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Pablo

Dic 07

Pablo es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así, con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pablo se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi veinte años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en Constitución. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pablo se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pablo se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pablo estaba en la fiambrería donde trabajaba y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo descontaría del sueldo. Pablo asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pablo. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pablo; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pablo se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pablo ya iba saliendo, rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pablo y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pablo se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente, su hermana se había ido. Ahí fue cuando vi a Pablo y me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pablo, casi aliviado–, supongo que sí”.

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