El Rodney
Nov 24
Hace poco conocí un lindo bar oscuro, brumoso y añejado; una institución porteña pseudo secreta, que nace fácil cada noche y muere difícil cada mañana, como una mariposa tanguera. Por algunas de sus ventanas se ve un cementerio, pero nadie diría que eso es algo definitorio, más que de la conciencia de saberse vivo frente a un vaso de fernet. Lo más llamativo de este bar es que la ambientación no sólo afecta el espacio sino a las personas. Allí vi la convención más populosa de melenas rockeras: se erigían sobre los cráneos de muchachos cincuentones, que intercalaban largas bocanadas con el coro de la canción que tocaba la banda: “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…” Los integrantes de la banda eran también “de época” y, según dice la leyenda, han mantenido la costumbre clásica de romper sus guitarras en cabezas ajenas. Más de una vez han terminado a las piñas con algún desubicado que les pidió, exultante, una canción de Andrés. Se dice que los muchachos de la banda, estrellas de la noche, salen cada mañana del bar abrazados a la cintura de alguna muchachita rebeldona; se dice que les gruñen cosas dulces al oído: “Hola, chiquita”. Pero el hombre más importante del bar es el que tiene rulos y la cara embalsamada, color miel de maple. Este hombre se sienta patisuelto en un rincón, acompañado solamente por su gran nariz, y tararea. Nadie lo molesta, sospecho por qué. Una vez vi a un chico palmearle la espalda: “¿Qué onda?” Y vaya a saber si fue culpa de esa expresion tan salida de contexto, o si bastó la sola irrupción, pero el hombre maple alzó al chico por el cuello de la remera, lo llevó hasta la puerta de salida y lo lanzó de cara contra la vereda. Ahí se dio cuenta de que la remera del chico decía en la espalda “Ja!”, y lo remató a patadas. Luego volvió a su rincón. Esa noche se levantó de vuelta cuando estaba por amanecer y se instaló frente a la ventana con los puños apretados para dejarse iluminar por el primerísimo rayo de sol. Después se dio vuelta, sonrió: su cara maple y ajada se convirtió en el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Sonaban los últimos acordes del Marinero Bengalí; detrás del umbral nos esperaba la luz de la mañana, perversa, que convierte melenas rockeras en melenas canosas, muchachitas rebeldonas en muchachitas ansiosas por cobrar. Bajo esa luz, se vio a un integrante de la banda revisar sus bolsillos y sacar un papelito con un verso, ya ni siquiera antiguo, solamente olvidado. Se lo dio a una rebeldona: “Lo escribí para vos, chiquita”, gruñó. Ella lo puteó, hizo un bollo y se fue.
Nov 26 | 23:30
Hola, estaba buscando felicitarte por “Eficiencia”, que salió en Crítica, donde te descubrí, la verdad, se ve que no había prestado atención antes y acabo de descubrirte . No la encuentro acá y me vino bien porque pude leer otras cosas que hacés. te felicito. Notas como “Eficiencia” son muy necesarias!!!!! Coincido plenamente.Saludos, Anita
Nov 27 | 02:23
Hola Anita, arriba etsá la nota “Eficiencia” que salió en Crítica del miércoles. Es cierto que no la había publicado acá aún. Gracias por tu comentario! Un beso.