Bajo el sol
Dic 11
Por estos días me acuerdo de mi madre porque hay unos señores en la vereda de la esquina rompiendo el piso para arreglar no sé qué. Llevan allí una semana, trabajando bajo el sol, envueltos en la más asquerosa humedad. A mi madre no había nada que le diera más pena que esa gente que trabajaba bajo el sol. Lo repetía siempre que pasábamos por una calle cortada y había un grupo de señores picando el suelo, sudando el alma, la piel carbonizada. Mi madre se paraba en el auto y les daba un billete, una moneda, lo que fuera: “Cómprese algo de tomar, señor”, le decía al hombre y después, cuando volvía a arrancar, la cara se le desencajaba. Era mejor no hablarle en ese momento porque cualquier palabra que le saliera de la boca se le venía con todo y lágrimas. En Cartagena, la ciudad donde nací, donde todavía vive mi madre, suele hacer treinta y muchos grados todo el año. Trabajar bajo el sol no es cualquier cosa: hay gente que se seca y se muere. Mi ciudad era un puerto español donde desembarcaban esclavos que trabajaban a cielo abierto hasta que el cuero les diera. Por eso es terrible ver a esos pobres hombres cavando fosas en las vías, protegidos nada más que por una gorrita de los Yankees y el torso desnudo. Es como un rezago, otro. Para mi mamá ésa debía ser una de las imágenes más elocuentes de la injusticia: que alguna gente trabajara bajo techo, con vista al mar y su camisa almidonada, y que otros trabajaran bajo ese sol caribeño que perfora la mollera; pero lo de los hombres trabajando al sol eran segundos en su día, que normalmente estaba lleno de otras cosas. No era que mi mamá militara en un movimiento pro sombra para obreros viales, ella ejercía esa misma compasión estéril que ejercemos la mayoría de los más o menos acomodados. El otro día hacía un sol tremendo y un calor húmedo que te enchumbaba la cara de angustia, y fui con una amiga a tomar algo al bar de la esquina de casa. Por la ventana veíamos a los hombres que golpeaban el piso con mazos enormes. Le conté lo de mi madre y mi amiga dijo que qué exagerada, que eso era un trabajo gracias al cual esos hombres comían, y que había cosas más graves y que… ya ni recuerdo, todas esas cosas que uno dice, amparado en la idea de que el hecho de tener un trabajo lava cualquier porquería; como si “trabajo” fuera una cosa abstracta y no un abanico de opciones que va desde criticar manjares para una revista gastronómica hasta limpiar mierda ajena en un baño público. Mientras nos tomábamos el té frío con limón, uno de los obreros de afuera se secó la frente un par de veces con la manga, usó la mano de visera y miró lentamente alrededor. Después volvió a golpear el piso con el mazo. Sus ojos nunca se cruzaron con los míos.
Dic 19 | 20:08
garza, semanalmente me divierto con todo lo que escribes en tu blog. Pero esta historía me ha dado mucha angustía. Me quede esperando que pidieras dos limonadas frias y se las llevaras a los obreros.
Me imaginé el inclemente sol Cartagenero y no pude evitar angustiarme.
felicitaciones!!!!! (por lo que escribes, no por no brindarles unas limonadas)
un beso
Pau