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Una muerte tentadora

Nov 24

El taxista me preguntó qué había pasado, que por qué tanto quilombo en la estación. Le conté que nos bajaron a todos los pasajeros, que un señor de TBA recorrió los pasillos del tren con un silbato diciendo que hasta allí habíamos llegado, que algo fatal había ocurrido en la estación siguiente. “Ah, eso” dijo el taxista, decepcionado, se esperaba otra cosa. “Un suicidio”, le expliqué yo, por si no había entendido. El asintió: “Sí, sí, pasa todos los días”. “¿Cómo todos los días?”, pregunté. Él alzó y bajó los hombros, dijo que, bueno, hasta varias veces al día. Le pregunté cómo sabía, yo oigo los mismos noticieros que debe oír él –o quizá no, pero da igual porque todos dicen lo mismo– y nunca me enteré de que tirarse a la vía del tren y morir fuera un hábito que se dijera constitutivo de la dieta local. Entonces me explicó que antes de manejar un taxi manejaba una ambulancia y que lo que más le tocaba hacer era recoger en las vías los cadáveres de los suicidas: “…y tenía que ir con pala porque quedaban todos desparramados”, dijo. Y por qué dejó tan lindo trabajo, le pregunté. Me dijo que el taxi le rendía más, pero que además eso de estar recogiendo muertos y trasladando enfermos te terminaba comiendo la cabeza. No tenía que decírmelo, pero igual asentí. En la radio sonaba esa de dulce como el vino, salada como el mar… Y él tarareaba. “El domingo –dijo tras un dubi dubi du–, era el día más pesado”, pero que lo bueno era que casi no había chicos, era toda gente que pasaba los cuarenta, gente muy humilde, por eso no los mencionaban en los noticieros; y que esas muertes lo impresionaba menos que si fueran chicos, aunque era más el trabajo… “Son más grandes y gordos, había mucho gordo”. Después dijo que en ese trabajo también aprendió cosas: “A distinguir los sesos, por ejemplo, porque la gente piensa que todos los sesos son iguales entre sí, pero la gente se equivoca”. Traté de pensar en alguien más que me hubiera hablado alguna vez de la morfología de los sesos… “Pero lo mejor de ese trabajo fue que entendí algo –antes había mencionado algo sobre el desgarramiento de extremidades y la bolsa intestinal–: que si tanto elegían esa manera de morir era porque debía ser una buena manera, sin tanta agonía, y entonces pensé que…”. No terminó la frase. “¿Pensó que qué?”, pregunté. El taxista me miró por el retrovisor, se sonrió. “No, nada, pensé lo que pensé pero después me arrepentí”. “Menos mal”, le digo yo. “Y sí, menos mal, pero no me vas a decir que no es tentador”. Lo pensé por un segundo: no; pero le dije que sí, por no romperle la ilusión. “Sí que es tentador”, insistió él, ahora más para sí, dándole golpecitos al volante al ritmo de la canción.

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