Todos los días de la vida
Nov 24
La señora estará por los sesenta años, vive la mayor parte del día en una silla de ruedas y toma café turco: le encanta el café turco. Ahora está rodeada por un grupo de chicos que, según parece, la admiran. “Groupies”, dirá después, con un dejo de desprecio, cuando los chicos se hayan ido del bar. Ella era profesora en un colegio, pero ya no: tuvo un accidente y la jubilaron antes. Ahora se dedica a tomar café en un bar de Villa Crespo, –su barrio– y a hablar en voz alta ante los groupies de turno. Siempre son los mismos: ex alumnos. Según el mesero, la señora también dice siempre lo mismo, aunque él –aclara– no entiende nada. Yo llevo más de una hora en la barra y simulo que leo, pero la escucho: tampoco tengo idea de qué habla. Quizá la señora no habla específicamente de nada, sino que repite cosas por el simple placer de repetirlas, es un tic bastante común. La señora repite las siguientes expresiones: lo simbólico, lo global, lo urbano, lo vernáculo, lo local, lo fálico. Los chicos la miran callados: todos tienen lentes. Cada vez que la señora sorbe su café, los chicos empuñan sus lápices y acomodan la libreta de notas porque, ya lo saben, viene una cita importante: “La utopía globalizadora es un concepto sumamente ingénuo, eso tiene que ver con lo no transferible y también con lo fálico”. Siempre, pero siempre, me dice el mesero casi preocupado, la señora repite la palabra fálico. Mientras los chicos escriben, ella levanta la mano y pide su quinto café turco de la tarde. El mesero tiene órdenes explícitas, por parte de la famlia de la señora, de no servirle más de tres cafés, porque se pone hiperactiva y eso, para alguien que tiene que estar quieto, es un tormento. El mesero no sabe cómo manejar esa situación, me explica: la señora es mandona y, con esas cosas que dice, lo confunde, hace que pierda noción de todo… “Lo analítico entra a jugar un papel prioritario en este tipo de situaciones”, dice la señora sorbiendo su café nuevo. Yo miro de reojo la mesa y alcanzo a leer en los labios de un alumno, que le pregunta a otro: “¿qué situaciones?” El otro alza y baja los hombros. Al cabo de un rato, la señora le pide a los chicos que la dejen sola, que necesita pensar. Y los chicos, como impulsados por un resorte, se levantan de sus sillas y se retiran. La señora pide otro café –“el ultimo”, jura–, y se zambulle en la taza con sus pensamientos. Depués cierra los ojos y, milagrosamente, se duerme. Entonces, susurra el mesero, mientras levanta diligente las cosas de su mesa, alguien viene a buscarla y al día siguiente la traen de vuelta y, así, igual, todos los días de la vida.