Venta
Dic 28
Ari había dicho que tenían que deshacerse de tantas cosas inservibles que guardaban en la baulera. Lucía estaba de acuerdo, pero no quería regalar nada: “Las cosas que se regalan no se aprecian”, había dicho, mientras extendía su pollera recamada, un regalo de un diseñador amigo que se había hecho medianamente conocido últimamente. Lucía nunca había usado esa pollera. Vito, dijo, “haría lo que ellos decidieran”; hacía dos años que vivía en esa casa y también guardaba cosas en la baulera, pero, la verdad, deshacerse o no de ellas le daba exactamente igual. “Claro, porque vos no sos el que limpia la baulera”, le dijo Ari. “¿Y vos cuándo mierda limpiaste la baulera?”, le dijo Lucía. Vito bostezaba. Ari y Lucía, valga aclarar, habían sido pareja antes de ser “roomates”. Vito había llegado después de la ruptura, gracias a un aviso que vio en un sitio de internet: “Alquilamos habitación totalmente equipada en PH de Flores” Y más abajo aclaraba: “Con derecho a baulera”. Los chicos contactaron a una de esas señoras que organizan ferias americanas y fueron rechazados: “Todo junto no vale dos mangos”, les dijo la mujer; y Ari tuvo que aguantarle la mano a Lucía para que no se la mandara a la cara. Decidieron organizar la feria ellos mismos, sacar las cosas a la vereda, imprimir volantes, llenar la neverita de cervezas para ellos, y jugos para ofrecer a los potenciales compradores. Les pareció un buen incentivo. Y allí estaban, atendiendo a los que se acercaban a preguntar cuánto valía qué y después se tragaban el jugo en dos sorbos. Vito fue el más práctico: “Todo a cuatro pesos”. Y vendió todo, salvo unas alpargatas que olían a perro. Lucía se empeñó en sobreexhibir su pollera, se la mostraba incluso a los niños que pasaban por ahí: “Es de un diseñador muy conocido”. “¿Qué es?”, le preguntaban algunos; ella resoplaba y les daba la espalda: no podía creer que no supieran apreciar una pieza de arte. Al final de la tarde, ya con varias cervezas encima, Ari se había quedado dormido en su silla; tenía pegado en la parte interior del muslo el precio de algo que costaba doce pesos. Vito contaba su pequeña fortuna y Lucía se sentía muy triste: “Nadie quiere mis cosas –decía–, ni siquiera yo”. Vito dividió en tres lo que había ganado, les tocó $ 9,30 a cada uno. “Gracias, viejo”, dijo Ari, entreabriendo los ojos. Lucía miró los billetes y se puso a llorar. Ya nadie pasaba por la vereda, ya nadie pasaría. Estaba anocheciendo y eran sólo ellos y sus cosas inservibles. Y eso –dijo ella y se tomó un sorbo de cerveza que le raspó el gaznate–, le parecía profundamente doloroso.
Dic 29 | 15:25
Me gusta el truco inicial con las cosas regaladas y la pollera. Por un rato parecen esos niños de película que hacen algo para divertirse y vender jugo.