Búsqueda

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Aparición

Nov 05

Teo y yo transitábamos por la Costanera Sur, rumbo a una cena a la que nos habían invitado. En el camino el paisaje humano era el siguiente: señoritas y señoritos ejerciendo –con la sonrisa bien puesta, la panza adentro y el culo afuera–, el oficio generoso de ser putos y putas. Nos paramos en una intersección para decidir hacia dónde doblar y vi que se nos acercaba un señor negro con afro y grandes pechos de silicona que sólo llevaba puesta una bombacha azul con estrellitas, como la de la mujer maravilla. El hombre venía meneando sus tetas hermosas, descomunales, y desprovistas de abrigo, en un baile carioca: “Brasil, lalalalalalalala”: movía los hombros hacia delante y hacia atrás. Quisimos seguir andando pero el hombre se nos plantó enfrente y ahora se ponía las manos en la cintura y hacía ese paso que consiste en simular un remolino con las caderas y bajar hasta casi tocar el piso. Cuando el tipo bajaba se le marcaban todos y cada uno de los músculos que deben marcarse en un cuerpo para considerarlo perfecto. Teo le hizo cambio de luces para que se quitara del medio y el hombre entendió que debía ponerse de espaldas, alzar los brazos y pasar a la lambada; Teo sonó la bocina y el hombre se dio una voltereta de media luna y, tras un saltito muy ágil, terminó sentado en el capó jadeando de cansancio. “Gracias, señor, pero tenemos que seguir”, le dijo Teo por la ventanilla, y el carioca nos miro sonriente: su cara, ciertamente, no era tan agraciada como su cuerpo y de adolescente debió haber sufrido mucho por el acné; pero la sonrisa que tenía el morocho superaba con creces sus tetas firmes, su agilidad y hasta sus dotes histriónicas. A mí me pareció estaba frente a una aparición divina: sobre nuestro capó posaba el culo una musa de la noche porteña, iluminada por la luz de un puestito de choripán del que salía un humo espeso y una cumbia mal sintonizada. A un lado de la musa se veían los edificios de Puerto Madero, enterrando sus cabezas en las nubes, y al otro lado el río sucio y oloroso, y otras musas tomando por sorpresa a sus potenciales clientes. Miré al carioca acomodándose sus botas y su bombacha de estrellas; lo vi sacudir la cabeza, quizá para sacarse el sudor, quizá para olvidarse rápidamente de otro intento fallido. Lo seguí mirando embelezada cuando arrancamos el auto y él hizo una elegante reverencia a nadie, y después, cuando, caminando muy erguido, se volvió con su sonrisa a la vereda.

Haga un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree