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Bienvenido, Marianito

Nov 16

El otro día, en una fiesta de cumpleaños, conocí a un chiquito que se llamaba Mariano y era de Córdoba. Debía estar por los veinte, y era el primo de un amigo del cumplimentado; llegó a la fiesta por equivocación. Al parecer su primo le dijo que no podía verlo porque estaría en una fiesta en tal lugar: coordenadas exactas –hay gente que desliza direcciones ajenas en charlas, al pasar–, pero Mariano entendió lo contrario: que sí podía verlo porque estaría en una fiesta en tal lugar. El caso es que allá fue a parar, buscando al primo que ni siquiera había llegado, y luciendo una camisa rosa encajada en el jean. ¿Vieron esa gente que se viste, se mueve, se acomoda en los rincones revelando siempre su incomodidad? Ése era Mariano. Alguien en la fiesta estaba aburrido y fue a sacarlo de la pared donde se había mimetizado para integrarlo a la conversación: “¿A qué te dedicás, Marianito?”, le dio palmadas fuertes en la espalda. Él dijo que tocaba la guitarra y amagó con decir algo más pero se reprimió con una expresión confusa, como cuando a uno le rasca algo por debajo de la piel, algo que no puede rascarse. Todos supusimos que su siguiente línea habría sido algo así como “Marianito tu p… madre”. “¿Y querés tocar en una banda? ¿Venís con algún plan, Marianito? ¿Tenés mánager?” El chico se secó la frente con la manga de su camisa rosa. Dijo que por ahora se conformaba con haber conseguido una pieza en la pensión de la señora Glenda, tan buena que era. Alguien soltó una carcajada. Marianito se hundió en su sillón y se lo vio tragar algo con dificultad. Pasó un rato sin que nadie le prestara atención, en ese rato Marianito supo servirse unos cuantos fernés y, de un momento a otro, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me gustaría ser como Vicentico”. Pronunció ese nombre con el amor con que una dama de rulos rebeldes pronunciaría su marca preferida de anti-frizz. “¡Que cante!”, gritaron desde algún rincón del living y los demás aplaudieron. Marianito pidió a gritos una guitarra. El dueño de casa la consiguió y Marianito se trepó en ella. Tocó. Cantó. Se sacó la camisa rosa y corrió con el torso desnudo alrededor del living, rasqueteando las cuerdas y dando alaridos de gallo. Entonces se escuchó un grito furibundo: “¡Mariano!”; era el primo que recién llegaba y pedía disculpas a todos los presentes por el energúmeno aquel. Ahora todos miraban al chico con reprobación, negando con la cabeza, susurrando cosas como: “Pero qué desubicado”, y así. Marianito miró con ojos suplicantes a todos los que recién lo habían aplaudido, que le habían hecho el coro. Su primo lo sacó a empujones de la casa, le dio un cachetazo en la vereda y le explicó: “Esto es Buenos Aires, ¡boludo!”. Y Marianito asintió, pero no entendió nada. No todavía.

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