Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Palabras infladas

Nov 12

Hay gente que vive agazapada en una esquinita del universo nutriéndose por la oreja, hasta que encuentra la oportunidad de intervenir en una conversación que le parece digna de la espera. Dicen que es gente tímida que juega de hosca, o gente hosca que juega de tímida y que, en todo caso, cuando decide abrir la boca y largar una frase, es porque esa frase la ha pensado demasiado. Una frase que se piensa tanto sólo puede salir inflada, así: “El espectro de la vanidad persigue el alma de los necios” –dice S., un muchacho amigo, a cuento de nada. Ese tipo de frases, pronunciada por este tipo de personas, se acompaña con una gestualidad difícil e incómoda, sobre todo para el interlocutor, que inevitablemente se pregunta cuánto tiempo habrá esperado esta persona para usar eso en una conversación, cuánta práctica habrá requerido esa manita en la cintura. “¿S., te encuentras bien? ¿Estás cómodo?”. S. está de pie, levemente inclinado hacia adelante, y la mano que no posa en la cintura la usa para hacer vericuetos en el aire: gestos que acompañan lo que dice. ¿Qué dice? A nadie le importa. El hombre esperó tanto para hablar que cortarlo para pedirle aclaraciones es más que rudo, cruel. Una vez gastan la frase difícil, estas personas, si continúan hablando, sueltan todas las obviedades que tienen atragantadas. Las obviedades pueden ser juzgadas de varias maneras, la más halagadora es esa que supone que la parquedad viene investida de sabiduría; como que, cuando S. suspira y larga una frase que en boca de otro sería absolutamente banal, esa frase, por obra y gracia de su aliento, se transforma en filosofía: “… y, la vida es un tren que nunca para”. La gente que lo escucha asiente, maravillada, ante el hecho extraordinario de que S. haya abierto la boca. Pero también está esa otra manera de juzgarlo: resulta que el pobre hombre se ha aguantado tanto la palabreja fina, la reflexión profunda, que al momento de largar el resto del discurso, decepciona: “… y, la vida es un tren que nunca para”. La gente que lo escucha resopla, despectiva, ante el hecho despreciable de que S. haya abierto su bocaza hedionda. Es difícil saber cuándo alguien semi mudo lo es porque en su cabecita se están procesando lentamente ideas muy inteligentes, o porque en su cabezota se está marinando la estupidez más espesa. Quizá no sea ni lo uno ni lo otro; tal vez se trata personas que sacrifican la espontaneidad por el impacto de sus palabras, y que, sólo cuando las sueltan (las palabras), descubren con tristeza que se trata de un impacto débil y fugaz. Porque entre más infladas salen las palabras –y esto es pura física– más alto vuelan, más rápido se las lleva el aire.

Haga un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree