El papá de Sabrina
Dic 23
Padre gordo y nena encaminada a serlo salen de una escuela en Belgrano. La nena termina, recién, un curso de nivelación. El padre mira la hoja de las calificaciones, ella chupa un caramelo que le coloreó los labios de azul y avanza saltarina por la vereda: sus dos colas de caballo se mueven de acá para allá, como un péndulo siamés. “No entiendo lo que dice acá, ¿te llevaste esta materia, nena?” –pregunta el papá, señala un punto rojo en la hoja. “La–la–la”, la nena canta. El padre suda, saca un pañuelo y se enjuga la frente, el bozo. Después, plancha la hoja de calificaciones: uno, dos, tres. La aplasta sobre su camisa con la palma derecha húmeda de sudor. Vuelve y mira la hoja, trata de descifrar lo que dice: hay mucha cosa escrita y dibujada… ¿Y los nobles números, dónde quedaron?, se pregunta. “Yo pensaba que a tu edad uno no se llevaba materias, nena”, el ceño muy fruncido. Un perro sin dueño a la vista mea en un árbol, la nena le pega un manotazo pesado en la cabeza: “¡Ja, ja, perro feo!”, ríe y corre, el perro chilla, se repliega. “Pero… ¡Sabrina!”, el padre la reta, la nena salta como un pequeño hipopótamo: “¡Ja!”, ríe otra vez; vuelve al lado del papá y siguen andando. “¿Te llevaste ésta también?”, los ojos del padre, inyectados de sangre, fijos en la hoja. Sabrina cruza la calle intempestivamente, un auto le toca la bocina y frena. Ella llega jadeando a la otra vereda y su padre le pide disculpas a la mujer que maneja el auto. “Estás en cualquiera, che”. El hombre se pasa el pañuelo por la cara, la papada le tiembla. Pide disculpas de vuelta y la mujer arranca. Sabrina ya va por la esquina persiguiendo a un gato. “¡Gato feo!”, trata de azotarlo con una rama seca que encontró en el piso “¡Vení, gato, que te mato!”, grita. “¡Vení, Sabrina!”, grita el padre, intenta correr, la hoja de calificaciones en la mano, hecha un bollo. El padre no consigue moverse con la agilidad que querría. Se para y apoya las manos en las rodillas. Respira pesado y la hoja de calificaciones se le cae. Sabrina se para y se da vuelta: “¡Papá!”, le grita. El padre alza la cabeza: medio cuerpo torcido como un garfio. La boca azul de Sabrina chilla: “¡Papá, papá, vení!”, agudísima, como Lisa Simpson. Papá gordo se endereza como puede, se pone las manos en la espalda para sostenerse, o para empujarse, y camina hacia Sabrina, que vuelve a correr y él, entonces, debe acelerar el paso: trota. “Ahí voy, mi am –tose, se le asfixian las palabras–… esperame, Sabrina, ahí voy”. Y la hoja de calificaciones queda atrás, en el piso, olvidada.
Dic 29 | 15:30
Es caricaturesco, la distancia de la voz marca eso, y también el “he podido”, sumamente irreal. Entonces aparece Lisa Simpson y se atan cabos.
pd: (creo que tengo algo contra tus finales)