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Mudanza

Dic 02

Una vez leí una encuesta que decía que las mudanzas eran el primer generador de estrés y ansiedad en las personas. El segundo era hablar en público. Se me hizo un poco desproporcionada, pero después supe de otras encuestas que decían lo mismo; a veces cambiaban la mudanza de posición, la ponían de segunda y de primero aparecía la muerte, otra cosa que parece ser muy estresante. En estos días me estoy mudando y me acuerdo de que, cuando leí esa encuesta, aparte de desproporcionada me pareció que no tenía nada que ver conmigo. Me he mudado unas quince veces en veintinueve años y, salvo la primera vez que me mudaron –que era muy chiquita y me sacaron de una casa grande y bonita para llevarme a un departamentito–, las mudanzas siempre me gustaron. Me gustaba eso de llegar a un lugar nuevo y empezar a acomodar todo de vuelta: como que me daba otro aire, otro impulso, me ilusionaba. Me parecía que iba a volverme más bonita, más flaca, que me saldrían más tetas, más neuronas, qué se yo. Lo que pasa es que yo me aburro rápido de las cosas; de la gente también, pero sobre todo de las cosas. Y cambiar –de cosas, de gente– es una manera de truchar el aburrimiento. Uno llega a creerse que la emoción que le produce este espacio nuevo es la garantía necesaria para una vida plena y bella y duradera. Gran patraña. Uno vuelve y se aburre, porque puede que el aburrimiento sea el destino necesario del paso del tiempo con uno mismo, independientemente del espacio físico que ocupe. O de la talla del corpiño. Pero decía que me estaba mudando y que me acordaba de lo ridícula que me había parecido esta encuesta en su momento, pero resulta que por fin la comparto: ahora mismo pueden venir a encuestarme para engrosar ese porcentaje. La angustia de mudarse va más allá de una cosa logística: de caer en cuenta de que te has dedicado a acumular más y más cosas feas o, bien, de que ya no tienes ni ese dije de semilla brasilera porque nada te importó tanto como para guardarlo y, entonces, largarte a llorar por toda esa carencia… En fin, que no es sólo eso, sino algo más existencial. Cuando uno se muda se produce un desacomodamiento, a uno le parece que tiene que cambiar algo más que la dirección postal y empiezan los replanteos. Como si la vida estuviera tan estrechamente vinculada a los espacios. Supongo que es eso, que la vida está muy estrechamente vinculada a los espacios y que es lógico que si uno cambia de espacio la vida le tambalee un poco. Últimamente me gustan las vidas más quietas, más tranquilas; debo estar envejeciendo. Últimamente me repito que ésta puede ser la última mudanza y que, aunque me aburra, aunque me haga más fea y más boba en esta casa, bien vale el esfuerzo de no volver a desempacar: aunque no tenga ni un dije, aunque sólo se trate de mí, sola en un camión, rumbo a un espacio vacío.

2 Comentarios

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  1. Jape
    Dic 02 | 16:44

    Las encuestas no estaban diferenciadas por edad…
    Al envejecer nos apegamos a las cosas materiales, a la vez que nos sorprendemos menos, no hay nada nuevo y si lo hay es similar a algo ya vivido. Es por ello que el tiempo parece ir más rápido y vivimos cada vez menos. Me aterra la muerte, pero imagino lo terriblemente banal y aburrida que encontraría la inmortalidad.

  2. javier doria
    Dic 04 | 01:43

    bueno. muy bueno.

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