Pedro
dic 07
Pedro es un chico muy desafortunado, pero nadie es capaz de decírselo en la cara, así con todas las letras. Desde muy chiquito se quedó huérfano: madre, cáncer de mama; padre, derrame cerebral. Tenía una hermana mayor que lo abandonó por irse con un tachero y hace unos meses lo llamaron de un albergue para decirle que ella estaba allí, que había dado su nombre. Pedro se emocionó mucho, fue a verla y aunque habían pasado casi diez años y su hermana se había convertido en una cosa monstruosa, sebácea, machucada, cundida de cicatrices y malos modos, él se la llevo al monoambiente que alquilaba en San Fernando. La cuidó. Bah, cuidar es poco, Pedro se hizo su esclavo: la bañaba, la peinaba, la vestía, creo que hasta le limpiaba el culo. Ella no hacía prácticamente nada, a veces gritaba groserías a la noche y de los demás pisos la mandaban a callar. Y si Pedro se arrodillaba al pie de su cama para intentar calmarla –“Shhh, dormite, hermanita”–, ella le escupía la cara. Un día, al cabo de unos meses de tenerla con él, Pedro estaba en la fiambrería donde trabaja y a eso de las dos de la tarde, mientras cortaba unas fetas de mortadela Paladini, su jefe –el despreciable Sr. Horacio– le dijo que lo llamaban por teléfono. También le dijo que el tiempo que durara en el teléfono se lo iba a descontar. Pedro asintió, pero la verdad es que nunca había recibido una llamada personal en el trabajo, sólo atendía llamadas de clientes furiosos porque el fiambre otra vez había salido verde o baboso o con olor a pis. “¿Hola?”, dijo Pedro. “Vení ahora o me tiro por el balcón”, era su hermana, lloraba. “¿Qué balcón?”, dijo Pedro; en su departamento no había sino una ventanita en el living que daba a un pasillo interno. Su hermana colgó. Pedro se asustó, se sacó el delantal y dijo que ya venía. “Vos no te vas a ninguna parte”, le dijo su jefe. Pero Pedro ya iba rumbo a la parada del 60. Cuando llegó al departamento, su hermana estaba echada en la cama, mirando un programa de telemarketing, con una camisa rota y una bombacha blanca. “¿Estás bien?”, le dijo Pedro y se acercó a ella, que le soltó una carcajada hedionda en la cara. “Llamó tu jefe –le dijo después–, estás despedido”. Pedro se arrodilló a su lado, le tomó las manos, se las besó: “Mejor –le dijo–, así puedo cuidarte todo el día”. Pero eso nunca sucedió, al día siguiente su hermana se fue. Por esos días fue que vi a Pedro: estaba de vuelta en la fiambrería haciendo doble turno, pero cobrando lo mismo, en gratitud al Sr. Horacio que le dio “otra oportunidad”. Mientras me despachaba un muzzarella me contó todo esto. Le dije que tranquilo, que su hermana ya iba a aparecer, que un día todo mejoraría para él porque no hay mal que dure cien años y esas cosas que uno dice de puro perverso, porque se sabe que para cierta gente las cosas nunca jamás mejoran. “Sí –me dijo Pedro, casi aliviado–, supongo que sí”.