, pero es una maravilla encontrar tu blog y leerte desde acá. Este cuento (nota? cuento? ya no sé bien cómo llamar lo que hacés, pero me encanta!) es muy realista, bien carveriano, no? Me gustó mucho y me trasmitió la sensación de hartazgo de Marcela y el marido y la hiperactividad de la nena, terrible y duro, pero tan sutil como “tú” bien sabes hacerlo. Soy tu lector, admirador también de tu belleza y espero de verdad poder poner un día en mi biblioteca una novela firmada con tu nombre. (Sé que sacaste un libro de cuentos, soy malo para leer cuentos, pero siendo tuyo lo buscaré) Un beso grande y toda mi admiración.