Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Eficiencia

Nov 25

Le pregunté al chico del quiosco de YPF si funcionaba internet, que en la puerta decía que había, pero… Él me mostró la palma de la mano en actitud de “alto ahí” y me dijo que esperara, que ya me atendía. Parecía muy concentrado organizando los caramelos en su canastito de plástico. Yo fui a la nevera por una lechita Cindor y volví a pagar. Le dije al chico “me llevo esto”, y el chico ni bola. “Disculpa, ¿me podrías cobrar?”. “Un momento, por favor”, miraba los caramelos en el canasto como si estuviera armando el Taj Mahal con piezas de Rasti. Apareció entonces la chica de labio leporino y acné agudo en los pómulos. Me dijo algo incomprensible a lo que asentí. La chica me cobró y me dio una tarjeta wi-fi. “Gracias”, le dije. Ella emitió otro sonido y sonrió. El chico la agarró por el brazo y la apartó a un lado del mostrador, sus cabezas quedaron ocultas detrás del estante de cigarrillos. Le dijo que esperara allí y fue por un palo y un trapo de piso, se los dio: “Tu trabajo es limpiar”. Sobremodulaba, exagerado: debía pensar que lo del labio leporino afectaba la audición. La chica se puso a limpiar el piso que estaba brillante, prístino. El chico volvió al mostrador, bostezó, agarró una revista. Ya no le interesaban los caramelos. Yo me había sentado en una mesa y trataba de conectarme a la red del lugar, pero había decenas de redes con contraseña y ninguna decía el nombre de la tarjeta. Le pregunté al chico que cómo se llamaba la red. Me dijo: “No sé”. Le dije que entonces cómo me iba a conectar, él enmudeció. “Entré acá sólo porque en la puerta decía que había wi-fi”, insistí. Él miró a su alrededor, como buscando algo: un wi-fi, quizá; debía pensar que wi-fi era el nombre algún producto. La chica de labio leporino nos miraba, mientras frotaba el trapo contra una baldosa reluciente. “¿Tú sabes?”, le pregunté, y ella asintió, emocionada, se acercó, me señaló la red en la pantalla, me mostró el usuario y la contraseña en la tarjeta, y esperó a que me conectara. Le dije que muchas gracias y ella asintió. Se veía tan contenta, hay gente a la que la hace feliz ser eficiente. No era el caso del chico del mostrador, no debe ser el caso de casi nadie. El chico volvió a agarrarla por el brazo, la zarandeó un poco y se la llevó al mismo rincón donde antes la había retado: “Tu trabajo es limpiar; el mío, atender a los clientes, ¿entendés?”, dijo, abriendo la boca como si quisiera tragarse la cabeza de la chica. Ella bajó la cara. “¿Entendés?”, volvió a decir el chico. Ella emitió un sonido y su labio leporino tembló. El chico tenía el ceño fruncido: “Hacé tu trabajo, así como yo hago el mío”, le dijo y volvió al mostrador, se sentó, se cruzó de brazos, abrió un caramelo, se lo metió en la boca, lo chupó.

Haga un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree