Ema I
nov 05
Ema entreabrió los ojos y vio que en la ventana había una ranura muy delgada por la que entraba un rayo de luz. Era un rayo ínfimo, insignificante, tontísimo. No era grave. Pero cuando cerró los ojos sintió que una llamarada le quemaba los párpados, entonces los volvió a abrir. Todo seguía oscuro salvo esa ranurita de nada en la ventana. Se puso la almohada en la cara, se dio vuelta. Sintió que dentro de su cabeza había cosas que se movían. Las neuronas, pensó, y se las imaginó nadando en un mar de vodka con gotitas de limón. Cuando pensó limón dijo “limón”. Le dolía la panza, hacía calor, alguien le pateaba la sien izquierda. Se quitó la almohada de la cara, se apretó las sienes con los dedos, miró a la ventana y la luz de la ranura la encandiló. ¡Maldita luz!, dijo, se levantó y amontonó la sábana delante de la ranura. Volvió a la cama, cerró los ojos y al poco rato sintió de vuelta ese ardor casi lascerante en los párpados. Los abrió y la habitación estaba oscura como una noche sin luna. Los cerró y la habitación estaba brillante como un sol brillante… A esa hora no le salían buenos símiles. Continuará.