Amor de madre
Nov 04
Mi amiga Eva me invitó a comer a la casa de su mamá. Hacía mucho tiempo que Eva no veía a su mamá, por lo que mi presencia me parecía absolutamente inapropiada. Yo no sabía que no se veían hasta que entramos a la casa y su madre dijo: “¿Te cortaste el pelo?”, con una mirada de decepción por la que, alguien con menos temple que mi amiga, habría abandonado inmediatamente la escena. Pero, decía, que me di cuenta allí porque Eva ha tenido el pelo corto desde el principio de los tiempos. O, al menos, desde que yo la conozco, hace unos cinco años. La madre nos recibió amorosísima, con besos y abrazos; más atrás vino un tipo joven, que no era el papá ni el hermano de Eva, y nos dio unos tragos dulces que había preparado para recibirnos. “Holas” fueron y vinieron, y después una charla amable se tomó el saloncito que estaba decorado a lo Feng Shui. En una esquina había una fuente de agua de esas eléctricas que me tenía un poco aturdida –lo cual es un contrasentido porque se supone que el sonido del agua calma. De pronto, la madre de Eva se salió abruptamente del guión: “Ese pelo te queda espantoso, Evangelina”. Y mi amiga respiró hondo, se tragó su daiquiri y dijo: “Gracias, mamá”. La madre me miró a mí: “Decime vos, ¿te parece que con un pelo tan lindo tiene que hacerse ese corte?” Yo alce los hombros: “A mí me gusta como le queda”. La madre negó con la cabeza: “Claro, por eso vos lo tenés largo, como debe tenerlo una chica”. “Mamá, basta”, dijo Eva, pero la madre continuó: “Se ve que te encanta el corte de Evangelina, ¿no? Un poco de sinceridad, por favor”. Yo me levanté, pregunté por el baño, pero todo lo que quería era abrir una puerta y escapar inmediatamente de la dimensión desconocida. Esta mujer amable y amorosa se había convertido en un monstruo por culpa de un corte de pelo. Cuando entré al baño empezaron a discutir, primero en voz bajita y después alguien gritó: “¡Muérete!”, creo que fue Eva, aunque también podía ser su madre –cuando uno pega la oreja a una puerta de madera las voces se achatan–, no conseguía distinguir si esa voz carrasposa era producto de la rabia o de los años. “¡Vamos!”, alguien le dio un golpe a la puerta del baño y casi me deja sorda. Abrí, Eva lloraba, salimos rápido y la madre nos siguió hasta la vereda gritando cosas: “¡Sos horrible por dentro y por fuera!” El tipo de los tragos estaba a su lado, saludándonos, sonriente. Cuando estuvimos en el taxi le pregunté a Eva si estaba bien y me dijo que sí, parecía más calmada. Recostó la cabeza en la ventana. “¿Qué fue todo eso?”, le pegunté. Eva alzó los hombros: “Amor de madre, ¿no?”. No supe qué decirle: “Sí, supongo”, dije después. Era difícil contradecirla.