Despistar chorros
Nov 09
El mayor orgullo de la señora Ana por estos días, es tener una serie de tips para despistar a los chorros: le han dicho que es un saber contemporáneo muy respetado, que cada vez gana más adeptos. Siempre que se refiere al tema de la inseguridad, la señora Ana posa de erudita y, si se siente en confianza, puede incluso revelar algunos de sus secretos más preciados. Por ejemplo: ¿qué es lo que guarda con tanto misterio en su cartera marrón? Entonces dirá que, en realidad, su cartera marrón no es una cartera sino un kit; y allí, la señora Ana lleva: 1) un insecticida en aerosol que hará las veces de gas lacrimógeno en caso de necesidad; 2) una billetera vieja con diez pesos y un documento en el que, en vez de Ana Shuzter, se llama Jacky Kennedy; 3) un labial violeta tornasol; 4) unas llaves de ninguna parte; 5) un cepillo de cerdas demasiado angostas para su tipo de pelo. “¿Viste esos cepillos que te los pasás por la cabeza y te jalan los pelos de tal manera que te palpita hasta el hipotálamo?”. “Sí, señora Ana, conozco esos cepillos a la perfección”. De ese kit, todo lo que está dispuesta a perder en un supuesto atraco son los diez pesos. Lo demás, bien habría podido tirarlo al tacho hace mucho tiempo. “Antes sólo llevaba cuatro o cinco pesos, pero un día pensé: ¿y si el chorro se molesta porque encuentra poca plata y me pega? Entonces decidí poner los diez pesos en la billetera y, me dije, es como un impuesto, un seguro de vida…” La señora Ana lleva sus verdaderas posesiones en una faja bolsillo que se adhiere a la cintura, como esas que suele llevar la gente cuando viaja, con sus documentos y pasajes. Hay días en que la señora Ana amanece generosa y le pone más cositas a la cartera marrón: caramelos, por si el chorro tiene nenes; o, cuando se acerca el día de la madre –fecha en que, estadísticamente, aumentan los atracos– esconde en la cartera pequeños regalitos: un pachulí de la calle Florida, unos aros artesanales de alguna feria de domingo, la muestra gratis de una cremita de manos. Porque, aunque alguna gente no le crea, ella no está en contra de compartir un poco de lo que tiene con los menos afortunados: “Acá donde me ves, estoy familiarizada con muchos conceptos: redistribución, equidad social, plusvalía…” –enumera cosas a las que no necesariamente las une la coherencia. “Y el día que me atraquen, Dios no lo quiera, quiero ser yo quien decida qué quiero compartir: no un chorro (muestra el dedo pulgar), no el gobierno (el dedo índice), ninguna ley (dedo corazón)” Ella y sólo ella, dice, que en sus cincuenta y cinco años nunca ha tenido que despistar a un chorro, pero aun así tiene un método propio.