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Dos nenas

Nov 23

Las dos nenas estaban en la vereda del Disco. Una era muy pero muy gorda, tanto que lo primero que pensé cuando la vi agarrarse la panza y reírse satánica mientras señalaba a la otra era que estaba preñada: que llevaba en su vientre al mismísimo Chucky. Pero después, cuando se relajó, volvió a ser una nena de diez u once años como cualquier otra, sólo que embutida de arroz y polenta; entonces la hipótesis del embarazo fue descartada. La otra era más chiquita, una sílfide y mugrienta nenita que se reía con todos los dientes y le gritaba cosas incomprensibles a la gordi: “Bo que na tuti orrrrto jajaja”. Y la gordita le palmeaba la frente, el culo, la cara y le ordenaba: “Andá a pedirle algo a la señora”. La chiquita corría hasta la puerta del Disco y abordaba a los que salían con esa carita sucia y la palma de la mano mirando al cielo: “Señora, ¿me da algo?”. Después, recibiera o no recibiera algo, corría de vuelta a donde la panzona y se lo tiraba en la cara: “¡Tomá!”. Cuando eran monedas, la gordi se cubría con las manos; cuando era aire, también. Siempre le decía “¡pará!” y se reía. Una de las veces que la más chiquita corrió hacia la gordi y le hizo la misma gracia de tirarle las monedas, le pegó en un ojo. “¡Conchaetumadre!”, le gritó la gordi, tapándose la cara y dando los alaridos de a quien le están amputando un miembro sin anestesia. La chiquita no sabía qué hacer, daba vueltas alrededor de la gordi (para lo cual debía recorrer una circunferencia gigante) y le decía “perdón, perdón, perdón”; trataba de abrazarla pero la otra se alejaba, la espantaba con insultos: “¡Andate a la…!” y así. Hasta que la más chiquita la alcanzó y se le prendió de un abrazo que abarcaba poco del cuerpo enorme de la gordi, pero, igual, la nena se aferró con tanta fuerza que al cabo de un rato la gordi había cedido y se dejaba abrazar, quieta. “¿Me perdonás?”, insistía la nenita, y la gordi, ya con su cara descubierta, el ojo lloroso y chiquito, le mandó un cachetazo que la hizo tambalearse. Después ambas se rieron y se dieron palmetazos por todo el cuerpo en un ataque de euforia. Hasta que la gordi me descubrió en mi escondite, un muro en la puerta del Disco, y le agarró las muñecas a la nena: “Andá a pedirle algo a la señora”, le ordenó, señalándome con el mentón. La nena vino, le di unas monedas y ella corrió hasta donde la gordi, que la esperaba con las manos empuñadas, dando saltitos de boxeador, con la gracia de un saco de bosta. “¡Tomá!”, gritó la chiquita, y las monedas a la cara.

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